Lula encara su “último baile” contra la extrema derecha en Brasil
“Mucha gente se pregunta: ¿por qué Lula quiere otro mandato más? Pues os lo voy a decir: ¡mientras siga vivo, no voy a dejar de luchar!”, afirma el presidente en ejercicio, de pie en medio de una multitud congregada en el estadio de São Bernardo do Campo, en el corazón del antiguo triángulo industrial paulista.
Tras una infancia marcada por la miseria en el noreste del país, Lula creció aquí. Aunque en una época se desinteresó por la política, luego se sumergió en ella para el resto de su vida. Bajo un sol abrasador, repasa sus años de juventud, rinde homenaje a los compañeros y compañeras asesinados y recuerda sus políticas pasadas.
Cinco décadas antes, siendo un joven sindicalista encaramado a una mesa, arengaba en este mismo estadio a los huelguistas sublevados contra la dictadura militar. La escena, inmortalizada en una foto icónica, marcó el inicio de su lento ascenso al poder. Al lanzar aquí su última campaña, Lula quiere recordar este legado a los votantes: “Debo evitar exponer mi cabeza al sol por motivos de salud, pero quiero quitarme el sombrero ante vosotros, que me acompañáis desde hace tanto tiempo.”
Bajo ese sombrero que no se quita desde que padeció un cáncer de piel, su cabello canoso se ha vuelto más escaso, mientras que su voz ya no tiene el alcance de antaño. Da igual, el viaje al pasado cautiva a Reinaldo, presente en la asamblea de los huelguistas. “Había más barro, menos estructura, pero la lucha continúa hoy. Tras todos los retrocesos, hace falta un cuarto mandato. No pensaba que tuviera que volver a votar por él, pero es el único que queda en la izquierda.”
“Desilusión difusa”
Sus planes para el futuro quedan un poco relegados a la nostalgia, pero Lula esboza de todos modos un programa, en el que aboga por invertir en educación, en la explotación de las tierras raras y en la lucha contra la inseguridad. Insiste en este último tema, esencial para intentar recuperar terreno frente a la extrema derecha. Pero, como es habitual en él, enseguida abandona el teleprompter y se va por las ramas para deleite de los militantes del Partido de los Trabajadores (PT), que han venido desde lejos para el acto.
El partido ha dado la voz de reunión; se trata de mostrar fuerza en este inicio de campaña. “Hay que motivar a los nuestros, queremos al Lula luchador, no la versión peace and love; va a ser una campaña en la calle, dice entusiasmado Igor, un antiguo afiliado siempre dispuesto a plantar cara. “Solo hay que reorientar el discurso para unir fuerzas en la segunda vuelta.” En estas elecciones que se anuncian reñidas, volver a movilizar a su base también permitiría al partido reducir la abstención, tradicionalmente más alta entre los seguidores de Lula.
A sus 80 años, Lula quiere, en cualquier caso, demostrar que aún sabe luchar. Enérgico en el escenario, dramatiza y domina el espacio. Sabe que su actuación es objeto de un minucioso examen. Desde hace varios meses, su equipo hace todo lo posible para evitar que su edad sea un tema de debate, temiendo el “efecto Biden” y multiplicando los vídeos en los que aparece haciendo deporte para contrarrestarlo. “Es su último baile, está al final de su carrera, pero sigue estando en muy buena forma”, dice admirado Berenildo, venido desde São Paulo.
Por su parte, la extrema derecha propone un modelo que seduce a muchos jóvenes de los barrios populares
Pero el desgaste del poder es evidente, y el cansancio de verle participar en su séptima campaña presidencial afecta a una parte del país. El antipetismo, ese sentimiento de rechazo hacia el PT que nació al mismo tiempo que su partido, ha crecido a raíz de diversas crisis, pasando de las élites a contagiar a una parte importante de la sociedad.
“Es un odio auténtico, un sentimiento visceral; detestan a este Gobierno, haga lo que haga”, resume Francisco Fonseca, profesor de la PUC (Universidad Pontificia Católica) y de la FGV (Fundación Getulio Vargas) de São Paulo. Más allá de ese electorado irrecuperable, el tercer mandato de Lula no ha entusiasmado a nadie y está lejos de los picos de popularidad alcanzados en el pasado.
“En 2022, los innumerables errores de Jair Bolsonaro [el expresidente de extrema derecha, condenado por intento de golpe de Estado —ndr] le permitieron conquistar la mayoría de un electorado que, sin embargo, se había desplazado en gran medida hacia la derecha desde 2018”, analiza Creomar De Souza, director de Dharma Politics. “Ahora que lleva cuatro años en el poder, se le juzgará por su mandato. Tiene cosas que demostrar, pero hay una desilusión generalizada en el país.”
Estos cuatro años han estado marcados por algunos escándalos de corrupción —su hijo, en particular, es sospechoso de tráfico de influencias—, tensiones con un Congreso cada vez más voraz, ávido de desmantelar la legislación medioambiental, y luchas en el seno de su Gobierno.
Lula también ha cometido errores estratégicos, como un impuesto muy impopular sobre las importaciones de productos de bajo precio, mientras que el endeudamiento crónico de los hogares ha obstaculizado uno de los pilares de su modelo de desarrollo, que apuesta por el acceso al crédito de los más pobres para que participen en la sociedad de consumo. No obstante, se ha puesto en marcha un programa específico de renegociación de la deuda que podría servir para recuperar a algunas de las personas decepcionadas.
Aunque tiene un talento natural para comunicarse con las clases populares, Lula está, a pesar de todo, cada vez más desfasado, sobre todo en lo que respecta a las redes sociales y a los cambios en el mundo laboral, reconoce Vivianne, presente en el estadio: “La izquierda va muy a la zaga en Internet. Seguimos contando con la movilización en las calles y con los jóvenes en las universidades. Pero tenemos en frente a una extrema derecha que propone un modelo que seduce a muchos jóvenes de los barrios populares.”
El mapa de la concentración
Entre el fuerte rechazo hacia Lula y el que se siente hacia el clan Bolsonaro, un pequeño porcentaje de indecisos va a decidir el resultado de estas elecciones. Desde este punto de vista, la campaña descontrolada de su adversario favorece al presidente saliente. “La mejor forma de ganarse a los indecisos es hacer lo menos posible y dejar que a Flávio Bolsonaro se le crucen los cables”, opina Creomar De Souza.
El equipo de campaña del PT ha anunciado, además, una agenda por el momento mucho menos cargada que en 2022. Sin haber perdido a los evangélicos, fieles seguidores de Jair, los deslices del hijo han enfriado su entusiasmo y sus líderes, muy atentos a su base, están mucho menos comprometidos con el clan. Aunque Lula no supo acercarse a ellos durante su mandato, puede esperar beneficiarse de estos vínculos ahora más distendidos.
Pero el candidato del PT tampoco está a salvo de meteduras de pata. También tendrá que resistir las ofensivas del bando contrario, que podrían reavivar el pánico moral avivado por el padre de Bolsonaro. La extrema derecha, partidaria de las noticias falsas, ahora potenciadas por la IA, que ya ponen en duda la legitimidad de las futuras elecciones, sigue siendo dominante y pionera en el ámbito digital, y podría exacerbar las tensiones o incluso fomentar nuevos actos de violencia.
La aprobación de una reforma histórica para reducir la jornada laboral podría ayudar a Lula a poner de relieve un proyecto muy popular
En la escena política, Lula sigue defendiendo sus argumentos. Ha sabido enderezar el rumbo del país tras los desvaríos golpistas de los años bolsonaristas, ha frenado la deforestación en la Amazonía, no tiene nada de qué avergonzarse en su balance económico y cuenta con algunas reformas en su haber, entre ellas una rebaja de impuestos para las clases medias. Sin embargo, carece de un mensaje lo suficientemente contundente para impulsar su campaña, sin tener que recurrir constantemente a su mejor baza: la exaltación de sus mandatos anteriores.
La aparente reconciliación con el presidente del Senado, Davi Alcolumbre, y la aprobación en mayo en la Cámara de Diputados de una reforma histórica para la reducción de la jornada laboral, podrían ayudarle a poner de relieve un proyecto muy popular, mucho más allá de su base. Sobre todo, el acercamiento de este líder político y varios de sus colegas envía una señal clara: para los expertos en política, aunque la campaña se perfila muy reñida, Lula sigue siendo el favorito.
Con siete partidos en su coalición, frente a los diez de 2022, ha sabido unir a toda la izquierda frente a una derecha muy dividida, y es el único que cuenta con un vicepresidente, Geraldo Alckmin, procedente de otro movimiento político. De este modo, disfruta de un mayor tiempo de propaganda televisiva que sus adversarios, una baza importante para llegar a los votantes menos interesados.
A pesar de todo, el hombre ha cambiado desde la década de 2000: más aislado, menos afable; Creomar De Souza ha percibido en él “un cambio tras su encarcelamiento. Se muestra mucho menos dispuesto a confiar en los demás y mucho menos abierto a un diálogo amplio”. Sus asesores más cercanos se cuentan con los dedos de una mano. Y dos de ellos han tenido que distanciarse recientemente, a raíz de las sospechas sobre su implicación en varios casos.
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La sombra de Donald Trump, con sus sospechas de injerencia, también se cierne sobre estas elecciones, mientras el jefe de Estado del gigante sudamericano dirige uno de los últimos gobiernos progresistas de la región. La negativa brasileña a conceder visados a dos miembros del Departamento de Estado estadounidense, sospechosos de venir a preparar un expediente acusatorio contra el sistema electoral brasileño, las tensiones en torno al reciente nombramiento de un embajador del mundo MAGA y la imposición de aranceles aduaneros han exacerbado las tensiones.
Según Francisco Fonseca, “Lula está logrando, por el momento, sacar partido de estas presiones, denunciando las incursiones del clan Bolsonaro en el bando trumpista. La defensa de la soberanía es un eje importante de su estrategia”. En un país donde los presidentes salientes suelen tener ventajas, el PT, creado para conquistar la presidencia, cuenta, por última vez, con su figura tutelar e indestronable para alzarse con la victoria.
Traducción de Miguel López