¿Fin de los 'influencers' o de la 'todología'?

A estas alturas, ya no me parece raro que haya personas que publican segundo a segundo sus vacaciones eternas, metro a metro sus chaletacos enormes con jardines ídem, sus marcas cuando hacen deporte o sus pieles de porcelana mientras se maquillan o desmaquillan con productos chulis sobre los que percuten con uñas largas y cuidadas que cuestan un pastizal.

Salvo por el ASMR “uñil”, nada es nuevo. Hacen publicidad de productos, estilos de vida, exhiben una realidad alterada e idealizada y, de paso, nos venden artículos, formas de pensar, cánones de belleza o hasta qué soñar. Llevamos décadas consumiendo anuncios en la tele o en la radio y, de manera menos obvia, también en series y películas en las que aparecen casas, modas, cuerpos, rostros e historias que la mayoría jamás tendremos y que aprendimos a necesitar. La gran diferencia, en el caso de las redes, es el formato vertical. Lo demás es igual: hay un guion detrás, una forma de construir la normalidad, los mínimos, lo deseable o el fracaso por quedarnos a años luz de todo lo anterior.

Y a pesar del machaque, a mí no me provoca envidia que esa gente viva de lujo porque el lujo no es algo a lo que yo aspire. A dejar de trabajar, salvo en los proyectitos que me encantan, a no volver a madrugar tanto como para que no haya ni un alma por la calle, a no tener que subirme en el Cercanías en hora punta, a saltarme eso de respirar en la espalda o en la mochila de alguien porque el tren está petado, a echarme la siesta o a no mirar la cuenta desde el día 15 de cada mes con el alma en vilo, sí. Y digo esto desde el absoluto privilegio que me confiere el hecho de no ser migrante y, por tanto, no depender de un papel para tener derechos, de residir cerca de mi familia, de contar con una red o de estar ahora mismo trabajando en una de esas profesionales liberales para las que muchas personas estudian pero en la que demasiado pocas pueden vivir de ellas.

Eso sí, también soy muy consciente de que llamar privilegio a ciertas conquistas que hasta ahora resultaban incuestionables, como sociedad, debería preocuparnos.

Así que no, no me fastidia esa gente por el hecho de que gane un pastizal sin necesidad de moverse de su cuarto, sino su desconexión con la realidad de la mayoría: con que a buena parte de la población le paguen poco por mucho que se deslome durante horas cada día y con independencia de su experiencia, sus títulos o la cantidad de líneas que sume en el currículum. Y quizá la indignación y la lucha deberían estar ahí, que ya sé que es un combate que se ha librado y se libra pero, por desgracia, las luchas no cuentan con la cantidad de “visualizaciones y visitas” que deberían porque hay una parte de la sociedad que en lugar de cuestionar el modelo actual, está deseando forrarse con él y pirarse a Andorra con el objetivo de no pagar impuestos. Lo colectivo se queda fuera debido a que en tu pantalla mandas tú y ya casi no vemos más allá de lo que pasa en ella y de lo que nos muestra o nos esconde el algoritmo.

Precarizan a periodistas que salen a la calle a buscar noticias e invierten en el tipo de 'influencer' que es noticia

Otra cosa que me da bastante rabia es que desde los medios de comunicación se haya contribuido a la situación actual. Precarizan a periodistas que salen a la calle a buscar noticias e invierten en el tipo de influencer que es noticia. Poco importa que su única expertise sea hablar aprovechando que tiene boca. La excusa para admitir y fomentar tamaño desequilibrio es la audiencia, no obstante quien ve la tele no siempre es el mismo tipo de perfil que el que se informa a través de redes. Y viceversa.

Me sienta regular que se maltrate a las personas que se han hinchado a hincar codos, que se han comido prácticas mal pagadas o no pagadas, que han aprendido la importancia de la veracidad frente el espectáculo y a citar y buscar las fuentes. Me preocupa que se prefiera la todología, que antes se limitaba a las conversaciones de bar, y el estar hasta en la sopa al rigor y la profesionalidad.

Y sí, ¡claro que hay influencers que saben y a los que da gusto escuchar! Pero a cuántos no. Es que qué valor hacer un día un “análisis sesudo” sobre el eclipse, al siguiente sobre la dana, pasarse el miércoles entero hablando de vacunas y concluir la semana siendo “especialista” en terremotos, Ceuta, inmigración o Irán en los debates a voces de la tele. Con todo, no son culpables las plataformas sino una sociedad que confiere una especie de superpoder a su creador de contenido favorito y que cree que tiene la capacidad de hablar de todo, de equiparar la todología a la sabiduría. Ni ChatGpt se atrevió a tanto.

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