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Los extraños viajes del señor Kushner

Jared Kushner, detrás de su suegro, Donald Trump.

Thomas Cantaloube (Mediapart)

En la familia Trump, el miembro del que más se espera es, sin duda alguna, el yerno del presidente: Jared Kushner. Desde el comienzo de la administración del supermillonario, le ha sido confiada la responsabilidad de instaurar la paz entre israelíes y palestinos en Oriente Próximo, “el acuerdo del siglo”, según su suegro. Desgraciadamente, lo que habría sido un asunto de varios meses se alarga sin embargo hasta el punto de que el famoso plan Kushner, tan alabado y regularmente anunciado y postergado desde hace dos años, se ha convertido en imaginario. Ahora, el nuevo plazo prometido es “después del 9 de abril de 2019”, fecha de las elecciones generales israelíes. La Casa Blanca, en efecto, no desea contaminar la campaña electoral de su amigo Benjamin Netanyahu, que tiene ya bastantes problemas, con un asunto polémico añadido.

Esto no ha impedido a Jared Kushner, flanqueado por el abogado y emisario de Trump, Jason Greenblatt, efectuar una gira por Oriente Próximo a finales de febrero de 2019 para tratar de embarcar a dirigentes de los países del Golfo Pérsico y Turquía en un plan de paz, según algunas filtraciones, muy favorable a los intereses de Tel Aviv, en detrimento de los de los palestinos. El yerno del presidente de EEUU se ha reunido, entre otros y por primera vez desde el asesinato de Jamal Khashoggi en octubre de 2018, con el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán. Porque hay además otro asunto sobre el que la Administración Trump quisiera ver avances: la venta de centrales nucleares a Riad. Los dos asuntos son parte integrante del mismo proceso consistente en transformar las viejas alianzas en Oriente Próximo.

Con ocasión de esta gira que le ha llevado a Ankara, los Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Oman y Riad, Jared Kushner ha dado una exclusiva sobre su plan de paz a la televisión panárabe Sky News Arabia. No ha revelado nada impactante, ciñéndose a repetir lo que ya había dicho anteriormente, es decir, que los Estados Unidos desean reunificar Gaza y Cisjordania en una gobernanza palestina unificada y que las inversiones económicas serán la clave del éxito.

Según la prensa americana, Washington ofrecería a los palestinos 25.000 millones de dólares en inversiones a diez años, y 40.000 millones de dólares a Egipto, Jordania y tal vez Líbano. La idea nortemericana es que los Estados de la región paguen esas cantidades, en especial las potencias petrolíferas del Golfo. Pero, a sabiendas de que Estados Unidos no ha dicho si participarán ellos mismos en esa financiación, la mayor parte de los especialistas lo ven como un dulce sueño. “Dudo seriamente de que los Estados del Golfo, incluso bajo presión americana, desembolsen tanto dinero si Washington no se rasca también el bolsillo”, estima un diplomático francés destinado en la región. “Sobre todo si los palestinos no consiguen un Estado más o menos basado en las fronteras de 1967”, añade.

Las cuestiones espinosas

Según la agencia Reuters, el plan presentado por Kushner y Greenblatt a Turquía y a las monarquías del Golfo no incluía nada sobre el estatuto de Jerusalén, sobre las colonias israelíes en los territorios ocupados o sobre el derecho al regreso de los refugiados palestinos. Es decir, la mayor parte de las cuestiones espinosas que torpedean todas las negociaciones desde hace un cuarto de siglo y que son particularmente sensibles en los países árabes.

Por añadidura, en la entrevista con Sky News Arabia, Jared Kushner hizo una referencia poco clara al “objetivo de resolver la cuestión de las fronteras, que consiste en eliminarlas. Si eliminamos las fronteras y conseguimos la paz y menos miedo al terrorismo, entonces tendremos un flujo más libre de bienes y personas y crearemos más perspectivas”. Nadie entendió verdaderamente a qué se refería pero la eliminación de las fronteras consistente en vincular los territorios palestinos a Jordania o a fusionarlos con Israel, dos viejas ideas que surgen regularmente, contarán con toda seguridad con la oposición de los países árabes.

“Más allá de su plan israelo-palestino, el viaje de Kushner pretendía adelantar la idea de que es hora de establecer nuevas alianzas en Oriente Próximo”, opina el diplomático francés. “Es toda la ambición de esta Administración: montar un frente común contra Irán acercando Israel a los países árabes, en particular Riad. Este era ya el objetivo de la conferencia de Varsovia (13-14 de febrero de 2019). Pero para llegar a eso hay que resolver la cuestión palestina”.

Hasta que ha sido corregido por su padre, el rey Salmán de Arabia Saudí, que mide sin duda mejor que su hijo el peso del problema palestino en los países musulmanes, Mohamed bin Salmán (apodado MBS) era el mejor aliado de Kushner en este asunto. Lo que no impide que los dos hombres persigan siempre el mismo objetivo, que es el mismo que el de los recién llegados a la diplomacia americana: el secretario de Estado, Mike Pompeo, y el consejero nacional de Seguridad, John Bolton. A partir de ahora existe un alineamiento ideológico entre los miembros del Ejecutivo encargados de Oriente Próximo en Washington.  Y no desean incomodarse con falsos pudores en su relación con MBS a pesar del aventurerismo apenas coronado de éxito de este último (Yemen, secuestro del primer ministro libanés, asunto Khashoggi, reformas económicas...).

Jared Kushner no había anunciado al comienzo de su periplo su encuentro con el sulfuroso príncipe heredero saudí pero aún así se entrevisto con él. Porque, además del asunto israelo-palestino, existe al menos otro que acerca a Washington y Riad en este momento: el asunto nuclear civil y, potencialmente, militar.

En 2011, Arabia Saudí había anunciado con gran pompa su ambición de dotarse de dieciséis reactores nucleares para producir electricidad con un gasto total de 80.000 millones de dólares. Desde entonces, estas ambiciones han sido revisadas a la baja y afectarían sólo a dos centrales. Si sigue pensando al menos que existe una competencia salvaje para conseguir estos acuerdos. Varios países (e industrias) pueden contribuir a ello: Estados Unidos, Rusia, Francia, China, Corea del Sur e India.

Los Estados Unidos han decidido relajar las condiciones de exportación de lo nuclear.

En un asunto sobre el que la Administración Trump se ha movilizado desde el principio, y no solamente por la potencial creación de empleo y las exportaciones made in USA prometidas por el candidato Donald Trump. Un informe reciente del Congreso americano incluye informaciones de un denunciante según las cuales el efímero consejero de Seguridad Nacional Michael Flynn había presentado, a principios de 2017, el plan del consorcio americano llamado IP3 con el propósito de proveer a Riad de equipos nucleares.

No solamente Flynn había sido consejero del IP3 en el mes anterior a su nombramiento, y no solamente este proyecto habría necesitado una alianza con Rusia y por consiguiente el levantamiento de parte de las sanciones contra este país, sino que el plan preveía también eludir las restricciones existentes en materia de transferencia de tecnología nuclear. Parecería que han sonado suficientes alarmas en su momento para que esta idea sea descartada. Sin embargo, representantes del IP3 se han reunido de nuevo, a mediados de febrero de 2019, con Donald Trump en la Casa Blanca.

Además de este dudoso cabildeo, el columnista de TheNew York Times Nicholas Kristof ha levantado otra liebre. La industria americana más susceptible de ayudar a los saudíes en la construcción de una central atómica es Westinghouse Electric Company. Propiedad de Toshiba hasta 2017, ahora está en manos de Brooksfield Asset Management, una sociedad de gestión de activos. Ahora bien, Brookfield es el inversor que ha salvado de la bancarrota a una sociedad inmobiliaria al aceptar un contrato de alquiler de 99 años por un valor de 1.100 millones de dólares por un edificio de la Quinta Avenida de Nueva York que desde hace años nadie quería. Una sociedad inmobiliaria que no es otra que la de la familia Kushner, gestionada por Jared.

A la pregunta de si Jared Kushner ha hablado de venta de tecnología nuclear en su reunión con MBS, la Casa Blanca no ha querido responder, precisando que “no comentan las conversaciones diplomáticas de sus emisarios”. Parece sin embargo difícil imaginar que los dos principitos hayan evitado hablar del tema porque, al mismo tiempo, Estados Unidos se ha embarcado en lo que podría calificarse de relajación de las condiciones de exportación de su tecnología nuclear.

Según el experto en estas cuestiones, Benjamin Hautecouverture, de la Fundación para la Investigación Estratégica, “Estados Unidos dispone, con sus modelos de acuerdos de cooperación nuclear civil denominados 123, de un mecanismo muy restrictivo en materia de exportación de tecnologías, más restrictivo aún que el aplicado por la mayor parte de los otros países exportadores, con la finalidad de garantizar la no-proliferación.  Sin embargo, la Secretaría de Estado presentó el 26 de febrero pasado un nuevo enfoque, sensiblemente más flexible, basado en la negociación de memorándums de entendimiento con los países importadores. Sabiendo que la prioridad número uno de la Administración Trump es la de ayudar a la industria americana en sus negocios, esto no es nada sorprendente”.

Esta actitud no sería bastante preocupante por sí misma si no viniera acompañada de otras declaraciones procedentes de Arabia Saudí. Los saudíes, que poseen recursos de uranio, han declarado en varias ocasiones que desearían tener la posibilidad de producir por sí solos su carburante nuclear enriquecido y no tener que comprarlo a terceros. Porque lo único que separa un reactor atómico de una bomba atómica es el nivel de enriquecimiento del uranio.

Otra fuente de preocupación: en 2018, MBS advirtió de que “si Irán desarrolla una bomba nuclear nosotros les seguiremos el paso lo antes posible”. Incluso aunque este tipo de declaraciones hay que situarlas en el contexto de un duelo verbal permanente entre Riad y Teherán, no es nada tranquilizador. Como dijo el representante americano Ben Sherman sobre una posible transferencia de tecnología nuclear de los Estados Unidos a Arabia Saudí, en referencia a la herramienta que se utilizó para despedazar al opositor Jamal Khashoggi: “Un país a quien no puedes confiarle una sierra de carnicero no deberías confiarle dispositivos nucleares”.

Sin embargo, según Bruno Tertrais, de la Fundación para la Investigación Estratégica, “el riesgo nuclear saudí existe a muy muy largo plazo. Riad no hará nada si nada se mueve en el otro lado del Golfo, en Irán. Además, los saudíes piensan contar con un seguro complementario paquistaní”. El geopolitólogo se refiere a la vieja hipótesis de un acuerdo saudí-paquistaní que viene de la época en que Arabia Saudí participó en la financiación secreta del programa atómico de la “primera bomba sunita”, según el término empleado entonces por los paquistaníes.

Incluso aunque no hayan aparecido nunca pruebas de tal acuerdo, la mayor parte de los servicios secretos occidentales piensan que Islamabad se habría comprometido a proveer a Riad de su propio arsenal nuclear en caso de necesidad. El hecho de que Paquistán esté actualmente en una situación financiera catastrófica y que su primer ministro Imran Khan haya estado en Riad con ocasión del Davos del desierto, en octubre de 2018, cuando casi todo el mundo boicoteaba esta conferencia justo en medio del asunto Khashoggi, no hace más que reforzar esta sospecha.

Benjamin Hautecouverture cree que “la hipótesis paquistaní” es de momento improbable. “Pero –añade– considerando que los ideólogos de cabecera de Trump, como Pompeo o Bolton, quieren hacer todo lo posible para jugar a la contra de Irán y están dispuestos a barajar de nuevo las cartas en la región, no habría que excluir que Washington prevea el escenario de una Arabia Saudí como potencia nuclear”. Según él, si bien hay concomitancia entre el desarrollo nuclear civil en Arabia Saudí y la voluntad eventual de dotarse de la bomba atómica, a día de hoy los dos asuntos son sin embargo distintos.

No obstante, entre el fin de la guerra en Siria, la indecisión americana, el activismo impetuoso de MBS o el conflicto perpetuo entre duros y moderados en Irán, el contexto regional es cuando menos tenso, incluso sin añadir la cuestión nuclear. Benjamin Netanyahu, ahora debilitado y que podría no estar ahí después del 10 de abril, está preocupado por los proyectos de la Administración Trump sobre el principal afectado. Como única potencia nuclear en Oriente Próximo, regularmente amenazada por sus vecinos, Israel tiene cierto interés en limitar su proliferación.

Sin embargo, según Barak David, corresponsal diplomático de la cadena israelí Número 13, cuando Netanyahu hizo partícipe a Trump  y a sus consejeros de sus preocupaciones, le respondieron que si los Estados Unidos no vendieran reactores nucleares a los saudíes, serían los franceses o los rusos. Desde entonces, los israelíes se esfuerzan en presionar a Washington para conseguir un acuerdo de exportación dotado de un máximo de garantías, sobre todo en lo relativo a la posibilidad de que Riad proceda a su propio enriquecimiento de uranio.

Jared Kushner ha salido del mismo molde de agente inmobiliario que su suegro: para ellos, la política no es más que transacciones. En este juego hay muchas posibilidades de que el famoso plan de paz nazca muerto por no haber tenido en cuenta la historia y sus principios. Por el contrario, sobre la cuestión nuclear, si olvidamos estos dos últimos datos, concurren todas las posibilidades para llegar a un acuerdo que satisfaga tanto a los partidarios del business como a los halcones a favor de debilitar a Irán. _____________

  Traducción de Miguel López

Puedes leer el texto original en francés aquí:

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