Edgar Morin, periodista a su manera

"El camino hacia el futuro pasa por el retorno a las fuentes", había anotado Edgar Morin en los "Mementos" que concluyen sus Lecciones de un siglo de vida, aparecidas en 2021, el año en que cumplió 100 años. Elogiado por el ministro de Educación, Jean-Michel Blanquer, celebrado por Emmanuel Macron en el palacio del Elíseo, nombrado gran cruz de la Legión de Honor, Edgar Morin fue entonces erigido en estatua como sabio consensual, hasta el punto de que Mediapart, cuya aventura él había apoyado, se alarmó por un "secuestro de centenario".

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Aunque no era ingenuo al respecto, esta recuperación no desagradaba forzosamente al interesado, cuya feroz reivindicación de libertad se acompañaba de una fuerte necesidad de reconocimiento. Pero sería lamentable que esta tardía notabilización eclipsara la originalidad de una obra proteiforme y prolífica, indisociable de la vida de su autor, fallecido el viernes 29 de mayo en París. Por eso quisiéramos rendirle homenaje mediante un retorno a las fuentes en el que el periodismo será el hilo de Ariadna.

Nacido el 8 de julio de 1921 en París, en el seno de una familia judía originaria de Salónica, en Grecia, Edgar Nahoum se convirtió en Morin al conservar como apellido uno de sus seudónimos de resistente bajo la Ocupación. Comunista por antifascismo, sin ilusiones sobre el estalinismo —fue expulsado del Partido Comunista Francés (PCF) ya en 1951 y dio cuenta de ese episodio en Autocrítica (1959)—, formó parte de la red de François Mitterrand en el seno del Movimiento Nacional de Prisioneros de Guerra y Deportados (MNPGD), al igual que Marguerite Duras, Robert Antelme o Dionys Mascolo. Después, llegada la Liberación, buscó su camino a tientas, ya habitado por una inquietud primordial: apenas tenía 30 años cuando publicó El hombre y la muerte (1951).

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Es entonces, a partir de 1950, cuando comienza su carrera de investigador, con su entrada en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS), junto a Georges Friedmann. Sigue un camino de vida y de creación irreductible a las clasificaciones, que trasciende las disciplinas y entrelaza los saberes. Humanista a la antigua, queriéndose discípulo de Montaigne, pero también de Pascal y de Descartes, Edgar Morin le dio su finalidad y su culminación con El método (seis volúmenes, 1977-2004), empresa enciclopédica que consideraba su obra mayor.

Pero, salvo que se quiera fijar un pensamiento que siempre se quiso en movimiento, esta suma teórica que recoge su pensamiento de la "complejidad" no basta para dar cuenta de su originalidad intelectual. Para entreverla en su riqueza y su vitalidad, mejor vale tomar el desvío de su incansable confrontación con la actualidad, de la que daba testimonio todavía, el 11 de abril, su última entrevista para Le Monde, donde se leen estas palabras que harían un hermoso epitafio: "Dudo de toda aserción mientras no tenga la prueba de su veracidad. Dudo de la humanidad sin dejar de creer en ella. Tengo fe en el amor y en la fraternidad."

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Un pensamiento confrontado a las sorpresas de la actualidad

Pues, lejos de mantener a distancia o con desprecio el periodismo, Edgar Morin no cesó de practicarlo. Fue periodista a su manera, y sin duda el único de su especie. Dicho de otro modo, periodista moriniano, tal como se inventó sociólogo, buscando su disciplina al descubrir atajos y recorrer senderos de aventura. Sociólogo periodizante, periodista sociologizante: rehusando alzar un muro entre el saber académico y la curiosidad periodística, no cesó de ocupar esa posición inclasificable, tan expuesta como incierta.

Con todo, sus detractores se verían en apuros para travestirlo en espécimen de los "intelectuales mediáticos" —obligados de los medios donde se prodigan, encadenados a esa servidumbre que los promueve—. La diversidad de los géneros (estudios, tribunas, entrevistas) como la de los soportes (Le Monde y Le Nouvel Observateur de forma privilegiada) lo atestigua: siempre conservó su libertad, asiendo los medios según su propio momento, antes que dejarse asir por el momento mediático.

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Lejos de la habitual expresión de opiniones, donde el intelectual se extravía al pretenderse juez de todo, el Morin periodista da testimonio de una obstinación, doblada de un riesgo: confrontar sin cesar el recorrido de su pensamiento con las sorpresas de la actualidad. Más que una facilidad, fue una restricción, libremente elegida: entre ejercicio y entrenamiento, una suerte de prueba y contraprueba donde la obra en curso, en lugar de refugiarse en su torre de marfil, afronta la vida misma que se supone que ha de esclarecer, poniendo a prueba su ideal de comprensión sobre la realidad del acontecimiento.

Esta elección fue teorizada por Edgar Morin en 1972, en el número 18 de la revista Communications, que él dirigió. Titulado simplemente "El acontecimiento", marca la transición entre la sociología del presente, de la que había sido, ya en la posguerra con El año cero de Alemania (1946), el artífice y el promotor, y la filosofía de la complejidad, cuya escritura a largo plazo será el taller de El método. En el sumario de este número-manifiesto se encuentran dos artículos programáticos de Morin que abren y cierran la revista: "El retorno del acontecimiento" y "El acontecimiento-esfinge".

"Reinterrogar el acontecimiento": la ambición que anuncia ya en el preámbulo de esta entrega hace de vínculo entre su curiosidad por la actualidad y sus imprevistos —de los que habían dado testimonio sus escritos sobre el cine, las estrellas, la cultura de masas, la juventud "yeyé", Mayo del 68 o también el rumor de Orleans— y el desafío intelectual venidero del autor aún más inclasificable de El método. Reinterrogar el acontecimiento es, en efecto, reinterrogar las disciplinas, perturbar sus separaciones y emborronar sus fronteras.

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Es reconocer el azar, admitir el "acontecimiento-ruido", considerar que "son acontecimientos perturbadores o accidentales, desorganizadores o destructores los que, en ciertos casos, en ciertas condiciones y entre ciertos umbrales, tienen un efecto reorganizador-morfogenético". Es, insiste entonces, hacer emerger una ciencia inédita "en una tierra de nadie entre varias disciplinas". Y, por ello, inevitablemente, hacerse malquerer por esos "epistemo-aduaneros que rechazan las ideas sin pasaportes bien establecidos".

"El acontecimiento está en el límite donde lo racional y lo real se comunican y se separan".

En suma, afrontar el acontecimiento y ya no apartarse de él es, si no entrar en disidencia, al menos ponerse en riesgo académico. "El rechazo del acontecimiento fue quizá necesario para los primeros desarrollos de la racionalidad científica. Pero puede corresponder también a un afán de racionalización casi morbosa, que descarta el azar porque el azar es el riesgo y lo desconocido": la conclusión en forma de tesis —aquí, la primera— del artículo introductorio muestra bien que Morin no pretende flaquear ante el desafío que se ha lanzado.

Y el horizonte sobre el que termina el artículo final deja entrever la recompensa esperada: "El acontecimiento está en el límite donde lo racional y lo real se comunican y se separan. Pero es precisamente en esas tierras límite donde se plantean los problemas de lo singular, de lo individual, de lo nuevo, de lo aleatorio, de la creación, de la historia… […] Es en su unidad (contradictoria) donde podemos situar la organización, la transformación. Es en ese eje donde nos orientamos hacia la Scienza Nuova: ciencia de los sistemas complejos autoorganizadores, ciencia de la evolución, ciencia (de las condiciones) de la creación."

La evitación del "sociologismo abstracto"

Biología, historia, física, comunicación, psicología, psicoanálisis, etc.: mezclando, entre otras contribuciones, las reflexiones de Henri Atlan, de Jean-Pierre Changeux, de Henri Laborit, de Emmanuel Le Roy Ladurie, de Pierre Nora o de Anthony Wilden, el sumario pluridisciplinar de Communications da testimonio de esa ambición científica. Pero ese Morin nuevo, el de El método, reivindicando una lengua sabia no siempre evidente para el profano, no debe relegar al olvido al antiguo Morin que se cruzaba en la prensa, en particular el de las primeras grandes investigaciones-reflexiones para Le Monde —sobre el programa "Salut les copains" (1963), la revista Planète (1965) o la "Comuna estudiantil" (1968)—.

Pues esos dos Morin van a la par, indisociables, apoyándose el uno en el otro, y a la inversa, para descifrar el enigma del presente. Así, una vez lanzado El método, tras el inevitable plazo de viudez de lo que fue a la vez una culminación y una metamorfosis, el Morin periodista no cesará de regresar, a partir de los años 1980, en particular sobre el conflicto israelo-palestino o ante el fin de Yugoslavia.

Si se promueve esta entrega de Communications como momento bisagra, es pues para subrayar hasta qué punto, en la evolución que lo lleva de la sociología del presente a la aventura de la complejidad, Morin conservó ese punto de anclaje: la práctica del acontecimiento, el afán de su problematización, la interrogación de su enigma. Pero no faltan indicios más antiguos, que dan testimonio de las constantes morinianas. De una revista a otra, cuando, en 1962, pone fin a la aventura colectiva de Arguments, comenzada en 1956, Morin expresa un solo pesar: no haber podido imponer la revista "en una zona intermedia entre la reflexión y la actualidad", haber sido penalizado por su ritmo de publicación bastardo que hacía "imposible intervenir en el acontecimiento".

De ahí en adelante, es esa contradicción la que va a esforzarse en superar en solitario, haciendo alternar o cohabitar, de la prensa del día al libro en curso, en idas y venidas, la inflexión de la reflexión y la interrogación de la actualidad. El año del cierre de Arguments aparece El espíritu del tiempo, que será seguido de un segundo tomo, en 1975 —finalmente subtitulados a la manera moriniana, Neurosis el tomo 1, Necrosis el tomo 2—. 1962, otro momento bisagra, semejante a 1972. Un año después comienza la compañía con Le Monde —la investigación inaugural sobre la generación "yeyé"—.

Basta releer El espíritu del tiempo para adivinar que el propósito del autor sobre la cultura y la comunicación de masas no podía sino atraer la atención de un redactor jefe sin anteojeras, preocupado por la calidad y desprovisto de prejuicios. Aunque apunta al mundo de los sociólogos, el método que allí defiende Morin, "método autocrítico y método de la totalidad", remite implícitamente a los criterios de un periodismo exigente: "Evitar el sociologismo abstracto, burocrático, del investigador desconectado de su investigación, que se contenta con aislar tal o cual sector sin intentar ver lo que vincula los sectores unos con otros."

Hay que gustar de flanear por los grandes bulevares de la cultura de masas.

Del mismo modo que no hay buen periodismo sin curiosidad ni generosidad, sin amor ni empatía por el mundo y quienes lo habitan, así también la sociología de la modernidad que Edgar Morin reclama entonces supone "que el observador participe en el objeto de su observación: hay que, en cierto sentido, gozar en el cine, gustar de introducir una moneda en una rocola, divertirse con las máquinas tragamonedas, seguir los partidos deportivos, en la radio y en la televisión, tararear la última cancioncilla; hay que ser uno mismo un poco de la muchedumbre, de los bailes, de los curiosos, de los juegos colectivos; hay que conocer ese mundo sin sentirse extraño a él; hay que gustar de flanear por los grandes bulevares de la cultura de masas".

Trece años después, cuando Morin publica el segundo tomo de El espíritu del tiempo, en el momento mismo en que termina el inicio de El método, por más que los campos de curiosidad hayan variado, el procedimiento no solo es idéntico, sino que está más explícitamente reivindicado. Anunciando, en una nota al comienzo de Necrosis, la próxima aparición de la obra maestra como nada menos que un "esfuerzo de reconsideración teórica general de la sociología y, más ampliamente, de la ciencia del hombre", insiste en la coherencia de una obra en díptico con "su parte conceptual-teórica y su parte fenomenológica". Una investigación, repite, de "dos rostros", que efectúa sin cesar "un vaivén entre el esfuerzo teórico bio-antropo-sociológico […] y la exploración del fenómeno". "Estos dos aspectos —concluye— siempre resonaron e interactuaron el uno sobre el otro. Se trata de la misma investigación."

Afrontar a la Esfinge, hacer hablar a sus enigmas

Ahora bien, el fenómeno es el acontecimiento, la crisis, el presente, la actualidad. Y es en ese terreno donde el periodismo moriniano afirma su originalidad, transformando la habitual tribuna de expresión en un inhabitual campo de experimentación. Morin se apropia del género periodístico para desviarlo y subvertirlo a fin de servir a su propia obsesión: afrontar a la Esfinge, hacer hablar a sus enigmas, desafiar a ese "monstruo de la sociología" que es, según él, el acontecimiento, "que significa la irrupción a la vez de lo vivido, del accidente, de la irreversibilidad, de lo singular concreto en el tejido de la realidad social".

El acontecimiento, añade, "es decir, la información". La información que perturba, que desestructura, que sacude y que cuestiona. Tenemos ahí una clave para comprender el éxito —de notoriedad, de estima, incluso de amistad— de Edgar Morin entre los periodistas. Y es que el desafío que se da a sí mismo es sencillamente el que ellos y ellas deberían afrontar y que, demasiado a menudo, ay, se les escapa: hacer hablar al acontecimiento en lugar de juzgarlo, darle sentido en lugar de oscurecerlo, abrirlo a todos sus posibles en lugar de reducirlo a una sola salida —dicho de otro modo, reflexionarlo dando a reflexionar—.

Solo puede interrogarse sobre el sentido del universo quien es capaz de asombrarse ante la marcha de los acontecimientos.

En ese sentido, el uso moriniano del periodismo, si bien es inseparable de su obra de pensamiento, no es prosaicamente instrumental. Su práctica del género remite también a una empatía profunda por el oficio que, desde la segunda revolución industrial y el advenimiento de la prensa de masas a finales del siglo XIX, se construyó en torno a su profesionalización. Hacia el periodismo, Morin da testimonio pues de una sociología comprensiva que evidentemente no excluye la mirada crítica pero que no supone obligatoriamente la puesta a distancia, posición que lo distingue de Pierre Bourdieu y de su sociología de los medios, espontáneamente suspicaz.

Esta tradición sociológica empática está por lo demás explícitamente reivindicada en el número de Communications sobre el acontecimiento. De las nueve citas, cuya diversidad de autores expresa su habitual gusto por lo diverso, colocadas por él como exergo de esta entrega concebida como un manifiesto, la primera basta para resumir la exigencia: "Solo puede interrogarse sobre el sentido del universo quien es capaz de asombrarse ante la marcha de los acontecimientos." Muy lógicamente, Max Weber (1864-1920) es aquí el primer convocado.

Se subraya muy poco en Francia: a lo largo de toda su vida, Weber marcó su interés por la prensa y por el trabajo periodístico. Consideraba la participación en la vida intelectual de un periódico como una de las formas del "servicio del presente" que reclama el compromiso democrático. Teniendo ante los ojos la primera masificación mediática de la historia, paralela a la industrialización de la prensa y a la profesionalización del periodismo, elaboró en 1910 un vasto proyecto de investigación sociológica sobre la prensa que diversas mezquindades y adversidades —¡académicas y periodísticas!— le impidieron llevar a buen término. Por último, la segunda de las conferencias reunidas en El sabio y el político (1919) contiene un alegato sorprendente a favor de una profesión a la que, sin embargo, la gran guerra de 1914-1918 había malparado en su exigencia de verdad y de integridad.

El interés constante de Weber por la prensa hace eco al primer Morin sociólogo que estudia los medios de masas y se interesa por la noción de "gran público".

Cierto es que el cumplido puede parecer envenenado, de tan alto como fija el nivel de exigencia: "La mayoría de la gente ignora que una "obra" periodística realmente buena exige al menos tanta "inteligencia" como cualquier otra obra de intelectuales, y demasiado a menudo se olvida que se trata de una obra a producir en el acto, por encargo, a la que hay que dar una eficacia inmediata en condiciones de creación que son totalmente diferentes de las de los demás intelectuales. Muy raras veces se sospecha que la responsabilidad del periodista es mucho mayor que la del sabio y que el sentimiento de responsabilidad de todo periodista honorable no es en nada inferior al de cualquier otro intelectual —incluso puede decirse que es más elevado si se atiende a las constataciones que se han podido hacer durante la última guerra—."

Edgar Morin podría firmar estas líneas, él que no temió ser mal juzgado por algunos de sus pares por su frecuentación cómplice de los malos lugares periodísticos y que siempre tuvo la tentación de lanzar un "¡No soy de los vuestros!" a los detentores de una "nomenklatura intelectual o universitaria", como confiaba en Mis demonios (1994). A la vez concreto y comprensivo, el interés constante de Weber por la prensa hace eco al primer Morin sociólogo que estudia los medios de masas y se interesa por la noción de "gran público".

Max Weber no era solo curioso de la prensa en tanto que producto acabado. Apartándose de una crítica rutinaria que no va más allá de los contenidos —dicho de otro modo, de una glosa o de un juicio sobre lo que la prensa da a leer y, hoy, a ver o a oír—, la abordaba como un objeto social total, interesándose por los procesos y las prácticas, curioso de la industria y de sus fuerzas materiales, preocupado por la profesión y sus procedimientos artesanales, interrogando las culturas así producidas y los imaginarios así vehiculados.

El presente y lo cotidiano como terrenos de investigación

Del mismo modo, el Morin de El espíritu del tiempo en 1962 tiene ya tras de sí una reflexión sobre el cine con El cine o el hombre imaginario (1956) y Las estrellas (1957). Mezclando el placer con la reflexión, no vacila en transformar su frecuentación de las salas oscuras en desvío sociológico. A contrapelo de ese desdén por lo cotidiano mediante el cual el saber se protege de los embarazos del mundo en lugar de buscar comprenderlos, teoriza entonces el presente como terreno por excelencia. Sensibles, como lo sería una placa fotográfica, sus observaciones presentan, en los albores de los años 1960, evoluciones —politización juvenil, mundialización cultural, presentismo omnipresente— cuyo comentario se ha vuelto, desde entonces, sobreabundante.

"El nuevo individualismo —escribe— se diferencia del hedonismo clásico. Este, consagrado al solo goce en el instante, ignoraba lo que es quizá el aporte más nuevo de la cultura de masas: la participación en el presente del mundo." "Cultura del hoy eterno y cambiante —insiste—, la cultura de masas tiende a remitir el espíritu al presente", a "hacer del presente el marco absoluto de referencia", a "atomizar el tiempo como al individuo", pero "simultáneamente, opera una prodigiosa circulación de los espíritus hacia los otros lugares", haciendo de la persona humana "un ser de las lejanías cuyo espíritu yerra siempre por los horizontes de su vida".

Ciertamente marcados por un optimismo de época, estos escritos están sobre todo impregnados de esa dialéctica entre inquietud y esperanza que nunca abandonó a Edgar Morin. "Allí donde crece el peligro crece también lo que salva": este verso de Hölderlin, repetido de libro en libro en el último período, resume su ética de pensamiento ante el acontecimiento. "La angustia sale por todos los poros de la cultura de masas, pero sale de ella expulsada en movimientos, agitaciones, trepidaciones, suspenses, imágenes de golpes, trampas, ataques, asesinatos…", escribe en 1962, apostando entonces por la elaboración de nuevas respuestas a las contradicciones de la existencia en y por ese movimiento del presente, respuestas ellas mismas en movimiento incesante.

Una década y algunas decepciones más tarde, si el cuestionamiento no ha cambiado, el diagnóstico es menos entusiasta: la conclusión de El espíritu del tiempo 2 evoca una "Edad Media moderna", "estado híbrido e incierto, marcado por la decadencia de una legitimidad cultural sin que haya afirmación de una nueva legitimidad". Anunciando la época que va a seguir cuando otros miraban aún hacia atrás, estas líneas de 1975 dan testimonio de una innegable presciencia forjada en la práctica de ese arte todo él de ejecución: la confrontación con la época, el cuestionamiento del aire de los tiempos, la curiosidad hacia lo cotidiano.

La audacia de los comienzos

Hoy que Morin, a falta de discípulos puesto que nunca quiso ser maestro de escuela, no carece de imitadores en materia de sociología del presente, se olvida la audacia de sus comienzos que, a su vez, terminarán por hacer acontecimiento con los éxitos editoriales de Comuna en Francia (1967) y de El rumor de Orleans (1969). A finales de los años 1950 y a comienzos de los años 1960, las traducciones francesas del olvidado Georg Simmel, de las figuras variadas de la Escuela de Fráncfort, de Walter Benjamin o de Siegfried Kracauer estaban aún por venir. Venidos de Alemania, marginales y exiliados, estos ineludibles predecesores, iniciadores de un pensamiento del presente en la frontera de los géneros y en la encrucijada de las disciplinas, no se habían impuesto todavía en Francia para dar el ejemplo.

En ese sentido, Edgar Morin fue ciertamente precursor, buscando su vía sin antecesor. Pero, en lo que respecta a la relación con el periodismo, este parentesco a la vez posterior y lejano con esos diversos autores cobra sentido en la medida en que ellos dieron testimonio, cada uno a su manera y en su estilo, de una relación cultural con la prensa tejida de curiosidad y de complicidad. Desde ese punto de vista, y en un recorrido invertido donde el periodismo conduce a la sociología en lugar de prolongarla, esta excepción moriniana evoca la originalidad parkiana.

Largo tiempo desconocido en Francia, Robert Ezra Park (1864-1944), antes de darse a conocer como el fundador de la Escuela de Chicago a la que la sociología urbana contemporánea es todavía deudora, fue primero reportero en Detroit, Mineápolis, Chicago y Nueva York, periodista de investigación y de sucesos, lidiando con la realidad social más cruda antes de retomar sus estudios superiores, en Alemania, junto a Georg Simmel.

El "Memento del investigador" (1965) merecería ser estudiado en las formaciones de periodismo, en particular por su rastreo de los reflejos de indiferencia inconsciente.

"Son más bien las informaciones las que hacen la opinión", gustaba de teorizar el periodista y sociólogo Park quien, incorporándose tardíamente al mundo universitario, pasados los 49 años, se apoyó en su práctica periodística para construir una sociología práctica. En resonancia, se encuentran, en la investigación de campo transdisciplinar, interactiva y participativa que Morin impulsó en torno a la comuna bretona de Plozévet, los lineamientos de un asombroso compendio de investigación tanto periodística como sociológica.

El método llamado "in vivo" que inventó en esa ocasión incita a los investigadores de la aventura bigudena a sacudir su "percepción objetiva" mediante "una gran participación subjetiva", tal como Park invitaba a sus estudiantes a sumergirse en cuerpo y alma, como reporteros de campo, en los universos que querían explorar. Minucioso hasta las manías de detalle, este Memento del investigador elaborado por Morin en julio de 1965 merecería ser estudiado en las formaciones de periodismo, en particular por su rastreo de los reflejos de indiferencia inconsciente y por su explicitación de esa cualidad esencial al oficio, el "saber-recordar".

Los instrumentos de la investigación

Tres años después, bajo el choque de la crisis de 1968, Edgar Morin sistematiza esa reflexión metodológica sobre "la relación observador-observado". Confirmación del dialogismo moriniano entre acontecimiento y teorización, es en efecto de ese año que data la problematización más lograda del "método in vivo". Se trata de un documento de trabajo difundido en el Grupo de Sociología del Presente, que será retomado como epílogo de El rumor de Orleans (1969), luego en Sociología (1984). Esforzándose en definir las condiciones concretas de "una investigación que no cesa de ser investigadora", estos Principios de una sociología del presente se detienen en los "instrumentos", "técnicas" y "medios" de lo que Morin prefiere llamar… "investigación".

Bajo ese vocablo, hay que entender una investigación que, primero, pretende "favorecer la emergencia de los datos concretos y, en cuanto tal, debe ser bastante flexible para recoger documentos en bruto". Pero se trata también de una investigación que se deja sorprender por lo que encuentra, que piensa contra sí misma y contra sus presupuestos, que se verifica a la vez que se corrige y encuentra sus interpretaciones gracias a sus confrontaciones. A menudo llamado, en Francia, "de investigación", para marginalizarlo tanto como para mitificarlo, el periodismo en el que la búsqueda del hecho inédito precede a la elaboración de un comentario hallará, en estas sistematizaciones morinianas, con qué confortarse.

Ese periodismo no se sorprenderá de descubrir, en la reedición de Sociología en 1994 y como conclusión de la parte consagrada a la sociología del presente, un artículo del periodista Edgar Morin consagrado al caso de la sangre contaminada, aparecido en Le Monde en 1992. Se lee allí esto, eco de la soledad vivida o de la adversidad soportada por el periodista portador de "malas noticias": "Toda información que incomoda llega siempre con retraso a los sistemas de ideas o a los cuerpos constituidos, y, una vez llegada, las consecuencias que debería determinar se ven ellas mismas retrasadas."

Pero, de Max Weber a Robert Ezra Park, las diversas escuelas sociológicas de proximidad antes que de distancia con los medios no son la única referencia que evoca irresistiblemente el ejercicio periodístico asiduo de Edgar Morin. Hay otra, a la vez más lejana y muy próxima, que solo sorprenderá si se confunde al autor con su vulgata, su pensamiento móvil con su herencia inmóvil: Karl Marx. Y, aquí, la analogía introduce a una dimensión demasiado a menudo ignorada de la obra-vida moriniana: su parte política.

En Morin como en Marx, existe una imbricación casi existencial entre la elaboración obstinada de una teoría del mundo y el ejercicio obstinado de una práctica del acontecimiento.

En un tiempo en que el oficio no se había vuelto aún una profesión, Marx no cesó en efecto de ser periodista. En Prusia, el joven Marx hizo de él el territorio de sus primeras batallas políticas, ofreciendo un alegato idealista en defensa de la "prensa libre", ese "ojo en todas partes abierto del espíritu del pueblo", esa "encarnación de la confianza que un pueblo tiene en sí mismo".

Posteriormente, desde su exilio londinense, fue, para la prensa de los Estados Unidos, en particular el New York Tribune, un cronista regular de los acontecimientos británicos y mundiales, imbricándose unos y otros a menudo puesto que el corazón del capitalismo mundial latía entonces en Londres. Ese Marx era ciertamente periodista en el sentido en que lo entendemos ordinariamente, antes que editorialista: si expresaba un punto de vista, un análisis o una posición, se preocupaba por estar informado antes de buscar estar inspirado. Antes de comentar o, más bien, mientras comentaba, informaba a sus lectores.

Si las motivaciones materiales no fueron indiferentes a esa actividad remunerada, no se la sabría reducir a ello. Más esencialmente, el periodismo de Marx empalmaba con su procedimiento intelectual, sus compromisos y sus curiosidades. Los comentaristas que, por ejemplo, concluyen demasiado rápido que no hay verdadera teoría del Estado o de lo político en toda su obra ignoran extrañamente la extrema riqueza y la gran coherencia de sus artículos sobre Francia donde se elabora el concepto de bonapartismo, infinitamente más rico y complejo de lo que generalmente se entiende, introduciendo a un pensamiento nuevo de la pareja anudada por la sociedad y el Estado.

De hecho, en Morin como en Marx, existe una imbricación casi existencial entre la elaboración obstinada de una teoría del mundo y el ejercicio obstinado de una práctica del acontecimiento. Marx afronta los acontecimientos a la vez que erige El Capital, ese libro sin fin, del mismo modo que Morin construye El método sin renunciar jamás a las convocatorias del presente, durante los casi treinta años que ella lo habrá ocupado.

"Evitar el sucedáneo, lo prefabricado, el espejismo"

Sin duda audaz, la comparación está a la medida de las ambiciones fundadoras de las dos obras. El mismo desafío prometeico las vincula: aprehender la totalidad del presente, pensar global y mundial, al riesgo del todo y de lo general, salir de lo parcelario y de lo compartimentado, no vacilar en hacer sistema a la vez que se rehúsa el cierre sistémico. Y ese desafío es por esencia político, como subrayó de entrada Cornelius Castoriadis con motivo de la aparición del primer tomo de El método: "El trabajo de Morin ayuda a liberar el pensamiento y la voluntad políticos." En cierto modo, la apuesta es aún más arriesgada para Morin, testigo de un mundo huérfano de las vastas utopías, que para Marx, llevado por un optimismo progresista que el totalitarismo no había desencantado todavía.

Ahora bien, es justamente esa antorcha la que Morin se niega a abandonar, ligando indisolublemente el esfuerzo de teorización y el interés por el acontecimiento. "La atención prestada al fenómeno, al acontecimiento, a la crisis —escribe en 1968— conduce, no hacia el debilitamiento, sino hacia el reforzamiento de la exigencia teórica." Sigue, tan lógica como inmediatamente, una referencia al marxismo "que se quiere teoría general, apta para aprehender el acontecimiento significativo para enriquecer y verificar la teoría, como fue el caso en El 18 Brumario de Luis Bonaparte".

En el fondo, Edgar Morin, en sus artículos como en sus libros, permaneció fiel al compromiso formulado en pleno corazón del proyecto intelectual que fue Arguments. Fechado en el cuarto trimestre de 1959, el decimosexto número de la revista se abre con una contribución de su director-gerente titulada "¿Qué hacer?". Tras haber recordado que no pretendía "fundar una escuela, una secta, una familia espiritual" y que prefería "un grupo de camaradas, libres de entrecriticarse", Edgar Morin afirma esto, que es lo esencial: "No por ello nos situamos en el plano del escepticismo universal, del eclecticismo universitario. Por mi parte, creo en los grandes sistemas, en la gran construcción teórica y práctica que abarca los problemas de la naturaleza y del hombre, del conocimiento y de la acción. Pero una experiencia común nos ha hecho comprender que el último Gran Sistema —el marxismo— está hoy fosilizado, es insuficiente. Debemos contribuir a la elaboración de un nuevo sistema, pero nos hace falta trabajar largamente. Y durante la transición, que podrá ser muy larga, o quizá no desemboque en nada, nos hace falta evitar el sucedáneo, lo prefabricado, el espejismo."

En esta empresa de superación del marxismo, no como cuerpo de doctrina del que, poco más o menos, el morinismo sería el heredero, sino como promesa de una inteligibilidad global, la garantía de no extraviarse por concesión a las ilusiones reposa, una vez más, en una incesante confrontación con la actualidad inmediata, dicho de otro modo, por seguir en el vocabulario marxizante, en una praxis del acontecimiento. Excluyendo la torre de marfil, la refundación intelectual supone una apetencia por el presente. De hecho, en una entrega posterior de Arguments que tiene en su sumario un dossier sobre los intelectuales, Morin tira del hilo ya tejido por Marx: "La obsesión de Marx es desinsularizar la inteligencia. Es la obsesión de la praxis, intercambios ininterrumpidos entre la teoría y la práctica, donde se forja el hombre total, que ya no es un intelectual sino que es el artífice de su propia historia…"

Sin partido, Morin no por ello dejó de estar habitado por la política —una dimensión de su obra demasiado poco subrayada y comentada—.

La comparación tiene evidentemente sus límites, subrayados por las diferencias contextuales. En 1864, Marx participa en la fundación, en Londres, de la Asociación Internacional de los Trabajadores, la Primera Internacional, cuando, a la misma edad, Morin ha roto desde hace tiempo con el militantismo y ya ha dado cuenta, con la imperecedera Autocrítica (1959), de su expulsión del Partido Comunista. Pero aquello de lo que, posteriormente, da testimonio precisamente Morin es que la política no se reduce a la adhesión y, mejor aún, que hay que arriesgarse a repensarla y a refundarla desde fuera de sus círculos profesionales.

Definitivamente sin partido desde el año de sus 30 años, Morin no por ello dejó de estar habitado por la política —una dimensión de su obra demasiado poco subrayada y comentada—. Así, en Mis demonios, ensayo de autobiografía y de autoanálisis intelectuales entre confesión y alegato, es a su propósito que reivindica dos palabras que, espontáneamente, se lo imaginaría más bien manteniendo con desconfianza, "pasión" y "misión". "Pasión política" por los acontecimientos históricos, "misión intelectual" de restituir su complejidad.

Detallando "esa misión, cuya polivalencia se ha ido desprendiendo cada vez mejor ante mis ojos", plantea primero su "conciencia de que el intelectual es actor, más allá de la alternativa entre el compromiso y la torre de marfil, en el juego de la verdad y del error, que está en el centro del juego de la historia humana". Así, el Morin periodista se inventará una fidelidad infiel al Morin militante, es decir, al Morin convertido en comunista por ideal en resistencia, y luego habiendo resistido por ideal al comunismo: no renunciar a la esperanza, no caer en el error. En adelante habitado por "la obsesión permanente del problema del error", siendo el más extendido el error ideológico, reivindica "la movilización de todas las cualidades intelectuales en las actividades políticas", rehusando que se reserve "la parte más oscura, infantil, incontrolada de uno mismo a la política".

Esta búsqueda de una problematización de los acontecimientos que se esfuerza en elevar su comprensión, de preferencia a su crítica "que selecciona arbitrariamente sus blancos y no sabe criticarse a sí misma", funda la originalidad de sus artículos. Reivindicando "la salvaguarda de la ética del debate por oposición a la del rechazo", prefiriendo la explicación a la imprecación, Morin se niega a denunciar si no sabe enunciar. Con todo, y ese es todo el talento del periodismo moriniano, esa puesta a distancia de los reflejos sectarios —de denuncia, de condena, de exclusión— no significa la neutralización del acontecimiento, su embalsamamiento bajo una comprensión que agotaría su subversión.

Lo improbable, lo inesperado y la incertidumbre

Los ataques, tan injustos como hirientes, que le valieron sus reflexiones sobre Israel y Palestina y su compromiso constante junto al pueblo palestino lo han mostrado paradójicamente. Problematizar, comprender, contextualizar: estas simples exigencias intelectuales incomodan en profundidad las certezas de quienes prefieren simplificar —en el modo binario—, tranquilizar —en el registro identitario—, o elegir —según los reflejos partidistas—. Al final de Mis demonios, Morin les había respondido por anticipado, sin excluirse él mismo de la advertencia: "Sé que puedo ilusionarme sobre la ilusión, equivocarme sobre el error, histerizar sobre la histeria, tratar mal la complejidad, por eso creo tanto más en la necesidad imperiosa de una conciencia que nos permita resistir en todo tiempo y sobre todos los terrenos a todas las fuerzas mentales, ideológicas, culturales, históricas que suscitan las innumerables formas de error. Y, de forma inseparable, creo en la necesidad del repensamiento político."

De ese esfuerzo por repensar la política, el periodismo es pues, en Morin, el instrumento privilegiado. Ciertamente, como se ha visto, porque, desde un punto de vista práctico, su materia prima es el acontecimiento, la sorpresa, el azar, lo inédito, lo imprevisto, el accidente, la crisis, etc. Pero también, desde un punto de vista teórico, porque la cuestión de la verdad, y por tanto del error, está en el corazón de su legitimidad democrática como de su definición ética. Y, por consiguiente, de su riesgo. A lo largo de su producción periodística, Edgar Morin hace así vivir ese "principio de incertidumbre" que está en el corazón de su pensamiento político y de su dimensión moral.

Edgar Morin: “Falta un pensamiento que diga adónde dirigirse”

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"Al mismo tiempo que abandoné el mesianismo —escribe en Mis demonios—, hice en sentido inverso una crítica realista del realismo y de sus fallas, de modo de no confundirlo con la aceptación del hecho consumado, y de abrirlo no solo sobre el advenimiento de lo posible, sino también sobre el de lo improbable y de lo inesperado. Al introducir lo improbable y lo inesperado en el realismo, introduje en él un principio de incertidumbre."

Improbable, inesperado, incertidumbre: otras tantas palabras que, igualmente, recubren las libertades y las restricciones, las apuestas y los riesgos, los entusiasmos y las decepciones de ese oficio inclasificable, el periodismo. Su tragedia también. "Nuestro papel, hoy, es anunciar que no hay buena noticia", escribía en 1959 el Morin de Arguments, invitando a los intelectuales a volver a ser los "disonantes" de su época.

En todo tiempo, en todo lugar, un periodista digno de ese nombre podría decir lo mismo.

"El camino hacia el futuro pasa por el retorno a las fuentes", había anotado Edgar Morin en los "Mementos" que concluyen sus Lecciones de un siglo de vida, aparecidas en 2021, el año en que cumplió 100 años. Elogiado por el ministro de Educación, Jean-Michel Blanquer, celebrado por Emmanuel Macron en el palacio del Elíseo, nombrado gran cruz de la Legión de Honor, Edgar Morin fue entonces erigido en estatua como sabio consensual, hasta el punto de que Mediapart, cuya aventura él había apoyado, se alarmó por un "secuestro de centenario".

Caja negra

Este artículo retoma parcialmente mi contribución a un número de la revista Communications (2008/1, n.º 82): "Frente a la Esfinge: Edgar Morin y el periodismo".

Edgar Morin apoyó y acompañó a Mediapart desde sus inicios. Intervino con frecuencia en nuestras páginas, en nuestros eventos y en nuestros programas, especialmente en 2011 («Edgar Morin muestra el camino», «De Túnez a El Cairo y hasta París: en directo desde el Teatro de la Colline», «Stéphane Hessel y Edgar Morin lanzan el llamamiento de la esperanza»), en 2013 («La alarma de Edgar Morin» y «Edgar Morin por la libertad de información») y en 2015 («En directo desde Mediapart: la República, el islam y la laicidad»).

También pueden encontrarse algunas de sus contribuciones en su blog dentro del Club de Mediapart.

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