crisis migratoria

El número de comidas repartidas por las ONG en Ceuta desborda la cifra de irregulares que dio Marlaska

Cola de migrantes para ser atendidos por Médicos del Mundo en El Tarajal.

Pasadas las diez de la mañana, Médicos del Mundo inicia su consulta diaria en el polígono ceutí de El Tarajal. Este conjunto de naves pegadas a la valla fronteriza languidece desde 2019, cuando Marruecos cerró las puertas al contrabando de fardos –"comercio informal o atípico", era el eufemismo de entonces– desde la ciudad autónoma a territorio alauí. Desde entonces, los empresarios del lado español de la frontera y los comerciantes marroquíes han visto marchitarse su forma de vida durante décadas. Hoy, solo una decena de establecimientos permanecen abiertos, como una zapatería, tiendas de ropa, bazares o colmados. Los comerciantes que aún quedan creen que ha sido la ausencia de actividad y visitantes lo que ha conducido allí a un millar de personas de las que llegaron a Ceuta a nado o a través del espigón de la frontera los pasados 30 y 31 de julio. Desde entonces familias enteras y jóvenes, entre ellos muchos menores, han montado sus chozas en este recinto.

Tres médicos de la ONG –Carmen, Marcos y Celia– atienden uno por uno a los migrantes que hacen cola junto a la ambulancia que han traído desde Málaga. Las patologías tienen que ver con la falta de higiene. Pequeñas heridas infectadas, infecciones dermatológicas, respiratorias, de los dientes... A Bilal, un joven marroquí de 17 años, una infección le ha provocado que su rodilla derecha se hinche como una pelota. Hasta el punto que los cooperantes, en algún momento, temieron que el problema pudiera derivar en una sepsis, una infección generalizada que a menudo conduce a la muerte. Pero Clara, una enfermera perteneciente a la orden religiosa de las Hijas de la Caridad (con un perfecto dominio del árabe tras haber desarrollado previamente su labor en Libia), aprieta con todas sus fuerzas la inflamación para drenarla ante las lágrimas y las muestras de dolor del joven. Tras ello, otra sanitaria de la misma orden, Mari Carmen, le venda la pierna del tobillo al muslo y se lo lleva en un taxi a la comisaría de policía para que lo filien y así intentar que lo ingresen en un centro en el que su infección no vaya a más.

Que la cantidad de personas que viven en este poblado improvisado, formado por chozas construidas con palés, neumáticos, neveras, sofas viejos, mantas o plásticos, ronda el millar de personas no es algo que se sepa porque las autoridades las hayan filiado o censado. A la cifra, como en toda Ceuta, se llega por el número de comidas repartidas. Cada uno de los que malviven en El Tarajal tiene garantizada una comida al día que proporciona la ONG Luna Blanca. Entre ese asentamiento, los construidos para mujeres por las asociaciones de vecinos de los barrios de Sidi Embarek y El Príncipe y la explanada de Loma Colmenar, un antiguo aparcamiento en el que los militares han levantado tiendas para acoger a irregulares, Luna Blanca reparte cada día 3.000 comidas, según su presidente Mustafa Abdelkader. Mari Carmen, la hija de la caridad que auxilia a Médicos del Mundo, también trabaja con Cruz Roja en el reparto diario de alimentos en la playa del El Trampolín. "Allí entregamos entre 4.000 y 5.000 bolsas con agua, zumo, leche, algo de proteína, que puede ser fiambre o atún, pan, una fruta y algo dulce", explica.

Las cifras que manejan las ONG contrastan con el dato dado en el Congreso este viernes por el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, que aseguró que, en Ceuta, tras la salida de la mayor parte de los 72.000 migrantes que entraron en julio, solo quedan 5.000. Porque la suma de las raciones que entregan Cruz Roja y Luna Blanca, el dato que los cooperantes consideran más fiable, alcanza a 8.000 personas viviendo de la caridad, sin contar los ya internados en centros. Existe un baile de cifras entre los datos facilitados por las administraciones y lo que perciben las asociaciones benéficas. El Gobierno ceutí de Juan Jesús Vivas ofreció al Ejecutivo central espacio para alojar a 11.300 personas, un número que casa más o menos con el que aprecian los cooperantes sobre el terreno, si a él se suman los menores internados y las personas que pueden procurarse los alimentos por sí mismas. En cualquier caso, todas las estimaciones de quienes trabajan a pie de calle, basadas en los alimentos distribuidos, supera el dato que Grande-Marlaska facilitó en el Parlamento.

Vuelta al Polígono de El Tarajal. Los cientos de porteadores que hasta 2019 entraban cada día aquí para adquirir mercancías y llevárselas a pie hasta Marruecos montaña arriba hace tiempo que desaparecieron. Quedan pocos comerciantes. Como Ibrahim, dueño de un bazar que ya ofrece todo el material de papelería para el inicio del curso y que asegura que, desde la entrada masiva de migrantes, a su solitaria tienda rodeada de chozas solo se acercan los valientes. Que sus clientes de siempre tienen miedo.

En las calles atestadas de barracas, junto a las paredes de las naves, el personal sanitario de Médicos del Mundo trabaja a destajo. No solo ofrecen atención médica y de enfermería, también psicológica. "Nos hemos encontrado con gente que deja de comer, con ataques de ansiedad y de pánico e incluso con trastornos por estrés postraumático que sufren hasta los niños", explica Patricia Ruiz, portavoz de la organización. "Hay que tener en cuenta que toda esta gente atravesó la frontera en un episodio masivo junto al centenar de personas que murieron", continúa. "Y muchos lo presenciaron".

Pedir favores para conseguir lo básico

Más allá de la salud mental, los problemas sanitarios que atienden sobrepasan, en ocasiones, lo que es desinfectar una herida, dar unos puntos de sutura o suministrar los medicamentos necesarios para cada patología que aparece. En los casos más graves, los médicos derivan a los migrantes al Hospital Universitario de Ceuta. Allí reciben un tratamiento de urgencias tras el cual, en la mayoría de los casos, vuelven al campamento. En medio de este poblado chabolista ver los documentos de la sanidad pública con sus latiguillos habituales provoca cierto sonrojo. "En caso de necesitar nueva atención deberá acudir a su médico de familia", dice el informe que muestra uno de ellos. Cuando los cooperantes aprecian que la vulnerabilidad médica de una persona obliga a que sea trasladada a un lugar más salubre, tiran de su agenda de contactos con la policía o los funcionarios de sanidad y servicios sociales de la ciudad. Así lo hicieron hace unos días, cuando consiguieron que un niño de 12 años que estaba a cargo de una mujer a punto de dar a luz fuera ingresado en un centro de menores. Lo lograron pidiendo favores.

Alrededor de este consultorio médico gestionado por médicos, psicólogos, enfermeros y las hijas de la caridad, en este polígono de infraviviendas en el que se alojan familias enteras, una cuadrilla de limpiadores vestidos íntegramente de azul suda el calor de finales de agosto barriendo la calle y recogiendo la ropa que algunos jóvenes han dejado fuera de sus chozas. Son los miembros de una subcontrata de Gobierno ceutí que pasa toda la jornada adecentando el terreno. "Estamos agotados, trabajamos todo el día y hacemos lo que podemos, pero tampoco tenemos los medios necesarios para limpiar en profundidad todo esto", explica Nabil Mohamed, uno de los barrenderos, que reclama equipos de protección y productos de limpieza mucho más eficaces que el material con el que cuentan. Poco antes de la hora de comer, la consulta médica de Médicos del Mundo y Cruz Roja en el polígono de El Tarajal se da por concluida. Las ambulancias volverán mañana, como han hecho cada día desde que empezó esta crisis migratoria que este domingo cumple un mes.

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