Libros que no quisimos leer

Hay libros a los que una no ha querido asomarse. Y no ha querido porque sabe que, si la obra tiene puntería de dardo, se nos va a clavar en la carne y en el hueso para siempre. Hay precipicios a los que una lectora cobarde no se ha arrojado. Leo Mortal y rosa en este extraño final de agosto cuando se acaban de cumplir 50 años de su publicación.

Las páginas de fiebre en las que el escritor Francisco Umbral tradujo lo más inefable, lo menos expresable, la oscuridad que más aprieta, aquello que tampoco se quiere escribir: la muerte de su hijo Francisco, el pequeño Pincho, como le llamaban, de seis años. Y, por eso, porque él se atrevió a la escritura, cómo no iba yo a abrirlo. Lo abro también y lo sé, o qué se yo, porque no me ha sucedido. Imagino su tránsito desde las primeras páginas a las últimas, sosteniendo ese luto entre las manos que le da la cubierta de la editorial Cátedra. Cerrándolo cada poco. Lo leo en un ejemplar que no es mío, sino de alguien que tuvo 20 años cuando ya lo compró de segunda mano, y me pregunto qué atinaría a entender esa persona tan reciente que pasó sus ojos por aquí primero.

Era 1975. El país donde moría un hijo pequeño se echaba a temblar. Un dictador se acababa también en una cama. Umbral estaba escribiendo un libro de la vida, de lo que surgiera en la vida, y apareció la vida entonces con su lado más atroz. Umbral escribió 113 libros y más de 135.000 artículos de prensa. Es en este Mortal y rosa donde se abre el cañón de piedra abrupta que parte su paisaje en dos.

Pienso en otros libros que he leído de otros padres, de otras madres que escriben, en las razones que llevaron a estas escrituras y en cómo nos igualan siempre, si ese dolor es universal: La hora violeta, de Sergio del Molino; Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett; Noches azules, de Joan Didion. Libros atravesados por la pérdida antinatural de quien te sigue. Libros, sin embargo, extremadamente contenidos, sujetos como una memoria que intenta ser la más cuidadosa de todas las memorias.

Pienso en otros libros que he leído de otros padres, de otras madres que escriben, en las razones que llevaron a estas escrituras y en cómo nos igualan siempre, si ese dolor es universal

Umbral supo que su hijo le concedió el acceso a mundos insólitos, quién puede atreverse a pensar siquiera que a este. El libro se iba a titular Estoy oyendo crecer a mi hijo. Porque tener un hijo te vuelve a hacer hijo o hija otra vez, uno distinto, un niño grande y sucesivo, un espejo de ti, como decía él. Tener un hijo te quita todos los años de encima y, a la vez, te pone otro rostro más cansado. Un hijo resignifica los espacios y la casa. Decía Umbral que no se cambiarían nunca de barrio por si volvía Pincho. En el documental Anatomía de un dandy explica María España, la madre, su mujer, las partes de este libro que le duelen: “El niño ya es sagrado. Sé, como sabía el poeta, que la vida no es noble, ni buena, ni sagrada, y no hallo nada que respetar ni venerar en el cielo ni en la Tierra, pero gracias a este hijo tenido y perdido habrá ya siempre para mí en lo más puro de la luz una criatura de oro, de modo que el hijo se constituye en criatura aparte de la creación”. La palabra de poesía de Umbral le rescata del abismo y le deja apenas en pie después del golpe.

La cultura, “ese saber del hombre sobre el hombre”, dijo en la entrega del premio Cervantes en el año 2000. Esto tenemos. Atisbar la vida de los otros, los “mortalmente vivos”. Cierro con las palabras del verso de Pedro Salinas de La voz a ti debida que Umbral escogió para el título: Y su afanoso sueño / de sombras, otra vez, será el retorno / a esta corporeidad mortal y rosa / donde el amor inventa su infinito.

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