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Fordlandia, la utopía industrial del Amazonas

Fordlandia, la utopía industrial del Amazonas

Si existe una metáfora más perfecta del destino de los sueños del Amazonas, debe ser todavía más difícil de alcanzar que Fordlandia. Incluso en la era de internet y de los motores de embarcación –que se pueden comprar a plazos en las tiendas de electrodomésticos–, esta localidad brasileña aletargada a orillas del río Tapajos parece recrearse en otro mundo. Pese a todo, en otros tiempos se intentó convertir el lugar en uno de los pilares de la industria occidental, en una de esas manifestaciones de desmesura que generalmente terminan mal.

En Fordlandia, a día de hoy, hay dos ciudades en una. Aquélla en la que conviven los 2.000 lugareños, casuchas de madera, cuerdas de ropa y ciclomotores. Y la otra, desierta, que imaginó Henry Ford, el magnate estadounidense de la industria del automóvil de principios del siglo XX: vastos hangares, maquinaria abandonada, el hospital de ladrillos expuesto al viento, casas a la americanaa la americana junto a las aceras de cemento y la cisterna de agua, en la cima de la colina, que domina el paisaje, como una esfinge desolada.

Había que llamarse Henry Ford para tener una idea semejante, pero también para fracasar sin que nadie –o casi nadie– se diese cuenta y nutrir con ello las leyendas del Amazonas como otros nutren las flores a través de las raíces.

En los años 20, el boom del cauchoboom apenas era un lejano recuerdo en esta parte del Amazonas brasileño que tanto se había beneficiado de él a finales del siglo XIX. Manaos, el París de la jungla, sólo era un viejo juguete roto, lo mismo que el edificio de la ópera, donde en 1924 dejaron de escucharse las voces de los cantantes. La culpa fue de los británicos y de uno de los primeros actos de biopiratería del mundo. El hevea, ese árbol que produce una savia blanquecina que se puede transformar en una masa blanda y que rebota, conocido desde la época de los conquistadores españoles y portugueses, que veían a los indígenas jugar con pelotas de látex. Pero no se conoció su utilidad hasta la invención del proceso de vulcanización de Charles Goodyear en 1839, que permite transformar la savia del Hevea brasiliensis en el elemento esencial de la revolución industrial, el caucho.

Tal y como su propio nombre indica, este árbol era originario de Brasil, más concretamente del Amazonas. Los brasileños, asentados en una mina de oro, se beneficiaban de él y preservaban dicha riqueza controlando la exportación de los granos de hevea. Esta situación disgustaba notablemente a los británicos, que consiguieron, después de varias tentativas abortadas, organizar en 1876 el robo de 70.000 granos, con ayuda del explorador Henry Wickmam. Los Jardines Reales Botánicos los recuperaron, los replantaron y los trasplantaron en sus colonias asiáticas, sobre todo en Malasia y Sri Lanka, donde el árbol proliferó. El caucho asiático es de mejor calidad y más fácil de cultivar. En aquel momento, el maná de la Amazonia brasileña se viene abajo.

Pero al estadounidense Henry Ford, que a mediados de los años 20 ya había inventado el Ford T y el fordismo, no le gusta el control que los ingleses ejercían sobre este bien precioso, fundamental para los neumáticos de sus automóviles. El empresario decidió entonces volver al origen del caucho y establecer su propia plantación a orillas del Tapajos, donde el Gobierno brasileño le vendió de buen grado terrenos. Así las cosas, en 1928, desembarcaban los primeros pontones cargados de máquinas y de ingenieros americanos para fundar una ciudad que sólo podía llamarse Fordlandia, tierra de Ford.

Porque no se trataba solo de plantar árboles y de explotarlos, sino de llevar a cabo una “misión civilizadora”, parafraseando a un diplomático estadounidense de entonces, vinculado con el proyecto. Al cabo de dos años, de la selva surgió una ciudad con un hospital, una escuela, un aljibe, una sala de espectáculos, un generador eléctrico, farolas, edificios industriales, un barrio residencial para los jefes norteamericanos (con agua corriente), casitas para los obreros brasileños (con agua del pozo)… El alcohol y la prostitución estaban prohibidos, aunque los empleados sólo tenían que remar un poco para llegar a “la isla de la inocencia”, donde frecuentar bares y burdeles.

Todo podría haber ido de maravilla en esta franja tropical de Estados Unidos si… hubiese habido caucho.

Fordlandia sigue resonando en las cabezas

Hete aquí que, aunque parezca que en el Amazonas basta con extender la mano para recoger los frutos de la naturaleza, los ingenieros de Ford son incapaces de hacer crecer los árboles. El suelo y la exposición no son correctos (algo que la mayoría de los brasileños habían notado desde el principio, pero nadie les preguntó su opinión), una especie de mildiú y de saltamontes atacaron los brotes. Tal y como rememora hoy uno de los residentes de Fordlandia, en un viejo hangar, que recuerda extrañamente a las ruinas de Detroit, “los americanos plantaron filas de árboles de caucho para racionalizar la recogida del látex, pero la selva es un ecosistema. Los árboles se protegen y se alimentan los unos de los otros, son interdependientes. Si tratas de aislarlos en un campo, se secan”.

Los obreros tampoco apreciaron el american way of life que se les había impuesto: no les gustaban las hamburguesas que les servían en el bar, ni las frutas en conserva importadas en los barcos y aún menos la obligación de portar tarjetas identificativas en la camisa y trabajar a plena luz del día, cuando el sol de los Trópicos cae a plomo. Se rebelaron en varias ocasiones. Decididamente, el fordismo aplicado en la selva amazonica no funcionaba.fordismo

En 1936, se abandonó Fordlandia pero la Ford Motor Company no se rindió. Los norteamericanos se deslocalizan más abajo, dirigiéndose a la zona de Belterra, no lejos de la ciudad de Satareme, donde confluyen los ríos Tapajos y Amazonas. El terreno es más propicio al cultivo de hevea. Esta vez, son los botánicos quienes los tranquilizaron. Construyeron una nueva ciudad. El estallido del conflicto mundial y la necesidad del esfuerzo de guerra hizo crucial esta segunda intentona. Pero los alemanes, y más tarde rusos y americanos, desarrollaron el caucho sintético, acabando definitivamente con las ambiciones brasileñas de Henry Ford, que por aquel entonces se encontraba débil y que moriría en 1947... sin poner nunca los pies en la ciudad que lleva su nombre, ni en la que le sucedió.

Actualmente, las ruinas de Fordlandia sirven para verter escombros, las casas viejas de los ingenieros tienen nuevos habitantes y algunos edificios todavía abandonados sirven, cuando la lluvia cae de manera demasiado intensa, de refugio a las vacas, que pastan en libertad. Los exempleados de Ford, que percibieron una pensión hasta su fallecimiento, han dado paso a algunos funcionarios brasileños jubilados, llegados dispuestos a repoblar la localidad mientras pescan tranquilamente en las aguas del Tapajos. Ocasionalmente llegan turistas a visitar este testigo sin gloria de otros tiempos.

¿Otros tiempos? No está tan claro. Porque, si Fordlandia sigue presente, 90 años después de su fundación y de su abandono casi inmediato, es porque representa la metáfora perfecta de las ilusiones que todo el mundo tiene en el Amazonas. Fue Eldorado, fue la Cité Z, las innumerables fiebres del oro que siguen envenenando los sueños de la selva; a día de hoy, la deforestación, la agricultura intensiva de soja, las minas de bauxita o los sueños hidroeléctricos de construir 43 diques en el Tapajos. Recursos que explotar, tesoros fabulosos que descubrir… Enriquecerse, desarrollarse, aprovechar.

La ambición de Henry Ford tenía tanto de ingeniería medioambiental como de ingeniería social, pero al menos la industrial había comprado sus tierras y sus plantas de heveas y pagaba a sus empleados. Hoy a veces se tiene la impresión de que los tiempos del pillaje generalizado han vuelto.

De regreso a Santareme, Jean-Pierre Schwartz, guía pionero del ecoturismo en la región, de origen suizo y residente desde hace 30 años en la zona, avista un carguero que fondea en el puerto: “Los españoles no entendieron nada. Buscaron una ciudad de oro cuando tenían el Eldorado ante sus ojos: ¡es el agua, es el río! Hace unos años, cargueros que transportaban alimentos a Manaos, Belém o Santareme, tras descargar, cargaban su lastre con agua del Amazonas y regresaban a Oriente Medio para venderla. Simplemente la cogían, sin declarar nada…”.

Las autoridades medioambientales han desmentido este hidropirataeo, pero nadie les ha creído. A día de hoy ya no son los conquistadores ni los fabricantes, sino el Gobierno brasileño, mano a mano con las multinacionales, los que trasvasan sin medida sus propios recursos naturales, en contra del buen juicio y del futuro. Como si Fordlandia no le hubiese enseñado nada a nadie. ______________

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Traducción: Mariola Moreno

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