De un Le Pen a otro: las trayectorias de lo peor de la política francesa

Imagen de la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, junto a su padre, Jean-Marie Le Pen.

Antoine Perraud (Mediapart)

Dos camaleones se enfrentan en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas: Emmanuel Macron, que se hace el liberal para llevar a cabo políticas globalmente antiliberales; y Marine Le Pen, que se hace la demócrata antes de mostrarse lo más antidemocrática posible. A día de hoy, ambos pueden parecer que se encuentran en una línea similar, pero la equivalencia es engañosa. Todo es cuestión de proceso, de trayectoria, de movimiento: Marine Le Pen partiría de donde se detiene Emmanuel Macron. Esta es la diferencia entre “fascismo y fascistización”, en palabras del sociólogo y politólogo Ugo Palheta.

Léon Blum distinguía entre la conquista del poder y el ejercicio del poder. Marine Le Pen ha roto con la diagonal del loco de su padre, Jean-Marie Le Pen. Este último resultó ser un histrión incapaz de resistirse a un chiste relacionado con su feroz inconsciente. Su función de tribuno le bastaba. Se contentaba con ser el loco del rey de nuestra monarquía republicana. Proyectaba sus fobias y dio rienda suelta a sus impulsos, sin construir una verdadera estrategia.

Marine Le Pen quiere el poder y por eso renuncia a las provocaciones más escandalosas que la alejan de él. De ahí un enfoque muy inteligente: la “desdemonización”, término acuñado por la extrema derecha para aniquilar la “demonización” de la que se consideraba víctima por parte de la izquierda. Pero también de la derecha republicana, que el FN, ahora RN, quería que fuera el aspirador. Antes de hacerse con votos de la izquierda, engañada ésta por un discurso social en forma de señuelo.

Antes sobre todo de paralizar a una parte de esta izquierda que no se atrevía a votar para eliminar a la extrema derecha en la segunda vuelta, dado que Emmanuel Macron les sale literalmente por las orejas -un poco como sucedió con Hillary Clinton entre un sector radical o progresista del electorado al otro lado del Atlántico en 2016-. Así es como, con más del 30% del electorado motivado y aprovechando la apatía o la desesperación del resto, Donald Trump y Marine Le Pen pueden aspirar, o incluso lograr, una victoria aplastante.

La huella de Le Pen en la política francesa se remonta a casi setenta años atrás

Mientras Trump era novato, la huella de Le Pen en la política francesa se remonta a casi 70 años atrás. Fue en febrero de 1953 cuando Jean-Marie Le Pen (nacido en 1928), presidente de honor del “Corpo” de estudiantes de Derecho de la Universidad de París, da que hablar. Obtuvo la ayuda del Elíseo para socorrer a las víctimas holandesas de las mortíferas inundaciones, no sin antes haber contactado con el presidente Vincent Auriol.

Luego, comprometido con las guerras coloniales dirigidas por Francia y capaz de sacar provecho de ellas, lo descubrió el neopopulista Pierre Poujade (1920-1983), que lo hizo diputado en 1956. En 1965, Jean-Marie Le Pen dirigió la campaña de Jean-Louis Tixier-Vignancour (1907-1989), antiguo subsecretario general de información del régimen de Vichy, candidato de la extrema derecha (5,20% en la primera vuelta) contra Charles de Gaulle.

En 1972 se fundó el Frente Nacional, una antropofagia simbólica típica de una extrema derecha que se alimenta rápidamente del hígado de su enemigo: durante la ocupación nazi, el Frente Nacional era un movimiento de resistencia de tendencia comunista.

Marine Le Pen perpetúa parte del odio de su padre. Y esto, aunque desestime cuidadosamente las execraciones caricaturescas que han surcado nuestras “mentes” más reaccionarias desde 1940, o incluso desde 1789. Hay más continuidad que ruptura, entre el padre desenfrenado y su hija ablandada, durante un tiempo vertiginoso...

Es peligroso, desde el punto de vista humano, moral y político, limitar a un ser humano a su genealogía: si no eres tú, por lo tanto es tu padre. Sin embargo, Marine Le Pen nunca ha dejado –antes de separarse más o menos por razones tácticas– de pretender ser Jean-Marie Le Pen, de cavar el mismo surco, de mantenerse en horribles posiciones siamesas.

El ejemplo más llamativo es el de la tortura, que Jean-Marie Le Pen practicó obviamente durante la batalla de Argel. Tortura que Marine Le Pen justificó, en diciembre de 2014, con los mismos argumentos que los paracaidistas franceses de 1957 que atacaban a los militantes del FLN en la Casbah de Argel: “Puede haber casos, cuando una bomba – ‘tic, tic, tic’- debe estallar en una o dos horas y, en todo caso, puede causar víctimas civiles, en los que es útil hacer hablar a la persona para averiguar dónde está la bomba con los medios que podamos”, dice Marine Le Pen en este vídeo.

En definitiva, toda la historia del Frente Nacional, y posteriormente, del Reagrupamiento Nacional, tiene que ver con el retorno de lo reprimido. Camuflarse para ser descubierto al final. Enmascarar pero ser desenmascarado. Y volver a empezar la impostura, como un Sísifo de la respetabilidad.

La historiadora Valérie Igounet, en un estudio sobre las técnicas y los retos de la formación de militantes de extrema derecha, cita un argumento -una especie de catecismo del FN con preguntas y respuestas- de los años 70: “En el Frente Nacional no somos racistas ni xenófobos. Todos los que han afirmado lo contrario han sido condenados en los juicios que hemos interpuesto. No olvidemos que Jean-Marie Le Pen fue elegido con un antillano, Sauvage, como suplente, y que fue mientras hacía campaña por Ahmed Djebbour, un musulmán que quería seguir siendo francés, cuando le golpearon en el suelo de forma terrible y perdió un ojo. [...] No queremos que Francia se convierta en el Líbano, donde las comunidades se enfrentan armados”.

En agosto de 2011, en un artículo de Mediapart titulado Le Pen vs Le Pen: l'impossible normalisation du FN, Marine Turchi escribió lo siguiente sobre Marine Le Pen: “Durante diez años, ha realizado un acto de equilibrio consistente en imprimir su sello en el partido sin renegar de la herencia política de su padre. Tenía que demostrar que el FN se estaba convirtiendo en un punto de encuentro patriótico, sin ponerse en contra al sector radical del vivero del Frente. ‘Mi objetivo es aportar un valor añadido’, explicaba en marzo a Mediapart. ¿Qué valor añadido? ‘Mi personalidad. Difiere de la suya. Soy una mujer. Soy más joven. Tengo tres hijos, los crie sola’. ¿Y en el fondo? ‘He dado visibilidad al programa económico y social. Además, la mitad de nuestros militantes proceden de la izquierda’”.

Ese juego de sombras sólo engañó a los que querían ser engañados, los seguidores de la ceguera voluntaria.

El veredicto del patriarca llegó a principios de año. El nonagenario Jean-Marie Le Pen era... torturado. Sus obsesiones fueron defendidas con la violencia más radical por el hijo que nunca tuvo, Éric Zemmour –un judío, pese a todo (y esto tiene importancia, como muestra el primer vídeo de este artículo)–.

En cuanto a Marine Le Pen, había traicionado parcialmente el nombre de un FN duro y viril: era una mujer. Al final, los lazos de sangre, cruciales en el imaginario fascista, hablaron. El anciano fingió ceder, sumándose a su criatura a comienzos de 2022...

¿Todo por esto? Sí, en la medida en que la contraofensiva semiótica de la “desdiabolización” habrá sido suficiente, esperan la firma Le Pen y sus acólitos, para anestesiar suficientemente al electorado. Para que un determinado número de abstenciones y de votos en blanco o nulos conceda finalmente el Ausweis al Elíseo.

El humo parece evidente. Entre dos palabras, Marine Le Pen eligió la menor, pero siempre al servicio de los mismos males. La “prioridad nacional” es sólo un ajuste semántico de la “preferencia nacional”. Esta expresión, acuñada en los años 80 por Jean-Yves Le Gallou con el apoyo de Bruno Mégret, ya desempeñaba el papel de eufemismo para escapar de las leyes antirracistas. Se trata de atacar a los extranjeros de forma xenófoba.

El programa actual de la RN (proposición 142) dice: “Reservar prioritariamente la asignación de viviendas sociales a los franceses, sin efecto retroactivo, y movilizarla hacia las personas que más lo necesitan”. Según Libération, la frase “sin efecto retroactivo” no se mantendrá ni un segundo.

Odio

El laicismo, al igual que la República, se revela como un hechizo que esconde el odio: dando rienda suelta al aborrecimiento de los árabes (rebautizados como “musulmanes” en la Argelia colonial), así como de cualquier población considerada inasimilable por la más mínima diferencia.

Por último, en lo que respecta al supuesto aspecto “social” del partido de extrema derecha, el politólogo Alexandre Dézé demuestra que tal giro se remonta al octavo congreso del FN, en 1990, que abordó este tema para renunciar progresivamente a las orientaciones ultraliberales del movimiento de extrema derecha. No hay nada nuevo bajo el sol: Marine Le Pen es –y quiere ser– el fruto de las entrañas políticas, ideológicas y doctrinales de su padre, cuya conquista persigue por medios tortuosos. El siguiente vídeo ilustra esta continuidad.

Jean-Marie Le Pen lleva 38 años canibalizando la Quinta República. Desde... 1984 y su primera aparición en L'Heure de vérité, entonces el programa político estrella del servicio público. La estrella fascista intentó imponer un minuto de silencio en el plató en memoria de las víctimas del comunismo. Tres años más tarde, en mayo de 1987, siempre en L'Heure de vérité, respondiendo a una pregunta de Albert du Roy sobre el sida, Jean-Marie Le Pen lanzó una diatriba: “El sidoso –utilizo esta palabra, es un neologismo, no es muy agradable, pero no conozco ninguna otra– este, hay que decirlo, contagia mediante el sudor, las lágrimas, la saliva, el contacto. Es una especie de leproso, si se quiere”.

En septiembre de 1987, en la RTL sobre las cámaras de gas, dijo: “No he estudiado la cuestión en particular, pero creo que es un detalle de la historia de la Segunda Guerra Mundial”. En diciembre de 1997 insiste, junto al antiguo nazi Franz Schönhuber, en Múnich. Lo repitió en abril de 2008 en el magazine Bretons, y luego en marzo de 2009 en el Parlamento Europeo. En abril de 2015, lo señaló en BFMTV: “Lo que dije corresponde a mi pensamiento: que las cámaras de gas fueron un detalle de la guerra, a menos que admitamos que es la guerra la que es un detalle de las cámaras de gas”. Jean-Marie Le Pen fue condenado por el Tribunal de Apelación de Versalles en tres ocasiones: el 28 de enero de 1988, el 18 de marzo de 1991 y el 10 de septiembre de 1999.

Con respecto a su hija, que se ha distanciado, el padre sentencia este credo sintomático: “Se equivoca. Tenemos una diferencia de análisis bastante seria. La peor manera de luchar contra un adversario político es permanecer en silencio. Las polémicas que nos imponen nuestros adversarios nos han permitido existir y arrancarnos de lo que es peor que nada, el vacío mediático”.

En septiembre de 1988, era “Durafour crématoire”. En agosto de 1989: “La Declaración de los Derechos Humanos marca el inicio de la decadencia de Francia”. Repasemos rápidamente los años. En 1996:”"Sí, creo en la desigualdad de razas. En los Juegos Olímpicos hay una evidente desigualdad entre las razas blanca y negra, eso es un hecho. Veo que las razas son desiguales”. También en 1996: “¿Fue el general de Gaulle más valiente que el Mariscal en la zona ocupada? No está claro”. Y en 2015: “Nunca he considerado al mariscal Pétain un traidor”.

En 2010: “¿Sabía usted que el nombre de pila del nieto de Sarkozy es Solal, lo que no indica que su familia se haya asimilado a la sociedad francesa y que Mohamed es el nombre más común que se da a los recién nacidos en Marsella?”. En 2012, como recapitulación de sus aversiones: “El bobo [bohemio burgués] es más bien de izquierdas y tiene la cara bastante peluda. La moda musulmana es tener la cara llena de pelos. Pareces un FLN”. En 2014, el colmo: “¿Inmigración? El señor Ébola puede resolverlo en tres meses”.

El odio al Otro y a la más mínima diferencia se dirige, por supuesto, a los homosexuales. Y hasta los “pelirrojos”. Sin embargo, como muestra el documental Adieu Le Pen (2014) de Serge Moati –que puedes encontrar completo aquí–, las aversiones del padre son las de su hija. Aunque esta última las edulcore y las aclimate.

En BFMTV, el pasado 13 de abril, preguntada por la llegada de su padre al Elíseo en caso de victoria electoral el 24 de abril, la candidata ultraderechista respondió “por supuesto” y “por supuesto”. Desde su lujosa guarida de los suburbios del oeste de París, Jean-Marie Le Pen espera su momento, aunque sea con la consagración de su hija.

Ambos conocen la fábula de Esopo, Pedro y el lobo. La historia de las falsas alarmas repetidas de un niño que grita “que viene el lobo” a cada momento, hasta el punto de crear una lasitud en la población que será fatal. Cuando llegue el momento, no habrá nadie que venga a rescatarlo.

Los Le Pen, padre e hija, así como todas las fuerzas que siguen su estela, esperan que haya llegado el tan anunciado momento de hacerse con la Quinta República y sus poderes ampliados. A cambio de un hundimiento democrático que ha hecho el cuerpo social y el cuerpo electoral francés sordos al último aviso, juzgado injustificado una vez más. Cuando era el bueno…

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

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