Una muerte anunciada

Fotografía de la tumba de la que habla el relato.

Pedro Escanero

Desde muy pequeño, le horrorizaba y le fascinaba a partes iguales la visita al cementerio del pueblo de su familia. La razón no era otra que una tumba de grandes dimensiones situada a la entrada, en la que figuraban 31 nombres acompañados de su edad.

Ninguna fecha ni dato alguno hacía referencia a las circunstancias de la muerte. Tal acumulación de muerte le aterraba. Pero lo que de verdad le helaba la sangre era la visión del primer nombre de la lista, ¡exactamente el mismo que el suyo! En su mente infantil era como si se adelantara su propia muerte y él fuera testigo.

La explicación de tal coincidencia no dejó de sorprenderle años más tarde. Se trataba de su bisabuelo paterno, fusilado junto con 30 personas al inicio del golpe de Estado y sublevación de 1936, por el simple hecho de haber acompañado y llevado con su mulo el trípode topográfico al ingeniero, enviado por las autoridades republicanas para realizar las medidas oportunas destinadas a devolver al municipio las tierras comunales que los caciques del pueblo se habían apropiado.

A decir de algunos informantes, los rebeldes intentaron que todas y cada una de las familias del pueblo sufrieran al menos la muerte de uno de los suyos

“A decir de algunos informantes, los rebeldes intentaron que todas y cada una de las familias del pueblo sufrieran al menos la muerte de uno de los suyos”, reza el texto dedicado a la fosa común que nos ocupa en la página web que el Gobierno regional ha dedicado a las fosas de la Guerra Civil. Todas y cada una de las familias, exceptuando las de los “adeptos al Movimiento”, evidentemente. Pero no lo dicen.

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Pero lo que más le sorprendió fue lo que le contaron años después: en un primer momento, los 31 asesinados fueron enterrados en una fosa común en el mismo lugar en el que fueron fusilados, a unos kilómetros del pueblo. Fue en septiembre de 1939, recién acabada la guerra, cuando al enterarse de dónde estaba situada la fosa común, los familiares desenterraron con sus propias manos a sus hijos, esposos y padres; y los trasladaron en cajas de pino y en carros al cementerio del pueblo.

Cuentan que ese día, los vecinos del pueblo salieron a recibirlos y las campanas de la iglesia tocaban a muerto, no por voluntad del cura, sino por las amenazas de familiares y vecinos. Siempre le sorprendió el arrojo de estos familiares entre los que se encontraban sus abuelos paternos. ¿Cómo fue posible llevar a cabo semejante acción recién acabada la guerra y cuando todavía se seguía fusilando a la población civil?

Parece ser que una persona influyente y de orden tuvo algo que ver y permitió que este hecho tan singular se produjera: todavía hoy más de 100.000 personas asesinadas están enterradas en fosas comunes en campos, cunetas y montes. Algunas de ellas ya no se podrán recuperar pues yacen bajo carreteras, puentes o edificios y sus descendientes nunca podrán ver su nombre en una lápida.

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