Seamos responsables

El compromiso con la sociedad a lo largo de los años nos ayuda a comprender la amplitud de la palabra responsabilidad. Hay situaciones conflictivas que tienen como origen una clara voluntad de provocación. Resulta necesario no olvidar este origen y tampoco los motivos que están en la raíz de los provocadores. Quien crispa las relaciones y busca la ofensa persigue unos intereses que pueden responder a la sangre caliente de una persona cuando las peleas son individuales, pero que casi siempre nacen del cálculo frío y las estrategias meditadas cuando se trata de dinámicas sociales, movimientos interesados en calentar la sangre de los individuos y de la comunidad. Por eso es también muy necesario no olvidar que en la responsabilidad de los conflictos y de sus alcances cobran importancia las respuestas, el modo de comportarse ante los provocadores.

Los demócratas comprometidos con la igualdad, la convivencia y el respeto a los derechos humanos tienen muchos motivos de preocupación ante un panorama difícil que agita el interior de los países, las relaciones internacionales y la legitimación de unos valores imprescindibles para la justicia social. Cada vez hay más datos a la hora de comprobar el regreso a un tiempo histórico anterior al prestigio de las democracias sociales que intentaron responder en Occidente a la violencia de las identidades autoritarias, los negocios dispuestos a provocar invasiones, desatar genocidios, confundir la comunicación con la manipulación de los espíritus y reconducir el progreso tecnológico hacia las hogueras, las cámaras de gas o las armas de destrucción masiva. Así están las cosas.

El papel de la cultura vuelve a ser imprescindible. Y no hablo ya de museos, salas de conferencias o librerías, sino de la atmósfera que entra por las ventanas de los domicilios y que domina el camino de nuestras cabezas y nuestras calles, carreteras, líneas de ferrocarril, puertos de mar y aeropuertos. Esa atmósfera vuelve a convertir el mundo en un escenario de lucha por la vida, una dinámica en la que sólo el individualismo y la ley del más fuerte parecen definir la palabra seguridad y el deseo de supervivencia. El vaciado de las ilusiones comunes desemboca en el miedo a los movimientos migratorios y convierte el racismo en la actitud instintiva más lógica a la hora de defenderse ante la inseguridad. Ya no hablaremos de racismo, sino de una lógica de vida. Esta es la cultura social que la extrema derecha ha asumido como estrategia para anidar en los corazones y extender su dominio en las sociedades. Y tiene grandes aliados en los poderes económicos que no están cómodos dentro de los deberes de la igualdad y la fraternidad. Su libertad va por otro camino, ya sea a la hora de hablar de la expresión, la prensa, los intereses económicos o las ilusiones de futuro.

El vaciado de las ilusiones comunes desemboca en el miedo a los movimientos migratorios y convierte el racismo en la actitud instintiva más lógica a la hora de defenderse ante la inseguridad

La situación es muy complicada. La gravedad de lo ocurrido en España con el episodio de la frontera de Ceuta con Marruecos es un síntoma que nos afecta de manera particular, pero que no puede separarse de las dinámicas internacionales y de las estrategias que están deteriorando la ética de la convivencia democrática. Resulta por tanto imprescindible tomar conciencia de que la responsabilidad no sólo está en el campo de los provocadores, sino también en la respuesta que las instituciones y los compromisos con la democracia puedan dar ante las dinámicas y las urgencias de un conflicto preparado a sangre fría, a corto y largo plazo, para sustituir la universalidad de los derechos humanos por la inseguridad y los discursos de odio. Parece evidente que la prevención, la claridad en la información, la seriedad en los compromisos institucionales, las reacciones y la seriedad política y administrativa en los comportamientos suponen el mayor compromiso de responsabilidad a la hora de evitar esta descarnada manipulación política del racismo.

Culpables, desde luego, los provocadores. Pero necesitamos también valorar y tener en cuenta la responsabilidad de los que deben prever una situación, dar explicaciones y ordenar una respuesta.

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