A desalambrar

Estas últimas semanas hemos visto cómo el hijo de Wert llamaba aristócratas a los funcionarios y pensionistas, a Marcos de Quinto apoyando el sufragio censitario, o la campaña impulsada por varios lobbies económicos hablando de día de liberación fiscal. ¿Qué relación tiene la reivindicación del día de la liberación fiscal, el cuestionamiento de las bajas por enfermedad, las pensiones, la matraca de las paguitas, o el destape oligárquico que vuelve a hablar de sufragio censitario? Todo forma parte de una misma agenda que pretende derrumbar lo que queda de Estado del bienestar, de derecho laboral, de libertad política y, por lo tanto, de democracia, para blindar la libertad para arrasar, acumular, explotar y especular. Pero, a diferencia de épocas anteriores, no lo hace bajo la retórica autoritaria; al contrario, se escuda en la defensa de la libertad, la valoración del esfuerzo, la solidaridad y la justicia, que interpela a un público transversal.

A sus ojos, es liberticida, injusta e insolidaria la existencia de servicios públicos, de derechos sociales y que la población pueda decidir políticamente. Vamos a verlo con sus ojos para tratar de entender cómo opera este razonamiento: yo soy dueño de mi dinero, me lo he ganado y no entiendo por qué un tercero –el Estado gestionado por políticos– tiene que robarme una parte de este para repartirlo entre quienes no han sabido ni sido capaces de obtener dinero en el mismo mercado en el que yo opero. ¿Es eso justicia? ¿No seré más libre si yo puedo decidir en qué gastar ese dinero y qué servicios contratar, en lugar de que me lo imponga un político para repartirlo entre vagos? ¿Por qué las decisiones o, al menos, la capacidad de voto la deben tener los mismos que disfrutan de conculcar mi libertad y expoliar a los que generan riqueza para que los políticos practiquen con ellos el clientelismo y compren sus votos?

La lógica impugna su propia motivación, ya que la existencia de servicios públicos y una contribución fiscal progresiva tiene como resultado un saldo positivo en aquello donde supuestamente reside su crítica: el dinero en el bolsillo. Para la inmensa mayoría de la población, sale más a cuenta, en términos económicos, mutualizar los servicios que contratarlos por tu cuenta. La incidencia fiscal neta, los impuestos pagados menos las transferencias monetarias y en especie recibidas, muestra que la mayoría de los hogares son beneficiarios netos. O, dicho de otra forma, toda la cantinela según la cual podrías disfrutar de una mayor renta disponible reduciendo la fiscalidad oculta que acabarías pagando más de tu bolsillo por los servicios privados que lo que ahora aportas con los impuestos. Esto afectaría de forma más negativa cuanto menor sea la renta, porque cuanto menos se ingresa, más se beneficia de una fiscalidad progresiva.

A ojos de un liberal, sería más libre un madrileño que busca vivienda en Madrid que un vienés que busca vivienda en Viena. El primero conseguirá vivir donde se lo permitan sus ingresos y prioridades, y estos vienen determinados por su capacidad para obtener ingresos, es decir, por su capacidad de ofrecer algo que otros quieran obtener y pagar por ello en el mercado. Dado que se puede ser libre pasando necesidad, la libertad no tiene nada que ver con las condiciones de vida. Un ciudadano de Viena que puede optar entre vivir en una vivienda de mercado, una pública y una protegida es un ciudadano sometido y comprado por la justicia social: ofrecer desde las instituciones vivienda barata es una forma de comprar intereses particulares. Según ese razonamiento, no eres libre si puedes acceder a una vivienda barata, de calidad y segura, pero no dejas de ser libre si la amenaza del hambre te obliga a tener que aceptar un trabajo mal pagado o en dejarte la mitad del sueldo en pagar un piso.

Lo cual nos lleva al último punto: la libertad política. Nadie que viva del Estado debe poder decidir políticamente: funcionarios, jubilados, parados, ayudas, subvenciones. Luego vienen los que no conocen lo suficiente: los más pobres. Después viene la exclusión femenina del voto: voto por unidad familiar. Restringir el voto y poder ser elegido no cuestiona la libertad, ya que uno no es más o menos libre dependiendo del régimen político en el que viva, sea una democracia o una dictadura, siempre que se respete la propiedad privada. Dado que una cosa es la libertad, poder moverte sin impedimentos ni interferencias, y otra cosa es el poder, capacidad de acceso a la decisión, uno puede ser libre careciendo de poder bajo un régimen autoritario.

Lo que hay de fondo es una disputa por el significado de la libertad, la igualdad, la justicia y cómo organizar el poder en sociedad. Ante esta ofensiva oligárquica, no vale ni es suficiente la defensa de lo existente

Lo que hay de fondo es una disputa por el significado de la libertad, la igualdad, la justicia y cómo organizar el poder en sociedad. Ante esta ofensiva oligárquica, no vale ni es suficiente la defensa de lo existente; es necesario desplegar un imaginario y una apuesta más fuerte en torno a la libertad, la igualdad, la justicia y el poder. Para empezar: la libertad, la igualdad, la justicia y el poder son indisociables. Solo en una sociedad libre pueden vivir personas que son igualmente libres, es decir, que disfrutan de la misma condición para serlo, y esa condición se sustenta en la democratización del poder. Somos libres para ser diferentes porque somos iguales, y somos iguales porque tenemos las mismas condiciones, y tenemos las mismas condiciones porque el poder, las oportunidades, el tiempo libre, los recursos y los medios están democratizados. Ese es el horizonte en el que trabajar: democracia y socialismo. Lo bueno y lo mejor para cualquiera, para que cualquiera pueda ser el mejor. A desalambrar.

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Jorge Moruno es sociólogo por la UCM, diputado de Más Madrid y portavoz de Vivienda.

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