La versión algorítmica de Almeida y Ayuso en el distrito de Chamberí

Felipe Domingo Casas

Que se sepa, en la historia ha habido solo un hombre capaz de convertir dos elementos líquidos, con composición química diferente, el uno en el otro, como fue la conversión del agua en vino. Por su singularidad milagrosa no hace falta nombrarle. El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, y la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, pretenden convertir las plazas, plazuelas, jardines y edificios singulares del distrito de Chamberí, con sus fórmulas algorítmicas, en milagros. Su deseo es que sean admirados por la posteridad. 

Es tal el interés de Almeida y Ayuso por Chamberí que se ha convertido en una obsesión. Quién ha influido en el otro, no se sabe. Porque ambos hunden sus raíces en el distrito desde su más tierna edad. La de Ayuso, sin ninguna duda, porque nació en Madrid, pero se educó y ha vivido siempre en el barrio y Almeida fue muy joven director general de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid en tiempos de Esperanza Aguirre. Y, como tal, invirtió más de tres millones de euros, en la reparación y conservación de un edificio histórico del distrito, El Instituto Homeopático y Hospital de San José. Que esa inversión de dinero público no ha tenido importancia para él, lo demuestra que, cuando ha tenido ocasión de participar en la adquisición del edificio vendido por la heredera del marquesado de Núñez, no lo ha hecho ni ha reclamado esos tres millones. Su conversión en un colegio privado norteamericano, carísimo y, por tanto, elitista, ha sido una traición a su historia y al barrio. Por sus políticas ultraliberales, los edificios de uso turístico de multiplican por el distrito. El ir y venir de maletas que entran y salen de muchos portales, se arrastran por las aceras. No tanto del barrio de Almagro. 

Porque el distrito de Chamberí tiene muchos barrios, de muy distinta naturaleza, en los que viven vecinos de muy variada capacidad económica, en el que predominan los jubilados con pensiones medias, no todas contributivas. Son distintos el barrio de Almagro, consolidado y noble, y el de Trafalgar, antiguo barrio de vaquerías que distribuían la leche a otros barrios. La plaza de Olavide ocupa el epicentro de Trafalgar, convertida en tsunami en las tardes y noches, por una riada internacional contemporánea de turistas, residentes jóvenes eventuales y curiosos, sustitutiva de la gentrificación en la que avanza el distrito centro madrileño.

Al barrio de Almagro, paraíso de tranquilidad desde la calle del mismo nombre hacia el Paseo de la Castellana, pertenece el ya distinguido y conocido ático de la calle General Martínez Campos, una calle mal escogida, de intenso tráfico y ruido, donde Ayuso pretendía fijar su residencia habitual, y seguramente propia, por mucho que se haya dicho temporal. Es inevitable pensar que Ayuso quería que una gran terraza le sirviera para cultivar sus aficiones, ahora que están de moda los ajardinamientos en ellas. Cualquier arbolito frutal, menos los improductivos bonsáis, para no imitar a González. Un envidioso deseo, al que querían dar satisfacción sus agradecidos consejeros, le corroía. Mientras el Lehendakari tiene en Ajuria Enea su residencia y el Presidente de la Generalitat de Catalunya se aloja en la Casa de los Canónigos, ella vive en una vivienda de su pareja, como si fuera la mayordoma, pero no el ama.  

El nomadismo de Ayuso puede entenderse como la libertad omnímoda de una presidenta al alcance de muy pocos. Nos confundirá otra vez diciendo que se va de alquiler, como si fuera una víctima pobre de un migrante ceutí

Cavilando sobre sus intenciones y proyectos para el distrito, leo, sorprendido, la noticia: “Ayuso se instala en una urbanización de Puerta de Hierro tras dejar el piso que compartía con González Amador”, cuenta El País. Ayuso se divorcia de Chamberí. ¿Ha abandonado Chamberí a Ayuso o ha sido Ayuso la que ha abandonado a Chamberí? Sin poder dirimir esta cuestión, Ayuso, de pronto, se convierte en una nómada urbanita. Migra. En una comparecencia, la Comunidad nos informa de que Amador vende el dúplex que Ayuso compartía con él, vende también el ático en el que iba a vivir temporal o definitivamente Ayuso, duda razonable, y se marcha de Chamberí. Se desarraiga.     

A primera vista, el nomadismo de Ayuso puede entenderse como la libertad omnímoda de una presidenta pudiente, hacendada, al alcance de muy pocos. Nos confundirá otra vez diciendo que se va de alquiler, como si fuera una víctima pobre de un migrante ceutí. Este nomadismo repentino revela una inestabilidad emocional, personal y familiar, que la coloca en una posición incómoda, contraria a las apariencias de seguridad que, con frecuencia, quiere ofrecernos con sus gestos y palabras en sus comparecencias públicas, la última con esa salida de tono sobre el ático: “está en venta, chao pescao”, lo que, entre las centenares de interpretaciones y memes en las redes sociales, puede ser un adiós a sí misma. Y la mayor evidencia es que se ha visto obligada a dejar el distrito de Chamberí y el barrio de sus amores. 

Cuenta Manuel Vicent en su libro Aguirre, (Jesús) el magnífico, que, cuando el ministro Pío Cabanillas nombró en 1977 a Jesús Aguirre, director general de Música, éste exclamó, ufano y orgulloso: “voy a conquistar el poder”. Y, efectivamente, lo conquistó, enlazándose en matrimonio con Cayetana, duquesa de Alba, y convirtiéndose en el decimoctavo duque de Alba. De cunas no nobiliarias, Aguirre y Ayuso, a ésta, aunque ha conquistado también el poder, le falta la nobleza que heredó Jesús Aguirre. Y, sobre todo, la de su madrina, Esperanza Aguirre. También el aura de sus gestos y sus palabras. Aguirre juntó (o quiso juntar) a esa procedencia de “dama de alta cuna” de “dama que hace lo que le viene en gana”, un ultraliberalismo avasallador. Pretendía vender Madrid al mejor postor. 

Fueron los vecinos de Chamberí y Parque sí los que le cortaron las alas, cuando se vio obligada a ceder el tercer depósito del canal de Isabel II, el Parque de Santander, como parque total para uso vecinal. Por su parte, la Asociación Corazón Verde de Chamberí haciendo un balance, desde su creación en 2016, de los pros y contras de sus luchas e intervenciones en el distrito, termina con estas palabras: “por primera vez en décadas, Chamberí es hoy, en cuanto a espacio urbano y equipamientos públicos, un lugar mejor que hace diez años”. Ante las políticas que pretenden reducir el derecho a usar y disfrutar de la ciudad, solo las luchas vecinales pueden defender esos derechos inalienables. Chamberí ha dado buen ejemplo.

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Felipe Domingo Casas es socio de infoLibre.

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