Leyendo 'La izquierda ante el tecnofascismo'
He leído el panfleto de Jordi Gracia, publicado por Anagrama como La izquierda ante el tecnofascismo, y ha pasado a formar parte de los libros imprescindibles para un tiempo que a muchos nos desasosiega, por decirlo educadamente.
El libro desgrana un poder que desborda las fronteras. Gobiernos autoritarios y corporaciones de Silicon Valley se retroalimentan. Desregulación, vigilancia, degradación institucional y antipolítica presentan la democracia como una estructura lenta e ineficaz frente a la supuesta precisión de los algoritmos.
El libro, como panfleto —Gracia lo reconoce—, observa el fenómeno desde sus víctimas, y también desde quienes reclaman ese sometimiento. Peter Thiel ha escrito que libertad y democracia pueden ser incompatibles; Curtis Yarvin propone un "CEO soberano" que administre el Estado como una empresa, y Marc Andreessen convierte el crecimiento tecnológico en imperativo moral y la regulación en enemiga del progreso. El ciudadano se transforma en cliente: puede aceptar o marcharse, pero no deliberar ni decidir.
El tecnofascismo va más allá de que la extrema derecha utilice las redes. Nace de la alianza entre proyectos autoritarios y plataformas que seleccionan lo que vemos y convierten nuestra experiencia en datos. Es un modelo de capitalismo de la vigilancia; busca un "solucionismo" que reduce conflictos políticos a problemas técnicos; Byung-Chul Han explicó cómo el poder utiliza nuestra libertad, y otros han señalado el elitismo que sitúa la inteligencia artificial fuera del control democrático.
El tecnofascismo tampoco necesita abolir las elecciones: le basta con vaciarlas mientras la soberanía emigra hacia empresas que nadie ha elegido ni puede controlar
Su alcance es mundial porque las plataformas que gobiernan la información también lo son. No necesitan conquistar cada Estado: les basta con instalarse en sus infraestructuras, suministrar sistemas a la sanidad, la educación o la defensa y crear una dependencia difícil de regular. Las elecciones pueden continuar mientras las decisiones esenciales sobre información y tecnología quedan fuera del alcance de los gobiernos elegidos.
El capitalismo digital no inventó el deseo de gobernar la conducta: lo automatizó, privatizó y convirtió en negocio. El panóptico ya no necesita una torre; lo llevamos en el bolsillo y lo alimentamos con cada búsqueda, compra o conversación. El tecnofascismo tampoco necesita abolir las elecciones: le basta con vaciarlas mientras la soberanía emigra hacia empresas que nadie ha elegido ni puede controlar.
_______________________
Carlos Brage es socio de infoLibre