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Los asiáticos se movilizan en EEUU tras la proliferación de ataques racistas alimentados por la retórica de Trump

Cuidadanos chinos, en una imagen de archivo.

Patricia Neves (Mediapart)

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En el condado de Orange, California, Kaila pasó el fin de semana de Pascua manifestándose. Esta estudiante de Comunicación evoca años de comentarios xenófobos o racistas. “El olor” de sus bocadillos fue objeto de burla cuando iba en la escuela, sus ojos no eran “lo suficiente” o eran demasiado “rasgados”, según las agencias de modelos a las que luego se presentó. Todos estos recuerdos reprimidos reaparecieron el 16 de marzo, tras las masacres de Atlanta.

Ocho empleadas de tres salones de masajes, entre ellas seis mujeres asiáticas, fueron asesinadas por un joven blanco, presuntamente un cristiano evangélico extremista, que eligió sus objetivos, según explicó, para acabar con cualquier “tentación” relacionada con una “adicción al sexo”.

Kaila, de una familia conservadora del condado de Orange, votante del expresidente Donald Trump, incluida su madre, inmigrante coreana, lamenta que “nunca se destaque el carácter racista de los crímenes antiasiáticos”. Por eso protesta, cada semana desde mediados de marzo, como otros miles de asiático-americanos en Estados Unidos.

Desde el comienzo de la pandemia, hace un año, los estadounidenses o inmigrantes procedentes del sudeste asiático que viven en Estados Unidos tienen que hacer frente, en su día a día, a decenas y decenas de ataques simplemente por su origen. En un artículo publicado el pasado 3 de abril, The New York Times contabilizaba un centenar de casos ocurridos a lo largo y ancho de Estados Unidos.

“Vuelve a China; por tu culpa tenemos este virus, hay que poner a los asiáticos en su sitio...”. A las agresiones verbales, a veces hay que sumarle la violencia física, captada por las cámaras de vigilancia. Las imágenes, difíciles de ver, permiten ver directamente un fenómeno poco visible hasta ahora o visible únicamente para las comunidades afectadas.

¿De dónde procedente esta violencia? ¿Por qué ahora? ¿Qué cambiará para los asiático-americanos y, en general, en la sociedad estadounidense? Estas preguntas se plantean en todo el país. Y las respuestas no siempre son obvias.

La retórica incendiaria de Donald Trump

La relación entre el aumento de los ataques a los asiáticos y la pandemia parece clara. En las principales ciudades, del norte al sur de Estados Unidos, las cifras han aumentado. En California, los datos hechos públicos por las autoridades muestran a veces aumentos de tres dígitos: +114% de actos antiasiáticos en Los Ángeles, por ejemplo, con quince actos grabados oficialmente.

La recién creada asociación Stop AAPI Hate, una de las pocas en Estados Unidos que lleva el recuento de los actos de odio contra los asiáticos, recibió algo más de 3.750 denuncias durante su primer año de existencia. En su mayoría, se trataba de agresiones verbales (68%), pero también hubo agresiones físicas (11%) y discriminación (9%).

La mayoría de los testimonios recabados por la asociación proceden de California. En este estado del oeste de Estados Unidos se concentra un tercio de la población asiático-americana, es decir, 20 millones de personas, procedentes de China (23%), India (19%), Filipinas (18%), Vietnam (9%), Corea y Japón. Estos actos también han sido objeto de estudio académico.

Al analizar 700.000 tuits que incluían 1,3 millones de hashtags publicados en la semana anterior y posterior al 16 de marzo de 2020, cuando el expresidente Donald Trump comenzó a hablar del “virus chino” (chinese virus), los investigadores de la Universidad de San Francisco constataron que las cuentas de Twitter que incluían la etiqueta #chinesevirus eran mucho más proclives a asociarla con otros contenidos abiertamente racistas.

Aunque la pandemia y la retórica incendiaria de Donald Trump fueron factores desencadenantes, la violencia contra los asiáticos no es completamente nueva en suelo estadounidense. “La idea de seguir manteniendo, en pleno 2021, las mismas conversaciones que teníamos en 1881, un año antes de la Ley de Exclusión China de 1882 [que restringió la inmigración china a Estados Unidos], es a la vez dolorosa y exasperante”, lamentó el gobernador de California, Gavin Newsom.

Las mujeres asiáticas siguen siendo las principales víctimas. Sin embargo, probar estas agresiones en un tribunal puede ser complicado, debido a que no hay confesión ni pruebas materiales, pero también por la barrera del idioma para las víctimas, el miedo a las represalias, la falta de confianza en la Policía, no tener permiso de residencia, la vergüenza y el miedo a no ser creído.

“Con frecuencia escuchamos historias sobre el trato que reciben las personas a las que acompañamos, también por parte de las autoridades”, confirma Nan, una joven asesora sanitaria de la asociación APAIT, que ayuda a las poblaciones asiáticas con poco acceso a la atención sanitaria.

“Por ejemplo, estas personas son recibidas sin la presencia de un intérprete en la comisaría”, explica, “sin que se les diga qué documentos les solicitan que firmen... Sola la idea de ser detenidos por la Policía les asusta”.

Un verdadero “cambio cultural”

¿Y ahora? La comunidad asiática en Estados Unidos, procedente del Sudeste asiático, ha decidido organizarse, hablar y denunciar. Incluso en el condado de Orange, un condado blanco y conservador del sur de California.

También allí, en la tierra que el presidente Reagan, exgobernador del estado, describió como el lugar donde “todos los buenos republicanos irían a morir”, los manifestantes han salido a la calle en los últimos días para protestar contra el odio antiasiático. “Nunca en mi vida pensé que iba a vivir esto”, sonríe Kaila, la estudiante de Comunicación.

Más al norte, en Los Ángeles, Samuel, copropietario del salón de té Steep, en Chinatown, también recuerda los consejos de sus mayores, en Taiwán. Y su advertencia, no llamar la atención ni dar que hablar. “Si tienes un gran problema, minimízalo. ¿Un pequeño problema? Haz que desaparezca”, le aconsejaban. Pero hoy ha decidido hablar.

“Las generaciones asiáticas más jóvenes –americanizadas– tienden a ser más comprometidas”, explica, sentado en su pequeño negocio, de decoración escandinava , inspirado en parte en la dinastía Ming. Hay un verdadero “cambio cultural”. Hace unos días, él mismo participó en una primera campaña de donaciones para financiar la asociación Stop AAPI Hate. Todos los vecinos del barrio han puesto su granito de arena, dejando a un lado “las rivalidades” entre comunidades, dice Samuel.

También han quedado a un lado las tensiones con otras minorías, especialmente con los afroamericanos. Los Ángeles todavía está marcada por el asesinato de Latasha Harlins en 1991, una adolescente negra asesinada por la propietaria coreana de una tienda. La mujer coreana explicó entonces que creía que la niña le estaba robando una botella de zumo de naranja. A la inversa, algunos de los agresores de los asiáticos de hoy son afroamericanos.

De modo que, en el ámbito local y nacional, el debate está servido. El presidente Biden, que designó como vicepresidenta a Kamala Harris, de origen indio y jamaicano, lo ha entendido a la perfección. Nada más tomar posesión del cargo, a finales de enero, firmó una orden ejecutiva destinada a acabar con los “prejuicios antiasiáticos, la xenofobia y el acoso”. Más recientemente, instó al Congreso a aprobar un nuevo proyecto de ley sobre delitos de odio, la Ley de Delitos de Odio, el Covid-19 Hate Crimes Act, destinado a reforzar en particular la contabilización de la violencia y la prevención.

Mientras se espera la votación, fuera del salón de té de Samuel en Los Ángeles, una fila de coches ya está tocando el claxon. “AZN Pride”, el orgullo de ser asiático“AZN Pride”, que exhiben los carteles de las conductoras.

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

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