crisis migratoria

De la protesta a la caza del migrante: una marcha en Ceuta acaba en agresiones y ataques xenófobos

Decenas de manifestantes se enfrentan a la Policía en las inmediaciones de la playa del Trampolín, en Ceuta.

Pasadas las ocho y media de la tarde del miércoles, la manifestación de protesta contra el Gobierno convocada por redes y grupos de WhatsApp por la situación en que la llegada masiva masiva de migrantes procedentes de Marruecos de finales de julio ha sumido a Ceuta comienza a perder el sentido. La segunda marcha espontánea, que ha congregado a centenares de personas, ha llegado a la Plaza de los Reyes, sede de la Delegación del Gobierno, pero la protesta, tras los insistentes gritos de "Pedro Sánchez, hijo de puta", los coros de "Ceuta no se vende, Ceuta se defiende" y las peticiones de dimisión del delegado del Ejecutivo en la ciudad, empiezan a apagarse. Salvo para un grupo de exaltados que, en ese momento, inicia el primer brote colectivo de carácter xenófobo que se ha vivido en la ciudad autónoma desde el pasado 31 de julio.

Tras chocar con un pequeño contingente de agentes que les impedían el descenso hacia el Paseo de la Marina por la calle Camoens, los cabecillas de esta marcha bajan por la calle Millán Astray al grito de "Sí, sí, sí, nos vamos al Trampolín", en referencia a la playa en la que se encuentra el principal campamento improvisado en el que se refugian cientos de migrantes alojados en chamizos construidos por ellos mismos. Momentos antes, se ha producido el primer incidente violento de la protesta, cuando los antidisturbios han tenido que sacar casi en volandas de la marcha a un equipo de TVE que hacía su trabajo. Tras llegar a la plaza de la Constitución, el coro de manifestantes enfila hacia el oeste increpando y agrediendo a cualquier joven de aspecto magrebí que no sepa hablar español.

El primer incidente se produce en céntrica plaza de África. Un hombre de pelo y barba pelirroja con una camiseta de color morado detiene a un adolescente en bermudas, y chanclas tirándole de la camiseta. "¿Eres español? A ver, enséñame tu DNI". Cuando ve que el chico no entiende nada de lo que le están diciendo le propina una patada en la espalda con todas sus fuerzas. El adolescente, musita algo en árabe y huye del lugar a toda prisa. Aterrorizado. La agresión pasa inadvertida para los policías que controlan, todavía con cierta laxitud, la protesta. Pero muchos manifestantes comienzan a retirarse tras contemplar la escena. El agresor se justifica: "Perdonadme, es que no aguanto más después de veintitantos días y no he podido controlarme".

Estamos en la N-354, la carretera que une Ceuta con la pedanía de Benzú por el noroeste de la ciudad artravesando toda la costa norte. Tras pasar las murallas reales, el baluarte situado en la parte más estrecha de la población, varias furgonetas antidisturbios comienzan a tomar posiciones al frente de la manifestación. Decenas de agentes encauzan la marcha –que ya ha pasado de varios miles de personas a unos cientos– mientras los vehículos policiales la encabezan cortando el tráfico a su paso. Durante el trayecto se producen varios intentos de ataque contra jóvenes migrantes que permanecen en los parques o salen de los supermercados. Los chicos corren a toda velocidad en dirección al Trampolín cuando comienzan a ser perseguidos o increpados. Despavoridos. Los agentes les animan a hacerlo advirtiéndoles del peligro que corren. A mitad de recorrido, un grupo de regulares –los soldados ceutíes tocados con el característico fez rojo– aplaude a los exaltados desde la acera.

El grupo ya ha llegado ya a la playa Benitez, la anterior a la del Trampolín, la que los extranjeros han elegido para instalarse. Mientras los agentes contienen a los violentos en el paseo marítimo, decenas de chavales corren muertos de miedo por el arenal con sus bolsas de comida. "¡Vete a tu país guarro! ¡Vete a tu país, perro!", le grita un encapuchado a un adolescente con aspecto de tener unos 15 años. Otros les llaman "violadores" o les tiran latas, botellas o lo que tengan a mano mientras huyen a la carrera. "¡Invasores, hijos de puta!", grita el grupo, cada vez más desatado.

Cuando solo quedan unos centenares de metros del Trampolín, donde se encuentra la primera zona de chamizos construidos con telas y cartones por los migrantes para guarecerse, los antidisturbios deciden emplearse a fondo para acabar con la amenaza que supone esta marcha y cargan con disparos de pelotas de goma y con sus escudos y sus porras. Se desata el nerviosismo. Los agentes también apuntan hacia los chicos que ocupan las chabolas de la zona para provocar que escapen a toda prisa y se pongan salvo de sus potenciales agresores. "Hacia este lado no, hacia ellos", reacciona uno de los integrantes de la protesta. "Tenéis cojones de disparar a un español pero a un inmigrante, no", les lanza una mujer. "Que los malos son ellos", añade.

El momento de mayor tensión se produce cuando varios exaltados consiguen saltarse el cordón policial, acceden a la playa y destruyen dos de los chambaos improvisados por los migrantes con sombrillas de playa. Intentan, incluso, destrozar una ducha de playa para que no la puedan usar. Desde el paseo, el resto les aplaude y les jalea envalentonado. "Pegadle fuego a todo", les reclaman unos. Otros les recomiendan a gritos que tengan precaución: "¡Mucho cuidado, a ver si os vais a pillar la sarna!". Al fondo, junto a la tapia de la desaladora que separa la playa Benítez de la del Trampolín, los cientos de los chavales que han huido hasta allí contemplan la escena.

Pasadas las diez de la noche, esta caza al marroquí, de la que ya solo forman parte varias decenas de alborotadores, está a punto de terminar. Los antidisturbios empiezan a empujar a los pocos manifestantes que quedan de vuelta hacia el centro de Ceuta. Uno, con un pasamontañas y una camiseta del equipo local, intenta seguir hacia el campamento de migrantes. Un policía mucho más alto que él lo frena en seco y le dice: "Mira chaval, puedo comprender tu rabia, pero deja de hacer el tonto que si te dejo hacer lo que quieres te vas a joder la vida". Poco a poco, los pocos que quedan retroceden y la agresividad se diluye. Termina una protesta violenta que, sin el trabajo policial, con toda probabilidad, habría acabado en desgracia.

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