Ángeles Caballero: "Vivimos tiempos en los que los medios tienen ideas muy diferentes de lo que es el periodismo"
En una de sus últimas columnas en El País, Ángeles Caballero (Madrid, 1976) explica de manera sencilla y certera quién pierde cuando el tsunami informativo sobrepasa a los medios de comunicación. Para ello, nos lleva hasta el pasado 14 de julio, cuando, por la mañana, diez minutos antes de la rueda de prensa del Consejo de Ministros, se hizo pública la sentencia que condenaba al hermano de Pedro Sánchez a nueve años de inhabilitación por un delito de prevaricación y, por la noche, España jugaba las semifinales del Mundial de Fútbol contra Francia. Dos hitos mediáticos que silenciaron (en mayor o menor medida, en función del canal) la noticia que realmente nos afectaba a todos: la votación en el Congreso de la reforma de la Ley de Dependencia.
Es el ciudadano el que pierde, obvio, cuando se le hurta el derecho a la información, concretamente sobre algo tan vital para el día a día, directa o indirectamente, ya seas dependiente o cuidador, de millones de nosotros. Pero ya se sabe que, para determinados periodistas la condena a David Sánchez —sea por el motivo que sea— opaca cualquier otra noticia, igual que se sabe que nadie ha podido batir a la selección española de balompié, con la de ríos de tinta y horas interminables de radio y televisión que eso de por sí implica. Por el camino, como daño colateral y con algunas poquitas excepciones, pasaba la Ley de Dependencia al rincón superpoblado del olvido informativo.
“Cada medio otorga a cada tema la relevancia que cree oportuna y no podemos hacer generalizaciones”, puntualiza Caballero, eso sí, a infoLibre, quien explica que, como lectora, quiere “más presencia de temas sociales y culturales, que son también política”, para ir más allá de la ruidosa vida parlamentaria y el “habitual cruce de declaraciones entre líderes y portavoces de los partidos”. “Aquí me siento profundamente contradictoria porque, al final, muchas veces acabo cayendo en ese día a día y tengo, a veces, poco tiempo y ganas de darle minutos a esos otros temas que más me interesan”, reconoce.
La ultraderecha no quiere escépticos ni preguntas, sino sumisión, silencio y homogeneidad
Es por todo ello, asimismo, que echa de menos “el seguimiento de los temas”, algo especialmente complicado por la premura que, por regla general, se exige a los periodistas, que se ven empujados a saltar de un tema a otro con la obligación de captar la atención de la audiencia cuanto antes y en todo momento. “Pasan tantas cosas a la vez, de forma tan rápida, que nacen y mueren en 24 horas”, lamenta, para acto seguido afirmar que “hoy el verdadero lujo es el tiempo”. “Reposar un tema y repensarlo es algo que pocos medios pueden permitirse”, apunta, antes de apostar precisamente por detenerse como forma de encontrar respuestas en este ecosistema dominado por la urgencia, el clic y la indignación: “Indignarse está bien, pero desde la serenidad, no desde el ceño fruncido, que solo agota”.
Para Caballero, justo por esto, el buen periodismo tiene “mucha responsabilidad” en un contexto con tanto ruido en el que “nos hemos acostumbrado” a la desinformación y a que “no pase casi nada” cuando alguien miente. “Me resisto a normalizarlo, pero a veces es inevitable para evitar el enfado y la rabia permanentes. ¿Dónde nos lleva? Donde nos está llevando, al empobrecimiento de la democracia”, reflexiona, antes de recalcar algo en absoluto baladí: “Vivimos tiempos en los que los medios tienen ideas muy diferentes de lo que es el periodismo”.
Y, ocurre, claro, que sin un periodismo honesto, riguroso y crítico, viviríamos en un mundo “muy triste y oscuro”. Por eso, precisamente, este tipo de labor periodística bien hecha está en el centro de la diana —o de una de las dianas, pues no son pocas— contra las que dispara con insistencia la ultraderecha internacional, “que no quiere escépticos ni preguntas, sino sumisión, silencio y homogeneidad”.
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“El que pueda resistir, que resista”, apostilla la periodista, que señala a la autocensura como la “forma más peligrosa” de censura: “Decir que no a algo por las consecuencias que eso te pueda traer”. “Me ha pasado”, confiesa, para después plantear una realidad que siempre se pasa por alto en el ejercicio de la labor informativa: “Nuestras circunstancias personales, y la clase social y económica a la que pertenecemos, condicionan nuestra manera de ejercer el oficio. No se trata de pedir pureza, sino de que los que podamos hablemos y peleemos desde el lugar en el que estamos”.
Preguntada directamente por el significado del lema de infoLibre, Somos resistencia, responde que le sugiere “un reducto donde se preservan los principios del oficio y la defensa de la democracia”. “Un lugar acogedor frente al ruido”, añade, antes de afirmar que un periódico es resistencia cuando “no tiene dependencia económica de sus anunciantes ni del poder”, así como “cuando paga bien a sus periodistas”, algo que “además de resistencia es decencia”.
Por último, tras destacar que un periódico debe ser “un compañero de viaje” para sus lectores, señala que el periodismo tiene también la obligación de señalar “desde la coherencia” a la mala gente que camina, es decir, con “la misma contundencia para aquellos con los que compartes y con los que no compartes valores”. Solo así, concluye, el oficio podrá salir de la encrucijada en la que se encuentra hoy en día, que es “muy parecida” a la de siempre, en realidad, con “el poder empeñado en que no se cuente, o se cuente a su manera”.