De maquis y alemanes
A la muerte de su marido, la abuela decidió devolver las tierras a la familia de él. Las niñas no podían ocuparse de las tareas de labranza y cosecha. Tal vez sí, pero no era habitual que un puñado de niñas sacasen adelante las duras tareas del campo. La abuela recogió lo que pudo, preparó a las hijas para el olvido y partió de Tierra de Campos hacia la ciudad.
Se asentó en la calle Serranos, frente a la iglesia de Santa Marina la Real, donde años después se casarían Nery y su hermana Teresa el mismo día (para ahorrar gastos de convite, cosa habitual). La abuela fregaba los suelos de la cafetería Victoria, frente a la Casa Botines, y algunos portales más.
Años después, en la calle Descalzos, junto a la basílica de San Isidoro, las niñas pedían las cajas de tabaco vacías a los pilotos de la Legión Cóndor que, curiosamente, fueron a asentarse en una ciudad llamada Legión. "¿Caja finis?", preguntaban las niñas, y recibían aquellas cajas metálicas decoradas. "¿Caja finis?"
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Poco tiempo después, Nery, con 10 años, cruzaba la ciudad con un par de pistolas envueltas en ropa cuyo destino eran los maquis: la resistencia republicana al alzamiento fascista.
A mi madre le gustaba saltar sobre los charcos y ponerlo todo perdido de barro. Aquel día fue mucho más discreta; nadie desconfiaba de una niña en aquel tiempo. Creo que no sabía quiénes eran los maquis; quizá sí qué eran aquellas armas, pero la operación funcionó. Después, mi madre siguió saltando sobre los charcos, inconsciente de ser una heroína inconsciente. Su aportación a la democracia legítima pasó, lógicamente, harto desapercibida. Todo para el pueblo pero sin saber, apenas, qué es el pueblo. Qué es la libertad, qué es la felicidad.
Libertades, felicidades. Manuel Azaña decía: "La libertad no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres". A algunas mujeres, la libertad les hace felices; y es una emoción que no les podemos hurtar. A nadie, nunca.