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La crisis en Venezuela dispara la emigración

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, saluda a simpatizantes durante una concentración

Jean-Baptiste Mouttet (Mediapart)

Para disgusto de su creador, el artista Carlos Cruz-Díez, el mosaico se ha convertido en símbolo de la migración masiva de los venezolanos. Las grandes franjas multicolores que pueden verse en el piso del vestíbulo del aeropuerto internacional Simón Bolívar, en Maiquetía, no muy lejos de la capital del país, Caracas, aparecen en todas las imágenes de los artículos que hablan de este exilio. Además, también ilustran todas las escenas de despedida que se difunden en las redes sociales.

Arrodillado sobre este mosaico, Rodrigo, de 38 años, inmortalizó la salida con destino a Panamá de su hija de 8 años, con una bandera sobre los hombros. “Adiós, hija mía. El mundo te espera”, escribió junto a la foto que publicó en Facebook a mediados de marzo. La pequeña iba al encuentro de su madre, instalada en el país vecino. “Es triste… pero era necesario”, asegura Rodrigo, de profesión dibujante.

En este país, durante mucho tiempo, la inseguridad fue una de las principales razones esgrimidas por la emigración. Desde 2014, las dificultades económicas se han convertido en el motivo determinante a la hora de justificar este flujo nuevo y masivo de salidas. La inflación (del 475,8% según las estimaciones del FMI) sigue aumentando. Para hacerle frente, el Gobierno fijó los precios, considerados justos, de determinados bienes de primera necesidad (huevos, harina o pan). Los supermercados están mejor abastecidos que hace algunos meses gracias a las importaciones masivas. Ahora, incluso, los venezolanos tienen la oportunidad de leer la etiqueta de una conocida marca de champú escrita en vietnamita...

Sin embargo, estos productos de importación se venden a precios exorbitados. Medio kilo de leche en polvo alcanza los 15.000 bolívares, una libra de pasta 4.500 o de azúcar 6.000, cuando el salario mínimo es de 40.638 bolívares (unos 15 euros al actual tipo de cambio). Para muchos, la barra de pan, que se vende a 280 bolívares conforme al precio fijado por el Gobierno, se ha convertido en el alimento salvavidassalvavidas. Y las colas que se forman a las puertas de las panaderías dan fe de la magnitud de la tragedia.

Rodrigo asegura que ha tenido que vender algunos de sus bienes “para comer”. Una cámara de fotos, una GoPro, todo lo superfluo. Su anterior trabajo le permitía ganar 100.000 bolívares mensuales, unos 32 euros al cambio: “Ahora, el trabajo formal es una pérdida de tiempo. Te ocupa ocho horas al día y el salario no llega para dar de comer a tu familia”. En unas semanas, Rodrigo se marchará con sus otros dos hijos y su pareja rumbo a Colombia: “No se equivoque. Los venezolanos no dejan el país, huyen”, asegura.

“La población se siente amenazada”

¿Cuántos están en la misma situación? Desde el año 2000, las organizaciones gubernamentales competentes no dan cifras. Pero un profesor universitario especializado en este “éxodo”, Iván de la Vega, estima en cerca de dos millones y medio el número de venezolanos expatriados en estos momentos. Este sociólogo y director del Laboratorio Internacional para la Migración (LIM) advierte: “Tratamos de acercarnos a la realidad. Nuestro cálculo no es exacto ni matemático. Vemos una tendencia y creemos que está por debajo de la realidad”. Dos millones y medio de venezolanos residentes en el extranjero representan casi el 10% de la población del país (que supera por poco los 31 millones) o la práctica totalidad de los habitantes de Caracas (2,9 millones de residentes). El Departamento de población de Naciones Unidas es mucho más prudente. Según sus datos, el número de expatriados en 2015 fue de 606.344 personas.

Para Venezuela, este fenómeno supone revertir la Historia. La explotación del petróleo hizo del país una tierra de acogida desde finales de los años 30. Cuando aumentó el precio del petróleo en la década de los 50, y después en la de los 70, el gobierno recurrió a mano de obra extranjera. En aquel momento, Venezuela era elogiada por su clima tropical, su modernidad o sus gentes acogedoras, tal y como se muestra en la película de la Creole Petroleum Corporation, que trataba de convencer a los ingenieros estadounidenses para que se estableciesen en el país. Corría 1956, en plena dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1952-1958):

  Como en una situación de catástrofe natural

El sociólogo Iván de la Vega cifró el año pasado en 1,6 millones el número de venezolanos que salieron del país. En este año, la migración se ha acelerado bruscamente. “Tenemos la impresión de que, últimamente, la migración venezolana se parece a una migración forzada como la que existe en ciertos países donde, a causa de un desastre natural, la población se siente amenazada”, explica Anitza Freitez, demógrafa y directora del Instituto de Investigación Económica de la Universidad Católica Andrés-Bello.

Organizaciones sobrepasadas

Esta “impresión” es una certeza para los venezolanos que viven las salidas de sus allegados. María, empleada en banca, vio irse del país a sus amigos del instituto y de la universidad. Sus dos hermanos se instalaron uno en Uruguay, el otro en Colombia. “Quedamos mis padres y yo”, dice. “Jamás hemos tenido tantas solicitudes de venezolanos desde el año 2000”, asegura Annie Bernal, la directora editorial de la compañía Me quiero ir, especializada en asesoramiento a futuros emigrantes.

En Miami (Estados Unidos), donde vive desde hace veinte años, Patricia Andrade dirige el programa Raíces venezolanas de la asociación Venezuela Awareness. Ella también parece sobrepasada: “Jamás pensé que llegaríamos a esto. Nunca imaginé que iba a venir tanta gente en 2015”. Su programa intenta ayudar a los recién llegados ofreciéndoles colchones, electrodomésticos, ropa… Los venezolanos con menos recursos llaman a su puerta nada más llegar del aeropuerto. “Muchos sólo tienen 1.000 dólares en el bolsillo”, una suma insuficiente para encontrar un apartamento y equiparse.

Patricia Andrade cuenta la historia de una mujer embarazada de siete meses y su hija de tres años que dormían en un colchón inflable en el almacén de una fábrica en la que un jefe condescenciente les daba cobijo y les permitía utilizar el microondas. El programa, que se inició en 2016, inicialmente se basaba en la buena voluntad y los ingresos de Patricia Andrade. Hoy, esta venezolana casi no puede responder a la demanda. En 2016, esta iniciativa ayudó a 500 familias, a unas 2.000 personas. Al igual que muchos venezolanos en Miami, esta organización no esconde su oposición al Gobierno de Nicolás Maduro. “Los venezolanos que vienen aquí no creen que la situación vaya a mejorar”, asegura Patricia Andrade.

Rodrigo ve en el Gobierno al responsable de la crisis actual. Explica que recuperó la esperanza cuando en las elecciones de diciembre de 2015 salió elegida una mayoría de diputados de la oposición. Se desilusionó rápidamente. “La Asamblea no puede actuar. No cuenta con el reconocimiento del Gobierno”, explica. La suspensión en octubre pasado del proceso para convocar un referéndum revocatorio contra Nicolás Maduro congeló el pulso entre ambos y en ese momento Rodrigo decidió marcharse a Colombia.

Miami, tierra tradicional de exilio

Los venezolanos se encuentran dispersos por todas partes. En los países fronterizos, como Brasil o Colombia, o más al sur, en Ecuador, Chile, donde necesitan mano de obra, o Argentina… América central también es otro de los destinos (Panamá, Costa Rica o México). Las familias que habían emigrado décadas antes regresaron a las tierras de sus antepasados en España, Italia o Portugal.

Tradicionalmente, Estados Unidos, y Miami en particular, son el primer refugio de los emigrantes sudamericanos. Para los venezolanos de clase media o alta, la ciudad más grande de Florida fue durante mucho tiempo un lugar de vacaciones y de compras. José Manuel, que tiene allí muchos amigos, esperaba integrarse rápidamente. “Pero la vida en Miami es muy diferente si se va de vacaciones o si se trabaja allí”, anota con rabia este trabajador de Amazon. Dejó Venezuela hace tres años después de que uno de sus amigos fuese secuestrado. Tuvo que esperar un año para obtener el permiso de residencia en Estados Unidos, un año en el que no pudo trabajar legalmente ni siquiera conducir. Fue encadenando trabajillos, de camarero a vendedor de utensilios de cocina.

En las afueras de Miami, cerca del aeropuerto internacional, está Doral. Se trata de una ciudad nueva, fundada oficialmente en 2003 y que se encuentra en plena expansión: en el 2000 tenía 20.000 habitantes, mientras que en 2016 ya contaba con más de 56.000. Con avenidas llenas de palmeras, sus centros comerciales, campos de golf, restaurantes de comida venezolana, una avenida con el nombre de un famoso cantante nacional como es José Luis Rodríguez El Puma, su periódico El Venezolano, tiendas en las que es más fácil encontrar harina de maíz que en Caracas… Doral bien merece su sobrenombre: DoralzuelaDoralzuela.

En esta ciudad, en la que las tres cuartas parte de la población es hispana, los venezolanos representan la comunidad más importante (alrededor del 20% de la población). Como muchos, Carlos Rondon, jefe de una empresa de importación de piezas de automóviles, escogió instalarse en Doral puesto que tenía parientes y amigos viviendo ya allí y porque tenía la impresión de “sentirse como en casa”. Tomó la decisión hace dos años, cuando la empresa en la que trabajaba empezó a hacer despidos. Cuenta las dificultades que tiene para pagar el alquiler de 1.400 dólares (1.290 euros) de un estudio. La súbita subida de precios de las viviendas en Doral llevó a algunos de sus amigos a mudarse, por ejemplo, a la tranquila Weston, a cuarenta minutos en coche en dirección norte.

  de Brasil a Curaçao

La migración venezolana cada vez menos incluye el avión: es demasiado caro. Los billetes se venden a menudo en dólares, por lo que están fuera del alcance de muchos. Las compañías también están abandonando el país o han reducido sus vuelos. Justifican esta decisión por las dificultades de convertir los bolívares en dólares. El cambio está controlado por el Gobierno y si un dólar vale 700 bolívares al cambio oficial, en el mercado negro se negocia por 3.000 bolívares.

Colombia, país vecino, es “el centro de gravedad” de las migraciones, como lo denomina el sociólogo Iván de la Vega. Según las autoridades colombianas responsables de la migración, más de 1,2 millones de venezolanos entraron al país en los tres últimos años. La mayoría de los viajes son de un día y se hacen a las localidades fronterizas con el fin de abastecerse a menor coste. Más de 350.000 pueden haberse quedado en Colombia.

La frontera de más de dos mil kilómetros es objeto de tensión entre ambos países. El año pasado, el presidente venezolano Nicolás Maduro cerró el paso varias veces. Las imágenes, que datan del 17 de julio de 2016, de la frontera abierta temporalmente durante dos días dan idea de la amplitud de la crisis que atraviesa Venezuela. Más de cien mil venezolanos se precipitaron entonces al país vecino:

Durante años fueron los colombianos los que huían para evitar el conflicto entre las guerrillas, paramilitares y Gobierno, estableciéndose en los países vecinos. Según el sociólogo Iván de la Vega, Venezuela acogió a más de 4,2 millones de colombianos en las cuatro últimas décadas. Para la primera, segunda, tercera o cuarta generación, ha llegado el momento de volver. Este es el caso de Rodrigo. Sus abuelos, acompañados de sus padres y sus tíos y tías, se refugiaron en Venezuela hace 40 años. Hoy, regresa a un país que le resulta desconocido. Allí, nadie lo espera, pero, al igual que otros muchos, conserva la doble nacionalidad y espera una integración más fácil.

Todos los países vecinos están concernidos, hasta la isla de Curaçao, Estado autónomo de los Países Bajos (150.000 habitantes). Venezolanos atraviesan los sesenta kilómetros del mar del Caribe que los separa a bordo de lanchas, barcas de pescadores a menudo sobrecargadas, de motores cansados y que transportan a los pasajeros sin chalecos salvavidas. Al tráfico de drogas, a menudo hay que sumarle ahora el tráfico de personas. Según Roderick Gouverneur, responsable de prensa de los guardacostas, tienen que pagar 500 dólares (460 euros) por cruzar de una orilla a la otra. En 2015, Curaçao quiso frenar las llegadas obligando a los venezolanos que entraban en el país por avión a presentar 1.000 dólares (920 euros) en efectivo. La medida sólo aumentó las travesías por mar.

El vacío que dejan los emigrantes en Venezuela

Lo que también ha cambiado es el perfil del emigrante. La directora editorial de la compañía Me quiero ir, Annie Bernal, explica que hace una década, las personas que se marchaban eran “titulados, con estudios. Exploraban sus posibilidades en países desarrollados como Estados Unidos o Canadá. Habían ahorrado para irse”. Hoy, explica, son “más jóvenes y sin dinero. Muchos estudiantes vienen preguntando por países de América del Sur como Perú o Ecuador, a los que pueden llegar en autobús”.

Como consecuencia de estas salidas masivas, ciertos sectores, como la universidad o la sanidad, luchan por conservar a las personas con más talento. Las facultades intentan proteger sus planes de estudios, en un momento en que los profesores dejan sus puestos para trabajar en empleos mejor remunerados o para emigrar.

El economista Arnoldo Pirela, especialista en petróleo, vive desde hace un año en Francia. Ya jubilado, ha vuelto a trabajar como investigador invitado en el IRD (Instituto de Investigación para el Desarrollo) e imparte cursos en la Universidad Central de Venezuela (UCV) a través de Skype. “No hay profesores que me sustituyan en las asignaturas que imparto en el máster y el doctorado”, explica. La UCV, de las más importantes del país, ha perdido 400 profesores entre 2015 y 2016. “El salario de un profesor no permite pagarse la cesta media de la compra para alimentarse”, dice Arnaldo Pirela. Como ejemplo, Iván de la Vega, profesor titular de la Universidad Simón Bolivar (USB) gana, a cambio paralelo, unos 23 euros mensuales: “Mi padre ganaba, en 1982, como profesor, 3.800 euros mensuales”.

La sanidad atraviesa las mismas dificultades. Según la Federación médica venezolana, 16.000 médicos emigraron entre el 2002 y agosto de 2016. A los salarios bajos se añaden las pésimas condiciones actuales de trabajo. El personal trabaja con pocos medios y prácticamente sin equipo. Hay carestía incluso de paracetamol y algunos hospitales públicos no pueden hacer radiografías por falta de instrumental operativo.

Se ha ido mucha gente valiosa. Esta pérdida supone mucho más que las dificultades económicas”, afirma Christians González. Este cirujano oncológico describe la situación en su clínica de Caracas, pese a todo mejor equipada que los hospitales: se abandonaron proyectos, especialidades, como la torácica, se han tenido que cerrar. Él mismo se unió al Hospital Universitario de Estrasburgo como investigador. Algunos países están demandando médicos cualificados, como Chile, dónde se estableció el ginecólogo Rafael Angulo. Ya no piensa volver a Venezuela: “En diez años, habré hecho aquí mi vida. No voy a regresar a Venezuela y empezar de nuevo de cero”. La mayoría de las personas entrevistadas no tienen previsto regresar. Venezuela tendrá que vivir con la cicatriz de este éxodo masivo. ________________

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Traducción: Alba Precedo

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