Lula abraza el fervor nacionalista para frenar la injerencia de Trump en Brasil y derrotar a Bolsonaro

El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, saluda a su llegada al lanzamiento de campaña para su reelección.

Animal político incombustible, Luiz Inácio Lula da Silva se ha embarcado, a sus 80 años, en su séptima campaña electoral y aspira a un cuarto mandato presidencial. Dotado de un don especial para conectar con los más desfavorecidos sin renunciar al pragmatismo ideológico, el presidente de Brasil se enfrenta en el otoño de su vida a un doble desafío: frenar la injerencia de Trump en las elecciones de octubre y batir en las urnas a Flávio Bolsonaro, primogénito del exmandatario ultraderechista Jair Bolsonaro, quien cumple una condena de 27 años en prisión domiciliaria por planear un golpe de Estado contra Lula tras perder por la mínima en los comicios de 2022.

Para enterrar políticamente al clan Bolsonaro, Lula ha echado mano de un arma que podría resultar infalible: un fervor nacionalista que se aprecia en cada una de sus intervenciones públicas y asoma a lo largo y ancho de su programa electoral. Sin abandonar su preocupación por las políticas sociales para reducir la desigualdad y proteger el medio ambiente, la defensa de la soberanía nacional se sitúa como una de las prioridades en el documento de 84 páginas titulado “Directrices para el programa de transformación de Brasil: un país soberano, democrático, desarrollado, sostenible y creativo”. En el capítulo dedicado a la soberanía, se aboga por una política exterior independiente y un rechazo férreo a la subordinación a intereses extranjeros, una referencia velada a la embestida regional de Estados Unidos. Se apuesta además por fortalecer la industria de defensa y dotar a las Fuerzas Armadas de una mayor capacidad para salvaguardar el territorio y los recursos naturales del país. Ante la amenaza estadounidense, la coalición progresista que encabeza Lula pretende profundizar las relaciones con el grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), los países del denominado Sur Global y el Mercosur.

La campaña electoral, que en Brasil se prolonga durante un mes y medio, arrancó el pasado 16 de agosto. Un día después, Lula viajaba a la desembocadura del Amazonas, donde la empresa Petrobras ha hallado un nuevo yacimiento petrolífero. “Un país que posee petróleo de esta calidad no permitirá que nadie lo toque. Esto es soberanía nacional”, se felicitó el mandatario de izquierdas. Con la apelación constante al sentimiento nacionalista, Lula espera captar votos entre la legión de indecisos que todavía duda sobre los beneficios y perjuicios de la subordinación a Washington.

Trump, al acecho

La imposición de aranceles a Brasil por parte de Estados Unidos ha enrarecido las relaciones entre ambos países. Trump aprobó un primer tarifazo del 50% nada más llegar a la Casa Blanca en 2025 y hace apenas un mes su Administración ordenó nuevos impuestos del 25% sobre algunas importaciones brasileñas. El Gobierno brasileño no ha dudado en aplicar el principio de reciprocidad, una respuesta que ha generado una aceptación mayoritaria en la ciudadanía. El Partido de los Trabajadores (PT), fundado por Lula junto a otros sindicalistas en 1980, ha aprovechado la guerra tarifaria para atacar a Flávio Bolsonaro. El senador y candidato del ultraderechista Partido Liberal (PL), de 45 años, viajó a finales de mayo a Washington para reunirse con Trump cuando ya se vislumbraba el castigo arancelario. Ese encuentro fue visto por la izquierda como una traición al país. El PT lanzó entonces una campaña en redes sociales —el Tariflávio— que se hizo viral y obligó al senador a dar explicaciones sobre su postura al respecto. Flávio dijo entonces que le había pedido al mandatario estadounidense un aplazamiento del nuevo tarifazo hasta después de las elecciones de octubre. Fue peor el remedio que la enfermedad. Las encuestas muestran un rechazo generalizado de la opinión pública a lo que se considera una agresión comercial de Washington. Casi la mitad de los entrevistados por la consultora Quaest relacionaron a Bolsonaro con esa medida.

Como ha sucedido en las más recientes citas electorales en Latinoamérica, los comicios brasileños estarán marcados por la influencia que pueda ejercer Trump en el electorado al respaldar al candidato que según la Casa Blanca cumple con los parámetros establecidos en su Estrategia de Seguridad Nacional. La injerencia norteamericana ya ha comenzado. Paralelamente a la guerra arancelaria, Washington quiso enviar a dos asesores del Departamento de Estado para cuestionar la viabilidad de las urnas electrónicas, una estrategia que Jair Bolsonaro ya puso en práctica hace cuatro años y que le costó su inhabilitación política. En el Palacio de Itamaraty, sede de la avezada diplomacia brasileña, se echaron las manos a la cabeza y negaron el visado a los asesores estadounidenses. Sin embajadores en Washington ni en Brasilia, ambos países mantienen sus relaciones bilaterales bajo mínimos. Para echar más leña al fuego, a finales de julio la Administración Trump prorrogó la “emergencia nacional” en Brasil, una declaración que sitúa al país sudamericano como una amenaza y abre la puerta a la aplicación de sanciones.

La intromisión de la Casa Blanca ha sido denunciada por varios medios de comunicación, incluso de tendencia conservadora. En un artículo publicado hace unos días en el diario O Estado de S. Paulo, la veterana columnista Eliane Cantanhêde advirtió sobre las consecuencias que tendría un triunfo electoral de Bolsonaro: “Existe el riesgo de que se entregue Brasil en bandeja a Estados Unidos”. Para Cantanhêde, la cercanía política de los Bolsonaro con Trump encaja con los planes de Washington para que Brasilia pase a formar parte de la órbita de Estados Unidos. Sería la guinda de la tarta que tanto ansía Trump para tener un control casi total de América Latina.

Ventaja ajustada de Lula

Las encuestas favorecen de momento a Lula, que concluye sus cuatro años de mandato con una economía en crecimiento, un descenso de la pobreza y el desempleo en mínimos históricos. Un sondeo reciente de Quaest proyecta un resultado ajustado para la segunda vuelta, que se celebraría el 25 de octubre si ningún candidato supera el 50% en la primera cita, prevista para el 4 de octubre. Lula se sitúa ligeramente por delante de Flávio (43% frente a 40%). En 2022 la diferencia final con Jair Bolsonaro fue de tan sólo 1,8 puntos.

Con un discurso de mano dura contra el crimen organizado y propuestas económicas ultraliberales, Flávio Bolsonaro se presenta, ante todo, como agente vindicador de su padre, a quien sin duda tratará de indultar si llega al Palacio del Planalto. El valido de Trump, de quien espera un respaldo decidido durante la campaña, todavía está recuperándose de la caída de su popularidad tras las revelaciones periodísticas que lo relacionan con el mayor fraude bancario de la historia de Brasil. Un audio publicado en mayo por el medio Intercept Brasil desveló una conversación entre Flávio y Daniel Vorcaro, ex-CEO del Banco Máster (la entidad bajo la lupa de las autoridades), en la que el candidato presidencial le pedía 24 millones de dólares para realizar una película biográfica sobre su padre. Lula, por su parte, también se ha visto afectado por las investigaciones que involucran a uno de sus hijos, Fábio Luís da Silva —conocido como Lulinha—, en un caso de presunta corrupción y tráfico de influencias.

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A la ofensiva soberanista, Lula ha sumado en su programa electoral otra de las banderas tradicionales de la derecha, una reformulación de la política de seguridad, con una mayor coordinación a nivel federal. Los sondeos coinciden en que la inseguridad ciudadana es la mayor preocupación de los brasileños. La cercanía de Flávio Bolsonaro y su hermano Eduardo a la Casa Blanca propició que recientemente Trump designara como grupos terroristas a las dos organizaciones del crimen organizado más poderosas de Brasil: el Comando Vermelho y el Primer Comando Capital, una decisión a la que se opone Lula, pues podría implicar una intervención militar estadounidense.

Aunque la caracterización de títere al servicio de Estados Unidos que la izquierda le ha endosado a Bolsonaro debilita su campaña, la ultraderecha brasileña, apoyada por grandes grupos empresariales y buena parte del influyente lobby evangélico, cuenta con pólvora suficiente para disputar una batalla cerrada contra Lula. La izquierda sigue muy por detrás en la capitalización de las redes sociales, herramienta que en Brasil ha sido determinante para alimentar el antipetismo, un sentimiento que ha echado raíces en todas las clases sociales y que presenta a los dirigentes del PT como ladrones, con campañas de bulos y desinformación constantes.

Pero también hay en el país un robusto frente antibolsonarista. En la retina de muchos brasileños todavía están muy vivas las imágenes de enero de 2023, cuando una turba de seguidores del líder ultra se concentró en Brasilia e irrumpió en el Congreso y otras sedes institucionales. Replicaban así la toma del Capitolio por los seguidores de Trump dos años antes. Jair Bolsonaro tramaba desde hacía meses una conspiración contra Lula si perdía las elecciones y se veía obligado a dejar el poder. La justicia lo condenó a 27 años de prisión por orquestar un golpe de Estado y hoy en día, con 71 años, cumple la pena en su casa por razones de salud. Esas credenciales antidemocráticas, sin embargo, no le han hecho perder apoyos. Tras varios tiras y aflojas con los pesos pesados de la derecha brasileña, en especial con Tarcísio de Freitas, el influyente gobernador de São Paulo, el patriarca del clan logró encumbrar a su hijo Flávio como la nueva némesis de Lula.

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