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Educadores de la ONU narran el horror de los niños refugiados en el campo de Moira

Migrantes durmiendo al raso en Moria.
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En la mañana del 18 de noviembre de 2018, en la isla de Lesbos, Grecia, hace frío. Moria, el enorme campamento de refugiados y sus casi 5.000 recién llegados, se despierta con los pies en el barro, en tiendas de campaña en las que filtra el agua de la lluvia. Fanis (nombre supuesto), educador de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), dependiente de la ONU, entra en la “zona segura”, el espacio alambrado reservado a los menores no acompañados. El trabajador social empuja la puerta del almacén y descubre una rata muerta en una caja de mandarinas. No es la primera vez que la miseria se cuela en los grandes contenedores que se utilizan como alojamientos, pero el profesional insiste en anotar la misma frase en el cuaderno de bitácora: “Grave problema con las ratas y peligro de transmisión de enfermedades a los beneficiarios y al personal”.

No será el único signo de miseria que vea Fanis. Por la noche, las fuertes lluvias inundaron la sala donde se encuentran el frigorífico y la calefacción. De modo que el educador vuelve a coger la pluma para aconsejar a sus colegas que lleven “botas altas de plástico” para evitar la electrocución. Peor aún, el contenedor número 5, donde duermen algunos de los niños, también está encharcado. Los pequeños están en peligro de muerte: “Riesgo de electrocución”, señala de nuevo el trabajador social, antes de volver a cerrar el grueso diario.

Antes del incendio del 8 de septiembre de 2020 que lo arrasó todo, Moria era considerado por las ONG como el “peor” campamento de refugiados de Europa. En el momento en que se declararon las llamas, 12.500 personas permanecían hacinadas en la suciedad y la miseria de un campamento con capacidad para 3.100. Entre ellos había entre 300 y 600 menores no acompañados, que vivían en la “zona segura”, un espacio donde se les encerraba por la noche para su protección.

La OIM, organización dependiente de Naciones Unidas, encargada de promover la migración “ordenada” pero más conocida por organizar el retorno a los países de origen de los migrantes, fue elegida para coordinar este espacio sensible. Su misión era acompañar a los jóvenes, que esperaban durante meses antes de ser trasladados a la Grecia continental o a los países de la UE.

Por ello, la OIM había contratado a educadores, psicólogos, abogados, enfermeras e intérpretes, asegura, para “cubrir todas las necesidades de los niños”. A saber, Fanis y sus colegas, los autores del documento que encontramos en las cenizas de Moria.

Todo sucede una semana después del incendio, el 16 de septiembre de 2020. El mar de tiendas multicolor ha mutado en una explanada de hollín hasta donde alcanza la vista. Estructuras de tiendas calcinadas, juguetes rotos, utensilios de cocina repartidos en una tierra ahora pelada y desierta. La encontramos allí, en un lugar llamado “la jungla”, en el suelo, entre dos envases de arroz con el logotipo de la UE. El manuscrito sobrevivió a las llamas y a los saqueos, que no la juzgaron de interés.

“Zona segura”, se puede leer en la portada. En la primera página, la clave de la WiFi reservada a los empleados de la OIM. Después, página tras páginas, en un griego disciplinado, los trabajadores del organismo anotaron escrupulosamente todos los sucesos ocurridos durante sus respectivos turnos de guardia. Del número de cruasanes, a los litros de zumo consumidos por los “beneficiarios”, pasando por los tratamientos médicos ingeridos. También las disputas, las fugas, los peligros que se corrían y las violencias que sufrieron los residentes más vulnerables de Moria.

El documento manuscrito, de 190 páginas, abarca un periodo de aproximadamente seis meses, de noviembre de 2018 a mayo de 2019. El día de la última anotación, el 8 de mayo, Moria ya excedía en 2.000 residentes su capacidad. Pero se trataba solo el comienzo de la escalada. A finales de año, llegaba la explosión, el número de personas prácticamente se cuadruplicó (19.256 en enero de 2020). Al leer el cuaderno uno se pregunta cómo la situación pudo empeorar más si cabe.

Noche negra

Página tras página, se percibe que los cortes de electricidad –causados sobre todo por las lluvias– representan un problema mayor para la pequeña comunidad. Esas interrupciones, que pueden durar varios días, impiden al personal vigilar las entradas y las salidas. Una catástrofe para la seguridad de los niños que deben estar a salvo de agresiones. El 24 de noviembre de 2018, después de varios días sin corriente, desesperados, Fanias y sus colegas Giannis y Maria (nombres supuestos) reabren el libro de registro:

“La inercia de las personas encargadas del mantenimiento hace que una vez más nos veamos privados de electricidad, hasta el punto de no tener ni una sola luz ni dentro ni fuera de la zona segura. Todos los días o casi nos vemos obligados a llevar linternas de nuestra casa para tratar de ver, en la oscuridad más absoluta, quién salta las alambreras de espino. Para entrar o para salir. Estas condiciones de vida ¡son inaceptables! A pesar de las reiteradas denuncias de los trabajadores sociales, la situación no parece ir a mejor”.

Extracto: "El contenedor Nº. 8 está inundado. Se filtra agua al interior y en muchos lugares. Sería bueno que los beneficiarios fueran trasladados a otros contenedores hasta que mejore el tiempo. Peligro de electrocución. El fenómeno también se ha observado en otros contenedores, pero en menor escala".

Una triste nota de Navidad

“¡FELIZ NAVIDAD!”. Para marcar una fecha así, el educador de guardia dibujó unas bonitas letras en la parte superior de la página para el 25 de diciembre de 2018. Pero nada es alegre nunca en Moria. S., una adolescente, acaba de hacerle llegar un papel a la asistente social: el nombre de su agresor. Los educadores copian la información con un lápiz, entre otras notas en bolígrafo azul: “La golpeó fuera de la zona segura cuando estaba borracho”, puede leerse. “Llamamos a la Policía, el agente envió una patrulla a pie. Veamos qué pasa”. El tono de resignación empleado por Fannis y su colega parece indicar que no se hacen ilusiones.

La página del 25 de diciembre de 2018.

Los trabajadores sociales informan de que un hombre se ha quejado de S. antes. Horas antes, este último se presentó a la entrada. De forma escandalosa, había acusado a S. de robarle dinero. Aseguraba que ya le había dado en varias ocasiones “a cambio de cosas que no se pueden describir”. Los empleados de la OIM le habían pedido que se fuera, le dijeron que si alguien le había robado dinero, debía denunciar a la Policía y que aquí no había lugar para la violencia. “El hombre se fue satisfecho...”, señaló el personal de guardia.

Preguntada por el seguimiento que se dio a este caso, la OIM nos ha ofrecido la siguiente respuesta genérica: “Se ofreció apoyo psicológico a los niños, con el fin de prevenir o resolver cualquier conflicto emergente”. La explotación sexual es sólo uno de los muchos peligros a los que se enfrentan los menores al otro lado del alambre. El abuso del alcohol y las drogas y las peleas también son comunes entre los adolescentes de Moria.

Drogas, alcohol, peleas

En la noche del 4 de abril de 2019, N., un menor varón, “volvió a inhalar líquido utilizado para rellenar los encendedores”. De repente, el adolescente empezó a tirar piedras, rompiendo varias ventanas. “Los policías llegaron enseguida, pero N. saltó la alambrera y huyó”.

Como N., leemos que muchos jóvenes entran en la zona segura borrachos o drogados, a veces durante días. En algunos casos, ocasionan altercados con otros “beneficiarios” o con los trabajadores sociales. A veces, los educadores de la OIM parecen abrumados por la situación y solicitan la intervención de la Policía del campamento.

“Fuck Moria!”Fuck

“¡¡¡Todavía estamos vivos!!! ”, concluye una nota escrita en la noche del 6 de diciembre de 2018. “Q., H. y A. llegaron a casa probablemente borrachos (tal vez incluso drogados). Nos insultaron diciendo: Joderos! Fuck la Policía! Fuck Moria” etc.”

Q., uno de los adolescentes, explotó en pleno vuelo. Mientras gritaba: “¡Qué bien sienta estar loco!”; rompió 13 ventanas y “ciertamente tres o cuatro armarios y los cubos de basura”. La Policía llegó finalmente, pero después de intentar calmar a los jóvenes durante cuarenta minutos, los llevaron a la comisaría.

Cuando los menores no atacan a los trabajadores sociales, se pelean entre ellos. Peleas recurrentes que aparecen casi a diario en las páginas del cuaderno de bitácora. Aquí, una pelea entre tres adolescentes que terminan en el médico (26 de noviembre de 2018), allí, dos hermanos que atacan a un joven con palos (2 de diciembre de 2018).

Extracto: "Tras el suceso de ayer entre afganos y egipcios, se pudo observar una tensión constante y una competitividad creciente entre ellos. [...] El incidente no se ha superado y tengo miedo de una escalada durante la noche. Le pido encarecidamente que encuentre una solución al problema constante de la falta de luces en la ZS [zona segura], porque en caso de escalada de tensiones, no serán posible la intervención ni la protección del resto de los beneficiarios".

Y cuando ya no pueden exteriorizarlo, los niños dirigen la violencia contra ellos mismos. Un mes y medio antes de deslizar el nombre de su atacante en un papel, S. se había cortado las venas con una navaja en las duchas de las chicas (6 de noviembre de 2018). Por su gesto, ¿la joven quiso alertar a sus educadores? ¿Castigar el cuerpo que estaba prostituyendo? “La herida es profunda”, se lee en el libro. “La llevaron al médico”. Las páginas van pasando y arrastran cada vez más desdichas; el 8 de marzo de 2019, otra menor, A., “también se corta las venas con una cuchilla, la conducen al hospital de la zona, pero la mayor parte del tiempo es el médico militar del campamento quien debe acudir al rescate para tratar a los niños de Moria.

Así, la noche del 1 de diciembre de 2018, un bebé que vivía con su madre adolescente en la sección de chicas fue llevado al médico militar. “Nos dijo que no era especialista en bebés y que alguien debería auscultarlo mañana”, escribió el trabajador de guardia; añade que el bebé podría tener varicela. Esa noche, no hay electricidad en los contenedores, por lo que el bebé enfermo tiene que pasar la noche glacial sin tratamiento ni calor.

Extracto: "Durante toda la noche, S. y H. se quedaron con nosotros en la sala de la OIM. El bebé [se refieren a H.] tenía frío y lloraba y debe de estar algo enfermo. El médico militar al que lo llevamos dijo que no tenía experiencia con bebés y que alguien debería verlo mañana.[...] Ahora hay un gran problema con el frío. El bebé podría tener varicela. Debe verlo un médico".

“Seguiremos trabajando en condiciones inéditas e inaceptables”

Este mes de diciembre parece particularmente difícil para Fannis y sus colegas. Una semana después del episodio del bebé, el día 7, el educador se toma el tiempo de escribir dos largas notas que suenan como advertencias a sus superiores.

Se refiere a nuevos altercados entre jóvenes que llevaron a la intervención de la Policía la noche anterior: “La inacción en la gestión y supervisión de la sección es ahora evidente, a pesar de nuestras constantes quejas e informes. No obstante, seguiremos informando y trabajando en estas condiciones inéditas e inaceptables, pero todos esperamos que no se produzcan más incidentes graves para los beneficiarios y los colegas”.

Fannis teme nuevas peleas con la llegada de diez menores afganos a la zona de seguridad: “Los viejos sienten que tienen que demostrar algo y los recién llegados piensan que tienen que hacerse un sitio en esta nueva sociedad. Los traslados de los beneficiarios deben realizarse progresivamente”.

¿La dirección de la OIM sólo lee las notas del personal? Lo mismo da, el educador desgrana incansablemente las mismas advertencias: “Es problemático, cuanto menos, ver a madres jóvenes con bebés, niños no acompañados, codearse y convivir en el mismo lugar durante meses y meses con delincuentes experimentados, personas con cuchillos o armas improvisadas. La razón de ser y el papel de la zona de seguridad deben ser redefinidos y este debate debe producirse sin más demora”.

El libro de registro no refleja respuesta ninguna por parte de los superiores jerárquicos del personal del campamento. En su respuesta escrita, la OIM afirma haber trabajado en “estrecha coordinación y bajo el asesoramiento del Reception and Identification Center”, que está bajo la autoridad de las autoridades griegas (que no han respondido a nuestras preguntas).

Tres meses después de la última entrada que figura en el cuaderno, el drama que tanto temía Fannis finalmente ocurrió: un chico afgano de 15 años fue apuñalado hasta morir en la zona de seguridad. Fue necesario esperar año y medio para que la zona segura fuera cerrada definitivamente, arrasada por el fuego con el resto del campamento. Los 400 menores que vivían allí fueron repartidos en los diez países europeos que finalmente terminó por aceptarlos. A finales de octubre de 2020, según el Acnur, Francia había aceptado 49 menores no acompañados de Grecia. Sólo dos de ellos no subieron al avión, se trata de los dos menores sospechosos de incendiar el campamento.

Epílogo

Al cierre de este artículo, la historia de los niños de Moria no ha terminado de escribirse. Desde el incendio, han llegado a Lesbos nuevos adolescentes. Un nuevo campamento, Moria 2.0, se ha montado a toda prisa. Los nuevos “beneficiarios” reciben alimentos sólo una vez al día y no hay duchas. Según nuestras informaciones, los niños ahora se lavan con las olas del Mar Mediterráneo. A día de hoy, en Lesbos, ya no hay ni siquiera zona segura.

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

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