Horchata otrora

Un hombre desnudo.

Cristina Morales

Podría ponerse unos auriculares si piensa pasarse la tarde saltando vídeos cada tres segundos en el móvil. Y quién sabe por qué arrastra el dedo con ese gesto de aprobación en la cara. Siempre vengo a tomarme una horchata a esta terraza precisamente a las cuatro de la tarde porque nunca hay nadie y no ponen música. Pero hoy tengo a esta tía detrás tocando los huevos que flipas. Podría por lo menos ponerse en la mesa más alejada, o terminarse el café, cruzar el paseo marítimo y dejarme a solas con el ruido del mar.

En un momento no puedo evitar girarme y, con todo el buen rollo del que soy capaz, hacerle notar que me tiene al límite de la crisis nerviosa:

—¡Deja siquiera esa, que hacía siglos que no escuchaba Hot Stuff de los Full Monty! —le digo.

—Incorrecto –responde ella con tal seriedad que, para alguien de no más de 25 años que se dirige a uno de más de 46, resulta desafiante y escandalosa–. Full Monty es la película en la que sale el tema, no una banda. Hot Stuff es de Donna Summer, éxito de 1979, producido por el genio de la música disco Giorgio Moroder.

—Mirándolo en el teléfono también sé yo quién parió a Barbara Streisand. Y, ya que estamos, por favor, déjala sonar entera —contesto intentando salvaguardar mi dignidad.

—No lo he leído en el teléfono. Y no, no la pongo entera.

¿Qué podías esperar, Renato?, me digo volviendo sobre mi horchata. A su edad yo sólo pensaba en la música. Ella sólo tiene cabeza para el tictóc y las redes sociales de la gente joven. Que se le borren las yemas de los dedos y se le queme la última neurona. Menor sería la tortura en el bar de la plaza donde ponen Cadena Dial que no poder escuchar ni una canción completa. Pero esta silla tiene la forma de mi culo y no será una niñata la que haga que me levante. Un momento, ¿pero se le han agarrotado las manos? ¡Qué suerte que le ha dado el ataque epiléptico antes que a mí, y justo en esta maravilla de canción! La horchata otrora contaminada de ruido compulsivo se acaba de convertir en la mejor que he probado en mi vida. Justo antes del comienzo de la segunda estrofa, otro ruido interrumpe el idilio:

—A ver, ¿te sabes la canción? –me pregunta la tipa alzando la voz por encima del único tema que ha dejado sonar–. Me giro por segunda vez, apoyo el codo en el respaldo de la silla Frigo, la enfoco y le respondo con la suficiencia propia de un rockero de profesión:

Gimme Danger, de Iggy and The Stooges.

—Sí, es Gimme Danger, pero de Iggy Pop como solista.

—Para para para. Te equivocas. Está en Raw Power, el último disco que Iggy hizo con los Stooges antes de reunirse en 2007.

—Si me lo dices con tanta seguridad pues te creo. Ese tipo de música no es mi fuerte.

¿Cómo que “ese tipo de música”?, pienso. ¡Iggy Pop es “la música” del siglo XX! Frena, Renato, frena, que no se traduzca ese comentario de pollavieja en tu cara. Siendo justos, a una chavala que se pasa la tarde mirando vídeos en el móvil hay que reconocerle el mérito de saber quién es la Iguana.

—Me guste o no, tengo que conocer todos los tipos de música.

–¿Qué pasa, pinchas en Razzmatazz con Youtube?

–Desde la canción más cursi de Justin Bieber hasta la cara B de los vinilos de 45 de Lola Flores.

Parece que algo del comentario de pollavieja sí que se ha trasladado a mi cara, de tantas explicaciones como me está dando

–El intérprete, el título exacto y adivinarlo en el menor tiempo posible.

—¿Y qué más da el título exacto? Lo importante es sentir la música, lo cual es imposible con el tictóc o el ístagran o lo que sea que cada tres segundos te cambia de tema –respondo abrazando mi naturaleza irrefrenablemente pureta, qué se le va a hacer–. Además, ya se me ha acabado la horchata.

Ella, como no puede ser de otro modo, se ríe en mi cara. Lo raro es que se levanta, se me pone al lado y me enseña el móvil con la portada de Raw Power ocupando toda la pantalla.

—Ni TikTok ni hostias. Me estoy entrenando. En septiembre participaré en un concurso de la tele. Ponen una canción y el que la adivina antes, gana. Y gana mucha pasta.

Yo la miro desde mi trono Frigo y ella me sostiene la mirada desde su largo metro ochenta. Si me levanto, es posible que me saque una cabeza. Le miro los pies a ver si lleva tacones. Con la vista todavía baja le pregunto:

—Pero no tiene sentido adivinar la canción si la estás viendo en internet —la acuso sin demasiado convencimiento porque toda la situación me parece marciana, empezando por el hecho de que una tía de metro ochenta sin tacones lleve hablándome cinco minutos en la horchatería de mi pueblo a la hora de la siesta.

—Sólo miro la pantalla cuando tengo dudas de la canción que está sonando.

—Es imposible, se te cae la vista siempre, aunque no quieras.

—No es verdad.

—Lo que tú digas.

La pava se me sienta delante sin pedir permiso, apoya el teléfono en la mesa, lo desliza hasta mí y me ordena:

—Dale al play y, en cuanto yo te diga el título de la canción, le das al botón de siguiente. Le das a pause sólo si me equivoco.

Como me quedo callado odiando la interfaz del Spotify, insiste:

—¿Sabes cuál es el botón del play y el de adelante?

Y yo, como si me estuviera desafiando el Joni a chupitos en el Valentino en 1999, agarro el teléfono y me pongo a hacer exactamente eso que llevo criticando desde que llegué: pasar canciones cada tres diabólicos segundos.

Ay qué risa, que no se da cuenta Renato de que quien está cantando no es Robe Iniesta sino el que te vende los tornillos en el Diceltro. Míralo ahí en primera fila saltando y cantando Extremaydura, de Tú en tu casa, nosotros en la hoguera, álbum debut de Extremoduro, 1990, a día de hoy descatalogado. Parece que soy la única que se aburre esta noche en el Hollister. Todos los carrozas, pollaviejas, señoros y sus señoras se vuelven locos con este coñazo de banda de versiones, y yo casi que podría sumarme a esa suspensión de la realidad según la cual el dependiente del Diceltro no es Christina Rosenvinge cantando Voy en un coche (la he adivinado al primer acorde de la intro de guitarra), incluida en el disco Que me parta un rayo, 1992, del grupo Christina y los Subterráneos; casi que podría gozar como ese público entregado si no fuera porque las canciones las hacen enteras, y a veces hasta las alargan para que la gente las coree; yo, una canción que ya conozco, no la aguanto más de tres segundos, o cinco si estoy un poco espesa, porque ya sé cómo sigue y cómo acaba. Sólo disfruto la música que no conozco, las canciones que nunca he oído, la novedad y la originalidad de grupos que nunca versionarán en el garito motero de mi pueblo. Por si fuera poco, es que anuncian hasta el título de los temas antes de tocarlos, o sea, que ni entrenarme me dejan, La casa por el tejado, Fito y Fitipaldis en Lo más lejos a tu lado, 2004, me pego un tiro, ni tres segundos la aguanto, no tengo escapatoria, ni los auriculares que me ha regalado Renato funcionan con este ruido. Cuarenta veces en estas dos semanas le he dicho que yo cascos no uso porque se me enganchan los aros, pero él ha insistido tanto con que en el concurso tendré que llevarlos y con que me tengo que acostumbrar que al final se los he aceptado, qué iba a hacer, es mi entrenador. Mientras los CampoDeNabosRockBand están intentando tocar Misirlou de Dick Dale and The Del Tones, 1963, lo alcanzo en la primera fila, me grita entusiasmado “¡la de Pulp Fiction!” y le digo que lo espero en el coche. Me hace ok con el pulgar, se pensará que voy a meterme una raya pero yo la droga en estas situaciones no la malgasto. Por si acaso acaba el concierto, todo el tiempo he de aprovechar. Abro Spotify y empiezo a hacer una nueva lista para que Renato me tome la lección cuando vuelva, esta vez voy a ser buena y meter canciones puretillas, así no le corto el rollo. Ya llega, se pone en el asiento del copiloto, con una mano me hace unos cuernos metaleros y con la otra se está liando un porro. Nunca había visto a nadie liar porros con una mano y hacer cosas completamente distintas con la otra, como por ejemplo pasar las canciones en el móvil. Dos segundos de violín y digo:

Te amo, de Umberto Tozzi.

Dos segundos de la mítica drum machine de With or without you, de U2. Dos segundos de sintetizador, tres segundos, cuatro, y esta cuál coño es, ¡ah sí!:

Cuando zarpa el amor, de Camela.

Ni dos segundos necesito para reconocer la siguiente mierda:

When a man loves a woman, de Michael Bolton.

Facilísima, un segundo de órgano Hammond del rey de los pollaviejas:

—Tom Jones, Sexbomb.

Seis segundos de teclado y uno de guitarra y digo:

Como yo te amo, de Rocío Jurado.

Dos gorgoritos de Whitney Houston y digo:

I will always love you.

Tres segundos de bombo y platillo misteriosos pero en el cuarto y en el quinto el funky es inconfundiblemente…

Para hacer bien el amor, de Raffaella Carrà.

—Casi.

¿Cómo que “casi”?, pienso. ¿No se titula así o no es esa la cantante? Belén, no puedes estar tan en la parra como para no acertar una que se saben hasta los sordos. 16 eternos segundos mirándonos a los ojos y entra la segunda guitarra. La canción avanza y no habría imaginado que fuera tan dulce el momento de la derrota. En el segundo 23, la cantante interviene:

—Por si acaso se acaba el mundo…

—Todo el tiempo he de aprovechar —completa la frase Renato, y acto seguido se acerca la mano a la boca y lame la cola del papel.

*Cristina Morales es autora, entre otros libros, de ‘Lectura fácil’, Premio Herralde de novela, (Anagrama, 2018).

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