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Un general francés reconoce por primera vez la “culpa” de su país en el genocidio de Ruanda

Imágenes de asesinados en Ruanda en el genocidio de 1994.

David Servenay (Mediapart)

Ha dudado mucho antes de hablar. ¿Es por el tiempo que ha pasado? ¿Por las horas interminables pensando en una cama de hospital tras un accidente de montaña? ¿Incluso por la inquietud por dejar a sus allegados los recuerdos de un hombre fiel a sus convicciones? En cualquier caso, es la primera vez que un alto oficial, el teniente general Jean Varret, hace un balance tan severo sobre la acción llevada a cabo por Francia en Ruanda desde octubre de 1990 hasta el genocidio de 1994.

El militar de 84 años relata para Mediapart y el grupo de investigación de Radio Francia los orígenes de un fiasco político y militar que, según él, podría haber sido evitado. Este fracaso es el último genocidio del siglo XX que, en cien días, causó un millón de muertos en Ruanda en la primavera de 1994. La décima parte de la población de un país del tamaño de Gran Bretaña en medio de la región de los Grandes Lagos. Desde hace ahora veinticinco años Francia se debate entre acusaciones de implicaciones múltiples con el régimen genocida antes, durante y después de las masacres en masa en las que la minoría tutsi fue la víctima principal.

Para el general Varret era una tragedia anunciada. Una parte del Ejército francés y la Presidencia de François Mitterrand fueron “cegados” por el ala extremista del régimen ruandés. Un cuarto de siglo después de los hechos, el militar habla de una “falta” cometida por la cúpula de las instituciones políticas y militares francesas que han “conducido a un genocidio”.

La primera advertencia tuvo lugar en noviembre de 1990, justo cuando él acababa de hacerse cargo de la Jefatura de la Misión Militar de Cooperación (MMC). El general Varret estaba en Kigali para hacer un balance con sus homólogos ruandeses que presentían lo que denominaban su “lista de la compra”. El régimen hutu se encontraba acorralado por la rebelión del Frente Patriótico Ruandés (FPR), llegado un mes antes a las puertas de la capital para tomar el poder. Aunque se sentían provisionalmente protegidos por dos compañías de paracaidistas enviadas por El Elíseo, los altos mandos de las Fuerzas Armadas Ruandesas (FAR), en el poder, eran conscientes de su debilidad.

El coronel Pierre-Celestin Rwagafilita, jefe  del Estado Mayor de la Gendarmería, pidió al general Varret los máximos medios: ametralladoras y morteros para el mantenimiento del orden. "¡Ni hablar!", dijo el oficial francés. “Ante mi negativa tajante, recuerda, el jefe de la Gendarmería dijo: 'Señores, pueden salir, me quedo con el general'. Entonces él me dijo: 'Estamos a solas, entre militares, vamos a hablar claramente… Le pido ese armamento porque voy a ayudar al Ejército a liquidar el problema. Y el problema es muy sencillo: los tutsis no son muchos y vamos a liquidarlos…”

Cuatro años antes del genocidio un oficial ruandés reveló en detalle las intenciones asesinas del régimen a su homólogo francés. Un mensaje que hay que tomar en serio porque Pierre-Celestin Rwagafilita es un hombre situado en el primer círculo del presidente ruandés en ejercicio, Juvenal Habyarimana.

De regreso a París, el general Varret rindió cuentas, sin ambigüedades, del riesgo que había para los civiles en apoyar un régimen obsesionado por la amenaza de una “quinta columna” tutsi. Sus informes fueron leídos en el Ministerio de Cooperación pero también en el de Defensa, del que dependía orgánicamente. Lo leyeron pero nadie le escuchaba, en particular los que “ocupan puestos clave”.

Jean Varret conocía personalmente a los jefes militares que rodeaban a François Mitterrand: el general Christian Quesnot, jefe del gabinete militar del presidente, y su adjunto el coronel Jean-Pierre Huchon, o el almirante Jacques Lanxade, jefe del Estado Mayor de la Defensa.

El oficial de caballería, salido de la Academia de Saint-Cyr, sabe que se enfrenta a una facción muy influyente en el Ejército de Tierra: el de la infantería de marina, siempre muy activa y presente en los teatros de operaciones en el exterior, especialmente en África. Sus compañeros de academia no han digerido nunca su nombramiento como jefe de la Misión Militar de Cooperación, que pensaba que era su coto de caza privado. Es más, ¿quien se atrevería, en este cenáculo, a ir contra la opinión del presidente de la República?

 

El general Jean Varret.

Las acusaciones de Jean Varret, muy graves, son totalmente rechazadas por el almirante Jacques Lanxade, a quien Mediapart ha entrevistado largo y tendido para esta investigación. Este marino fue muy cercano a François Mitterrand, con el que se codeaba en la cumbre del Estado, primero como jefe de su gabinete militar (1989-1991) y luego como Jefe del Estado Mayor de la Defensa.

Su desmentido se basa en el argumento de la elección política hecha por el presidente de la República desde el comienzo de la crisis, en octubre de 1990: “Nuestro papel era que eso [el genocidio] no ocurriera. Nosotros no queríamos la desestabilización de Ruanda. Hicimos pues tres cosas: una acción política sobre Habyarimana para que aceptara democratizar el país, lo que comenzó a hacer, y después negociamos y nos implicamos en los acuerdos de paz de Arusha, además de apoyar al Ejército regular de ese país para que el FPR no entrara y la desestabilización no apareciera”.

“Cuando aparecen informaciones como las del general Varret –dice el almirante Lanxade–, entonces se justifica nuestra presencia. Varret ha tenido sus razones para decir lo que ha dicho pero de ahí no puede extraerse que hemos sido imprudentes”. Por el contrario, para el ex jefe de los Ejércitos franceses, este mensaje refuerza la opción política del Jefe del Estado: “¿Qué podríamos haber hecho en aquel momento?”, añade el almirante. No íbamos a retirarnos. Estábamos allí justo para impedir lo que Varret pensaba que sería una posibilidad, por una cooperación técnica con la Gendarmería y con las FAR. Nuestra intervención trataba de evitar que el Gobierno cayera y empezara una guerra civil. ¿Qué deberíamos haber hecho? ¿Marcharnos? Eso hubiera significado la guerra civil inmediata”.

Poco a poco, en París, se van a configurar dos facciones alrededor del conflicto ruandés. Por un lado, las “palomas” tratan de dar la señal de alarma sobre los excesos de la política africana del Elíseo. Por otro lado, los “halcones” presionan, con cada ofensiva del FPR, hacia un refuerzo de la ayuda al Ejército ruandés, lo que tiene como efecto el endurecimiento del clan de los extremistas de la clase política ruandesa. Pierre Joxe, ministro de Defensa, fue uno de los primeros responsables políticos franceses en alertar a François Mitterrand de los peligros que implicaría apoyar demasiado firmemente al régimen del presidente Habyarimana.

En un informe para el presidente, de fecha 26 de febrero de 1995, Joxe puso en guardia al Elíseo: “Pienso que el único medio de presión algo fuerte que nos queda –intervención directa excluida– es la eventualidad de nuestro repliegue” . Su director de gabinete adjunto, Louis Gauthier, fue más preciso cuando le entrevistamos en 2014: “Pierre Joxe era muy reticente respecto al grupo africano del Elíseo y del general Quesnot. Existía un grupo paralelo con el que Joxe esperaba romper”. Él no sería seguido.

Fuertes desacuerdos en los servicios secretos

Cuando Francia se hallaba, tras las legislativas de marzo de 1993, en plena cohabitación entre un presidente socialista y un Gobierno de derechas (RPR), Matignon [la oficina del primer ministro] se convierte en la fortaleza de las “palomas”. Edouard Balladur, su inquilino, trata de limitar la intervención francesa sin conseguir el apoyo del Elíseo. El jefe de los Ejércitos sigue siendo el presidente de la República, incluso en los consejos de defensa restringidos donde se contrastan las posiciones más vivas.

La misma escisión se da en los Servicios de Inteligencia, donde una de las principales reformas deseadas por Pierre Joxe estaba basada, paradójicamente, en el reforzamiento del clan de los “halcones”. En base a las lecciones aprendidas sobre los fallos de la Guerra del Golfo en materia de inteligencia, el ministro de Defensa creó nuevas estructuras en 1992. El Mando de Operaciones Especiales (COS) apunta a agrupar bajo una misma entidad a las fuerzas especiales de todos los Ejércitos, mientras que la Dirección de Inteligencia Militar (DRM) debía ser los ojos y los oídos del Estado Mayor, también con un enfoque conjunto.

Puesto que la DRM elabora sus análisis con la red de tropas desplegadas en Ruanda, en el marco de la cooperación militar, va entonces a tener una visión cercana a la de los oficiales de la cooperación militar, que se unen a las tesis extremistas del régimen de Habyarimana. Es en este punto donde la Dirección General de Seguridad Exterior (DGSE) trata, en sus informes, de advertir del peligro de radicalización del conflicto.

El segundo aviso al general Varret tuvo lugar a principios de 1993. Esta época supone un giro en la política francesa, que a va a hundirse irremediablemente en una posición radical. Una vez más, la mecánica del genocidio sube de nivel. A primeros de enero, una comisión de investigación de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH) reunió numerosas pruebas de las masacres étnicas cometidas los meses precedentes.

Cuando la comisión se fue serían perpetradas nuevas masacres por los extremistas del Hutu Power, ligados al partido del presidente Habyarimana, el MRND. Hubo 300 muertos en el norte del país. Como reacción, el 8 de febrero el FPR lanza una ofensiva hacia Ruhengeri y Byumba, dos feudos del presidente. Los rebeldes rompen las líneas contrarias y avanzan hasta llegar a 30 kilómetros de la capital. Un millón de refugiados se amontona alrededor de Kigali, atrapados entre los dos Ejércitos. Los franceses refuerzan su dispositivo y envían un nuevo destacamento del 1º RPIMa, mandado por el teniente coronel Didier Tauzin, para respaldar al Ejército ruandés. Todo un éxito: en quince días los marsopas detienen el avance de los rebeldes.

Es en este período en el que el general Varret va a ser desaprobado de nuevo: “Un día, en el parque de la Akagera, paso revista al Destacamento de Asistencia Militar y de Instrucción (DAMI) del 1º RPIMa, que estaba bajo mis órdenes, cuando me doy cuenta de que hacían intervenciones que yo no aprobaba, entre otras que habían estado en Uganda, tras las líneas enemigas, para tratar de conseguir información sobre el FPR”.  El acto era grave porque las tropas francesas tienen la prohibición absoluta de implicarse directamente en el conflicto. Una línea roja que no hay que sobrepasar. “Entonces me entero de eso –continúa Varret–, seguro de la información, y les echo una bronca. Regreso a París y tres días más tarde me encuentro con un mensaje que dice: 'Las unidades DAMI ya no están a sus órdenes'". Jean Varret no sabrá nunca de donde vino ese desaire.

“Me lo tomé como una desautorización”, analiza hoy. “Me puse en contacto hace poco por teléfono con el almirante Lanxade y le pregunté: '¿Por qué me retiraron del mando del DAMI?'. Su respuesta fue: 'Acabábamos de crear el COS y el 1º RPIMa pasaba a sus órdenes'. Puede ser, perfectamente, que esa falta de confianza se basara en el hecho de que el COD hubiera tomado el mando de las unidades, incluidas las presentes en Ruanda”. Ante la duda, Jean Varret prefiere quedarse con esta versión. Él ya sabía que sus días estaban contados.

Quien le comunicaría la mala noticia, unas semanas más tarde, en abril de 1995, sería Michel Roussin, el flamante ministro de Cooperación, chiraquiano, gendarme y miembro de la DGSE. Jean Varret no sería mantenido durante un año como jefe de la MMC, como deseaba. "El lobby militar –explica–, es una connivencia entre ciertos militares, que no son mayoritarios, pero que están en puestos clave: el Estado Mayor privado, la DRM, el Estado Mayor de la Defensa…  Este grupo, del que conozco a algunos elementos, presionaba para apartarme de mis responsabilidades".

¿Forzaron estos militares demasiado para implicar a Francia en Ruanda? “Yo pienso que sí. No la institución sino algunos militares de puestos clave han ido demasiado lejos porque no han querido tener en cuenta los riesgos de las políticas de apoyo a Habyarimana. De apoyo efectivo, es decir, que hubo forzosamente incumplimientos. La cooperación tenía por misión ayudar a formar y equipar, pero en absoluto combatir. Creo que ese lobby militar era más propenso a ayudar al combate”

Jean Varret sabe de lo que habla cuando se refiere a esta tensión en la cúpula del Estado. Salió de Saint-Cyr [escuela de oficiales de élite] en 1959, comenzó su carrera como oficial en Argelia con su boina roja de paracaidista y estuvo dos años en las montañas batallando contra los rebeldes del FLN. Rechazaba el uso de la tortura pero, por el contrario, no dudó mucho en pasarse al grupo de oficiales golpistas contra el general de Gaulle, en abril de 1961. “El golpe de Estado fue una estupidez, dice hoy. De esta experiencia he quedado convencido de que cuando un militar se mete en política se equivoca. Nosotros somos técnicos y no debemos utilizar nuestra técnica, que es muy particular –el derecho de la guerra– en provecho de los políticos. ¿Golpes de Estado?. Nunca más.”

Ahora bien, su relato sobre la política llevada a cabo por Francia en Ruanda tiene todo de un golpe de Estado interno, donde los militares se adelantaron a los políticos. ¿Por qué? La cuestión no para de plantearse. ¿Por qué Ruanda ha sido objeto de tal tenacidad política en el Elíseo? A esta pregunta, Jean Varret responde con evasivas: “Habría que estar en la cabeza del presidente y de los responsables de la época”.

En primera línea de estos “responsables” figura el secretario General del Elíseo. Hubert Védrine era la torre de control del Elíseo, el que filtraba los informes dirigidos al presidente. Para el general Varret, el ex alto funcionario debería dar explicaciones sobre los “errores políticos y los errores militarescometidos. Hubert Védrine no ha respondido a las peticiones de entrevista con Mediapart.

Jean Varret no verá el fin de la historia. Cesado en su puesto en la primavera de 1993, rechazó una jubilación dorada que le propuso el Elíseo y dejó el Ejército. En perspectiva, fue una oportunidad porque no habría asumido jamás la obligación de ser solidario con el lobby militar en la crisis que estalló el 6 de abril de 1994, con el atentado contra el Falcon del presidente Habyarimana, derribado por dos misiles tierra-aire a su llegada a Kigali.

Sobre cómo calificar este fiasco político, el general de cuatro estrellas no lo duda: “Desgraciadamente –dice–, la historia ha probado que era una falta, más que un error, puesto que eso desembocó en un genocidio”. En toda lógica, estima que “algunos” tienen “una responsabilidad” ligada a esa “falta”. “Ha habido a pesar de todo una ceguera. Es decir, que ningún civil o militar habría deseado el genocidio. Ninguno. Sin embargo, algunos no tomaron en serio el riesgo”.

Cuando se desencadenó el genocidio este “riesgo” fue tan subestimado que el primer gesto del Ejército tricolor, el 9 de abril de 1994, consistió en aterrizar con un avión Transal en plena noche repleto de armas destinadas a las FAR, cuando se trataba –oficial y únicamente– de evacuar a los ciudadanos europeos del atolladero ruandés.

El doble juego continúa, como si el genocidio no hubiera comenzado.

  David Servenay, que está escribiendo aquí su primer artículo para Mediapart, es un periodista independiente. Trabajó durante varios años para Radio France Internationale (RFI), Rue89 y La Revue dessinée. También colabora con el diario Le Monde. David es uno de los mejores especialistas franceses en el genocidio en Ruanda, a quien ha dedicado dos libros publicados por La Découverte: Au nom de la France (con Benoît Collombat) y Une guerre noire, enquête sur les origines du génocide rwandais 1959-1994 (con Gabriel Périès).

Precisión: En una primera versión de este artículo se indicaba que Jean Varret era un general de división. Su función exacta era la de general del cuerpo de Ejército.

  Traducción de Miguel López

Puedes leer el artículo completo en francés aquí:  

 

Un documento prueba que Francia permitió escapar a los responsables del genocidio tutsi en Ruanda

Un documento prueba que Francia permitió escapar a los responsables del genocidio tutsi en Ruanda

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