Asombro del territorio Aroa Moreno Durán
En bastantes personas que contemplamos la lucha política “por un puñado de niñas” nos sobrevuela por el pensamiento la ansiedad preventiva o anticipatoria. Se nos paraliza cualquier reflexión sobre el futuro de esas niñas que son ahora tizón de odio político. Por ahora todo son especulaciones sobre esa distribución por España, imaginamos que con carácter temporal hasta que se culminen los dilatados trámites de regreso con sus familias. Las ONG de ayuda a esas niñas claman por su protección.
El duelo anticipatorio nos acongoja. Se trata de proteger a 500 niñas en un país de casi 50 millones de habitantes. No entro en lo que se podría haber hecho mejor por parte del Gobierno, tiempo habrá de analizarlo.
Nos encontramos en un momento crítico de provisionalidad permanente. Nos preguntamos si la preocupación es una limitación a la hora de demostrar solidaridades. En el asunto Ceuta la mente se ve obligada a cargar con tantos deberes o débitos, o ambas cosas a la vez, que tiende a encogerse.
La solidaridad personal tiene un alcance limitado si no consigue impregnar a la sociedad. Si el tiempo pasa demasiado deprisa, más que nada por la no solución, se adelanta a los débitos, diríamos que los olvida, y oscurece los deberes. El Gobierno de la ciudad autónoma, acaso sin desearlo, se aleja de sus deberes, al menos con estas niñas. No queremos pensar que perdió su humanitaria gobernanza por la presión de fuerzas políticas foráneas, qué bien fuerte es.
Estamos hablando de 500 niñas, ahora expuestas a muchos peligros que nos harían temblar si fuesen nuestras hijas. Sin duda, antes el tiempo de la solidaridad era más profundo, o tenía menos sucesos adheridos por oscuras intenciones. Escuchamos a dirigentes políticos de la oposición condenar a esas niñas por un supuesto delito del que no son conscientes. No es extraño que la ciudadanía no implicada sienta ganas de dejar vagabundear su pensamiento entre débitos y deberes. No comentaré si es conforme a ley o no, no me considero capacitado.
Escuchamos a dirigentes políticos de la oposición condenar a esas niñas por un supuesto delito del que no son conscientes. No es extraño que la ciudadanía no implicada sienta ganas de dejar vagabundear su pensamiento entre débitos y deberes
Decía la filósofa Hannah Arendt que “el juicio moral depende de la capacidad de pensar desde la perspectiva del otro”. Suponemos que esos dirigentes a los que aludíamos antes tendrán hijas. Pensemos en la seguridad mental y física de esas 500 niñas. ¿Acaso no merecen ser acogidas temporalmente en lugares seguros? ¿O reza para ellas aquello tan cristiano de que “en el castigo (por entrar) llevarás la penitencia (por estar)"? Actualmente recorren un laberinto que ellas difícilmente pueden asimilar. Entraron en un país rico que se dice que respeta los derechos humanos y la Convención de los Derechos del Niño-a (1989). Que está obligado por haberse adherido a mandatos de la ONU y UNICEF, que piden la salvaguarda de la infancia como sujeto de derecho.
No entro en las otras dimensiones de la tragedia de Ceuta, ya se aclarará lo que se debe y puede hacer con el resto de las personas que malviven por la ciudad autónoma. ¡Pero todo este precipicio humanitario por 500 niñas!
Las ONG allí desplazadas las socorren por ahora, mientras se articulan otros sistemas de protección. Me cuesta creer la noticia publicada por un periódico de Ceuta que comentaba la llamada de vecinos de esa ciudad a expulsar a la Cruz Roja —un ejemplo de dedicación a los desfavorecidos en todo el mundo— por dedicar a las niñas extranjeras excesiva atención, que no prestan a las nativas.
En la película de Sergio Leone Por un puñado de dólares (1964) parece que no destacaba la moralidad del protagonista. ¿Podemos ver si es así en quienes deciden en el caso de estas niñas?
En fin, que la cara más vulnerable del entramado social dejó de tener rostro. Debemos quitarnos las caretas y proteger a esas 500 niñas.
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Carmelo Marcén Albero es doctor en Geografía por la Universidad de Zaragoza y especialista en educación ambiental.
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