Brasil y Argentina quieren crear una moneda común para reducir su dependencia del dólar

Lula da Silva y su homólogo argentino Alberto Fernandez.

Romaric Godin (Mediapart)

El lunes 23 de enero, el nuevo presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, llegó a la capital argentina para participar en la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Durante la presidencia de Jair Bolsonaro, Brasil había dejado de participar en las cumbres de cooperación regional. Para marcar este regreso, el nuevo jefe de Estado brasileño firmó un texto conjunto con su homólogo argentino, Alberto Fernández, en la revista Perfil.

Los dos presidentes anunciaron que habían decidido "avanzar en las conversaciones sobre una moneda común sudamericana que pueda ser utilizada tanto para los flujos financieros como comerciales, reduciendo los costes y la vulnerabilidad externa" de sus respectivos países. El nombre de esta "moneda" sería sur

La idea es construir primero esta moneda entre los dos grandes vecinos sudamericanos y luego invitar a los demás países de la región a unirse al mecanismo. Algunos ven en ello el principio del nacimiento de un futuro "euro sudamericano", que podría representar el 5% del PIB mundial, el peso del subcontinente en la economía mundial.

Pero eso es probablemente un poco precipitado.

Parece poco probable que el sur sea una moneda única sudamericana a medio plazo. En primer lugar, porque parece muy difícil establecer una moneda única entre Brasil y Argentina. En efecto, la integración de los dos vecinos plantearía grandes problemas, mucho más importantes que los que presidieron la creación del euro, de por sí dolorosa.

Desequilibrios entre los dos países

Brasil y Argentina son las dos mayores economías del subcontinente. Sin contar las Guayanas, representan en conjunto nada menos que el 26,1% del PIB sudamericano. Pero la diferencia entre ambos vecinos es significativa. Si hasta los años 70 Brasil era un enano económico, con un PIB inferior al de Argentina, ahora ya no es así. En 2021, el PIB de Brasil ascendía a 1,609 billones de dólares, 3,3 veces su equivalente argentino.

Además, el comercio brasileño ha adquirido cierta autonomía en la región. Las ventas brasileñas a Sudamérica en 2020 (los datos están sin duda trastocados por la pandemia, pero las cifras de 2019 no alteran la jerarquía general) supusieron sólo el 9,5% de sus exportaciones totales, menos que a la Unión Europea (11%), Estados Unidos (10%) y sobre todo China (32% del total). Argentina, aunque formalmente es el tercer cliente de Brasil, sólo representa el 4% del total de las ventas exteriores del país. La estructura de las importaciones no es muy diferente.

 

El comercio exterior de Argentina es muy diferente: el país depende en gran medida del subcontinente, al que destinó una cuarta parte de sus exportaciones en 2020 (el 14% fueron a Brasil). Esto es aún más cierto en el caso de las importaciones, un 20,4% de las cuales proceden de Brasil y un 31,6% del conjunto de Sudamérica. En otras palabras, mientras Argentina está muy integrada en la economía brasileña, no ocurre lo mismo a la inversa.

En una unión monetaria, ese patrón, con una economía autónoma poderosa y otra más pequeña y dependiente, podría causar desequilibrios significativos en la primera. En general, la cuestión central sería la política monetaria. ¿Sería independiente el banco central de un posible sur y cuál sería su objetivo? Si la visión es la del Banco Central Europeo, entonces serían los intereses brasileños los que se pondrían por delante y la economía argentina tendría que adaptarse.

Una improbable política monetaria común

Además, la creación de una política monetaria común es actualmente un reto. Brasil logró estabilizarse en 1994 con el "plan real", erradicando la hiperinflación, y el Banco Central de Brasil (BCB) es independiente desde 2020. No es el caso de Argentina, que sigue luchando por salir de la hiperinflación. A finales de 2022, la tasa de inflación se situaba en el 94,8%, frente al 5,2% de Brasil. A esto se añade el hecho de que Argentina no tiene acceso a los mercados financieros internacionales y Brasil sí.

Aunque el real, que inicialmente equivalía a un dólar en 1994, ahora sólo vale 19 céntimos, los brasileños consideran que su moneda es relativamente estable y que las políticas financieras ortodoxas están bien establecidas en el país. Durante sus primeros mandatos, Lula tuvo cuidado de mantener estas políticas de apoyo al real. La caída de la moneda brasileña se corresponde con el deterioro de su economía.

En el lado argentino, el peso probablemente no tenga tanto valor. El intento de crear una moneda fuerte en 1985, el austral, fracasó y condujo a la reintroducción del peso en 1991. Pero la moneda local sigue siendo poco fiable para los ahorradores y capitalistas argentinos, que prefieren el dólar. El peso vale ahora 0,5 centavos de dólar y en quince años ha perdido el 98% de su valor frente al dólar.

En otras palabras, aunque los argentinos puedan sentirse atraídos por la perspectiva de una moneda estable y el acceso a los mercados financieros mundiales, es probable que el efecto de esa estabilización monetaria en su economía sea violento, mientras que renunciar al real no sea fácil para los brasileños y vean el sur como una forma de pagar "por los malos alumnos" de Argentina. Se trata de un patrón que nos es familiar con Alemania en la eurozona, pero con una ecuación política diferente: Brasil no tiene que lidiar con la reunificación, como Alemania en la década de los 90.

 

Por todas esas razones, el sur no será un "euro sudamericano" durante mucho tiempo, si es que llega a serlo. El ministro de Economía argentino, Sergio Massa, declaró al Financial Times que las conversaciones incluirían "todo, desde cuestiones fiscales hasta el tamaño de la economía y el papel de los bancos centrales", lo que puede sugerir una voluntad de profundizar en la integración, Brasilia, que inició la propuesta, es más reservada sobre este punto.

Según el diario carioca O Globo, el ministro brasileño de Economía, Fernando Haddad, que apoyó el proyecto durante la campaña de Lula, ha pedido que el acuerdo declare explícitamente que el sur no sustituirá a las monedas nacionales, el real brasileño y el peso argentino. Incluso podría destacarse que esa "moneda" no se imprimirá y seguirá siendo una simple unidad de cuenta para transacciones bilaterales.

Eso no sorprende. En los años 90, cuando la Argentina de Carlos Menem propuso la misma idea, fue el propio BCB el que se opuso enérgicamente, lo que hizo que se abandonaran las discusiones.

Reactivar el comercio interregional

En realidad, la idea brasileña no parece ser la de construir una "zona euro", sino responder a dos necesidades urgentes: la reactivación del comercio regional en profunda crisis y el posicionamiento en la compleja geopolítica económica actual. Por eso Brasil está a favor de una "moneda común" y no de una moneda única.

¿De qué trata realmente este proyecto? Brasil y Argentina son dos economías en profunda crisis. Brasil, tras su "boom" en la década de 2000 basado en las exportaciones de materias primas y productos agrícolas, lleva estancado desde 2010-2011 y su modelo económico parece ahora en punto muerto. Eso es un punto común con Argentina, que se ha visto sacudida por varias crisis monetarias y lastrada por una creciente desigualdad y pobreza.

En este contexto, el comercio entre ambos países está en franco declive. Entre 2015 y 2020, el volumen de comercio decreció un 24,22% en el sentido Brasil-Argentina y un 33,3% en el sentido contrario. Se produce así un fenómeno de distanciamiento paralelo a la creciente participación de China en el comercio exterior de estos dos países: la República Popular es el primer socio, con diferencia, de Brasil y el segundo de Argentina.

Sin embargo, Brasil y Argentina forman parte del Mercosur, el Mercado Común del Sur, desde 1991, junto con Paraguay y Uruguay, como primer paso hacia la integración regional. Pero con la crisis, Mercosur ya no parece funcionar correctamente, y además se han suspendido las conversaciones sobre el acuerdo de libre comercio con la Unión Europea. El presidente uruguayo, el conservador Luis Lacalle Pou, ha amenazado incluso con abandonar el bloque para negociar directamente acuerdos bilaterales.

En su tribuna, Alberto Fernández y Lula anunciaron que querían relanzar Mercosur y renegociar el acuerdo con la UE para vender "productos de alto valor añadido y no sólo materias primas". Lula viajó a Montevideo justo después de su estancia en Buenos Aires.

La idea que subyace a este proyecto es que facilitar el comercio facilitará la producción industrial local.

En este contexto, el sur se concibe sobre todo como un medio de relanzar el comercio bilateral con un objetivo claramente establecido en el texto del matutino argentino Perfil: la reindustrialización de los dos países. El periodo neoliberal ha desarticulado en gran medida la industria sudamericana y ha devuelto a la región a la función que tenía entre finales del siglo XIX y principios del XX: la de abastecer de productos primarios a las grandes potencias. Los productos agrícolas y las materias primas no transformadas representan el 69,2% de las exportaciones argentinas y el 65,6% de las brasileñas.

Ahora bien, el comercio bilateral de productos industriales es bastante dinámico, aunque poco diversificado. Un tercio de las exportaciones brasileñas a Argentina son vehículos y el 9%, máquinas-herramienta. En el otro sentido, los vehículos también suponen más de un tercio de las exportaciones argentinas a Brasil, y las máquinas-herramienta el 5,57% del total, pero los cereales representan el 14,5%. La idea que subyace en este proyecto es, por tanto, que al facilitar el comercio se favorecerá la producción industrial local y así, en futuros acuerdos comerciales, será posible exportar esta producción fortalecida al resto del mundo.

Sin embargo, existen importantes obstáculos para este proyecto. La cuestión central es la especialización en el comercio mundial y en el de las tecnologías. Si América del Sur no ha podido mantener su desarrollo industrial, se debe en parte a que no ha sido capaz de desarrollar fuertes especializaciones con tecnología local. En Brasil existen algunos focos de esta especialización, sobre todo en aeronáutica, pero de forma muy limitada. Las exportaciones aeronáuticas brasileñas representaron sólo el 1,25% del total de las ventas exteriores brasileñas. Esta especialización local es casi inexistente en Argentina.

La cuestión que el sur no es capaz de resolver por sí solo es, pues, la del contenido del posible crecimiento industrial de la región, una cuestión que persigue a Sudamérica desde hace un siglo. Sobre todo porque la existencia de esta moneda conducirá, aunque no sea una moneda única, a la reestructuración del comercio bilateral. La congelación de los tipos de cambio penalizará inicialmente a la industria argentina, que necesariamente perderá competitividad y deberá adaptarse a las nuevas condiciones de la demanda brasileña.

Como la industria argentina parece más frágil, podría sufrir de lleno esta adaptación, lo que podría reducir la demanda argentina de productos brasileños. En resumen, estabilizar el tipo de cambio no basta para impulsar el crecimiento industrial.

El desafío geopolítico

El otro objetivo abiertamente tratado por los dos presidentes es la reducción de la "vulnerabilidad exterior". Todo el mundo percibe en esos términos el deseo de "desdolarizar" el comercio sudamericano. Es cierto que el dólar americano es la primera moneda de la región. En Ecuador, El Salvador y Panamá es incluso la única moneda legal. En Argentina y Venezuela, es un sustituto de la moneda local, en la que los ciudadanos tienen poca confianza. En términos más generales, es en gran medida la moneda de la deuda externa de esos países emergentes, pero también la de las relaciones comerciales.

Esta dependencia es extremadamente problemática para los países sudamericanos, que dependen así de la política monetaria americana, que en modo alguno está determinada por los intereses de estos países. Así que, cuando la Reserva Federal endurece su política, como ocurre actualmente, los bancos centrales deben subir sus tipos más rápidamente para mantener el valor de su moneda frente al dólar y evitar crisis monetarias o financieras.

Por tanto, el sur tendría como objetivo sustituir al billete verde tanto en las transacciones comerciales como en las financieras entre Brasil y Argentina. Sin duda, las autoridades pueden imaginar que esta moneda común fomentará el uso del ahorro local para invertir en los dos países en lugar de en los mercados internacionales del dólar. Pero esto es un poco ingenuo: la inversión se rige principalmente por la rentabilidad y si las perspectivas en Brasil y Argentina siguen como están, con el sur o sin él, la inversión seguirá siendo baja, incluso por parte de las oligarquías locales.

De hecho, el discurso "antidólar" es ante todo político. En el contexto de un retorno del centro-izquierda al poder en América Latina, se trata de mostrar el intento del desprenderse del billete verde, pero el proyecto de sur no parece estar a la altura de tal ambición. Una simple unidad de cuenta bilateral para una pequeña parte del comercio exterior apenas cambiará la situación.

El grueso del comercio de los dos países sigue realizándose con China, Estados Unidos y la Unión Europea, y por el momento estas transacciones siguen efectuándose en dólares. No cabe duda de que China, que ahora es el mayor socio de Brasil, favorecerá en parte el uso del yuan en el futuro, pero para eso aún falta mucho. Esto significa que el sur sólo será una gota en el océano y no anuncia un cambio hacia la desdolarización. Por ahora no es más que el equivalente de unos quince mil millones de dólares en transacciones.

Conviene recordar que la creación del euro no vino acompañada de una desdolarización del comercio internacional, ni siquiera de un cambio en la naturaleza de las reservas internacionales. Aunque el euro es más ambicioso y vasto que el futuro sur. Además, el BCE tuvo que acelerar su endurecimiento monetario en 2022 para apoyar al euro frente a la política de la Reserva Federal. Una unión monetaria no significa automáticamente la independencia de la moneda hegemónica.

Otro elemento crucial y, por el momento, desconocido, es cómo se fijará el valor del sur. Para que esta moneda común sea fácilmente convertible en reales y pesos y tenga sentido económico, deberá sin duda depender del valor de estas monedas respecto al dólar, que seguirá siendo la moneda de referencia para ambas economías. Es difícil ver cómo el dólar podría dejar de ser la referencia regional.

Sin embargo, Brasil, potencia regional indiscutible, puede tener interés en esta "moneda común". En el contexto actual, en el que el capitalismo global parece reorganizarse en torno a grandes zonas de influencia centradas en China y Estados Unidos, el Brasil de Lula pretende mantener una forma de equilibrio, pues se ha vuelto muy dependiente de la República Popular pero también se encuentra tradicionalmente dentro de la esfera de influencia americana. La ambición del nuevo gobierno brasileño puede ser finalmente mantener a estas dos potencias a la misma distancia para seguir siendo lo más independiente posible y aprovechar "lo mejor de los dos mundos".

Para alcanzar ese objetivo, sin embargo, Brasil debe fortalecerse y desempeñar el papel que China y Estados Unidos desempeñan a mayor escala: construir un hinterland capaz de proporcionarle nuevas vías de crecimiento y recursos protegidos. Es en este contexto en el que debe entenderse, sin duda, la propuesta del sur: se trata de vincular más estrechamente la economía argentina y del resto del subcontinente a la economía brasileña. Esta ambición también es coherente con el deseo de aprovechar el actual alineamiento político para relanzar Mercosur.

El objetivo es crear una zona económica centrada en Brasil que pueda mantener a Pekín y Washington a igual distancia. Pero la tarea no será fácil. La dependencia económica de China y la todavía estrecha vigilancia del subcontinente sudamericano por parte de Estados Unidos dificultan esta construcción. Además, las deficiencias de la moneda única pueden encontrarse en la moneda común: el alineamiento económico de Argentina con los intereses brasileños probablemente no será indoloro.

Por último, no hay garantías de que esta integración regional ponga fin a la maldición de la región: la dependencia de las materias primas la enriquecen pero bloquean su desarrollo industrial. El Brasil de Lula no intenta sentar realmente las bases del nuevo modelo económico, lo que puede hacer inútiles sus ambiciones.

 

Traducción de Miguel López

 

Brasil y Argentina trabajan en un proyecto para crear una moneda común

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