Farmeando aura

"A los chavales no hay quien los entienda". Ya lo dijo Aristóteles; y Cicerón, Agustín, Schopenhauer, Ortega, tu tío el del pueblo y la señora del tercero, que siempre anda al quite. Con la de faena que tienen pendiente, ahora les ha dado por echarse a la plaza y bailar raro. Como quien se sienta a la fresca, pero más rumbero. La iniciativa ha causado sensación: en la calmachicha de la postrera canícula, la excentricidad cae como agua de mayo.

Tratando de comprender el fenómeno —el calor excita en mí pasiones antropológicas— me entregué a la pesquisa: en una mano el móvil, en la otra el abanico. El "farmeo" (esto es, la "recolección") del "aura" (del encanto, ¡del prestigio!) consiste, esencialmente, en duelos de ingenio. Pero en vez de endiñarse octosílabos o navajazos, los zagales prefieren remedar los ademanes de los protagonistas de algún videojuego. Que "los nintendos" acabarían endemoniándonos al chiquillo ya lo advirtió aquel telepredicador evangélico.

Los próceres del "en mis tiempos jugábamos en la calle y no nos pasábamos el día encerrados con la maquinita" andan alterados porque ahora los adolescentes hayan dejado las pantallas para entretenerse bajo el cielo raso. Pudiendo amarrarle un petardo al gato, mira que hacer el marcianito. "Dar pelotazos entre jeringuillas y heroinómanos, amianto y guerrilleros de Cristo Rey, eso sí que era infancia…", etcétera, etcétera.

Si yo fuese uno de esos abnegados cuarentones que abren cartas Pokemon delante de la camarita o alguna de esas muchachas hiperbronceadas que se pasean por cuanto evento les financie el negocio inmobiliario iría poniendo las barbas a remojar

A la luz de esta última moda copamatinales (¿se acuerdan de los therians, ese fenómeno que cosechó más magazines que afiliados?), pensaba en el uso tan dispar que hacen de internet los extremos de la pirámide poblacional. Si la infantada se entrega al absurdo (los personajes inverosímiles y detestables del Italian brainrot, las coreografías de los npc, el meneo del san vito que acumula aura, suma y sigue), los boomers se pirran por la literalidad. ¿Ese videíto en el que Pedro Sánchez desciende en paracaídas sobre la valla de Ceuta para abrirla con sus propias manos mientras devora bebés? Será verdad, ¿no ves que "me ha salido en el móvil"? "Lo he visto en el Facebook", nuevo peldañito del método científico.

Algo debe de olerse el algoritmo: acabo de cumplir años y no puedo dar dos pasos sin que me asalten mormonas cibernéticas. "¿Estás replanteándote tu conexión con dios?", me dice una, rubia, cuya cabellera sopla a babor. "Ven a la iglesia de Jesucristo de los Santos blablablá", remata la otra, con el pelirrojismo ondelándole a estribor. Las gachís me tienen calado: si busco academias de idiomas me ofrecen enseñármelos gratis ("en la iglesia hacemos muchas actividades"), si pregunto por gimnasios en mi zona me proponen amenas caminatas en las que hablar de nuestro señor.

Para colmo, los influencers andan lloriqueando porque se les acaba el chollo (28 cataclismos similares y ninguno acabó con esos dinosaurios interneteros). No sé si han descubierto aún la existencia de las mormonas positrónicas (siempre doñas rondando la veintena, ya es casualidad). Si yo fuese uno de esos abnegados cuarentones que abren cartas Pokemon delante de la camarita o alguna de esas muchachas hiperbronceadas que se pasean por cuanto evento les financie el negocio inmobiliario iría poniendo las barbas a remojar. ¿Desafección de la audiencia? ¿El colapso por repetición? Quita, quita. Mormones digitales, la sinopsis de una película de terror.

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