Congelar óvulos o el coste de la vida

¿Debe el Estado financiar la congelación de óvulos para facilitar que las mujeres podamos ser madres más tarde? Este es un debate que ha vuelto estos días a raíz de la documentación en redes de la congresista demócrata Alexandria Ocasio Cortez de su congelación de óvulos, así como del anuncio de la Federación Española de Fútbol de ultimar un acuerdo para pagar a las jugadoras de la selección la congelación de óvulos. La respuesta corta es que sí, claro que la congelación de óvulos debería ser una prestación del Sistema Nacional de Salud como lo son las técnicas de reproducción asistida. Y sí, por supuesto que todas estas técnicas de reproducción deberían ver ampliado su rango de edad y de peso, puesto que ambas cuestiones dejan fuera a muchas mujeres y personas con capacidad de gestar que no pueden hacerlo por sí solas, bien sea por problemas de fertilidad o por su orientación sexual.

Sin embargo, sería pobre desde un punto de vista feminista que ésta fuera nuestra única reivindicación. Como mujeres, flaco favor nos hacemos hablando del trabajo reproductivo sin señalar los costes que este tiene para nosotras en todas sus dimensiones, y simplemente ciñéndonos al tan cuestionado deseo de maternidad. ¿Por qué defendemos que las técnicas de reproducción asistida, incluyendo la congelación de óvulos o la inseminación, deben ser financiadas por el erario público al mismo tiempo que defendemos que existe tal cosa como el derecho a ser madre? ¿Estamos pidiendo suficiente cuando pedimos que la ayuda para la reproducción sea aplazable y pública?

Es difícil responder a esta pregunta sin caer en argumentos que rocen el esencialismo, pero inevitablemente corresponde hablar de la capacidad reproductiva de las personas que pueden gestar. Claro que suena casi conservador pensar que queremos que el Estado nos pague herramientas y condiciones para poder ser madres. ¿Pero no es acaso lo que estamos pidiendo? ¿Puede ser formar una familia un derecho que el Estado de bienestar debe proporcionar, en la medida que la reproducción de la vida es quizás lo único que el mercado no sabe fabricar (de momento) sin un cuerpo que la geste? Teniendo esta dimensión presente, es imposible no contemplar la hipotética gratuidad de la congelación de óvulos como un asunto mucho más vinculado al mercado de trabajo que al deseo de ser madres.

Cuando escuchamos a una política que está pensando en ser candidata a la presidencia de los Estados Unidos o a una de las mejores futbolistas del mundo hablar sobre congelar sus óvulos para poder continuar con sus carreras profesionales nos suena a feminismo. ¿Quién no defendería que una mujer pueda hacer lo que quiera cuando quiera con su cuerpo? Pero conviene detenerse en la letra pequeña y, a la hora de plantear que esta sea una medida pública en nuestro país, recordar esa máxima de Silicon Valley que enuncia que si el producto es gratis, es que el producto eres tú. Lo que quiero señalar con esto es que la idea de que algunas mujeres (ojo aquí la clase) puedan retrasar su maternidad para poder seguir trabajando es un arma de doble filo. El hecho de que los mejores años de nuestra fertilidad sean los mejores años de nuestra vida laboral no es una casualidad cósmica, sino una de las condiciones de posibilidad de un mundo capitalista que se sostiene gracias al trabajo reproductivo de las mujeres. No todas las mujeres pueden trabajar lo mismo que los hombres si queremos que siga habiendo una natalidad que sostenga el mercado. El problema aparece cuando necesitamos, como es el caso de España, que esta natalidad crezca también para sostener el Estado de bienestar. Y se complejiza aún más el asunto en la medida que cabe sostener que queremos retrasar la maternidad no para ser las mejores de la empresa, sino porque la tecnología nos lo permite; es decir, porque podemos hacerlo y eso también es libertad. Dicho esto, casi podemos afirmar que lo progresista es, en definitiva, la universalización de la posibilidad de aplazar la maternidad. Pero, de nuevo, esto se quedaría solo en la superficie.

Congelar no ahorra ese coste para nuestro cuerpo, sino que, al aplazarlo, lo agrava, y sin embargo lo presentamos como una liberación

Si asumimos que la decisión sobre ser o no madres es un asunto íntimamente ligado al coste de la vida, necesitamos analizar no solo el coste que para el mercado tiene que una mujer no aplace su maternidad –o incluso qué coste tiene para el Estado ayudar a que todas las personas con capacidad de gestar puedan hacerlo si así lo desean–, sino que se hace imprescindible desvelar el coste real de esa vida que producimos. ¿Cuánto cuesta mantener a una criatura los primeros años de vida en un país que sigue sin garantizar de forma gratuita el tramo de 0 a 3, o en el que la media de edad de acceso a una vivienda estable ronda los 42 años? Defender que la congelación de óvulos sea gratuita sin modificar el coste de la reproducción de una vida sería una medida que ayudaría a los mercados y quizá también a la capacidad del Estado para pagar las pensiones en el futuro, pero no a reducir esos costes de la vida. 

Y aún hay un coste que ni el mercado ni el Estado quieren mirar, porque nombrarlo obligaría a reorganizarlo todo: el que pagamos en el propio cuerpo. Hemos aprendido a hablar del trabajo reproductivo en la lengua de la economía, en salarios perdidos, plazas de escuelas infantiles y pensiones futuras, y esa lengua tiene la ventaja de que no ensucia y así permite discutir la maternidad sin mencionar nunca la sangre, las hormonas, los pinchazos, el cuerpo que se hincha para producir los óvulos que después se guardan en frío, el cuerpo que gestará más tarde y con más riesgo porque la vida le llegó cuando la economía por fin la dejó.

Congelar no ahorra ese coste para nuestro cuerpo, sino que, al aplazarlo, lo agrava, y sin embargo lo presentamos como una liberación, como si el cuerpo fuera un inconveniente técnico que la ciencia viene por fin a resolver y no aquello mismo que produce lo único que este país o cualquier otro no puede fabricar sin nuestros cuerpos. Reivindico que el feminismo sume a la idea del coste de la vida algo tan material como el coste para nuestro cuerpo de esa vida, también por supuesto el coste emocional y psicológico. Y lo planteo frente a la deriva materialista y laboralista del progresismo de los últimos tiempos que ha conseguido que casi suene ridículo plantear otros costes de la vida como los que para las mujeres supone su propia capacidad de reproducir. Como si preocuparse por las condiciones en que ese cuerpo gesta, menstrúa o pierde su capacidad de gestar fuera una cursilería reaccionaria identitaria y no la base material de cualquier otra cosa. Si esa preocupación fuera genuina, si de verdad quisiéramos que nuestros cuerpos gestaran en las mejores condiciones posibles, no sería tan sencillo encontrar estudios que analizan con datos de hombres las necesidades de los cuerpos de las mujeres.

Podemos estar a favor de retrasar nuestra maternidad, pero ojalá esta sea una demanda que vaya acompañada de una reflexión sobre los costes de la vida y que tenga presente que al mercado, de momento, solo le interesa pagar la reproducción cuando el producto eres tú.

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Ángela Rodríguez 'Pam' es ex secretaria de Estado de Igualdad.

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