Libros que no quisimos leer Aroa Moreno Durán
El 900 aniversario del nacimiento del filósofo cordobés Averroes (1126-1198) me parece una excelente oportunidad para hacer memoria de uno de nuestros intelectuales más brillantes de todos los tiempos, a quien se ha relegado injustamente a un lugar marginal en la historia de la filosofía y hoy felizmente está siendo rehabilitado. En este artículo voy a ofrecer algunas de las líneas más originales su pensamiento, sobre todo en el diálogo entre filosofía y teología, religión y razón.
Me parece especialmente oportuno destacar la recuperación y la actualidad del filósofo andalusí en una época en la que tanto el islam como el cristianismo están siendo secuestrados por las tendencias integristas y fundamentalistas de ambas religiones poniéndolas al servicio de intereses económicos, políticos, religiosos y sociales espurios y rompiendo la convivencia. Espero que el conocimiento de su pensamiento contribuya a pasar del anatema al diálogo y del enfrentamiento al encuentro.
Juez, médico, científico y filósofo, Averroes fue el comentarista por antonomasia de Aristóteles, a quien se remite la filosofía posterior, y constituye la cima del aristotelismo. De Aristóteles dice que es “el más sabio de los griegos, el que Dios ha predestinado a la perfección, el que Dios ha elevado al más alto grado de excelencia humana”. Sus comentarios del filósofo griego ejercieron una influencia decisiva tanto en la filosofía islámica como en la occidental.
Pero, en certera y feliz expresión de Cruz Hernández, Averroes es “mucho más que un comentador”: con él se logra “la más lograda labor filosófica árabe y el final dialéctico de ésta”. Su aproximación a Aristóteles y la valoración que hace de su pensamiento como lógico contribuyó a contrarrestar las tendencias neoplatónicas que predominaban en la filosofía islámica de su tiempo, especialmente en Avicena, a quien el filósofo Ernst Bloch dedica un libro muy original: Avicena y la izquierda aristotélica.
Averroes procedía de una familia de jueces prestigiosos: su abuelo y su padre lo habían sido. El fiósofo Ibn Tufayl jugó un papel decisivo para que el emir almohade Yusuf le nombrara juez mayor de Sevilla, médico principal de cámara y juez de Córdoba, cargos en los que fue confirmado por el sucesor Ya’qub al-Mansur, hijo de Yusuf. Viajó varias veces a Marruecos en misiones oficiales.
Sin embargo, la cercanía y amistad con los dirigentes políticos no le libraron del procesamiento, que terminó en condena de sus escritos y en destierro en Lucena durante dos años. Dos fueron los factores que jugaron un papel fundamental en la persecución contra Averroes: su racionalismo en materia religiosa, considerado una herejía, y la crítica política y social. Al final de su vida recuperó la confianza del emir.
El emir había pedido a Ibn Tufayl que comentara las obras de Aristóteles, ya que le parecían extremadamente oscuros tanto los textos del filósofo griego como los comentarios que había leído. Ibn Tufayl declinó la invitación alegando su avanzada edad y sus ocupaciones como médico de corte. Fue entonces cuando el emir, por indicación de Ibn Tufayl, le hizo el encargo a Averroes.
Averroes se mostró escéptico ante la posibilidad de construir una sociedad justa. Manifestó sus dudas razonadas y razonables en torno a la compatibilidad del ejercicio militar y de la judicatura en un mismo gobernante. Criticó sin piedad a la aristocracia, acusándola de tiránica. Fue especialmente duro en la denuncia de la dinastía de los almorávides —que eran unos integristas intolerantes—, a quienes acusaba de corruptos, tiranos, hedonistas y timocráticos (pasión por la riqueza).
Objeto de su afilada crítica fue también el fanatismo intolerante de los ulemas y alfaquíes. Llamó la atención sobre la total marginación de las mujeres en la sociedad islámica de su época, que desconocía sus habilidades y sólo las empleaba para servir a sus maridos y para la procreación, inutilizando así sus otras posibles actividades para las que estaban capacitadas.
Para Averroes, la única forma de dar sentido pleno a la realidad era mediante el incremento del pensamiento racional. Por eso defendía la ilustración del pueblo y la igualdad de los hombres y de las mujeres como condiciones necesarias para el progreso de los pueblos y la convivencia armónica.
Averroes defendía la ilustración del pueblo y la igualdad de los hombres y de las mujeres como condiciones necesarias para el progreso de los pueblos y la convivencia armónica
Uno de los ejes de su reflexión es la compatibilidad entre la fe y la razón, la necesidad de conciliar religión y filosofía. El creyente no puede quedarse en una fe crédula, al margen o en contra de la razón; está obligado a comprender y a dar razón de su fe. El filósofo musulmán recurre a la razón para comprender la verdad revelada. Es la propia revelación la que nos demanda, “nos impone”, dice Averroes, el estudio y la consideración de los seres a través de la razón. Es, por tanto, exigencia del creyente, y todavía con más razón del teólogo, conocer la lógica.
Averroes distingue dos sentidos en la revelación: el literal y el oculto. Si el sentido literal contradice una verdad que ha sido demostrada de manera apodíctica, debe ser interpretado, y ello de acuerdo con las reglas que se establecen en la lengua árabe. De los textos que necesitan interpretación, unos deben ser interpretados necesariamente para información y conocimiento de los fieles; otros, sin embargo, han de quedar reservados a los especialistas. Idea compartida por no pocos filósofos musulmanes de entonces.
Para Averroes, la religión del sabio es el estudio y la contemplación de las leyes de la naturaleza, y el culto más agradable a Dios es el conocimiento de sus obras, que lleva derechamente a conocer a Dios. Precisamente una de sus principales aportaciones es la aplicación de la razón a la comprensión de la revelación.
La actitud de Averroes ante Avicena es dialéctica. Por una parte, le acusa de haber falseado el legado aristotélico y lo considera acomodaticio con las corrientes místicas. Por otra, comparte con él ideas centrales del pensamiento de Aristóteles como la eternidad de la materia. Nada sale de la nada, dice citando al filósofo griego. Si Dios pudiese pasar algo de la nada al ser, también podría pasar del ser a la nada. La materia es, por tanto, increada. Las formas no son otra cosa que el resultado del movimiento de la materia.
Con quien no se muestra nada complaciente es con Al-Ghazzali. En su libro Refutación de la refutación rebate la crítica de la filosofía que había hecho Al-Ghazzali en Refutación de los filósofos. El ataque es frontal, como se pone de manifiesto ya en el prólogo: “Aun a riesgo de exponernos a la ira de los perseguidores de nuestra madre, la filosofía, vamos a describir el veneno escondido en el Tahafut (Refutación de los filósofos)”.
Para profundizar en la vida, obra y pensamiento de Averroes recomiendo el libro de Andrés Martínez Lorca, AVERROES, el sabio cordobés que iluminó Europa (Utopía Libros, Córdoba, 2026).
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Juan José Tamayo es teólogo de la liberación. Sus últimos libros son 'Cristianismo radical '(Trotta, 2026) y 'Política y religión' (Tirant, 2026).
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