La monarquía de Queen en la dictadura: la auténtica reina de Inglaterra llenó de rock la Barcelona batallera de 1974

Anuncio del concierto de Queen en Barcelona en 1974.

Hace unos poquitos días veíamos a Brian May, con ese aspecto de septuagenario bonachón que gasta, frondosa melena blanca y rizada al viento, alucinar con el eclipse en el Observatorio Astrofísico de Javalambre. La inesperada visita a Teruel del guitarrista de Queen, a su vez doctor en Astrofísica, terminó convirtiéndose en todo un acontecimiento local y en motivo de orgullo para los numerosos fans españoles de la legendaria banda británica.

Con esta excusa, volvía así a sonar en informativos y programas de radio y televisión la música de Queen, que en realidad es una constante en nuestras vidas, pues atrona un día sí y otro también en (grandes y pequeños) eventos deportivos, anuncios publicitarios, incontables bandas tributo, orquestas verbeneras, emisoras de FM y coches aleatorios con algún temazo a todo volumen.

En todas partes, vaya, lo cual es un logro descomunal para un grupo que, aunque siga saliendo de gira de vez en cuando con May y el baterista Roger Taylor como miembros fundadores y Adam Lambert como cantante para cumplir aquello de que The show must go on, en esencia murió con Freddie Mercury en 1991 —y el disco póstumo Made in heaven de 1995 como colofón—. Pero es que, en sus canciones, Freddie vive, así que la lucha sigue.

Pero retrocedamos ahora hasta nada menos que el 13 de diciembre de 1974. Franco no se muere lo suficientemente rápido, pero se muere, mientras el país se pone cada vez más ansioso. Ya está bien, cuarenta años de dictadura han sido interminables. El tardofranquismo es asfixiante, pero Barcelona, siempre en lucha y punta de lanza de la modernidad patria, bulle con los movimientos vecinales, la lucha obrera, las revistas culturales y las reivindicaciones sociales. Y los conciertos pioneros de brillantes estrellas internacionales son la guinda, como los de aquel mismo año de Frank Zappa o Duke Ellington, nada menos.

En ese contexto se produjo la primera visita a España de Queen, que eran todavía unos perfectos desconocidos, aunque estaban a unos meses de encontrar su propio lugar en la galaxia musical de la eternidad con Bohemian Rhapsody, himno entre los himnos publicado en el otoño de 1975. Pero, no, no eran precisamente famosos cuando llegaron a la Ciudad Condal en los últimos días del 74, dentro de la breve gira europea de presentación de su tercer disco, Sheer heart attack, lanzado solo unas semanas antes, y con el que obtuvieron, por fin, repercusión fuera de Reino Unido gracias a su primer gran éxito: Killer Queen.

Sin poder llegar a concretar con detalle, pues por aquel entonces la industria de la música en vivo en nuestro país era bastante prehistórica y anárquica, los cronistas de la época hablan de medio aforo en el Palacio Municipal de Deportes de Montjuïc. No se ponen de acuerdo, de hecho, y, sobre una capacidad total de 8.000 espectadores, cifran la concurrencia entre 3.500 y 5.000, lo cual, en realidad, no es cosa menor. O, dicho de otra manera, es cosa mayor, pues todas esas personas pasaron por taquilla para dejarse las 200 pesetas (1,20 euros) de la época que costaba la entrada para comprobar cuanto de veraz tenía el runrún que precedía a Freddie Mercury y los suyos en los mentideros (donde solo se cuentan verdades) especializados.

Muy especializados, de hecho, pues los medios de comunicación no hicieron gran publicidad del concierto, ni tampoco abundan las reseñas en la hemeroteca, principalmente porque la dictadura se encaminaba hacia su final, pero se resistía, y el rock de los melenudos que cantaban en inglés no era de su agrado, precisamente. Tampoco ayudó a la promoción el estatus de joven “promesa” que todavía tenía la banda, que ganaba adeptos noche tras noche, concierto tras concierto, picando piedra, subiendo el volumen y confiando en que el boca a oreja hiciera el resto.

La revista musical decana Popular 1“El Popu”— sí que mantuvo un encuentro con los músicos, tal y como recuerda recurrentemente su editora, Bertha M. Yebra, cuyas fotos íntimas y exclusivas de aquel día se han hecho célebres entre los fans más acérrimos. “Conocí a la banda en 1974 porque en la revista dedicamos una de nuestras fotonovelas a Queen. Creo que fue la primera vez que visitaron España. Freddie era todo un universo; no se parecía a ningún otro artista anterior y no ha habido nadie como él desde entonces”, ha contado en diversas ocasiones en las redes sociales.

El repertorio de la velada estaba todavía muy lejos del que se fijaría como canónico de Queen con el paso de los discos. Eran los años del rock duro, prácticamente incipiente heavy metal en algunos pasajes del show, sin rastro del pop para las masas que quedaría grabado a fuego en la memoria colectiva de varias generaciones (y que se sigue transmitiendo de padres a hijos). Es por ello que el recital desbordó a los presentes por la agresividad musical y la sofisticación técnica, con un despliegue nunca antes visto en la España del tardofranquismo.

Entre las canciones interpretadas destacaron Now I'm here, Father to son, In the lap of the gods, Killer Queen, Keep yourself alive, Seven seas of Rhye, Stone cold crazy —versionada en vivo en incontables ocasiones por Metallica, para que los profanos se hagan una idea de por donde iban los decibelios— y Liar. En el bis, quizás motivado por la inconsistencia de un catálogo propio en ciernes en el que no estaba aún ninguno de los grandes clásicos de la mitología de Queen, un carrusel de versiones de Cy Coleman (Big spender), Elvis Presley (Jailhouse rock), Neil Sedaka (Stupid Cupid) y Gene Vincent (Be-Bop-A-Lula). La despedida con God save the Queen sonando por los altavoces es lo único que permanecería inalterable con el paso de los lustros en las actuaciones del grupo.

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No puede decirse que este primer contacto de la banda con el público español fuera un éxito rotundo, pero, sin duda, supuso un firme primer paso que tendría continuidad cinco años después, cuando en 1979, ya sí como astros inalcanzables, regresaran para dar dos conciertos en el Palacio de Deportes de Barcelona y otros dos en el Pabellón de la Ciudad Deportiva del Real Madrid en febrero de 1979.

Como si el cielo no tuviera límites, todavía más alto estaban cuando volvieron por tercera y última vez a nuestro país en 1986, para actuar en la cima de su popularidad en Barcelona (1 de agosto, en el Mini Estadi, ante 34.000 espectadores), Madrid (3 de agosto, en el estadio del Rayo Vallecano, con 25.000 asistentes) y Marbella (5 de agosto, en el Estadio Municipal, para 26.000 fans). Tres citas históricas por diversos motivos —¡Queen en la avenida de la Albufera, en Vallecas, cuna del rock!—, que quedaron para la posteridad como las penúltimas con Freddie Mercury, pues el vocalista pisaría por última vez un escenario al frente de su banda el 9 de agosto de 1986 en Knebworth Park, a las afueras de Londres, ante 120.000 personas que no sabían, que no podían saber, que era una despedida definitiva.

Aunque no volviera a actuar con Queen por motivos de salud, lo que sí continuó fue la relación de Freddie con la Ciudad Condal, refrendada con ese grandilocuente himno operístico junto a Montserrat Caballé con motivo de los Juegos Olímpicos del verano de 1992. Un apasionado grito de amor hacia Barcelona, publicado originalmente en 1987, pero que inundó el mundo de manera póstuma, meses después del fallecimiento del músico en noviembre de 1991. Una despedida grandilocuente a la altura de su leyenda porque, como decíamos antes: Freddie vive, la lucha sigue.

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