Yo, del equipo de Krugman
La última polémica veraniega de la economía internacional no va de aranceles ni de burbujas de la IA, sino de algo mucho más doméstico: si los europeos estamos en declive o solo lo parece. En una esquina, Paul Krugman, premio Nobel, americano de Long Island, sosteniendo desde su substack que Europa no es el museo decadente que describe cierta literatura: si el PIB per cápita americano es mayor es, sobre todo, porque los americanos trabajan más horas; ajustada la producción por horas trabajadas, la brecha se queda en un dígito, y los europeos simplemente hemos elegido cobrar los dividendos de la productividad en agosto y en sobremesas en lugar de en dólares. En la otra esquina, Luis Garicano —español, con carrera en Chicago y la LSE, ex eurodiputado— replicando que la cosa ya no cuela: que el PIB americano se ha escapado desde el año 2000, especialmente en el último lustro, y que, como apunta Jesús Fernández-Villaverde desde Filadelfia, la brecha de horas se ha estrechado —los americanos trabajan hoy menos que en el año 2000 y muchos europeos más—, así que la divergencia ya no puede ser una historia de vacaciones: es productividad pura, y Europa la está perdiendo.
Concédanme un segundo para saborear la escena, porque tiene su aquel. En el mundo más polarizado que se recuerda, donde cada cual defiende su trinchera con la fe del carbonero, este debate presenta los papeles exactamente cruzados: el americano defendiendo con entusiasmo el modelo europeo —la semana corta, la plaza, el vermut— y los europeos defendiendo con idéntico fervor el modelo americano. Nadie abraza el American way of life con más convicción que un economista español con plaza en el extranjero, y nadie ha hecho las cuentas del bienestar europeo con más cariño que un Nobel de Nueva York. Sospecho, además, que más de una de esas réplicas contra el acomodaticio modelo europeo se ha redactado en verano, desde alguna terraza mediterránea, entre el primer y el segundo plato. La cátedra se tiene en Filadelfia; la vida, cuando se puede, se tiene aquí.
Lo confieso sin sonrojo: yo soy del equipo de Krugman. Y no por patriotismo continental, sino por pura contabilidad. Repasen los rankings internacionales de cualquier cosa que valga la pena medir: en felicidad, seis o siete de los diez primeros puestos son europeos (Finlandia encadena ocho años ganando; Estados Unidos anda por el puesto 24, entre lamentos de cirujano de Miami); en equilibrio entre trabajo y vida, mandan Italia, Dinamarca, Noruega y España, con Estados Unidos en el puesto 29 de 41; en igualdad, en calidad democrática, en Estado de derecho, el top diez es un paseo por Europa con parada obligada en los nórdicos. Y —aquí viene lo mejor— también en los índices que se supone que son el terreno del adversario: en el Global Innovation Index o en el Global Competitiveness Index figuran Suecia, Finlandia, Países Bajos y Dinamarca entre los diez primeros del mundo. Es decir: para casi cualquier dimensión del vivir que alguien se haya molestado en medir, hay varios países europeos que saben cómo se hace. Estados Unidos aparece en pocos de esos top ten; China, prácticamente en ninguno. El único ranking donde se nos exige jugar y perder es el PIB per cápita —curiosamente, el único que no mide nada que se pueda comer, pasear ni compartir—.
No pienso entretenerme en si la comparación debe hacerse en paridad de poder adquisitivo, a precios corrientes o constantes —ese es un debate para agosto en Filadelfia—. Lo que me interesa es otra cosa: qué hace cada cual con las ganancias de productividad. Desde 1995, los alemanes han recortado un 13% sus horas anuales de trabajo, los austriacos otro tanto, los españoles un 6%; los americanos, apenas un 4%, y ni una hora desde 2003. La brecha con Alemania supera hoy las 450 horas anuales: 11 semanas laborales, casi tres meses de vida al año. Es la vieja observación de Blanchard: con productividades por hora comparables, los europeos hemos usado el progreso técnico para comprar tiempo y los americanos para comprar renta. Ellos se deslizan por una pendiente de mejora eterna de la productividad que nunca libera tiempo —la zanahoria siempre un palmo por delante del burro—, mientras nosotros cobramos el dividendo en una moneda que no computa en la contabilidad nacional. Y las encuestas de usos del tiempo cuentan en qué lo gastamos: un francés dedica 2 horas y 13 minutos diarios a comer (un americano, 62 minutos: simple ejercicio de nutrirse); un noruego pasa 80 minutos al día en vida social (un americano, 35, y bajando: hace 20 años eran 45); la actividad estrella del ocio americano son 2 horas y 36 minutos diarios de televisión, mayoritariamente en soledad. Gershuny, el gran contable del tiempo, lo ha medido hasta el disfrute: las actividades que más satisfacción producen —comer acompañado, la visita, la fiesta, las artes— son exactamente aquellas en las que Europa es superpotencia.
Y aquí está el truco que casi nadie mira: esa superioridad no cae del cielo ni viene en los genes. Nuestros ecosistemas culturales son, literalmente, capas acumuladas y ocultas de la productividad. El casco histórico, la plaza sin coches, la fiesta local, la biblioteca, la programación cultural pública, las asociaciones: todo eso es la infraestructura que convierte cada hora liberada por la productividad en bienestar efectivo. Una hora de ocio no vale lo mismo en Sevilla que en un suburbio de Houston, por la sencilla razón de que en un sitio hay dónde y con quién gastarla y en el otro hay un mando a distancia. Cuando Jones y Klenow calcularon el bienestar de las naciones ajustando por ocio, esperanza de vida y desigualdad —el ejercicio que Rafa Doménech, por cierto, conoce bien—, España alcanzaba el 74% del bienestar americano con el 57% de su renta; sospecho que si además ajustaran por la calidad del ocio —quién se lo gasta en sobremesa y quién frente a la pantalla—, la cuenta nos saldría aún mejor. El PIB solo ve la mitad del sistema: registra lo que cuesta producir la vida, pero no lo que la vida rinde. En esa mitad invisible, la que Gershuny llama la economía invisible, Europa gana por goleada —y los ecosistemas culturales y la política cultural que lo refuerza, tan sospechosa siempre de ser cosmética, resulta ser el departamento de I+D de esa ventaja—.
La conclusión correcta no es copiar el modelo americano de productividad sin vida, sino jugar nuestra carta: convertir el ecosistema cultural en la clave de bóveda de la competitividad europea
Permítanme ponerme técnico un momento, que también sabemos. Ya Gary Becker mostró que los hogares no consumen productos sino que producen bienestar combinando compras, tiempo e infraestructura: la paella no está en el supermercado, está en la combinación de arroz, domingo y familia. En ese modelo, la utilidad del ocio no depende solo de las horas disponibles, sino de un capital complementario. Llámenlo K: el ecosistema cultural. El patrimonio, el espacio público, el modelo de sociabilidad, la densidad asociativa, la oferta cultural, la fiesta del pueblo. La clave es lo que un economista llamaría, con su habitual talento para el marketing, una derivada cruzada positiva, y que significa que el tiempo libre y el ecosistema cultural se multiplican entre sí: cada hora de ocio rinde más utilidad cuanto más K hay alrededor. Donde K es alto, compensa tomarse las ganancias de productividad en tiempo, porque ese tiempo rinde mucho; donde K es bajo, el ocio rinde poco y compensa seguir trabajando —o dejarse caer por el sustituto barato y solitario, que ya sabemos que son 2 horas y 36 minutos de televisión—. El americano no trabaja más porque sea más virtuoso: trabaja más, en parte, porque su hora libre vale menos, y no la vale porque, aunque sus casas y sus coches son grandes y lustrosos, su ecosistema cultural es raquítico .
Esto responde, de paso, al viejo debate académico sobre por qué Europa trabaja menos. Prescott decía que eran los impuestos; Alesina y los suyos, que los sindicatos y la regulación; Blanchard, más amable, que eran nuestras "preferencias". Pues ni distorsión ni gusto exógeno caído del cielo: la preferencia europea por el tiempo es la respuesta óptima a una infraestructura del ocio distinta, construida durante siglos de ciudad compacta y décadas de política pública. Y esto explica también por qué la capa es oculta: K no aparece en ninguna estadística de productividad —de hecho aparece en negativo, como producto renunciado, como PIB que dejamos de fabricar mientras estamos en la sobremesa—, pero determina la tasa de conversión del tiempo liberado por las variaciones de productividad en bienestar, que es la única tasa que a un ser humano razonable debería importarle. Medimos con lupa lo que cuesta cada hora trabajada y no medimos en absoluto lo que rinde cada hora vivida.
Y que conste que esto no es un supuesto de pizarra: está medido. Gershuny y Sullivan, y las encuestas de usos del tiempo llevan décadas pidiendo a miles de personas que anoten, cada diez minutos, qué hacen y cuánto lo disfrutan — el sueño del viejo hedonímetro de Edgeworth, pero con diarios en lugar de tambores giratorios. El resultado es de una elocuencia incómoda: las actividades mejor valoradas de la existencia humana son precisamente las culturales y sociales —comer fuera, los espectáculos, la fiesta, la visita, jugar con los críos—, y las peor valoradas, buscar trabajo y hacer la colada. La complementariedad entre tiempo y ecosistema cultural no es una hipótesis de economista con agosto libre: es el dato más robusto de 60 años de diarios de uso del tiempo. Europa no ha elegido el ocio contra la productividad; ha construido, sin ponerle nombre, la tecnología que convierte productividad en vida. Mantener sus ecosistemas culturales era esto.
Nada de esto es una invitación a la siesta estratégica. Que Europa tiene deberes en escala, capital riesgo y energía lo dice el informe Draghi y no seré yo quien lo enmiende. Pero la conclusión correcta no es copiar el modelo americano de productividad sin vida, sino jugar nuestra carta: convertir el ecosistema cultural en la clave de bóveda de la competitividad europea. No solo porque sostenga la tasa de conversión de productividad en bienestar —que ya sería bastante—, sino porque además es un insumo productivo de primer orden: donde crece el empleo cultural y creativo crecen el I+D empresarial y la productividad regional, con más intensidad que en la manufactura tecnológica, y pronto aparecerá un documento de la Comisión Europea insistiendo en esta idea. La Brújula de la Cultura ya lo apunta, de momento con más voluntad que munición; desde Econcult llevamos años aportando la munición: sabemos cómo opera el sistema cultural, qué spillovers derrama sobre el resto de la economía y cuánto valen. Por eso, mientras ellos, los Garicano siguen afinando la contabilidad de la divergencia, yo lo tengo decidido desde hace tiempo: yo, del equipo de Krugman. Se está mejor.
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Pau Rausell Köster es economista y profesor de Economía Aplicada de la Universitat de València, director del área de investigación Econcult.
Nota: Este artículo ha sido elaborado en colaboración con la IA en una Escala HAICCS de 4.