Bosnia y Herzegovina, nuevo campo de batalla entre Europa y Estados Unidos

Jean-Arnault Dérens (Mediapart)

Christian Schmidt, alto representante internacional en Bosnia y Herzegovina, anunció hace unos días, desde Nueva York, su dimisión por “motivos personales”. Este exministro de Agricultura alemán (Unión Demócrata Cristiana, CDU), que llegó a Sarajevo en agosto de 2021, nunca logró el consenso y parecía cada vez más debilitado. Pero su salida improvisada hace tambalear el marco institucional surgido de los acuerdos de Dayton.

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Desde la firma de esos acuerdos, en diciembre de 1995, Bosnia y Herzegovina, formalmente soberana, es en realidad un protectorado internacional. El alto representante dispone de poderes exorbitantes, precisados en 1997 durante la Conferencia de Bonn: puede imponer o derogar leyes o destituir a dirigentes electos, por ejemplo.

Es nombrado por el Consejo de Implementación de la Paz (Peace Implementation Council, PIC), que agrupa a 55 países y agencias internacionales, y la costumbre exigía que este nombramiento fuera validado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ante el cual el alto representante presenta un informe semestral.

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Pero no fue así con el nombramiento de Christian Schmidt, ya que los países occidentales temían un veto de Rusia, o incluso de China. Por ello, Milorad Dodik, entonces presidente de la República Srpska, lo consideró ilegal.

Milorad Dodik, que sigue siendo el verdadero líder de la entidad serbia de Bosnia y Herzegovina aunque ya no sea su presidente, dice que ha abordado el asunto de Schmidt con Vladimir Putin, con quien se reunió en Moscú el 9 de mayo, con ocasión de la conmemoración de la victoria de 1945. El líder nacionalista serbio reivindica la dimisión del alto representante como una victoria personal, y así lo escribió en la red social X: “Christian Schmidt abandona Bosnia y Herzegovina de la misma manera que llegó: sin legitimidad, sin una decisión del Consejo de Seguridad de la ONU y sin tener el derecho internacional de su parte.”

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Milorad Dodik, agitando desde 2010 la amenaza de una secesión de la República Srpska, al tiempo que la sometía a un sistema organizado de depredación en beneficio de un estrecho círculo de cortesanos, no ha parado de lanzar provocaciones contra Christian Schmidt, lo que le valió una condena que, en teoría, lo apartaba de la vida política. A finales del verano de 2025, destituido de su cargo de presidente de la República Srpska y con la prohibición de ejercer cualquier cargo público durante seis años, parecía a punto de jugárselo todo a una carta al convocar un referéndum que podría haberse convertido en un plebiscito a favor de la secesión.

En el peor momento de la crisis, a principios de septiembre, dos de sus colaboradoras más cercanas, Željka Cvijanović y Ana Trišić Babić, se desplazaron a Washington, donde habrían llegado a un acuerdo secreto con la Administración Trump. De hecho, Milorad Dodik renunció a sus planes de referéndum, aceptó retirarse de la presidencia mientras el Parlamento de la entidad derogaba las leyes “secesionistas” previamente aprobadas. A cambio, Estados Unidos levantó las sanciones que pesaban sobre Milorad Dodik y su círculo. Quedó así demostrado que la diplomacia transaccional promovida por la Casa Blanca era más eficaz que los principios defendidos por la Unión Europea. Mientras, Christian Schmidt se veía marginado.

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El reto del gas

Según fuentes anónimas citadas por el Frankfurter Allgemeine Zeitung, Estados Unidos habría exigido la salida de Christian Schmidt, ya que no respondía a sus exigencias en relación con el proyecto del gasoducto Southern Interconnection. Este proyecto prevé el transporte de gas licuado procedente de Estados Unidos hacia Bosnia y Herzegovina, que actualmente se abastece al 100 % de gas ruso. El objetivo de reducir la dependencia de Moscú esconde enormes intereses económicos.

El pasado 26 de abril, Bosnia y Herzegovina adjudicó a la empresa estadounidense AAFS Infrastructure and Energy el transporte de gas desde la terminal de GNL de Omišalj, en la isla de Krk, en Croacia. Esta empresa, hasta ahora desconocida, estaría dispuesta a invertir 1.500 millones de euros en la construcción de un gasoducto de 200 kilómetros. La firma pertenece a dos personas cercanas a Donald Trump: Joe Flynn, hermano de Michael Flynn, asesor de seguridad nacional durante su primer mandato, y Jesse Binnall, el abogado que lo defendió contra la acusación de haber incitado al asalto al Capitolio en 2021. Otro motivo de vergüenza: la concesión no fue objeto de ninguna licitación, tal y como señaló Transparency International.

El acuerdo exige una modificación de la ley sobre los bienes del Estado de Bosnia y Herzegovina, que se hicieron intransferibles por una decisión tomada hace más de veinte años por Paddy Ashdown, predecesor de Christian Schmidt. Washington esperaba, por tanto, que el alto representante flexibilizara esta disposición. “La nueva línea política de Washington, que antepone los intereses económicos de Estados Unidos, ha contribuido en gran medida a la salida de Schmidt”, explica Ivana Marić, analista política en Sarajevo, citada por Radio Free Europe-Radio Liberty.

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Mientras Bruselas sigue abogando por la transición ecológica en los países candidatos a la adhesión, cambiar la dependencia del gas ruso por la del GNL estadounidense equivale, de hecho, a anclar a los Balcanes en la órbita de las energías fósiles. Christian Schmidt parece haber sido la primera víctima de la guerra energética desatada en los Balcanes entre Bruselas y Washington.

El fin del multilateralismo

En Sarajevo, muchos temen también que Bosnia y Herzegovina se cuente entre las víctimas, si este conflicto culmina en una retirada occidental. Por eso Damir Mašić, jefe del grupo parlamentario del Partido Socialdemócrata (SDP) en la Cámara de Representantes de la Federación de Bosnia y Herzegovina, ha pedido a Christian Schmidt que dé explicaciones sobre su dimisión: “Debe una respuesta a los ciudadanos de Bosnia y Herzegovina: ¿por qué dimite? ¿Es cierto que se ha visto obligado a hacerlo, y por quién?”

Christian Schmidt precisó, el martes 12 de mayo ante el Consejo de Seguridad, que dejaría sus funciones “a lo largo de junio”. Circulan nombres para su sucesión, pero ¿habrá aún un alto representante? Vassili Nebenzia, representante permanente de Rusia ante la ONU, ya ha pedido la “supresión inmediata” de este cargo, una postura que casi comparte Washington. Tammy Bruce (embajadora adjunta ante la ONU, ndt), en nombre de Estados Unidos, pidió el “fin del intervencionismo político”, afirmando que el nuevo alto representante debería tener poderes “considerablemente reducidos” y se encargaría “de transferir las responsabilidades a los actores políticos nacionales”.

Esta postura fue teorizada por Max Primorac, un conservador estadounidense de origen croata. Miembro influyente de la Heritage Foundation, afirmó en julio de 2025 que “los diplomáticos internacionales han usurpado los poderes soberanos de Bosnia y Herzegovina”. Según él, sería “hora de devolver a los bosniacos, croatas y serbios su soberanía y su capacidad para resolver sus propios problemas”.

Esto supondría la desaparición de las instituciones centrales de Bosnia y Herzegovina, en beneficio de tres entidades étnicas, que es la posición defendida por Milorad Dodik, pero también por los nacionalistas croatas. Así, según Max Primorac, el país “podría convertirse en un socio energético estratégico desarrollando las exportaciones de gas estadounidense a Europa y contrarrestando los esfuerzos de China, Rusia e Irán”.

La posible desaparición del cargo de alto representante corre un gran riesgo de desmantelar todo el entramado institucional establecido por los acuerdos de Dayton, sumiendo a Bosnia y Herzegovina en un periodo de gran incertidumbre, a pocos meses de las elecciones generales, el 4 de octubre. También supondría el fin de una época en la que la “comunidad internacional” creía poder hablar con una sola voz y resolver las crisis en un marco multilateral, bajo la responsabilidad última del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

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Traducción de Miguel López

 

Christian Schmidt, alto representante internacional en Bosnia y Herzegovina, anunció hace unos días, desde Nueva York, su dimisión por “motivos personales”. Este exministro de Agricultura alemán (Unión Demócrata Cristiana, CDU), que llegó a Sarajevo en agosto de 2021, nunca logró el consenso y parecía cada vez más debilitado. Pero su salida improvisada hace tambalear el marco institucional surgido de los acuerdos de Dayton.

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