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Enganchados al fentanilo: zombies por las calles del Bronx neoyorquino

Ilustración Justine Vernier para Mediapart.

Patricia Neves (Mediapart)

En Nueva York, dos vecinos están hablando sobre el gran paquete que están a punto de recibir. "Carlos, ¿quinientos o cuánto?", pregunta Saúl. "Lo que puedas, lo que puedas", responde Carlos. Los repartidores están de camino. "Me lo tienen que entregar aquí", le asegura Saúl. Pero algo saldría mal en la entrega. El paquete fue interceptado cuatro días después, el 8 de febrero de 2019 a las 5 de la mañana, en el aparcamiento de un discreto motel de Chicago, en el maletero de un SUV. El resto lo contará Darcel Clarkel, la fiscal del Bronx .

Veinte meses de investigación permitieron recuperar un cargamento de más de 23 kilos de fentanilo antes de que la droga, oculta en un compartimento secreto de un vehículo, pudiera llegar a Nueva York. Un joven de 32 años, conocido con el alias de Saúl, debía recibir la droga en el Bronx y vendérsela a Carlos Rodríguez, de 75 años. ¿De dónde viene el fentanilo? Del cártel de Sinaloa, dicen las autoridades.

Joaquín Guzmán, el famoso líder del cártel de Sinaloa, está a la espera de sentencia del tribunal federal de Brooklyn, no lejos de allí. Lleva varias semanas siendo juzgado por narcotráfico. El 12 de febrero de 2019, cuatro días después de la incautación de la partida de fentanilo, "El Chapo" Guzmán fue condenado a cadena perpetua no revisable. La cabeza del capo cayó pero, como demuestra la célula del Bronx, el negocio continúa.

"Los gobiernos pueden matarlos a todos hoy. Mañana aparecerán otros. Los beneficios que generan estas organizaciones criminales son increíbles", afirma a Mediapart el periodista mexicano Miguel Ángel Vega, que lleva varios años investigando al cártel de Sinaloa para el semanario Río Doce.

En los años 90, El Chapo ya tenía cuatro jets privados, residencias en todas las playas, una casa de 10 millones de dólares en Acapulco, en la costa del Pacífico, y un rancho en cada Estado mexicano. Tenía un yate y un zoo con tigres. "El problema", añade Miguel Ángel Vega, "no es sólo la oferta, el dinero de la droga, sino también la demanda. Es un problema de salud pública".

Cóctel mortal

El Bronx, donde vive una numerosa comunidad de inmigrantes latinos y afroamericanos, lleva años luchando en silencio contra la adicción de su población a los opiáceos, en particular la heroína, y a los opioides sintéticos. Aún hoy, en el verano de 2023, los adictos siguen drogándose en plena calle, en los alrededores del Hub, una de las principales arterias comerciales de los distritos del sur.

Sus siluetas esqueléticas, sus rostros hundidos con los dientes dañados, deambulan de tienda en tienda en busca de algunas monedas. Su deterioro es tal que algunos policías se refieren a veces a esas sombras como "walking dead”, muertos andantes.

Cuando Saúl y Carlos fueron detenidos, el número de sobredosis en el Bronx era mayor que en cualquier otra ciudad de Estados Unidos, con la excepción del Estado de Virginia Occidental. Las drogas son baratas aquí, a unos 10 dólares la bolsita. Jerlanne Rojas, una residente local de origen dominicano, era una de las que visitaba regularmente el Hub a finales de 2018 en busca de analgésicos.

 

Los pacientes tratados con analgésicos, que se habían vuelto adictos, no tenían más remedio que ir a buscar sus pastillas a la calle.

John Callery, ex agente especial de la DEA

En las redes sociales, Jerlanne cambió la fotografía de su perfil de Facebook por última vez en otoño. La foto, solo de su cara, muestra a la joven sin maquillaje, sonriente. Con la mano se despeja ligeramente la frente, dejando ver su larga melena color castaño. "Guapa", escribió uno de sus seguidores en los comentarios. Su cuerpo fue encontrado sin vida poco después. La autopsia reveló que había tomado un cóctel letal de Xanax, oxicodona, morfina y fentanilo pocas horas antes de su muerte.

"Los americanos tenemos una historia de amor con las píldoras milagrosas", dice el periodista Sam Quiñones. Porque "culturalmente, no estamos acostumbrados a regular a las grandes empresas", como la industria farmacéutica. Y añade: "No está en nuestro ADN. No hemos sabido decir no a los grandes conglomerados de poder y dinero". Por ejemplo, la familia Sackler, que a principios de la década de 2000 consiguió engañar a las autoridades inundando Estados Unidos de oxicodona, un opiáceo muy adictivo que se prescribe como analgésico.

Ante la explosión de las sobredosis (110.000 en 2022), las autoridades reaccionaron demasiado tarde. Cuando "se hizo muy difícil obtener la oxicodona de los médicos", explica John Callery, ex agente especial de la DEA, "los pacientes que recibían tratamiento con analgésicos se volvieron adictos y no tuvieron más remedio que salir a comprar sus pastillas en la calle". Los cárteles vieron en ello una oportunidad". "Los Chapitos", acusados de llevar las riendas del cártel de Sinaloa tras el encarcelamiento de su padre, lo vieron como una oportunidad.

Desde Culiacán, dictan las leyes del mercado: dicen a los traficantes "dónde vender su mercancía, a quién y a qué precio", explica un periodista mexicano de Sinaloa desde el anonimato. Llegado el caso, todos tienen que "conseguir la materia prima de Los Chapitos". Los que no obedezcan serán torturados.

 

El problema de Los Chapitos es mantener la producción a flote. "El cártel necesita gente que produzca. Pero no todo el mundo quiere sintetizar fentanilo", explica. La mezcla de precursores químicos, si no se maneja bien, puede resultar mortal, y ya han muerto varios "cocineros del cártel".

"Sólo se necesitan tres microgramos de fentanilo para fabricar una pastilla falsa de oxicodona. Tres microgramos equivalen a unos cinco granos de sal. Imagínense lo que producirían dos o tres kilos de fentanilo. Los traficantes nunca han ganado tanto dinero con tan poco", asegura John Callery.

El fentanilo, un opiáceo sintético con efectos analgésicos cincuenta veces más potentes que la heroína, está llamado a convertirse en la "peor pesadilla" de las autoridades sanitarias estadounidenses.

"Tengo un montón de la otra blanca"

En el Bronx, en una residencia pública de ancianos a pocas calles del Hub, un septuagenario parece muy ocupado en el quinto piso. A la entrada del edificio, viejecitos en silla de ruedas disfrutan de este suave finales de julio de 2023. "¿El dominicano? ¿El veterano? Ha muerto", confiesa uno de los ocupantes del edificio. Pero es imposible comprobarlo, ya que nadie responde al interfono ni al teléfono.

 

En 2018, en pleno apogeo de la célula, Carlos Rodríguez no se mostraba parco en palabras. "De esta no tengo ninguna. Pero de la otra blanca tengo un montón. [...] Mira, venga, así puedes recuperar el dinero. [...] Dame unas muestras a ver si a la gente le gusta [...] Las que me diste ayer estaban muy buenas, se vendieron enseguida", dice, todo contento.

En el expediente judicial, su edad se adivina por su firma. Un anciano de manos temblorosas. Contactados por Mediapart, en la fiscalía del Bronx no se mostraron sorprendidos por el perfil del viejo traficante callejero, un perfil no muy distinto al de Leo Sharp, la mula octogenaria del cártel de Sinaloa inmortalizado en el cine por el actor y director Clint Eastwood. "No es raro" ver a ancianos narcotraficantes procesados, según el expediente del caso.

Para entender cómo el anciano se ha metido en este lío, basta con comparar su dirección con la de Saúl, presunto punto de contacto del cártel de Sinaloa en el Bronx. En aquella época, Carlos y Saúl vivían prácticamente uno enfrente del otro. Desde hacía varios meses, Saúl estaba en contacto con un mexicano de unos cincuenta años. Un hombre de Sinaloa, del clan de Los Mochis.

Ese mexicano tiene un perfil ideal. Cuenta con un visado B-1, que le permite viajar a Estados Unidos de forma legal, pero en un radio no superior a 120 kilómetros de la frontera. Entre septiembre de 2018 y febrero de 2019, el contacto mexicano de Saúl realizará quince viajes de ida y vuelta entre Estados Unidos y México.

"Acertar con la dosis”

Mientras, en el Bronx, Jerlanne Rojas se hunde en sus "demonios". Su historia describe una trayectoria atípica de adicción. Una caída meteórica. Para la joven, todo comenzó con el insomnio tras una operación y la colocación de un anillo gástrico. Jerlanne lo contaba allá por 2014, en Facebook, en español. "No puedo dormir", escribía.

En Facebook, en casi todos sus selfies muestra su vientre plano o su cintura de avispa resaltada por vestidos de noche. La joven posa a menudo en la misma habitación, amueblada modestamente pero ordenada. Un largo espejo plateado con estampados, un sofá de cuero, un gran jarrón de flores artificiales y una mesita de cristal.

Durante su adolescencia, según cuentan sus allegados al New York Times, Jerlanne tenía sobrepeso y siempre estaba a dieta. La experiencia parece haberle pasado factura. "Hay que mantener la figura", volvió a escribir tras colocarse el anillo en 2014. En Facebook, habla de "su nueva adicción: los polos sin azúcar".

En la calle, donde acaba abasteciéndose a falta de recetas, "cuatro de cada diez pastillas siguen conteniendo demasiado fentanilo. Cuatro de cada diez te matarán si las tomas", advierte John Callery, ex agente de la DEA. En su opinión, "el principal objetivo" de los cárteles hoy en día "es acertar con la dosis". Jerlanne fue encontrada muerta en su casa del Bronx, dos meses antes de que Carlos y Saúl fueran detenidos.

Los miembros de la célula negaron inicialmente cualquier implicación ante los investigadores. “No iba a ninguna parte", dijeron, "si hubiera querido huir, nunca me habrían cogido porque el coche puede ir a 160 km/h. [...] Sólo iba a visitar a mi hijo", dijo en su defensa uno de los distribuidores de Chicago, según las transcripciones de la vista consultadas por Mediapart. Luego sus comentarios se volvieron más incoherentes: “Ese es mi tío. Vive en México y no habla inglés. Quiere hacer pis. ¿Estoy detenido? No llevo nada encima. Tengo un cuchillo. Hace frío aquí. Mi padre me pegaba y me fui de casa cuando tenía 14 años. Nací en El Salvador, vine a Los Ángeles cuando tenía 12 años".

Pero el intermediario mexicano de Sinaloa, en cambio, trata de engatusar a la policía. Dice que lleva una vida tranquila. “Soy agricultor. Tengo un rancho en las montañas, tengo vacas, caballos y mulas", dice. “Vengan a visitar el rancho. La próxima vez que vengan a México, si llaman a mi mujer, iremos a buscarlos, podrán pescar, montar a caballo o llevar las mulas a las montañas".

En el Bronx, el cuerpo de Jerlanne Rojas estaba tan descompuesto cuando fue descubierto que las autoridades aconsejaron a sus familiares que no abrieran la bolsa mortuoria. Quedaba muy poco de su casa. Todos los muebles y la decoración habían desaparecido. La adicción se lo había llevado todo, excepto los vestidos que, según los detectives, aún estaban en el piso.

“Sí, tenemos muchos drogadictos en Estados Unidos, pero cada año en México son asesinadas 30.000 personas, muchas de ellas como consecuencia del narcotráfico", matiza a Mediapart el antropólogo americano Howard Campbell. “La retórica de Estados Unidos se centra en cómo los mexicanos están invadiendo el país e importando las drogas que matan a los americanos. Sin embargo, en términos de dinámica global, Estados Unidos tiene la sartén por el mango". Y se benefician sobre todo de la venta de armas, que alimenta el narcotráfico en México.

En Nueva York, las sobredosis de opiáceos, tratadas ahora como homicidios, marcan el inicio de largas investigaciones. Algunas de esas investigaciones consiguen llegar más alto, identificando a las personas que están entre bastidores y, a veces, incluso yendo más allá, localizar a los banqueros que blanquean el dinero de la droga.

El barrio 'zombie' del fentanilo y nosotros

Los encargados de repatriar a México los cientos de millones de dólares del narcotráfico, en el compartimento secreto de sus vehículos, a veces hacen una parada por el camino, en Chinatown, y recurren a especialistas en blanqueo de dinero, financieros chinos...

 

Traducción de Miguel López

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