crisis migratoria
Enterrados mirando al mar en el que se ahogaron: Ceuta da sepultura a los únicos nueve fallecidos identificados
Apoyados sobre el costado derecho y mirando al este. Hacia La Meca, como obliga el rito funerario musulmán. Hacia La Meca y también hacia la bahía mediterránea en la que se encuentra el espigón de la frontera de El Tarajal, donde perdieron la vida, casi todos ahogados, los pasados 30 y 31 de julio, al intentar cruzar a nado la frontera con España. Desde entonces, sus cuerpos han permanecido conservados en una morgue improvisada en el Hospital Militar de Ceuta. La ciudad ha enterrado este jueves los últimos 11 cuerpos de los 90 que las autoridades españolas recuperaron del mar esos días. Entre ellos, los únicos nueve que han podido ser identificados. El sepelio, en el cementerio musulmán de Sidi Embarek, se ha convertido en un acto masivo al que han acudido algunos familiares que han llegado desde Marruecos. También se han unido, en silencio, decenas de jóvenes que sí lograron pasar.
Las inhumaciones tienen lugar en las tumbas de la nueva terraza construida en una de las colinas de este recinto funerario. "Habíamos empezado las obras de ampliación en esta zona pero la llegada masiva nos obligó a licitar un contrato de emergencia para poder habilitar el espacio para estos enterramientos", explica Nabila Benzina, la consejera de Sanidad y Servicios Sociales de Ceuta, del PP. Su departamento, responsable de la sanidad mortuoria en la ciudad, puso a disposición de la emergencia un depósito para 200 cadáveres en el Hospital Militar, perteneciente a Defensa pero cedido al Gobierno autonómico. Al final, los muertos recuperados del mar fueron 90, todos hombres salvo una mujer; todos mayores de edad. A las anteriores ceremonias, organizadas desde la semana pasada a medida que el juez firmaba las licencias de enterramiento, solo acudieron los sepultureros y los empleados de la funeraria, que se encargaban, incluso, del rezo. También la consejera, que ha estado presente en cada una de ellas.
En este enterramiento, sin embargo, se han presentado decenas de personas. Hoy se entierra a Younes, un albañil de 26 años muy conocido en Castillejos (Fnideq, en árabe marroquí), a solo seis kilómetros de la frontera. También a Abdeslam, a Nurdin, a Abdelmumin, Ibrahim, Mohamed... Y a Salma, la unica mujer, de Tetuán, cuya madre, a pesar de haber iniciado el proceso para encontrarla, no la ha logrado entrar a Ceuta. Rabat tampoco ha permitido que España le entregue el cuerpo de su hija para cumplir el duelo. Ni este, ni ningún otro. Aunque se conozcan sus nombres. Pero algunos de los familiares de los fallecidos sí han estado este jueves en Sidi Embarek para despedir a sus seres queridos. "No entiendo cómo Marruecos no ha permitido que le entierren allí", se queja entre lágirmas Layla, tocada con un hiyab violeta, que pide que se oculte su nombre real. Layla es prima de Younes. Cruzó con él, pero ella sí logró entrar a Ceuta, donde reside en casa de unos parientes. "Su madre no va a poder visitar su tumba", protesta.
Pasadas las siete y veinte de la tarde, un coche funerario con cuatro de los fallecidos llega al lugar del entierro marcha atrás. Said Mohamed, el responsable del cementerio, saca los cuerpos amortajados y en bolsas blancas junto a otros sepultureros y todos los colocan sobre camillas de color naranja que dejan en el suelo. Un imán dirige entonces un breve responso tras el cual, cada muerto es conducido a su tumba. Mientras los colocan en las sepulturas, alrededor, un grupo de hombres recita, casi cantando, versículos del Corán al tiempo que el resto de jóvenes marroquíes que han querido estar presentes miran la escena a unos metros de distancia. Las mujeres, apartadas del resto, lloran en un balcón situado más arriba desde el que contemplan toda la escena. Casi todos los enterrados hoy proceden de localidades marroquíes muy próximas a Ceuta. De Castillejos, de El Ricón, de Alcazarquivir, de Larache, de Tetuán...
"Esta situación no es nueva en Ceuta", explica Said Mohamed, el responsable del recinto funerario. "Periódicamente hemos tenido que enterrar cuerpos de personas sin identificar, pero nunca nos han llegado tantas de golpe", añade. El jefe de sepultureros, que en algún momento del acto llega a emocionarse, explica que, tras realizar las autopsias, el médico forense recogió muestras de ADN de cada uno de los cuerpos, así como sus huellas dactilares. Esos vestigios se conservan con referencia a un expediente judicial en el que, además, consta el número de sepultura de cada cadáver en el cementerio. De esa manera, si algún familiar entra en contacto con el juzgado para interesarse por uno de los fallecidos y las pruebas genéticas casan, se pueden localizar los cuerpos de manera inmediata.
Todos los fallecidos recuperados son musulmanes. De que sean enterrados conforme a su religión, se encargan Maruan, Driss, Ismail, Ilias, Yalal, Younes y Adil, todos ellos parientes y trabajadores de la funeraria Al-Kader Cuatro Culturas. Son ellos los que se han ocupado de que los cuerpos sean preparados conforme a los preceptos del islam. Tras la autopsia, antes de la congelación, cada uno ha sido lavado, perfumado y amortajado de acuerdo al rito funerario islámico. Después, como establece la ley, han permanecido en la morgue improvisada del Hospital Militar mientras se intentaba su identificación, hasta que el juez ha dado el permiso para las inhumaciones. Al tratarse en la mayoría de los casos de personas desconocidas, será la ciudad autónoma la que corra con los gastos. Salvo en el caso de aquellos cuya identidad se ha logrado descifrar. Para esas nueve personas, son las familias las que paguen el entierro. "Si no pudieran también nos encargaríamos", explica Maruan. "Nuestra tradición nos obliga a honrar y respetar a los muertos".
Junto al montón de tierra de la tumba en la que yace la primera víctima mortal de la llegada masiva solo hay una pequeña lápida blanca con el número 5.408. Desde entonces se han sumado 81 números más, además de los nueve de los difuntos cuyas familias han podido ser localizadas. El prisma de la crisis de Ceuta tiene múltiples caras. De un lado la queja política generalizada por la sensación de ausencia del Estado. También la social, que se percibe en las enormes carencias vitales de los migrantes que se han quedado y en una conflictividad cada día más visible, con episodios violentos y xenófobos alentados por algunos vecinos exaltados. Pero si cualquiera echa un ojo a las cifras de muertos, se dará cuenta de que lo que pasó en esta ciudad hace ya casi un mes fue una de las mayores tragedias migratorias de la historia reciente de España.