CALIDAD DEL AGUA
Nitratos en el grifo: cinco años bebiendo de un camión cisterna
En La Maya, un municipio de la comarca de Alba de Tormes (Salamanca), 150 vecinos llevan cinco años sin agua potable. “No es que no salga agua del grifo. Sale, pero no se puede beber”, resume su alcalde, Juan Galisteo. El último análisis completo que consta en el Sistema de Información Nacional de Aguas de Consumo (SINAC) del Ministerio de Sanidad, de octubre de 2025, registra 220 miligramos por litro de nitratos en la red de abastecimiento municipal, más de cuatro veces el límite de 50 que fija la ley para considerar el agua apta para el consumo.
La solución lleva un lustro siendo la misma. “La Diputación de Salamanca nos trae agua. Pusieron un depósito de unos 2.000 litros, y nos lo traen cada semana. En camión nos llenan el depósito y tenemos que ir todos los vecinos a por el agua”. Dos mil litros semanales para 150 personas. Con esas cifras tocan a menos de dos litros por vecino y día. En verano “se duplica la población y algunas semanas tienen que venir dos veces”, cuenta el alcalde. El agua no sirve para beber ni para cocinar, ya que ni hervir el agua elimina el nitrato.
La Maya no es una excepción. Es solo uno de los 332 municipios españoles que superaron el límite legal de nitratos en 2024, según el mapa interactivo que ha elaborado Greenpeace a partir de los datos del SINAC, donde se puede consultar la calidad del agua de cada municipio.
El límite de 50 mg/l, recogido en la directiva europea de nitratos de 1991, se fijó para prevenir la metahemoglobinemia, conocida popularmente como el ‘síndrome del bebé azul’. “Es un límite pensado para evitar una exposición aguda, pero la ciencia actual ha demostrado que no nos protege frente a la exposición crónica, la cual está relacionada con enfermedades como el cáncer de colon”, resume Luís Ferreirim, responsable de ganadería en Greenpeace España.
Un informe, elaborado por un comité internacional de científicos, recomendó a finales del año pasado reducir el límite legal de nitratos en el agua de consumo. El 2 de junio de 2026, la primera ministra de Dinamarca Mette Frederiksen anunció que el país reducía el límite legal establecido de 50 a 6 mg/l, y se convertía en el primer Estado de la Unión Europea en hacerlo. “La demanda de Greenpeace es que España adopte también esos 6 miligramos como límite máximo”, explica Ferreirim, ya que “es muy llamativo que algunos municipios tengan 49 mg/l de nitratos y sigan bebiendo agua porque no superan los 50”.
En España, más de la mitad de los municipios que analizan nitratos alcanzaron o superaron en algún momento de 2024 ese umbral de 6 mg/l, según el recuento de la organización a partir de los datos de Sanidad. El contexto nacional es el peor de Europa. Según Eurostat, en 2023 España registró la concentración media de nitratos en aguas subterráneas más alta de toda la Unión Europea, 32 miligramos por litro frente a una media comunitaria de 21.
Purines, fertilizantes y un modelo agrario
El origen no está en discusión entre quienes lo estudian. “Las principales causas son precisamente el modelo agrícola que tenemos, un modelo basado en la agricultura intensiva, donde se utilizan fertilizantes sintéticos a mansalva”, señala Ferreirim, “y por otro lado, y muy especialmente, todo el tema relacionado con la ganadería industrial. La cantidad de animales que hay en España y en Europa genera una cantidad ingente de excrementos que una vez que llegan al medio ambiente se filtra al agua”.
La Comisión Europea estima que la producción ganadera es responsable del 81% de la aportación de nitrógeno agrícola a los sistemas acuáticos de la Unión. Además, Ferreirim señala a las plantas de biometano como un problema emergente. “No están diseñadas para eliminar nitratos, están diseñadas para transformar el metano en gas. Pero los nitratos que entran con los excrementos no desaparecen. Hay un residuo, el digestato, y muchas veces los nitratos están mucho más concentrados ahí. Es el chapapote del campo”.
En la provincia de Salamanca el problema es estructural. Este verano, 15 municipios de los 362 que tiene la provincia han recibido agua en cisternas. Los valores registrados en algunos de ellos duplican con holgura el límite legal de 50 miligramos por litro. La Maya es uno de ellos, y cuenta con una solución sobre el papel desde hace seis años. Un proyecto costeado por la Diputación de Salamanca para traer agua desde Guijuelo, presupuestado en unos 400.000 euros, de los que el ayuntamiento debía aportar 100.000. “Hace tres años empezaron los trabajos y comenzó a haber problemas de empresas para hacer la obra”, explica Galisteo. “Ya se ha hecho bastante, ya queda muy poco para poder terminarla. Simplemente hay que cruzar la autovía y la carretera nacional”.
Ese último tramo es el que no llega. “El problema que hay es que licitan para hacer la obra y no se presenta ninguna empresa porque no debe interesar por el tema del precio. Entonces, la Diputación volvió a licitar, aumentó el presupuesto y tampoco se ha presentado nadie”. El alcalde describe su posición con una frase que resume la de muchos municipios pequeños: “Desde el Ayuntamiento estamos con las manos atadas. No podemos hacer nada”.
La ósmosis inversa, la solución de Villoria
A 20 kilómetros, Villoria tuvo el mismo problema y hoy bebe del grifo. Su alcalde, Alejandro González, sitúa el origen dos décadas atrás, cuando se endurecieron los límites del arsénico. “Un agua que era buenísima pasó a ser malísima siendo la misma”.
El municipio estuvo cuatro meses sin agua potable en 2023, con el mismo sistema de depósitos y cisternas de la Diputación que ahora abastece a La Maya. La salida fue una planta de ósmosis inversa que ha costado unos 95.000 euros. Para instalarla, Villoria no recibió ninguna ayuda específica ni de la Junta de Castilla y León ni de la Diputación de Salamanca. La instalación se financió con cargo a los planes provinciales, la asignación que la Diputación reparte entre los municipios para sus inversiones. “Es dinero del pueblo, no una subvención”, resume.
La idea, de hecho, “surgió de un concejal del Ayuntamiento que, con un contacto de un vecino de Cantalapiedra, nos ofreció la ósmosis como solución con más garantías”. Desde que se decidió hasta que funcionó pasó un año entre estudio, proyecto y licitación. Hoy una empresa se encarga del mantenimiento mensual y de los análisis, pero el día a día lo lleva el propio alcalde.
Los primeros análisis, en enero de 2024, dieron la medida de lo que cambia una planta así. En el sondeo, el agua bruta arrojaba 12 microgramos por litro de arsénico, siendo el máximo legal 10, y 48 miligramos de nitratos, justo por debajo del tope de 50. A la salida de la planta, el arsénico bajaba a menos de uno y los nitratos a 2,1. Es decir, por debajo incluso del umbral de 6 mg/l que recomiendan hoy los científicos.
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La ósmosis funciona, pero no toca el origen, ya que el acuífero sigue igual de contaminado y es una inversión cara, sobre todo, para los pequeños municipios. “Al final tienen que hacer frente los propios municipios y los vecinos a través de sus impuestos”, advierte Ferreirim, que recuerda que la alternativa habitual, como traer agua de otros municipios o embalses, como se quiere hacer en La Maya, tampoco resuelve nada de fondo.
La condena europea
Mientras tanto, el reloj corre en Bruselas. El Tribunal de Justicia de la UE condenó a España en marzo de 2024 por incumplir la Directiva de Nitratos, entre otros motivos por no haber incorporado determinadas medidas obligatorias en los programas de acción de comunidades como Castilla y León. En junio de este año, la Comisión Europea envió una carta de emplazamiento por no haber ejecutado esa sentencia, abriendo la fase que puede terminar en sanciones económicas.
“Después de más de 30 años seguimos sin cumplir la Directiva de Nitratos”, resume Ferreirim, que reclama no conceder nuevas autorizaciones a explotaciones ganaderas intensivas y reducir la cabaña ganadera en las zonas más saturadas. En La Maya, mientras tanto, siguen esperando a que alguna empresa se presente a la licitación del tramo que cruza la autovía. Son unos metros, pero llevan cinco años esperando.