La construcción franquista con forma de cruz
La decisión de la Junta de Extremadura de iniciar el procedimiento para declarar Bien de Interés Cultural (BIC) la Cruz de los Caídos de Cáceres —cuatro meses después de que el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática la incluyera en el Catálogo de símbolos contrarios a la memoria democrática y ordenara su retirada— plantea una cuestión que va mucho más allá de la conservación de un monumento. Obliga a preguntarnos qué ocurre cuando una administración pública decide proteger como patrimonio un elemento cuya propia historia lo vincula directamente con la cultura política y memorial del franquismo. El propio expediente lo reconoce: la cruz nació en plena guerra, con inscripciones de saludo a Franco, en un entorno urbano "preconcebido para ensalzar al régimen". Y acto seguido sostiene que su valoración debe entenderse "desvinculada de su sentido conmemorativo originario". Se pretende proteger la cruz a condición de amputarle su historia.
El debate suele presentarse en términos aparentemente sencillos: derribo o conservación; memoria democrática o patrimonio histórico; símbolo franquista o símbolo religioso. Pero esta simplificación oculta una cuestión fundamental. Para saber qué hacer con una Cruz de los Caídos no basta con observar cómo se presenta hoy. Es necesario conocer por qué, para qué y en qué contexto fue construida.
Y ahí reside el principal problema del caso cacereño.
La discusión parte con frecuencia de una confusión histórica: considerar que estamos ante una cruz religiosa a la que, durante el franquismo, se añadieron unas inscripciones, unos nombres o unos emblemas que podían retirarse sin afectar a la naturaleza esencial del monumento. La documentación histórica conservada conduce a una conclusión diferente. Las Cruces de los Caídos constituyeron una tipología monumental propia de la cultura política y memorial del franquismo. Aunque su forma cruciforme coincidiera con una iconografía religiosa tradicional, su incorporación a estos conjuntos no fue accidental ni secundaria: la cruz fue concebida como el elemento central sobre el que se articulaba la composición conmemorativa. Los expedientes de construcción conservados en el Archivo General de la Administración permiten comprobar que, en numerosos proyectos, la cruz aparecía como la idea rectora del monumento —"el tema central", "la idea eje de la composición", escriben los propios arquitectos— y no como un simple soporte destinado a albergar unas placas posteriormente separables. La forma del monumento y su función política formaban parte de un mismo lenguaje memorial.
La finalidad última no es borrar el pasado, sino impedir que la dictadura continúe determinando silenciosamente la jerarquía de las memorias presentes
La construcción franquista adoptaba deliberadamente una forma religiosa porque el nacionalcatolicismo había convertido la unión entre política y religión en uno de sus principales instrumentos de legitimación. La cruz permitía sacralizar la victoria de los vencedores, presentar la Guerra Civil como una empresa providencial y transformar la muerte de los combatientes del bando franquista en sacrificio, martirio y redención. Por eso resulta históricamente incorrecto invertir el proceso y afirmar que el franquismo se limitó a añadir política a una cruz religiosa previamente neutral. Ocurrió justamente lo contrario: el régimen construyó monumentos políticos cuya forma principal era una cruz.
Esta distinción es decisiva. Cuando, décadas después, se eliminan unas placas o unos emblemas, puede modificarse una parte visible del monumento; pero no desaparece la historia de su construcción. Si bastara con eliminar unas placas para transformar la naturaleza histórica de un monumento, cualquier construcción franquista podría desvincularse de su origen mediante una simple operación estética. Pero la historia no desaparece cuando se borra una inscripción ni se modifica por el mero hecho de sustituir unas placas por otras que incluyan a todas las víctimas, como se ha hecho en múltiples lugares. Eso no es resignificar, es blanquear: porque equipara bajo un mismo mármol a víctimas y verdugos.
Precisamente por ello, la naturalización de estos elementos no debe confundirse con su neutralidad. Que los cacereños hayan incorporado durante décadas la cruz a su paisaje cotidiano no significa que el objeto haya perdido su historia política, ni mucho menos la función por la que fue erigida: la de exaltar, legitimar, conmemorar al franquismo y humillar a los vencidos. Significa que esa historia ha dejado de ser visible o, sencillamente, conocida. El problema no es únicamente la supervivencia física del monumento, sino la pérdida progresiva de conocimiento sobre las circunstancias que explican su existencia: la ciudadanía termina viendo únicamente una cruz, y se olvida de que aquella cruz fue concebida como la pieza central de un programa político de memoria construido por una dictadura. Esa pérdida no convierte el monumento en inocente; simplemente hace más difícil comprenderlo. Y desactiva de paso el argumento estrella del Ayuntamiento —que la cruz es hoy "un sitio de reencuentro y concordia"—, porque esa percepción no es la refutación de su origen: es la prueba del éxito de la operación. El propio expediente ofrece, sin advertirlo, el contraargumento: recoge que en los años setenta se propuso trasladar la cruz porque los bloques de viviendas la habían dejado "rebasada" y la prensa del régimen le daba perdido su "bagaje emocional". El "hito urbano" que hoy se blinda era un estorbo para la Cáceres de 1970. Lo que ha cambiado desde entonces no es el monumento: es su utilidad política.
La declaración BIC debe analizarse desde esta perspectiva. Declarar Bien de Interés Cultural un elemento no supone únicamente reconocer sus características materiales: implica seleccionar aquello que una sociedad considera digno de protección, conservación y transmisión a las generaciones futuras. Por eso la cuestión no es si la cruz tiene valor histórico —lo tiene, como testimonio de una determinada política memorial—, sino qué se pretende proteger exactamente y bajo qué relato. No es lo mismo conservar un elemento para explicar críticamente cómo funcionó la cultura política de una dictadura que protegerlo como un objeto descontextualizado, separado de las razones que explican su construcción. El patrimonio no debería convertirse en una forma de amnesia. Y los detalles del expediente apuntan en esa dirección: la resolución estatal constató en abril que el monumento "no presenta ningún elemento artístico singular"; en julio y agosto la Junta encargó dos informes y sobre ellos incoó el BIC; y el bien incoado ni siquiera se denomina "Cruz de los Caídos", sino, literalmente, "la Cruz" de la plaza de América. Hasta el nombre ha tenido que maquillarse.
Existe aquí una contradicción difícil de ignorar. Si un monumento construido para la exaltación de una dictadura puede ser protegido jurídicamente después de eliminar algunos de sus elementos más explícitos, se abre una vía extraordinariamente eficaz para garantizar la supervivencia de la propia estructura monumental. La patrimonialización se convierte así en una nueva forma de pervivencia. No hace falta defender abiertamente el franquismo: basta con desplazar el debate desde la historia política hacia la estética, la antigüedad o la forma religiosa. Es exactamente lo que ensaya la derecha española, en Cáceres y en la campaña de mociones BIC que promueve por todo el país: no defiende que la cruz se quede; defiende que no se explique. Lleva medio siglo administrando el capital político de la naturalización —primero blanqueó las placas, luego naturalizó los monumentos— y ahora pretende blindar jurídicamente el resultado. Pero una democracia no debería construir su relación con el pasado sobre la ocultación de la historia de los objetos.
¿Qué hacer, entonces? La cuestión no es patrimonio o memoria, sino qué tipo de política patrimonial y memorial se adopta. Una política de tratamiento será tanto más eficaz cuanto mayor sea su capacidad para explicar el origen del elemento, modificar la jerarquía simbólica heredada, reconocer a quienes fueron excluidos de la conmemoración y proporcionar instrumentos para interpretar críticamente el pasado. Una Cruz de los Caídos puede conservarse como documento histórico, trasladarse a un espacio museístico, integrarse en un recorrido pedagógico sobre la dictadura. Pero allí donde el monumento conserva intacta su estructura de exaltación, donde no se prevé contextualización alguna y donde la protección se utiliza precisamente para impedir el cumplimiento de la ley, la retirada constituye la respuesta coherente: una medida de higiene democrática del espacio público. Es lo que ordena la resolución estatal, y lo que el expediente extremeño pretende bloquear. Retirar no es borrar la historia —la historia está en los archivos, en la prensa de 1937, en el propio expediente de la Junta—; es dejar de exhibirla como exaltación en el lugar que la dictadura eligió para ello.
Y aun así no basta. Si las generaciones posteriores desconocen por qué fueron construidos estos monumentos, qué función desempeñaron y a quiénes conmemoraban, la desaparición física del objeto no garantiza la desaparición de las interpretaciones que permitieron su naturalización. La retirada debe acompañarse de aquello que la naturalización destruyó: conocimiento. Contextualización, educación histórica, explicación pública de lo que ese monumento fue y de lo que todavía significa. La finalidad última no es borrar el pasado, sino impedir que la dictadura continúe determinando silenciosamente la jerarquía de las memorias presentes.
Porque retirar una inscripción puede modificar un monumento. Pero no puede modificar el pasado.
Y porque proteger la piedra mientras se oculta por qué fue levantada no es conservar la historia.
Es perderla.
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Francisco Navarro López es doctor en Patrimonio y Profesor de la UC3M y URJC.