La fiebre de la IA desafía todas las señales de una burbuja a punto de estallar

Inteligencia artificial.

Martine Orange (Mediapart)

En tiempos más normales, el incidente habría acaparado toda la atención del mundo financiero. Ver cómo un hedge fund —un fondo especulativo que busca obtener una rentabilidad positiva en cualquier circunstancia— se hunde en dos días tras haber perdido más de 30.000 millones de dólares en un mes, incluso en Wall Street, donde ya solo se cuenta en miles de millones, no es algo anecdótico. Sin embargo, la caída del fondo Situational Awareness, creado hace apenas dos años por Leopold Aschenbrenner —presentado en su momento como un gurú de la inteligencia artificial—, apenas ha dado que hablar en el mundo financiero.

Es cierto que el rescate relámpago organizado por Citadel permitió evitar una catástrofe. Citadel recompró con carácter de urgencia una gran parte de la cartera de Situational Awareness a precio de saldo. Los financieros, aliviados, aplaudieron la iniciativa y compraron masivamente acciones de Citadel, que subieron un 6% en un solo día, para agradecerle su intervención. Había mucho en juego.

Todo está tan inextricablemente entrelazado en estos mercados financieros, convertidos en una especie de casinos permanentes que alimentan sin cesar la burbuja cada vez más gigantesca de la IA, que todos dependen de todos. Situational Awareness es un ejemplo perfecto.

Su cartera se concentraba en un número bastante reducido de empresas del sector de la IA. Había construido sus posiciones con un apalancamiento considerable, gracias a montañas de dinero prestado por fondos de crédito privado, que, a su vez, se habían endeudado fuertemente con los grandes bancos y con los bonos del Tesoro estadounidense como garantía de toda esta estructura de deuda.

Tranquilizados por esa solución, todos han vuelto a sus costumbres. El pequeño mundo de Wall Street ya solo tiene un tema de conversación: la próxima salida a bolsa de Anthropic, la empresa más destacada del sector tras el lanzamiento al mercado de su potentísimo modelo Mythos, hasta el punto de asustar a su creador y a sus usuarios.

Banqueros, operadores bursátiles y gestores de fondos ya se frotan las manos. Se prevé que la operación sea aún más gigantesca que la de SpaceX en primavera: podría alcanzar entre 1,7 y 2 billones de dólares.

El duelo OpenAI/Anthropic

Pero OpenAI, el competidor de Anthropic, también está en esa carrera. El creador de ChatGPT lleva mucho tiempo preparando su salida a bolsa. Está reestructurando toda su organización y apartando a los últimos responsables —¿demasiado rebeldes?— que participaron en sus inicios. Su director, Sam Altman, y sus banqueros apuntan alto para su salida a bolsa. Al menos tanto como Anthropic, si no más.

¿Quién se impondrá, Anthropic u OpenAI? La contienda apasiona a los financieros y todos empiezan a hacer sus apuestas. Curiosamente, casi nadie parece cuestionar las valoraciones anunciadas, superiores al PIB de tres cuartas partes de los países del mundo. Nadie se pregunta si los mercados financieros, ya saturados de deuda, pueden absorber cantidades tan colosales.

Pero no han faltado las alertas en las últimas semanas, tanto de los bancos centrales como de los economistas y de los propios mercados financieros, advirtiendo sobre esta burbuja de la IA que supera con creces todos los precedentes históricos. Los índices bursátiles estadounidenses han perdido más del 20% respecto a su máximo histórico. La Bolsa de Seúl, arrastrada de lleno por este frenesí en torno a la inteligencia artificial, se ha desplomado más de un 40% en una semana. Pero todo parece volver a la normalidad.

“Mientras la orquesta siga tocando, hay que seguir bailando”, explicaban algunos financieros al inicio de la crisis financiera de 2008. Los actores financieros parecen aferrarse de nuevo a ese dicho. Para la gran mayoría de ellos, la debacle que afectó al sector de la IA a principios de verano no fue más que un simple tropiezo. Otros no quieren perderse bajo ningún concepto la oportunidad de obtener ganancias fáciles, aunque sea por última vez, convencidos de que sabrán retirarse a tiempo si las cosas se tuercen.

Cada día se especula con 64.000 millones de dólares

Los propios grandes actores financieros alimentan esta creencia. Esta semana, Apollo Global Management, BlackRock, Blackstone, Goldman Sachs y KKR —es decir, algunos de los mayores grupos financieros estadounidenseshan anunciado la creación de un nuevo vehículo dotado con 500.000 millones de dólares junto con el fabricante de chips Nvidia, para ayudar a las empresas de IA a adquirir los superchips, de precio desorbitado, diseñados por el grupo de semiconductores.

En los mercados, las apuestas concentradas en un número muy reducido de valores son más descabelladas que nunca. El volumen de transacciones de los fondos cotizados en bolsa (en inglés exchange-traded fund, ETF) —que se han convertido en las herramientas preferidas para la especulación sobre la IA gracias a un fuerte efecto palanca— asciende ahora a 64.000 millones de dólares al día, frente a los 24.000 millones de principios de 2025, según los cálculos de Bloomberg. “Todo esto es insostenible”, predicen los analistas financieros.

El economista estadounidense Charles Kindleberger, especialista en las crisis del capitalismo occidental, ha documentado exhaustivamente, sobre todo en su libro Manias, Panics and crashes (2011), las crisis a lo largo de los siglos, basándose en los trabajos de Hyman Minsky. Desde la locura de los tulipanes en Ámsterdam en el siglo XVII hasta la crisis financiera de 2008, el mecanismo es siempre el mismo. Al no obedecer a ninguna racionalidad, contrariamente a lo que sostiene la economía clásica, los mercados bursátiles alternan entre la euforia extrema, que alimenta las burbujas, y el pánico, que provoca las crisis.

Pero hay un momento concreto en este ciclo. Tras alcanzar su máximo, los mercados financieros comienzan a bajar y luego se detienen un momento: entre quienes piensan que lo peor ya ha pasado, que la corrección ha puesto los contadores a cero y que todo volverá a ser como antes, y quienes empiezan a asustarse, las fuerzas se equilibran durante un breve lapso de tiempo, antes de que la burbuja estalle de verdad.

Quizá sea este breve momento de respiro el que están viviendo actualmente los mercados bursátiles.

Un cierto malestar

De hecho, tras la aparente calma en la superficie, en las profundidades hay fuertes turbulencias. Los analistas, incluso en los bancos más importantes como JPMorgan, llaman a la prudencia. La volatilidad en los mercados, motor de la especulación, ha caído a sus niveles más bajos, señalan. Pero, en lugar de verlo como una vuelta a la normalidad, interpretan este descenso como la señal de salida de los inversores, que se marchan de puntillas.

En los mercados de deuda se acumulan las tensiones. Los fondos de crédito privado que han alimentado la especulación se enfrentan a solicitudes de retirada difíciles de reembolsar. Cada vez son más los que se alejan de la alta tecnología para volver a la “vieja economía”. Está repuntando rápidamente  la tasa de impago de los créditos concedidos a las empresas —supera el 11%— y muchas deudas pasan a la categoría de junk bonds (bonos basura).

Entre muchos inversores parece cundir el malestar, como ha señalado esta semana Nicolai Tangen, director del fondo soberano noruego. Sin embargo, el directivo tenía todos los motivos para estar satisfecho: su fondo, uno de los más grandes del planeta con 2,3 billones de dólares en activos, acababa de registrar los mejores resultados de su historia: 150.000 millones de dólares de beneficios en el primer semestre. Pero en lugar de alegrarse expresó más bien sus temores por el futuro debido a “la extrema concentración” de su cartera en unas pocas grandes empresas, a la IA y a las “valoraciones” del sector.

Unas valoraciones que han alcanzado niveles sin precedentes. Aunque el sector de la alta tecnología y el digital cayó un 20% a principios de verano, los indicadores bursátiles más utilizados, empezando por el PER (price earning ratio, obtenido al dividir el precio de cotización por el beneficio neto por acción), han alcanzado cifras históricas. Hoy en día, se sitúan de media en 41,2. A modo de comparación, alcanzaban los 25 en el punto álgido de la burbuja de Internet en el año 2000.

La escalada de inversiones en centros de datos, producción de energía y otros sectores solo puede conducir a la creación de un exceso de capacidad y a gastos imposibles de amortizar

Pero esta vez es diferente, explican algunos financieros. Para ellos, el momento actual se asemeja más a la revolución del ferrocarril o de la electricidad que a la burbuja de Internet. La IA es portadora de las mismas transformaciones —quizá incluso más profundas— que las revoluciones industriales anteriores. A diferencia de la burbuja de Internet, añaden, las inversiones en IA se basan en activos reales: infraestructuras, centros de datos y centros de producción de energía. Todas ellas son inversiones físicas que permanecerán pase lo que pase. Basándose en este razonamiento, el fondo Situationnal Awareness llevó a cabo toda su estrategia hasta el colapso.

Desde hace unos meses, algunos observadores, escépticos ante las promesas de los gigantes digitales, han empezado a hacer cuentas. La escalada de inversiones en centros de datos, producción de energía y otros ámbitos solo puede conducir a la creación de un exceso de capacidad y a gastos imposibles de amortizar. Según el semanario The Economist, el sector debería alcanzar al menos una facturación acumulada de 2,3 billones de dólares al año para obtener un retorno de la inversión.

Pero existen numerosos obstáculos para rentabilizar la IA. En primer lugar, los primeros usuarios se han acostumbrado a que las herramientas de inteligencia artificial sean gratuitas y se muestran reacios a pagar. En segundo lugar, una vez superados los primeros momentos de descubrimiento y asombro, el uso de las herramientas de inteligencia artificial se estanca o incluso disminuye en muchas empresas.

La competencia china gratuita

Además, los gigantes digitales deben hacer frente ahora a una competencia china que no habían previsto. En contraposición a sus modelos propietarios y de pago, los grupos chinos ofrecen herramientas casi igual de eficaces y gratuitas. Un argumento de peso para muchas empresas, sobre todo en los países emergentes, pero no solo allí.

Un tanto desconcertados por estos argumentos, los inversores han acogido con entusiasmo los últimos resultados de OpenAI y de Anthropic, que siguen al alza. Para ellos, esto es la prueba de que los gigantes digitales son capaces, tal y como no han dejado de proclamar, de obtener beneficios cada vez más sustanciales gracias a la IA.

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Más allá de estos argumentos, los inversores que apuestan por la IA tienen una convicción muy arraigada: los gigantes digitales, gracias a su avance tecnológico, su poderío financiero y su cuasimonopolio mundial, no pueden hundirse. Ningún viento en contra puede hacerlos zozobrar, ni siquiera sacudirlos.

El futuro dirá si estos titanes de la IA, más allá de los cambios tecnológicos, económicos e incluso civilizatorios que anuncian, también pueden reescribir los ciclos financieros y romper con la sucesión de burbujas y crisis bursátiles. Si es que esta vez es realmente diferente.

Traducción de Miguel López

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