Asombro del territorio

La Historia se dibuja entre dos coordenadas: son el tiempo y el espacio. Cuándo y dónde sucedió aquello. El tiempo que manejan las personas siempre pasa, intenta su borrado, aniquila o salva. Pero el espacio queda casi siempre firme. Un horizonte que alguien miró y ahora tú miras. Donde imaginas su tristeza o violencia. El territorio revela, precisamente, el paso de los años, lo que el tiempo ha hecho sobre el suelo, contando también la proeza de seguir en pie, de persistir en su relato. El territorio es resistencia. Por eso, son importantes los lugares de memoria. Y no me refiero solo a los que guardan el suceso siniestro, el grito suspendido en la plaza, sino a todos aquellos que pisamos y podemos decir: aquí fue. El territorio nos habla casi siempre si sabemos prestarle un poco de oído. Contra el territorio, no puede el olvido y su insistencia.

Pienso esto mientras paseamos una mañana por el mirador de Baeza, ese malecón alto donde van a romper las infinitas capas azules de los olivares de Jaén. Dentro del armazón de un cubo de cemento, la cabeza de Antonio Machado que talló Pablo Serrano mira de frente hacia el sur.

Alguien dijo durante la cena que, en febrero del año 1966, José Manuel Caballero Bonald trajo este busto desde Madrid en el maletero de su coche junto a otros amigos. Yo no lo sé. El Régimen rodeó con tanques la zona y no pudieron ponerlo. La cabeza de Machado no salió del coche. No hubo homenaje. Volvieron a Madrid. No se leyeron poemas. Machado murió exiliado en la ciudad francesa de Colliure y ya sabemos cómo se guardan las dictaduras a los muertos para hacer que no existen. A veces, tanto, que luego no se sabe dónde están. No fue hasta 1983 que se consiguió poner la cabeza de Antonio Machado en esa muralla. La poesía ha sido siempre muy peligrosa para el pensamiento único.

Machado murió exiliado en la ciudad francesa de Colliure y ya sabemos cómo se guardan las dictaduras a los muertos para hacer que no existen

Machado fue profesor en Baeza del año 1912 a 1919. Acababa de morir su mujer, Leonor. Allí, dio clases de francés en el instituto. Allí transitó el duelo de la pérdida. "Los olivos grises, / los caminos blancos.
/ El sol ha sorbido /
la calor del campo; /
y hasta tu recuerdo
/ me lo va secando
/ este alma de polvo / de los días malos.

Hasta Baeza llegó su madre preocupada por la honda tristeza de su hijo para acompañarle. En el Palacio de Jabalquinto, hoy sede de la Universidad Internacional de Andalucía, queda el aula intacta donde el poeta daba clase de francés. Los pupitres, la mesa de madera oscura, la lámpara y la pizarra sobre el suelo de dibujos hidráulicos. Si se presta atención, se imagina una el sonido de la gramática impartida.

Después del paseo, llego hasta la puerta de una casa de mi familia en Baeza. Otra memoria territorial, esta vez íntima. No hay nadie al otro lado de su pared blanca. Miro su puerta, sus ventanas. Recuerdo el recibidor de azulejo, el salón oscuro, los poemas de aquel abuelo, el patio, los niños y yo adolescente aburrida o leyendo o protestando por dentro porque no quiero ver más procesiones. Quién regresara a esa protesta.

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