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El día a día de la ley trans y el 'sólo sí es sí' tras un año: ni fraude en los registros ni rebajas de penas diarias

Los activistas LGTBI de Hungría luchan "no sólo por sus derechos sino por la democracia"

La Dyke March organizada en Budapest por iniciativa de la Conferencia Lesbiana Europea reunió a 400 personas según las organizadoras.

Rozenn Le Carboulec (Mediapart)

Budapest (Hungría) —

"Ojalá hubiera podido mostrar esta multitud a mi yo más joven, que nunca pensó que tantas mujeres queer la habrían acompañado hoy". Viki Radványi, presidenta del Orgullo de Budapest, no puede ocultar su emoción al final de la Dyke March (Marcha de Lesbianas). Esta marcha, organizada al término de la Conferencia Europea de Lesbianas* (EL*C), del 28 de septiembre al 1 de octubre, reunió a varios cientos de lesbianas y personas LGTBIQ+ en el centro de la capital húngara.

Entre ellas estaba Barbie, sosteniendo la bandera de la comunidad trans en una mano y un cartel de "Genio lesbiano" en la otra. Hace unos diez años, se trasladó del campo a Budapest, donde poco a poco fue aceptando su condición de mujer trans y bisexual, a pesar de un sentimiento de soledad generalizado que contrasta con la multitud de la época. "Durante mis estudios, empecé a atreverme a llevar vestidos por la calle. Cada vez daba más largos paseos por Budapest, pero siempre sola y de noche", dice.

A veces oye que la gente la señala con el dedo y la llama gay: "Creen que ‘gay’ sirve para todas las personas LGTBIQ+. No saben que el género y la orientación sexual son dos cosas diferentes. Nadie sabe nada de esta comunidad", se lamenta Barbie, que no había visto ni leído nada sobre las personas trans antes de venir a Budapest, y que aún hoy lucha por encontrar personas no-binarias con las que hablar.

Mientras ocupa orgullosamente la calle, los transeúntes filman y aplauden la procesión, medio confusos, medio divertidos. Una actitud bastante benévola que contrasta con las políticas anti-LGTBIQ que se llevan a cabo desde hace varios años en el país dirigido por Viktor Orbán.

"Mientras el gobierno es cada vez más homófobo y transfóbico, los ciudadanos son cada vez más abiertos", señala Áron Demeter, responsable de temas LGTBIQ en la oficina húngara de Amnistía Internacional. "El pueblo no pide esto. Durante muchos años, la situación de las personas LGTBIQ+ no estuvo en primera línea de la política. En Hungría, se ha convertido en una forma de estigmatizar a una parte de la población para desviar la atención".

En mayo de 2019, Laszlo Köver, presidente del Parlamento húngaro, causó un gran revuelo al equiparar a los homosexuales con los pedófilos, una declaración que anunciaba la creciente estigmatización de las personas LGTBIQ+. La declaración procede de uno de los influyentes fundadores del partido nacional-populista Fidesz, muy cercano al primer ministro Viktor Orbán. En 2011, apenas un año después de llegar al poder, Orbán modificó la Constitución para definir el matrimonio como una unión civil entre un hombre y una mujer.

Diez años después, las políticas húngaras contra el colectivo LGTBIQ+ están en su punto álgido. En 2020, el gobierno impidió el reconocimiento de género para las personas trans y dejó sin efecto el cambio de estado civil. Ese mismo año, el Parlamento prohibió la adopción a las parejas no casadas. Luego, en 2021, entró en vigor la llamada "Ley de Protección de la Infancia". "Su objetivo era luchar contra la pedofilia y los delincuentes sexuales, pero la mayoría del gobierno convirtió su propósito original en un copia-pega de la ley rusa de ‘propaganda anti-LGTB’", dice Áron Demeter.

Esta última ley prohíbe toda "promoción" de la homosexualidad y la transexualidad entre los menores, lo que hace imposible impartir educación sexual en los centros de enseñanza secundaria, como explica Ákos Modolo. Con su asociación Szimpozion, dedicada a los jóvenes LGTBIQ+, este joven húngaro ha participado en un programa educativo creado en los institutos por la asociación de lesbianas Labrisz hace más de 20 años. "Después de esta ley, ya no nos llamaron más de los institutos", lamenta este activista gay de 28 años, cuyos abuelos son abiertamente pro-Orbán, y cuyo abuelo se presentó a un cargo local del Fidesz.

"Cuando se enteraron de que era gay, reaccionaron mejor de lo que pensaba, aunque me preguntaron si no quería probar la terapia de conversión. Intento evitar hablar de activismo y política con ellos", dice.

Un libro de cuentos inclusivo pasado por el tamiz

Hasta la fecha, sólo unos pocos institutos privados siguen utilizando estas asociaciones LGTBIQ+. "La ley no prevé realmente sanciones, pero el gobierno confía en la autocensura y eso funciona: los profesores y directores tienen miedo y la gente sigue aplicando la ley", dice Dorottya Rédai, miembro de Labrisz y académica especializada en cuestiones de género y educación. Recientemente, se ha convertido en una figura destacada en la defensa de los derechos LGTBIQ+ en Hungría, gracias a un libro que coordinó, “Un cuento para todos”, una colección inclusiva de cuentos para niños de 6 a 12 años con personajes LGTBIQ+, publicada en 2020. El libro provocó inmediatamente la ira de la extrema derecha.

En septiembre de 2020, Dóra Dúró, diputada y lideresa del partido nacionalista Mi Hazánk, llamó la atención al poner el libro en solfa en una rueda de prensa. Irónicamente, este arrebato contra la "propaganda homosexual" convirtió el libro en un éxito.

"Esto hizo que el libro fuera inmediatamente famoso. De repente todo el mundo lo quería y se convirtió en un best-seller", dice Dorottya Rédai, que ha sido nombrada una de las 100 personas más influyentes del mundo en 2021 por la revista Time. Se han vendido más de 30 000 ejemplares en Hungría y ha sido traducido en una docena de idiomas. En breve se publicarán una versión en italiano y otra en francés.

“El libro fue calificado de perjudicial porque contiene roles de género no tradicionales", dice Dorottya Rédai. “Da miedo, ¿verdad? Se ha comparado con la pedofilia. Se ha acusado a los activistas LGTBIQ de querer entrar en las escuelas para hablar a los niños sobre la transición médica y la cirugía, para convencerles de que se conviertan en trans u en homosexuales".

El gobierno intentó primero imponer una advertencia sobre estos roles de género "no tradicionales" en la portada del libro, y finalmente ha exigido que se oculte con un envoltorio opaco. "Utilizaron la 'ley de protección de la infancia' para decir que ese libro promovía la homosexualidad y la identidad trans".

"Tampoco puede exponerse en los escaparates ni venderse a menos de 200 metros de una iglesia. Esto es un verdadero problema en los pueblos pequeños donde todo está en la misma calle: la iglesia, la escuela, el pub..." Una vez más, la ley no prevé ninguna sanción real, pero la disuasión funciona: "Nunca he oído hablar de ningún control en las librerías, pero el libro no sólo está envuelto en plástico, sino que los libreros suelen colocarlo en o más alto. Tienen miedo y ese era el objetivo.”

En la vida cotidiana, el impacto de esta ley de "propaganda anti-LGTB" se está colando en las mentes. "Desde entonces, mi novio tiene miedo, sólo acepta pasear conmigo por el bosque. Tengo que volver a salir sola a la calle", dice Barbie, que recientemente ha encontrado en clases de pole dance una vía de escape a su soledad y una forma de reafirmarse.

"Dejé de luchar”

En la Conferencia Europea de Lesbianas* se condenó unánimemente la política de Fidesz. "Pero la realidad es que a Orbán no le importan las personas LGTB. Simplemente piensa que, si en algún momento le interesa políticamente aprovecharlas, lo hace", observa Malin Björk, eurodiputada sueca, miembro del Partido de la Izquierda y vicepresidenta del intergrupo LGTB del Parlamento Europeo. “Es una estrategia para desviar los problemas sociales y económicos mediante la búsqueda de chivos expiatorios.”

En la recepción de la conferencia, Zsófi, de 31 años, miembro de la asociación de lesbianas qLit, co-organizadora del evento, ya no puede ocultar su desánimo. "No quiero pertenecer a un grupo de personas que se utiliza con fines políticos", dice. El año pasado se unió a uno de los partidos de la oposición, con la esperanza de derrocar al gobierno. "En ese momento, la oposición tenía poder. Pensamos que teníamos una oportunidad. Hice todo lo que pude para cambiar eso. Nos dijimos: si no tenemos éxito ahora, nunca lo tendremos".

El pasado mes de abril, una aplastante victoria de Viktor Orbán en las elecciones parlamentarias cayó como un jarro de agua fría. “Dejé de luchar", dice Zsófi. “Se puede seguir luchando por algo en lo que se cree, pero personalmente no creo para nada en este sistema. Fidesz lo ha ganado todo, es una guerra perdida de antemano.”

Un sentimiento que comparte Ákos Modolo: "Antes éramos optimistas, pero después de las elecciones, muchos activistas estaban muy decepcionados, yo incluido. Nuestro activismo había perdido su sentido.” Ákos, medio italiano, establece un paralelismo entre la situación en Hungría y el éxito del partido de extrema derecha de Giorgia Meloni en las elecciones del 25 de septiembre. "Pero al menos allí las instituciones democráticas siguen funcionando. Aquí sólo tenemos una fachada de democracia.”

Desde hace algo más de dos años, la prioridad de Zsófi es cuidar a su hijo pequeño, que cría con una pareja de hombres, uno de los cuales es el padre biológico, y dedicarse a protegerlo. Teme que su hijo se vea afectado por la nueva ley contra la "propaganda LGTB": "Cuando vaya al colegio y le pregunten por su familia, ¿debe mentir o decir la verdad y arriesgarse a tener problemas? No me veo explicando esto a un niño de 6-7 años. Si un día llega a casa y me pregunta "mamá, ¿por qué no puedo hablar de mi familia? ¿qué lo voy a decir? No nos pasa nada, todo está bien, es el gobierno el que no nos acepta".

Desde las elecciones, Zsófi ha estado considerando la posibilidad de trasladarse al extranjero con ambos padres. "Por supuesto, siempre habrá homofobia en otros lugares, pero la situación es diferente cuando viene del gobierno. Aquí no estamos protegidos por la ley. Si ocurriera algo más grave que la agresión verbal, me preocuparía mucho que los agresores estuvieran protegidos. Tenemos mucho miedo al futuro.”

Por supuesto, Zsófi aún espera un milagro: "No está decidido al cien por cien, porque no quiero dejar el país donde nací, donde están mis raíces, mi familia, mis amigos. Ninguno de nosotros quiere mudarse. Amo a Hungría pero odio lo que el gobierno está haciendo con ella".

"Hackear el sistema”

Barbie, que no puede hacer una transición médica en Hungría, también está considerando abandonar su país. "Si encuentro una persona para compartir mi vida, podría hacerme una operación. Pero no quiero hacerlo sola. ¿Y de qué sirve si luego no puedo cambiar mi estado civil?” En su vida diaria, Barbie sigue presentándose con el género que se le asignó al nacer, especialmente en su trabajo, donde tiene un puesto directivo. "En realidad, tengo suerte porque aquí tengo dinero, un piso, un trabajo. Tengo demasiado que perder si me voy", teme.

En 2018, Hungría puso fin a la financiación de los másteres en estudios de género, que se impartían en la Universidad Centroeuropea (CEU). Aquí es precisamente donde se celebró la Conferencia Europea de Lesbianas*. En un pasillo vacío de la primera planta, Dorottya Rédai, que estudió allí "rodeada de estudiantes queer", está preocupada por el futuro de su trabajo académico. Y ella también está considerando irse. "Estoy intentando conseguir una beca posdoctoral en otro país. Necesito progresar intelectualmente, porque este clima político puede ser devastador, incluso en nuestra vida personal". Pero no piensa dejar Labrisz, su asociación.

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El día anterior, Dorottya Rédai explicó durante un debate que ya estaba pensando en el próximo "escándalo". "Es irónico, pero esta lucha política llevó a que Labrisz recibiera mucho dinero", dijo, refiriéndose a su responsabilidad. "Somos más poderosos que antes y tenemos que utilizar este poder para hackear el sistema y socavar este proceso autoritario tanto como podamos. Debemos seguir construyendo una sólida red de activistas, porque ahora somos la única oposición al gobierno. No sólo debemos luchar por los derechos LGTBIQ, sino por la democracia.

Esto es lo que hacen asociaciones como Labrisz y Szimpozion, que presentan su programa educativo cada vez en más universidades, a falta de poder hacerlo en los institutos. "También estamos iniciando cursos de formación para profesores y psicólogos. Si no podemos llegar a los estudiantes directamente, tenemos que hacerlo de otra manera", dice Ákos Modolo. Y, paradójicamente, este es el mejor momento para hacerlo, dice. "El año pasado fue el peor para la comunidad LGTBIQ húngara, pero también, quizás irónicamente, el mejor, porque nunca tuvimos tanta visibilidad. Ahora nos toca a nosotros utilizarla.”

Traducción de Miguel López.

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