El depuesto rey de la verdad Pedro Vallín
Ante la situación actual, en la que Europa soporta olas de calor casi continuadas, solo cabe estar preparados; máxime si pensamos en lo que puede venir. La cultura del riesgo supone el cultivo —información, entrenamiento e interiorización— del sentimiento colectivo ante hechos que van o pueden distorsionar nuestras vidas. En este caso, apaga incendios porque la prevención impide que se propaguen, porque si explosionan se conoce casi siempre cómo enfrentarse a ellos. En este ejercicio reflexivo no sirve únicamente lamentar nuestra mala suerte; antes bien, habrá que pensar en lo que puede suceder en un futuro próximo. Además, debe considerarse si, en este caso, las altas temperaturas, que sobredimensionan los posibles incendios, son en parte una consecuencia de nuestros estilos de vida, de producción y consumo. Esta secuencia reflexiva afecta tanto a la vida particular como a la colectiva. Imaginemos algo distinto al momento actual de altas temperaturas y riesgo seguro de incendios. Si así lo hacemos, estaremos más cerca de esa realidad precaria que amenaza con propagarse y continuar.
La cultura del riesgo frente al calor y el fuego no es una maniobra ecologista, como la calificarían los políticos de Vox que detentan ahora consejerías de Medio Ambiente —caso de Aragón, pero no solo—. Ahora mismo se ha evidenciado como una necesidad urgente para enfrentar los incendios forestales, que no son bastante más numerosos que antes, pero sí muchísimo más intensos y peligrosos. Resulta lógico pensar que la sociedad en el conjunto del país, y cada territorio concreto también, construyese sin dilación una mentalidad proactiva que sea consciente del riesgo. Dado que eso no se consigue con simples proclamas o con la formulación de una ley protectora del monte, habrá que llevarla a la política general. Habrá que aumentar la información clara y sectorizada, asimilable por los posibles afectados. Dentro de una apuesta colectiva que precisa una formación continua y un entrenamiento ante posibles eventos. Es decir, protocolos que capaciten una preparación para responder con rapidez y eficacia a la casi segura contingencia. En este contexto, la educación y la conciencia compartidas, así como la asunción de responsabilidades según sectores, son indispensables.
La cultura del riesgo no incendia, sino que apaga posibles quemaduras. No es sencillo interiorizarla y formularla, ni se hace de inmediato. La costumbre de que ya habrá alguien o algo que nos salvará no sirve; la deidad protectora de la naturaleza está de vacaciones. La no meditada dejadez no afecta solo a las administraciones que nos rescatarán en un incendio y limitarán su extensión hasta apagarlo, sino que alude a una necesaria conciencia situacional. Es algo imprescindible en un país en donde la mitad del territorio es masa boscosa o similar. Una alerta de las organizaciones y entidades naturalistas se concreta en la posibilidad de que surjan auténticas piras incendiarias en nuestra masa boscosa. Siempre quedó muy lejano lo que sucedió en Pedrogao Grande, en el centro de Portugal —del 17 al 24 de julio de 2017, al menos 64 muertos y más de 1.700 heridos—, o en Mati, en Grecia —un pueblo reducido a cenizas donde murieron al menos 74 personas—; casi nadie en Europa pensaría que podía pasar en su tierra. La distancia amortigua las tragedias, aun a sabiendas de que cerrar los ojos ante la desgracia de otros no salvaguarda nuestra seguridad. Dicen por aquí que el pavoroso incendio de Guadalajara, del 16 al 20 de julio de 2005, que se cobró la vida de un equipo de extinción formado por nueve bomberos forestales y dos agentes medioambientales, además de arrasar más de 10.000 hectáreas, sirvió para mejorar los planes de prevención y custodia del monte. Por lo que vemos ahora, podemos asegurar que no del todo. La gestión que del incendio tuvo el gobierno de Castilla-La Mancha fue duramente criticada desde distintos ámbitos, ya que pareció que no se enviaron los medios aéreos y terrestres necesarios durante las primeras horas.
Siempre resulta más barato prevenir que extinguir incendios; y provoca menos desgracias personales
El territorio europeo y el de España soportarán este verano centenares de incendios de mayor o menor gravedad. Por tanto, lo mismo a escala particular que colectiva, habrá que concretarlo en forma de conciencia situacional. Por parte de las administraciones, hay que prever que los incendios se van a producir; con seguridad, aunque no se sepa dónde, cuándo y con qué intensidad. Deben reconocer que durante las últimas décadas se ha dejado de pastar y cultivar una parte del monte, que el cambio climático —hasta el señor Moreno Bonilla, presidente de Andalucía, lo reconoce, aunque sus aliados de Vox lo nieguen— va a aumentar sus riesgos, y que se ha dado una ocupación habitacional del territorio —caso de Los Gallardos— que añade gravedad a cualquier fuego del monte. Se sabe que esa tendencia turística de ocupar de forma masiva la naturaleza pone en peligro la salvaguarda de muchas vidas concentradas en un paraje que no debería ser arrasado; y muchos más peligros nuevos. A veces imagino despierto lo que podría suceder si un incendio atacase el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido en uno de esos días de verano en los cuales sus sendas parecen un paseo ciudadano. Enseguida detengo la imaginación porque no estoy seguro de que las vías de evacuación funcionen y los visitantes sigan las instrucciones. ¿Serán consistentes sus esquemas mentales del riesgo individual, al menos?
De haber consolidado una cultura del riesgo ante incendios, se habrían puesto en marcha los distintos planes de prevención aprobados en los parlamentos, se habría explicado a la ciudadanía su contenido y se habrían consolidado orlas protectoras en los pueblos enclavados en montes y bosques, con protocolos muy serios y alertas explicadas. Se habría entrenado a la población de cada pueblo con simulacros efectivos y reparación de posibles fallos, se insistiría en el papel de la colaboración ciudadana; en definitiva, se habría hecho una gestión preventiva. Dentro de todo esto hay un riesgo añadido, que es el turismo de naturaleza; casa muy mal un camping o campamento rodeado por un bosque más o menos tupido. Han de readaptarse todas las normas de emplazamientos para que se minimicen los riesgos. Pero, sobre todo, es necesaria una información muy completa y razonada a los distintos sectores que puedan estar implicados en la prevención, en la gestión de las masas forestales, en el abordaje de los incendios y en la posible restitución de las masas del monte.
Necesitamos una cultura del riesgo que forme parte de los cimientos de la memoria particular y colectiva, con tal consistencia que identifique las geografías del alma. Es imprescindible porque atiende al calado de las consideraciones de la supervivencia social. Se prepara ante la seguridad de que brotarán nuevos incendios, aunque no se sepa dónde, cuándo y con qué intensidad. Siempre resulta más barato prevenir que extinguir incendios; y provoca menos desgracias personales. Es un aviso para las consejerías de PP-Vox que racanean recursos para el medio ambiente.
P. D.: Una alerta ante el “turistificado” eclipse del 12 de agosto. Imaginamos que las administraciones habrán sido cuidadosas al valorar los riesgos de oleadas de gente en lugares concretos. Deseamos que la ciudadanía cumpla las limitaciones impuestas por las autoridades y su espíritu personal de supervivencia. Así sea.
________________________________
Carmelo Marcén Albero es doctor en Geografía por la Universidad de Zaragoza y especialista en educación ambiental.
Lo más...
Lo más...
LeídoTu cita diaria con el periodismo que importa. Un avance exclusivo de las informaciones y opiniones que marcarán la agenda del día, seleccionado por la dirección de infoLibre.
Quiero recibirlaEl placer de matar a una madre: la novela que ilumina la violencia psiquiátrica y el robo de bebés
Del Bienquerer
Pasos de vida
¡Hola, !
Gracias por sumarte. Ahora formas parte de la comunidad de infoLibre que hace posible un periodismo de investigación riguroso y honesto.
En tu perfil puedes elegir qué boletines recibir, modificar tus datos personales y tu cuota.