A rey muerto

Harald, el rey de los noruegos, requiem eternam. Para el caso, ni sirve el chascarrillo ("se está muriendo gente que antes no se moría"): con él, cinco haraldes han hincado el pico. El óbito, según veo, no ha suscitado demasiado entusiasmo. Entre los soberanos también hay calidades; y los funerales en Buckingham tienen un encanto que ya lo quisieran en Oslo.

El teatrillo, sin embargo, es calcado. La tropa engalanada como si acabase de guerrear contra Napoleón, artillería de fogueo, propios con alabardas, numerosísima quincalla heráldica y demás chucherías súper contemporáneas. Mientras las campanas tocan a muerto, el relevo calienta por la banda. Haakon séptimo (¡nombre de Pokemon!), jefe del Estado por vía genital.

Año 2026 de nuestro señor y aún hay quien hereda un país. Democracias liberales, incluso. Gente preparadísima, no lo duden, que sería igualmente coronada por más que fuesen tontos como un adoquín. Admito que —ya sea por resignación o por purito morbo— me he atiborrado de palomitas con cada astracanada protocolaria que la vida me ha puesto por delante. Me sirve una coronación, un sepelio, un aniversario lustroso o un bautizo zalamero. El truco para gozarlo está en encontrar una emisión con comentaristas entregados; más papistas que el papa, más monárquicos que el mismísimo Carlomagno.

"Y aquí llega el escuadrón real de granaderos de Pernambuco, luciendo plumas de faisán albino, una tradición que se remonta hasta…" ayer por la tarde. La célebre ascendencia celta inventada en los sesenta; los tartanes inmemoriales paridos por un tío abuelo.

Puestos a retomar tradiciones, a ver si restauramos el Santo Oficio, que se nos ha llenado el púlpito de sabandijas

Para perpetuarse en la poltrona, los privilegiados quieren hacernos creer que sus prebendas y rituales han permanecido inalterables desde Adán y Eva; y que los férreos bailecitos de sus mascaradas son un reflejo del orden inalterable del cosmos. El Antiguo Régimen, quién lo duda, está de moda, así que, envalentonado por la coyuntura y aprovechando el embrollo ceutí, el clero local ha salido a ponerse torquemadesco. Alzacuellos y verdades como puños, la receta de siempre.

"El prójimo es el que se tiene al lado", declara un mosén local a preguntas de un periodista. A saber, "el ceutí, antes que el que no lo es". Jerarquía de la caridad, lo ha llamado el tipo. Quiero pensar que las declaraciones no las trasfuca el miedo al micrófono; al fin y al cabo, un cura es un orador profesional. Me he ido al evangelio, no sea que lo tuviese oxidado (con la edad, la memoria se vuelve un colador). Aquí, aquí. Un hombre viajaba de Jerusalén a Jericó cuando lo asaltaron unos ladrones y lo dejaron malherido. Pasaron por allí dos paisanos, que lo esquivaron; y un tercero, que era extranjero, natural de Samaría, que lo auxilió. "¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los malhechores?", pregunta Jesús a su interlocutor. "El que se compadeció de él", responde su interlocutor. "Anda entonces y haz tú lo mismo".

¡Meridiano! Espera, que aquí hay otro. "Y si ayudáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También lo hacen los pecadores". "Si abrazáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los paganos?". Puestos a retomar tradiciones, a ver si restauramos el Santo Oficio, que se nos ha llenado el púlpito de sabandijas.

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