¿Todos contra el fuego o todos contra todos?

Era un lema que se repetía cada verano: "Todos contra el fuego". El problema es que la última palabra de consigna sigue, pero la primera ha desaparecido: hay incendios, pero no hay unidad. Las llamas calcinan los árboles y matan nuestro oxígeno, hay que evacuar a miles de personas y seguir la lucha desigual contra ese diablo de mil lenguas que convierte lo que toca en silencio y cenizas.

El combate podría ser más equilibrado si se pusieran los medios económicos que hacen falta para prevenir y no tener que curar, pero aquí sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena y de San Florián de Lorch, que es el patrono de los bomberos, cuando empiezan a arder nuestras casas. La religión dice que se puede apagar una ciudad que se quema, usando un balde de agua y la fe: la realidad nos hace ver que sin más personal, más hidroaviones, más camiones-cisterna, menos negacionistas del cambio climático, menos ultraderecha enemiga del ecologismo y, en resumen, más inversión que financie el mantenimiento de nuestra naturaleza, no hay nada que hacer. En esto, como en tantas cosas de la política, por el humo se sabe dónde está el inepto.

Los pactos de Estado vuelven a proponerse y se los lleva el viento negro de la gran hoguera, porque debe de ser que salvar nuestro hermoso paisaje no da votos

Los mismos que reducen presupuestos de cuidado medioambiental o acortan las plantillas de profesionales de ese ramo, ahora se lamentan y tratan de cargarle el muerto al adversario. Y eso nos lleva al mismo callejón sin salida de siempre, es decir, a un cruce de acusaciones sin fondo, a la retahíla habitual de las competencias, que por encima de lo que esté pautado se intentan poner en las espaldas del rival, y al intento de no asumir responsabilidades cada vez que se produce una catástrofe que les deja en evidencia. La historia se repite por falta de imaginación y, en el caso dramático que volvemos a sufrir otro año, por el desinterés al respecto de esta gente que está ahí para otras cosas y, más que nada, por otros intereses.

Los pactos de Estado vuelven a proponerse y se los lleva el viento negro de la gran hoguera, porque debe de ser que salvar nuestro hermoso paisaje no da votos, o algo así, y por lo tanto no es un objetivo del poder. Mientras tanto, a los demás nos parte el corazón ver con qué violencia se consumen esas hectáreas de España que esos charlatanes con ínfulas no deben de considerar parte de la patria a la que tanto dicen querer. Hacen falta más bomberos y menos pirómanos, reales y verbales.

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