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Los belicistas norteamericanos triunfan en la Casa Blanca

El presidente de EEUU, Donald Trump.

Todos los días es igual en la tienda de Trump: ante el mundo entero, el elefante jefe dedica la jornada a romper la cacharreríaelefante. Entre bambalinas, los de abajo tratan de recoger los trozos.

La operación puede hacer ilusión si los daños son limitados. Cuando la crisis es internacional y provoca ya inquietantes hipos, se convierte en misión imposible.

Estados Unidos está en ese punto. El pasado 9 de mayo, dos oficiales del Departamento de Estado que atendían a la prensa para hablar de la salida del presidente Trump del acuerdo nuclear iraní de 2015 ni siquiera fingieron.

La transcripción del largo encuentro mantenido con los periodistas, publicado en la web del Departamento de Estado, es el summum de la nulidad diplomática. Los pobres oficiales, cuyos nombres no se citan, no tienen respuesta a nada. No saben decir –y no es para menos– en qué punto se encuentran las negociaciones con los europeos, que siguen apoyando el acuerdo, pero que son conminados por la Administración Trump a “ralentizar” su actividad en Irán. Admiten no tener un plan B en caso de que los europeos se sientan molestos. No saben si Irán “estará de acuerdo con una renegociación global” del acuerdo.

No han hablado con “el sector privado” de las consecuencias de la reintroducción de determinadas sanciones económicas contra Irán. No saben precisar cuánto tiempo hará falta para evaluar la eficacia de las sanciones contra Teherán. “Un alto diplomático europeo nos ha presentado a los diplomáticos americanos como incapaces de explicar a sus socios y aliados lo que sucede y aún menos lo que va a suceder”, apunta un periodista. “Es una locura”, reacciona uno de sus colegas.

Al denunciar el acuerdo nuclear iraní de 2015, y con la reimposición de “las sanciones más fuertes nunca antes aplicadas sobre un país”, Donald Trump optó por aplicar su vía: un auténtico pulso. Piensa que el acuerdo iraní firmado por los europeos y su predecesor en la Casa Blanca era demasiado favorable a los iraníes, a quien ha dado carta blanca para desestabilizar la región, y, por tanto, que hacen falta sanciones económicas para forzarlos a revisar a la baja sus ambiciones en Oriente Medio.

El miércoles, el día después de la retirada americana, Trump amenazaba, de buenas a primeras, a Irán de “consecuencias muy, muy graves” en caso de que el país retomara sus actividades nucleares. “Van a negociar o algo va a suceder”. El jueves, utilizó la misma retórica, a la vez brutal y muy vaga. “Vamos a ver lo que vamos a hacer con Irán, probablemente no va a ir muy bien con ellos, pero también OK. Deben entender la vida, no pienso que entiendan la vida”. La decisión brutal ha provocado un shock mundial, ha consternado los europeos y reavivado de manera espectacular la tensión entre Irán e Israel. Como la Administración norteamericana reconoce, nada garantiza que la estrategia del shock pueda ayudar a reconstruir un hipotético nuevo acuerdo con Teherán.

Trump, cuando era candidato a las presidenciales, siempre vilipendió el acuerdo iraní, conforme a las quejas manifestadas por las bases republicanas, que ha conocido en décadas a odiar la teocracia de los mulás.

En Becoming Enemies (2011), una obra que traza la “demonización mutua” a que se han entregado Irán y Estados Unidos, Hussein Banai, profesor en la Indiana University de Bloomington, recuerda la historia contemporánea de esta “obsesión americana” hacia Irán, especialmente virulenta en la derecha desde hace más de 30 años.

Banai recuerda que la hostilidad en gran medida surgió “con la Revolución Iraní de 1979”. “La toma del poder por parte de los religiosos y el aislamiento defendido por los mulás y su denuncia virulenta del imperialismo americano, embargan a la clase política norteamericana, republicanos y demócratas. Para ellos, el nuevo poder de Teherán está anclado en el siglo VII”.

Entre noviembre de 1979 y enero de 1981, 52 diplomáticos y ciudadanos americanos eran tomados como rehenes durante 44 días en la embajada americana de Teherán. Esta “crisis de los rehenes” provoca en Estados Unidos la imagen de un régimen “antioccidental, antiamericano, fanático, irracional, cruel, implacable, determinado a atacar los intereses americanos”, pero también del Estado de Israel.

Durante una quincena de años, los expertos en seguridad nacional de los dos grandes partidos preconizan el “aislamiento” de Irán y la necesidad de apoyar a los opositores “esperando que el pueblo se vuelva contra un régimen considerado anacrónico”. A partir de 1997, con la victoria del “reformador”, Mohammad Khatami en las presidenciales, “los demócratas empiezan a ver las complejidades del régimen”, cuenta Banai. Pero “la derecha americana, se limita al relato forjado años antes, el de una potencia peligrosa que no puede evolucionar”. El 29 de enero de 2012, meses después del 11-S, Irán forma parte, con Irak y Corea del Norte, del trío de países integrantes del “eje del mal”, designado por el presidente de Estados Unidos George W. Bush (concepto acuñado por David Frum, hoy una de las figuras conservadoras del antitrumpismo chic).

Irán, explica ese día el presidente americano ante el Congreso, “persigue agresivamente hacerse con armas de destrucción masiva y exporta el terror, mientras que algunos cargos no electos reprimen la esperanza democrática del pueblo iraní”. El Irak de Saddam Hussein, acusado en falso de fabricar armas de destrucción masivas, fue atacado meses después en contra del mandato de Naciones Unidas. Corea del Norte, obsesión de un Trump amenazante desde que estaba en campaña, ha dejado a un lado su retórica belicista y sus misiles, hasta el punto de que los dos jefes de Estado tienen previsto entrevistarse el 12 de junio en Singapur. “Siempre ha existido esa idea de que Irán podía ser el próximo en la lista”, explica Banai.

Pese a la debacle iraquí y el caos en Oriente Medio, la teoría del “cambio de régimen” iraní ha conservado una estrecha frescura en el seno de la derecha americana, especialmente en los círculos más conservadores. “Una minoría muy activa, apoyada por thinks thanks como la Heritage Foundation, la American Entreprise institute, la Foundation for Defense of Democracies, sigue pensando que hay que aislar al régimen, sustituirlo, no necesariamente dar comienzo una guerra, sino al menos atacar sus centros nucleares”, dice el historiador Hussein Banai.

Para Trump, la decisión de abandonar el acuerdo iraní se justifica en otros factores, empezando por su “ego”, dice Suzanne Maloney, especialista en Irán en Brookings Institution. “Salir del acuerdo iraní satisfacía una multiplicidad de intereses mezquinos: Trump dilapida la herencia, cumple sus promesas de campaña, se convence él mismo de que es un mejor negociador que Obama”.

Pero para algunas personas de su entorno, auténticos neoconservadores apenas afectados por el desastre geopolítico causado por la intervención americana en Irak en 2001, el cálculo es más político. “Para ellos, la locura es el método: guiados por su mantra que finge que Teherán no comprende que la fuerza, los halcones de la Administración han hecho suya la teoría según la cual Estados Unidos debe prepararse a cambiar el statu quo en la región”, escribe

Su método es mucho más caótico. “No saben decir cómo podría reequilibrar la ecuación regional a favor de Estados Unidos precisamente este cambio. Y el único precedente de esta visión estratégica, la invasión americana de Irak en 2003, no tiene motivos para tranquilizarnos”. En la Casa Blanca, son estos extremistas neoconservadores los que ahora controlan la diplomacia de la primera potencia mundial. A igual que el exsecretario de Estado Rex Tillerson, o el exasesor de Seguridad Nacional H.R. McMaster, las voces menos ultras y favorables al mantenimiento del acuerdo iraní han sido destituidas. Sus sustitutos son orgullosos enemigos del régimen de Teherán. Excongresista de Kansas, Estado de donde salen algunos de los conservadores más extremistas del país, el nuevo secretario de Estado, Mike Pompeo, no sólo es un islamófobo reconocido, horrorizado por la “perversión” de la homosexualidad, favorable a la tortura. También es uno de los cargos del Congreso más obsesionados por Teherán. Aboga desde hace años por un cambio de régimen, describe Irán como una potencia que quiere “destruir” América. En lugar del acuerdo nuclear, que no ha dejado de machacar, Pompeo ha pedido “2.000 ataques contra el arsenal nuclear iraní. Tan pronto como fue designado secretario de Estado, señaló que “Irán es el mayor patrocinador del terrorismo en el mundo”.

El nuevo secretario de Seguridad Nacional, John Bolton, es un caso aún más claro. Un superhalcón peligroso según la revista Foreign Policy: “Para él, hay pocos problemas internacionales que no puedan ser respondidos mediante la guerra”.

Desde 2002, entonces subsecretario de Estado, Bolton intenta cortar de raíz un acuerdo nuclear prometedor con Corea del Norte, negociado por la Administración Clinton –en numerosas ocasiones y aún días antes de su nombramiento, defendió la idea de ataques preventivos en las instalaciones nucleares de Pyongyang–.

En 2002, firma en nombre de la Administración de George W. Bush, comprometida en la “guerra contra el terror”, después del 11 de septiembre, la retirada americana de la Corte Penal Internacional. En 2003, apoya con entusiasmo la guerra en Irak, “confiado” en cuanto a la posesión de armas de destrucción masiva por parte del régimen de Sadán Hussein, pese a lo que decían los inspectores de la ONU. Dos años después, será nombrado embajador de Estados Unidos en Naciones Unidas, institución cuya legitimidad niega.

Como Rudy Giulani, el exalcalde de New York ahora abogado de Donald Trump, o el exparlamentario Newt Gingrich, John Bolton aboga desde hace mucho tiempo por un “cambio de régimen” en Irán. En 2015, llamó a la Administración Obama a bombardear las instalaciones nucleares iraníes. Semanas antes de su nombramiento en la Administración Trump, Bolton exhortaba una vez más al presidente Trump a “poner término a la revolución islámica de 1979 antes de su 40º aniversario”. “Reconocer un nuevo régimen en 2019 le daría vuelta a la vergüenza de haber visto a nuestros diplomáticos rehenes durante 444 días”, escribía en The Wall Street Journal.

Giuliani, Gingrich y Bolton firman en el margen conferencias muy bien pagadas por muyahidinis del pueblo iraníes, un grupo que figura en la lista de las organizaciones terroristas extranjeras del Departamento de Estado y cuyos dirigentes se encuentran en Francia.

Bolton, exanalista de la cadena ultraconservadora Fox News, discreto desde su entrada a la Casa Blanca a comienzos de abril, acaba de reaparecer para “vender” en los medios de comunicación la decisión de Trump. Su retórica es claramente belicista. “Irán nos lleva más cerca de una guerra beligerante en Irak y en Siria”, ha dicho en CNN.

Editorialista de The Atlantic y profesor de periodismo en la City University de New York, Peter Beinart está sorprendido por las similitudes entre el momento actual en que nos encontramos y el momento en que Estados Unidos entró en guerra en 2003. Mentiras y manipulaciones incluidas.

“La semana pasada, al ver a a Benjamin Netanyahou revelar informaciones secretas dirigidas a probar que Irán engaña al mundo con relación a su programa nuclear, tuve un flashback que me llevó al 5 de febrero de 2003, cuando el secretario de Estado Colin Powell reveló informaciones secretas dirigidas a probar que Irak engañaba al mundo sobre su programa nuclear, químico y biológico”.

“Los paralelismos entre estos dos momentos son sobrecogedores”, prosigue. “En los dos casos, los dirigentes americanos temían que un antiguo enemigo de Medio Oriente se liberase de las trabas que le retenían. En ambos casos, defendía una política más agresiva apoyada en declaraciones espeluznantes sobre el programa nuclear del régimen. En ambos casos, los inspectores internacionales contradijeron estas declaraciones alarmistas. En ambos casos, los aliados europeos de Estados Unidos han alertado contra el caos que una política agresiva correría el riesgo de conllevar. En ambos casos, los halcones en Israel han respondido desacreditando al régimen de las inspecciones. En ambos casos, los dirigentes al frente eran John Bolton y Benjamin Netanyahou”.

“Bolton quiere la guerra”, abunda el historiador Hussen Banai. “Durante la campaña, Trump prometió una política aislacionista, pero ahí está, rodeado por los defensores de la línea más dura. Se encuentra en un callejón sin salida. Lo más inquietante es que es imprevisible. Si considera un día que la guerra puede servirle, la hará”.

Sin vergüenza ninguna, el exvicepresidente de George W. Bush, Dick Cheney, partidario de la desastrosa guerra de Irak, ha elegido precisamente este momento de tensión y de incertidumbre mundial para quitarse el olor a naftalina y defender los programas de tortura de la CIA después del 11-S. Sin duda, existe cierto aire de déjà-vu.

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Traducción: Mariola Moreno

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