Entre la vida y la muerte

Prisioneros del bando republicano.

Javier Carrero González

Eran los años posteriores a la Guerra Civil fruto del golpe de Estado del año 1936, que destrozó muchas vidas.

En 1939, cuando acabó la guerra, mi madre tenía diez años y, aunque estaba empezando a vivir, ya lo había pasado muy mal y así lo seguiría pasando por culpa de la situación de nuestro país que habían provocado las ideas de algunos.

Eran once hermanos vivos —ya que algunos no habían conseguido nacer— cuando mi abuelo ingresó en la cárcel, momento a partir del cual no llegó a conocer de nuevo la libertad ni al último de sus hijos. Como consecuencia de esta situación mi abuela estaba desesperada, con once hijos que tenía que alimentar, en una ciudad sin recursos, destrozada y sin su marido que le pudiera ayudar.

Mis tíos eran de todas las edades, desde los diecisiete años que tenía la mayor hasta el más pequeño, que acababa de nacer. Para poder subsistir debían colaborar todos y, a pesar de sus esfuerzos, pasaban muchas penalidades, entre ellas, el hambre. En ocasiones tenían que recurrir al Auxilio Social, institución benéfica promovida por el franquismo, para poder malcomer.

Diariamente, todos los que podían iban a los vertederos de la zona a recoger cartones, trapos o chatarra que aún se pudieran aprovechar, para después venderlos y así conseguir algo de dinero. Era lo que se llamaba “La Busca”, que Pío Baroja, con gran maestría, reflejó en su libro.

El recién nacido se alimentaba de su madre, pero lo que obtenía no era de buena calidad y llegó un momento en que no tenía suficiente. No paraba de llorar. Pasaba mucha hambre y, además, tenía anemia fruto de su mala alimentación. Le recomendaron que le diera de comer carne cruda cuando pudiera, así podría evitar que muriera.

Cada vez que conseguían algo de dinero, la madre mandaba a la hija mayor con el pequeño en brazos a la carnicería a comprar hígado, que era lo más barato, para dárselo en el momento y le decía: "Si se te muere por el camino, no llores, solo regresa a casa".

La huella del golpe de Estado del 36 en mi familia

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El encargo era muy duro y mi tía tenía mucho miedo, iba corriendo a la carnicería compraba el hígado, hacía una pasta en su boca, se lo daba a duras penas y regresaba a casa. De esta forma consiguieron que mi tío el pequeño viviera.

Cuando me lo contó mi madre yo era muy pequeño, pero me quedó grabado muy hondo en el corazón y en la cabeza. A todos ellos también.

El 18 de julio se llevó la ilusión de todos e hizo sufrir a los niños demasiado pronto.

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