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Las lecciones de la catástrofe de Fukushima

Un técnico, en las inmediaciones de la central nuclear de Fukushima (Japón).

Venta de reactores EPR en India; apoyo a la central que promueve Gran Bretaña en Hinkley Point; torpedeo al objetivo de reducir al 50% la electricidad producida con energía nuclear: el apoyo del Estado francés al átomo es mayor que nunca. En este peculiar contexto, dos voces llegadas de Japón vienen a alterar el aparente consenso oficial. La primera de ellas es la de un dirigente político de primer nivel que se opone a la energía nuclear a raíz de la catástrofe ocurrida en Fukushima; se trata de Naoto Kan, primer ministro en funciones en el momento en que un terremoto y un tsunami arrasaron el país y desencadenaron una de las peores crisis nucleares de la Historia en la central de Fukushima Daichii, en marzo de 2011. En la actualidad, como diputado en la Dieta por el Partido Democrático de Japón (PDJ), apoya una proposición de ley favorable a la salida de lo nuclear, mientras el actual jefe de Gobierno, Shinzo Abe, quiere reactivar los reactores paralizados.

Coincidiendo con el séptimo aniversario de la catástrofe de Fukushima, Naoto Kanviaja a Francia para alertar de los peligros de la energía atómica. “Lo que quiero decirle a los franceses es que los riesgos son enormes”, explica a Mediapart, socio editorial de infoLibre. “Si se produce un accidente en una central nuclear, existe el riesgo de que un tercio del territorio –o quizás la mitad– quede inutilizada, inhabitable durante décadas. Creo que los ciudadanos tienen que ser conscientes de eso, Francia debe salir de lo nuclear, consumir menos electricidad y, sobre todo, confiar en las energías renovables. Hay que ser conscientes del riesgo, que es enorme”.

Durante casi una semana, Kan ha multiplicado las intervenciones públicas: un discurso ante militantes de Francia Insumisa –que organiza una consulta ciudadana sobre la cuestión–, alocuciones en la Asamblea Nacional y en el Parlamento Europeo, visita al EPR de Flamanville y a La Hague [Noroeste de Francia], donde se almacenan los desechos radioactivos franceses. Su visita despierta el interés de los medios de comunicación, algunos de los cuales lo describen como una estrella del rock de lo antinuclear.

La segunda voz es bastante más discreta y queda recogida en un libro con un título sobrio: Un récit de Fukushima [Un relato de Fukushima]. Se trata de una obra póstuma, la de Masao Yoshida,  director de la central Fukushima Daiichi en el momento de la catástrofe. Murió en julio de 2013, víctima de cáncer de esófago. Dos investigadores franceses, Franck Guarnieri y Sébastien Travadel, se han encargado de la edición, por primera vez en francés, de amplios extractos de su comparecencia ante la comisión de investigación abierta por Naoto Kan.

Al escuchar a uno y a otro hoy, se enfrentan dos visiones a la responsabilidad frente a la catástrofe. Naoto Kan, físico de formación, preguntado durante casi una hora sobre las decisiones que tomó durante y después de la catástrofe de 2011, pone de manifiesto en varias ocasiones su incapacidad para evaluar solo la gravedad de la situación. ¿Por qué su Gobierno autorizó un umbral de exposición de la población de 20 milisievert  (mSv), considerado peligroso por algunos expertos en radioprotección, permitiendo el regreso a sus casas de los refugiados de Fukushima? “Ojo, no fui yo quien decidió que ese umbral de 20 mSv fuera el bueno. No es algo que los políticos pueden decidir de buenas a primeras. Son los expertos los que lo decidieron. Se trata de compromisos de negociaciones entre expertos médicos y nucleares. Se estableció en 20 mSv, un nivel que pareció más o menos aceptable para todas las partes. Personalmente, no tengo opinión ninguna al respecto”.

En ese sentido, rememora otra anécdota posterior, espeluznante: “Del Ministerio de Economía y de Industria dependía la Agencia de Seguridad Nuclear [rebautizada después como Autoridad Reguladora de lo Nuclear] e integrada por expertos. En caso de crisis, se pone en marcha un dispositivo, con una comisión de seguridad nuclear, bajo responsabilidad directa del primer ministro y asistido por miembros de la agencia. En el momento en que sobrevino el accidente, el responsable de esta agencia del Miti vino a verme, le formulé tres preguntas: ¿cuál es la situación actual?, ¿cómo va a evolucionar?, ¿qué medidas podemos tomar para remediar esta situación? Pero las respuestas que me dio eran tan confusas y poco comprensibles que me dije: ‘qué quiere decir eso; o soy yo que no lo entiendo o él no es competente y no me da las explicaciones necesarias’. De modo que le pregunté: ¿Por qué no entiendo las explicaciones? Se vio obligado a decirme que no conocía nada de energía nuclear y que era titulado por la Universidad de Tokio en Ciencias Económicas. Es normal que el Ministerio de Economía nombre a un economistas para ocuparse de la industria nuclear, pero resultaba muy embarazoso que dirigiese una agencia en principio formado por expertos que tenían que ayudarme a tomar decisiones. Esto demuestra que todo el organigrama del Gobierno japonés se basaba en la suposición de que no habría accidentes importantes en la industria nuclear. Nunca habían pensado en la posibilidad de un accidente importante. Es normal que un ministro no esté al corriente, pero que el responsable de seguridad, encargado de dictar las reglas, no lo esté, supone un grave problema”.

Meses después, una comisión parlamentaria iniciaba una investigación relativa a la conducta de las autoridades durante la catástrofe. “En ese momento entendimos, y así consta en el informe de la comisión, que en lugar de servir de apoyo a los políticos que, por definición, no conocen bien lo nuclear, la Agencia de Seguridad Nuclear había sido la correa de transmisión de los operadores”, prosigue Naoto Kan.

“Todo el mundo huyó y nadie vino”

Frente a la complejidad técnica del funcionamiento de los reactores y ante la dificultad de comprender qué decisión tomar, Naoto Kan confiesa su impotencia: “Durante todo este periodo, lo que puedo decir de mi experiencia es que nunca recibí en tiempo real las informaciones que yo quería tener. No es culpa de los expertos, es falta de tiempo” Dimitió como primer ministro a finales de agosto de 2011, criticado por su gestión de la catástrofe de Fukushima, que la oposición calificó de calamitosa.

Corrió un rumor, según el cual había prohibido informar sobre la fusión de los corazones de tres reactores de la central de Fukushima, el accidente más grave para una central, con el fin de no asustar a la población. “Sin embargo, yo no supe cuándo se produjo la fusión”, dice hoy. “Hace dos meses supimos que fue el presidente de Tepco [operador de la central] quien prohibió la utilización de esa palabra. Lo reconoció hace tres meses”.

¿El jefe del Gobierno no pudo estar correctamente informado de cuanto sucedía en la central accidentada? “Los que lo saben todo son los de Tepco”, responde. “Sólo pude saber las cosas por ellos, según su buen entender. Conocen todos los datos de la central. No tengo manera ninguna de tener información por mí mismo”. A día de hoy, los testimonios ofrecidos por el presidente y el director general de Tepco ante la comisión de investigación gubernamental son confidenciales, por petición expresa de los interesados. “Así que, de momento, todavía hay informaciones secretas”, explica Naoto Kan. “Testifiqué y todo se publicó. El resto de participantes dieron su consentimiento pero los dos principales dirigentes de Tepco, no. Por supuesto, supone un gran problema”. Por el contrario, en un relato conmocionador de precisión ofrecido ante la comisión de investigación parlamentaria, Masao Yoshida, el exdirector de la central de Fukushima, denuncia la irresponsabilidad de los políticos: “El tsunami de marzo causó 23.000 víctimas. ¿Quién las mató? Las mató un seísmo de magnitud 9. Blandimos nuestra responsabilidad, pero ¿por qué no se habían tomado las medidas necesarias para evitar la muerte de estas persona? En lugar de plantearse estas cuestiones, la discusión da un salto y se concentra en el único punto de la responsabilidad de Tepco. No lo encuentro normal. Si se trata de medidas fundamentales para proteger la vida y los bienes de los japoneses, hará falta que la célula de gestión de crisis del primer ministro tome las medidas que se imponen con las autoridades locales. Pero el Estado no hace nada. Se conforma con cuestionar la organización de las centrales nucleares […] Por supuesto, proteger una central nuclear es importante, pero si no tenemos plan de conjunto, no se puede hablar de verdaderas medidas de protección. Creo que el Estado tiene una visión sesgada de los seísmos y los tsunamis”.

¿Qué enseñanzas podemos sacar del relato? El miedo a tener que tomar decisiones frente a una catástrofe en curso, sin tener, tampoco él, los elementos necesarios para la toma de decisiones. 41 minutos después del comienzo del seísmo, las primeras olas del tsunami alcanzan Fukushima Daiichi. Miden alrededor de ocho metros de alto. Diez minutos después, rompen olas de más de 15 metros de altura. Hasta entonces, la NHK, la tele japonesa, sólo hablaba de olas de cinco metros. La central fue concebida para resistir a un tsunami de 6,10 metros de altura.

La pérdida de los circuitos eléctricos hizo muy difícil el enfriamiento de los reactores e impidió el seguimiento de lo que suced. Los ingenieros tienen que trabajar a oscuras, a veces literalmente: no hay luz en la sala de mandos y los pilotos no ven su instrumental. Encerrados en el edificio antiseísmos, sin imágenes del exterior, el director y sus colaboradores no comprenden que el tsunami había pasado hasta que ven que la alimentación de la corriente eléctrica ha cesado y los generadores de vapor dejan de funcionar.

“Estábamos tan desolados que nos quedamos callados […], haciendo estas tareas administrativas, emocionalmente estábamos agotados”. En esta situación extrema, los procedimientos y manuales de gestión de crisis pasan a ser inútiles. El “imaginario colectivo” de los operadores de la central quedó “barrido”, analizan Franck Guarnieri y Sébastien Travadel.  Experimentan el hundimiento de su marco institucional, explican los dos investigadores. No hay procedimiento ninguno que prevea lo que sucede, las autoridades políticas no saben qué hacer, el director de la central permaneció casi apartado del mundo. “La central se ha liberado de los hombres”, escriben. “Ya no se trata de explotarla, de controlarla, de mantenerla, sino de combatirla. Un combate a muerte”.

En un estado de conmoción emocional se deben tomar decisiones ultratécnicas, complejas y peligrosas. El director decide inyectar agua marina en los reactores para impedir que se embalen. Masao Yoshida explica: “Nunca había oído hablar de ello porque en ninguna parte del mundo se había hecho antes”. Pero la situación se complica terriblemente y, poco después, son tres los reactores que los equipos deben gestionar al mismo tiempo. “Le aseguro, nunca nadie ha tenido que hacer frente a tres unidades nucleares a la vez y, para ser franco, creo que no sucederá probablemente nunca. Ni siquiera puedo imaginarlo”.

El 13 de marzo, tres días después del accidente, explota el reactor 3: “Al principio, inmediatamente después de la explosión, cuando llegaron los primeros informes y supe que había una cuarentena de desaparecidos, realmente tuve la intención de suicidarme. Si era verdad, si había 40 muertos, estaba decidido a hacerme el harakiri”. Pero finalmente nadie del equipo perdió la vida y todo el personal prosiguió con su trabajo. Poco más tarde, se manda a casa al personal de las subcontratas. Permanecen sólo el director y medio centenar de personas –frente a las alrededor de 5.000 de antes del accidente–.

Resulta todavía más instructivo escuchar estas dos voces hoy en paralelo por cuanto Naoto Kan y Masao Yoshida se enfrentaron en el momento del accidente. Y lo hicieron indirectamente. Cuando el director de la central decide inyectar el agua marina para enfriar los reactores, el vicepresidente de Tepco, desde la oficina del primer ministros, le pide que se detenga. El ingeniero cuenta cómo desobedeció las órdenes con buen criterio y mintió a sus superiores.

El segundo día del accidente, Naoto Kan se desplazó a la central; la visita duró apenas dura una hora. Su encuentro con el responsable de las instalaciones parece trágicamente inútil. “Inmediatamente, me pidió en un tono bastante grave por la situación”, recuerda Yoshida. El ambiente era tal que resultaba difícil hablar. Dije que la situación era difícil sobre el terreno, pero soy consciente de que nunca he explicado suficientemente en qué sentido. De hecho, no podemos hablar con libertad. El primer ministro hacía preguntas sorprendentes, a las que simplemente se trata de responder”. ¿Qué tipo de preguntas? Por ejemplo, cómo un simple tsunami podía paralizar una central nuclear.

Durante su visita, Naoto Kan sólo ve una sala de reuniones del edificio antiseísmos. No entra en la célula de crisis. En lo peor de la crisis, en una

videoconferencia,  Naoto Kan le pedirá más tarde a los operadores que “sacrifiquen” sus vidas. En el interior de la central, la soledad de los equipos es inescrutable. Yoshida reclama a las autoridades locales que los bomberos les lleven agua. Pero “todo el mundo había huido y nadie vino”.

Con el paso de las horas, las relaciones se tensan entre el interior de la central y las autoridades exteriores. Los dos investigadores encargados de la edición del testimonio de Yoshida proponen una atrevida interpretación de este conflicto: “Quizás el despertar de estos conflictos, y su modo de resolución, permitió al colectivo que permanecía en la central recuperar el control de las instalaciones”.

Las múltiples y legítimas críticas contra Tepco han dejado en la sombra el valor y los sufrimientos de los operadores, que permanecieron hasta el final al mando de la central. Naoto Kan es hoy el heredero paradójico de ellos. Su relato converge con el del ingeniero fallecido en un punto esencial: la impotencia humana y la desesperación frente a una catástrofe nuclear.

“Diez días después del accidente, le pedí al presidente de la comisión de seguridad nuclear que hiciese una simulacro, poniéndose en el peor de los casos: ¿qué podría pasar?, recuerda hoy”. Necesitó una semana. En caso de que la central quedase realmente fuera de control, habría hecho falta evacuar una zona de hasta 250 km de la central. Tokio incluido. 50 millones de habitantes tendría que dejar sus casas y no podrían volver durante varias décadas. Y cuando vi que una simple central representaba un riesgo tan importante, ese día, cambié completamente de opinión. No se puede considerar una industria con riesgos tan enormes. 50 millones de habitantes, el 40% de la población japonesa. El centro del país quedaría completamente inutilizable. Peor que cuando Japón perdió la guerra. Ese día, cuando comprendí que el riesgo existía, cambié para siempre”. Los hechos y gestos de Naoto Kan son criticables. El balance de su ejercicio del poder debe tomarse con distancia. Pero su advertencia posee la simplicidad formal del que ha superado un desastre. Las palabras de su testimonio tienen mucho sentido. Comprometen la responsabilidad de los y las que los escuchan, empezando, por el Gobierno y el jefe del Estado francés.

  La entrevista con Naoto Kan se realizó en japonés, en París, el lunes 12 de marzo a primera hora de la tarde, en un hotel de la capital francesa.  Nuestro agradecimiento a la intérprete Catherine Cadou, quien hizo posible que la entrevista se desarrollase en las mejores condiciones. Gracias también a Kolin Kobayashi, que organizó la cita.

En los cines de Francia puede verse estos días una versión resumida del documental Le Couvercle du soleil, sobre la catástrofe de Fukushima.

El testimonio de Masao Yoshida puede leerse, en francés (Franck Guarnieri et Sébastien Travadel, Un récit de Fukushima. le directeur parle, PUF, 203 paginas, 16 euros).

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

La amenaza nuclear persiste en Fukushima diez años después de la catástrofe

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