Palma de Oro para 'Fjord', la película que crítica la protección infantil y seduce a los reaccionarios

La película 'Fjord' consigue la Palma de Oro en el Festival de Cannes.

Ludovic Lamant y Hugo Lemonier (Mediapart)

Cuando recibió su segunda Palma de Oro en mayo, el director Cristian Mungiu expresó su preocupación por el estado de nuestras “sociedades fracturadas y radicalizadas”, y por la brecha cada vez mayor entre conservadores y progresistas, que, según él, se han vuelto incapaces de dialogar y ponerse de acuerdo.

Desde su presentación en Cannes, Fjord, que se estrena ahora en cines, parece que provoca exactamente el efecto contrario al que se había fijado como objetivo: suscita reacciones muy polarizadas, ya que el cineasta rumano de 58 años expone en ella, de forma incómoda, las zonas grises de un tema ultrasensible, la protección de la infancia en Europa.

Unos días antes de recibir la Palma de Oro, Mungiu, originario del este de Rumanía, muy cerca de Moldavia, había precisado el rumbo demiúrgico que marcaba a su cine, en una entrevista concedida a The Hollywood Reporter: “Las películas se han vuelto demasiado políticas en los últimos diez o quince años, limitándose a confirmar los ‘buenos valores’ [progresistas —ndr]. Debemos contrarrestarlo con películas que nos permitan expresar dudas sobre los valores contemporáneos. Es una forma de cultivar la democracia”.

¿Consigue Fjord "cultivar la democracia”? ¿O se trata, bajo el pretexto de una agenda política ultraambiciosa, de una simple "Palma de la derecha" como sugieren algunas voces?

La película narra el asentamiento de una familia binacional (padre rumano, madre noruega) y numerosa (cinco hijos), los Gheorghiu, en un pueblo situado a los pies de un fiordo nevado de Noruega. Cuando una profesora observa moratones en el cuerpo de la mayor, los niños son colocados en familias de acogida.

Se abre una investigación de los servicios sociales, lo que allana el camino para un juicio. Los Gheorghiu se encuentran con que van a ser juzgados por las autoridades, no por sus actos, sino por sus convicciones religiosas ultraconservadoras. Sin desvelar el espectacular final, el padre también se enfrenta a una pena de prisión, en un segundo juicio que, por el momento, es solo hipotético.

Aclamada por la derecha

Mungiu afirma haber realizado una síntesis de varios casos mediáticos ocurridos a lo largo de la década de 2010, todos ellos situados en los países escandinavos, desde una familia polaca en conflicto con las autoridades danesas hasta una familia india en conflicto con el Estado sueco. Pero se inspiró sobre todo en el caso de Ruth y Marius Bodnariu, en Noruega en 2015: a la pareja (marido rumano, esposa noruega) se le retiró la custodia de sus cinco hijos tras una primera denuncia.

El caso había suscitado una ola de indignación por parte de colectivos de extrema derecha, que denunciaron “secuestros” de niños. Se celebraron manifestaciones en varios continentes, organizadas por activistas convencidos de que eran los valores de los Bodnariu, cristianos evangélicos, los que estaban en el punto de mira de un Estado, Noruega, conocido por su progresismo.

El cineasta rumano, que ya se alzó con el oro en Cannes en 2007 (Cuatro meses, tres semanas y dos días, una historia sobre un aborto ilegal a finales de la era Ceaușescu), dice que eligió Noruega como escenario por motivos de claridad: “La historia podría tener lugar en cualquier otro país nórdico”, afirma en el dossier de prensa. “Vistos desde la distancia, los países nórdicos parecen estar a la vanguardia de los valores progresistas, por lo que resultaría más fácil comprender lo que está en juego en el conflicto si estallara en esta región del mundo".

En Cannes, parte de la prensa anglosajona criticó la mala elección del momento por parte del presidente del jurado, el surcoreano Park Chan-wook, quien, en estos tiempos de trumpismo y auge de la extrema derecha, habría actuado de forma muy poco acertada al otorgar la Palma de Oro a una película que examina las debilidades de las democracias liberales. Algunos críticos estadounidenses incluso habían expresado su incomodidad ante una “película MAGA”, en referencia al movimiento ultrarreaccionario de apoyo a Donald Trump.

Otros vieron en ella un largometraje manipulador que, bajo la apariencia de un himno a la complejidad y los matices, cae en un relativismo dudoso entre el progresismo y el conservadurismo. En resumen, un tema inflamable propicio para que lo aproveche la derecha más radical. “El verdadero juicio al que lleva la película, lejos de reflejar ningún tipo de equilibrio, no es más que el desmontaje sistemático de la sociedad woke”, se lee en los Cahiers du cinéma. “Fjord se mantiene lo suficientemente ambiguo de principio a fin como para prestarse finalmente a una instrumentalización por parte de la extrema derecha”, añade Libération.

Por el contrario, y sin que sea ninguna sorpresa, los medios de derechas, desde Le Figaro hasta Le Point, pasando por Valeurs actuelles, han elogiado la última obra de Mungiu, que, según ellos, hace gala de infinitas sutilezas para “desentrañar las fracturas ideológicas de Occidente”.

Mucha empatía y pocos hechos

¿Qué pasa exactamente en la pantalla? Es difícil negar que el cineasta rumano demuestra empatía a la hora de filmar el drama que atraviesan los Gheorghiu. Aunque solo sea porque las estrellas internacionales de la película —Sebastian Stan y Renate Reinsve, muy convincentes en una especie de angustia sobria— encarnan a la pareja ultraconservadora. Cuando la policía arranca una confesión al padre, se muestra a la familia como víctima de una justicia noruega poco preocupada por los derechos de defensa.

Por el contrario, los dos papeles femeninos que reflejan los entresijos del modelo noruego —la profesora que presentó la denuncia y la investigadora del Barnevernet, los servicios de protección de la infancia noruegos— parecen mucho más insulsos y monolíticos.

Y cuando los defensores de los Gheorghiu se indignan, al considerar que Noruega defiende mejor los derechos de los pueblos indígenas, en particular los de los saami, que los derechos de las minorías religiosas, a veces da la impresión de que es el propio cineasta rumano quien se expresa directamente, por la insistencia con la que se repite este argumento a lo largo de toda la película.

Pero Fjord también logra tejer otras tramas subyacentes, empezando por la relación incipiente entre las hijas de ambas familias, que alejan el largometraje de las aguas de una película tipo tesis, para adentrarse en los terrenos de un cine más conmovedor.

En el fondo, Mungiu da, sin embargo, la impresión de cultivar la vaguedad, más que la complejidad, al describir los entresijos del sistema de protección de la infancia en Noruega, que no es más que un telón de fondo sobre el que el cineasta proyecta un conflicto de valores. Aquí es donde la cosa se complica: a veces faltan escenas mejor documentadas para formular una crítica convincente del sistema.

Pero es aún más frustrante si se tiene en cuenta que las controversias suscitadas por el modelo noruego, que se esbozan en Fjord, constituyen un tema de debate apasionante, sobre todo si se compara con la situación en Francia, donde la cuestión de las “acogidas abusivas” y las deficiencias de la asistencia social a la infancia vuelven a surgir con regularidad en el debate público.

La intransigencia del modelo noruego

A grandes rasgos, los sistemas de protección de la infancia de ambos países comparten numerosos puntos en común. En particular, el hecho de que los servicios sociales intervengan en las familias en cuanto se denuncian casos de maltrato a las autoridades. Pero, a diferencia de Francia, Noruega nunca ha sido condenada por permitir que un niño muriera a manos de sus padres.

Aunque se acepta que el modelo noruego ha logrado prevenir mejor la violencia intrafamiliar, el país ha sido condenado en más de veinte ocasiones por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) por vulnerar el derecho a la vida privada y familiar de los justiciables. “En Noruega existe una especie de omnipotencia de los servicios sociales, o al menos un exceso de poder y de medios”, opina el abogado Grégory Thuan Dit Dieudonné, del Colegio de Abogados de Estrasburgo.

Este abogado ha conseguido que el TEDH condene en varias ocasiones tanto a Francia como a Noruega en asuntos relacionados con la protección de la infancia. “En Noruega, las decisiones de acogida son opacas y extremadamente complicadas de impugnar”, prosigue, lamentando una “influencia excesiva de los servicios sociales sobre los jueces”, que se supone deben controlar la regularidad del procedimiento.

“Es importante señalar que, en la mayoría de estos casos, el TEDH no consideró injustificada la decisión inicial de acogida —es decir, la retirada del menor en sí misma”, matiza Marit Skivenes, jurista y profesora de la Universidad de Bergen, en Noruega. “Las críticas se centraban esencialmente en los acontecimientos posteriores a dicha decisión: el régimen de visitas, los esfuerzos de reunificación familiar y la falta de motivación o justificación por parte del tribunal".

Grégory Thuan Dit Dieudonné, protagonista de uno de los grandes casos que conmocionó al país, subraya, sin embargo, que el sistema noruego ofrece “pocas posibilidades a los padres de restablecer un vínculo de calidad con su hijo”, una vez ordenada la acogida. Además, el país ha sido condenado por tratar injustamente a familias migrantes, cuyos principios educativos se consideraban incompatibles con las normas de la sociedad.

Y es sin duda ahí donde Fjord revela su verdadera carencia. Una vez transcurridas las casi dos horas y media, no sabes casi nada de lo que piensan los hijos de la familia Gheorghiu sobre las condiciones de su acogida. A los menores se les sigue tratando aquí como objetos, situados en el centro de un procedimiento judicial que, al igual que en el guion, apenas se les pide su opinión. Hasta tal punto que el público nunca les oirá comentar la educación estricta a la que están sometidos.

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Sin embargo, la película conserva algunas escenas en las que los adolescentes logran eludir el conflicto político que libran los adultos: unos raros momentos de ternura que el propio director parece haber olvidado durante su estruendosa campaña promocional.

Caja negra

Hemos intercambiado correos electrónicos con Marit Skivenes durante la primera quincena de agosto de 2026.

Traducción de Miguel López

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