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Cómo Luxemburgo ha llegado a ser el agujero negro de las finanzas mundiales

Cómo Luxemburgo ha llegado a ser el agujero negro de las finanzas mundiales

Existe un informe que describe a Luxemburgo como agente activo de la evasión fiscal en el mundo. Se trata de un informe que, como los –numerosos– elaborados con anterioridad, no tendrá eco en este pequeño país fundador de la Unión Europea y que se encuentra situado entre Francia, Alemania y Bélgica. Porque en Luxemburgo, en las calles de la capital del Gran Ducado, en los centros de decisión situados en los edificios de cristal y de metal de la meseta de Kirchberg, o incluso entre la gente de a pie, el peso y el papel exacto que tiene el “centro financiero” que sostiene a todo el país, son asuntos de los que no se habla. Supone un tabú que pocos se atreven a romper.

La red Eurodad (Red Europea de Deuda y Desarrollo) de ONG europeas ha puesto a 15 de ellas a evaluar las políticas de 13 Estados en materia de lucha contra los flujos ilícitos de capitales. Este informe, publicado en diciembre y titulado “Dar una mano, quitar con la otra”, señala a Luxemburgo, que gasta 1% de su PIB (es decir, 310 millones de euros) en ayuda al desarrollo.

Los motivos son conocidos desde hace años: en el sistema financiero mundial, la fuga de miles de millones de euros a paraísos fiscales tiene un impacto muy negativo para los países en vías de desarrollo y Luxemburgo ocupa un lugar destacado en este sistema. O más bien “su centro financiero”, un término unánimemente utilizado para designar a la industria de los servicios financieros del país.

“En lugar de defender el statu quo, la industria financiera de Luxemburgo debe reconocer que tenemos un problema mundial muy grave y cooperar transformándose en un centro financiero moderno y transparente, que saque partido de su profesionalidad y de su credibilidad, no del secreto”, señala Tove Maria Ryding, representante de Eurodad. La ONG pide al gobierno local que confíe un análisis de impacto a un organismo independiente para verificar los efectos reales de su acción en los países en vías de desarrollo.

Al contrario de lo que sucede con otros actores que luchan por la transparencia y el fin del secreto fiscal, la red Eurodad se ha cuidado de no calificar al país de paraíso fiscal, un término que apunta directamente a las autoridades del país y que impide toda discusión. Y, sin embargo, el informe no ha suscitado ninguna reacción pública. A finales de diciembre pasado, la opinión pública luxemburguesa se indignaba más por la sentencia que condenaba a un automovilista, por haber causado la muerte a un joven de 17 años en diciembre de 2012, al pago de 2.000 euros de multa y la retirada del permiso de conducción.

También es muy significativo que ninguna ONG luxemburguesa firma el informe de Eurodad, pese a que el Círculo de Cooperación, que reúne a un centenar de asociaciones del país, aceptó incluir su logotipo y publicar su estudio en su página web. Sin embargo, en este país rico en donantes y todavía muy marcado por la caridad cristiana, hay varias asociaciones muy activas en el sector de la ayuda al desarrollo.

“Aquí, el centro financiero pesa en la mentalidad de la gente y se le defiende sin dudarlo”, explica Mike Mathias, que acumula veinte años en el sector asociativo y otros ocho años en el Círculo de Cooperación. “En el aire, el discurso es indiscutible: lo que es bueno para el centro financiero, es bueno para el país”. Este socioeconomista, asistente parlamentario de los Verdes de Luxemburgo desde hace tres años, es un observador privilegiado del papel y del peso que tienen los servicios financieros en el país. Su punto de vista no es optimista: “Muy poca gente se atreve a hacerse oír para criticar el impacto de estas políticas en el país. No hay valentía política para hacer frente al lobby financiero”.

Un peso demoledor. En este país de 520.000 habitantes, el sector financiero genera ¡el 12% del empleo, supone un cuarto del PIB y casi un tercio de los ingresos fiscales! Luxemburgo cuenta con 144 bancos en territorio. Es el segundo mercado mundial de fondos comunes de inversión (por detrás de EEUU) y el segundo lugar en domiciliación de hedge funds del mundo. Y sobre todo es el primer país de la zona euro en el dominio de la gestión de fortuna, con 300.000 millones de euros de activos gestionados. Es decir, la mitad que los bancos suizos.

Los ciudadanos son muy conscientes de que esta industria les permite cobrar salarios a menudo dos a tres veces superiores a los de sus vecinos franceses y alemanes, para un mismo puesto e idéntica cualificación. “Las finanzas suponen la riqueza del país, son los empleos. Entre nosotros hablamos poco del asunto, existe desconocimiento de la realidad de las actividades financieras que se realizan en el país. ¡Y no se habla del tema a los periodistas!”, replica un militante, que solicita anonimato. No es el único que no quiere dar la cara. Ninguna asociación ha aceptado dar su versión oficial. “Desde 2009, con el aumento de la presión internacional con relación a los paraísos fiscales, se puede hablar un poco más abiertamente, pero sigue siendo tabú”, explica un afiliado. “No es un tema que se aborde públicamente ni siquiera en los círculos progresistas. Se considera que la crítica al mundo de las finanzas hará bajar nuestro nivel de vida de forma inevitable. Y eso supondría retroceder cien años, a una época en la que éramos todos obreros y cultivábamos patatas”.

“Es como estar contra el petróleo en Arabia Saudita!”

David Wagner, portavoz del partido de extrema izquierda Déi Lénk (La Izquierda), describe estas reacciones como las típicas de una “mentalidad de ancianos pobres”. “Vivimos desde hace 20 años en una opulencia nunca vista, pero somos conscientes de que es frágil y la gente tiene miedo a perderlo todo”. El partido de Wagner, que cuenta con un porcentaje de entre el 5 y el 10% de los votos, es el único que critica explícitamente el funcionamiento de la industria financiera. “Pero hay que hacerlo con cuidado, ¡es como estar en contra del petróleo en Arabia Saudita! Tratamos de desarrollar un plan de salida a varios años”.

Serán necesarios muchos años para que el país abandone el mundo de las finanzas, dado el anclaje con el que cuenta en el territorio. Cierto es que el estatuto de holding, que permite a los grupos internacionales gestionar sus filiales desde el Gran Ducado, exonerados prácticamente de pagar todos los impuestos, data de 1929 (fue suprimido en 1998), pero hasta los años 60, Luxemburgo era sobre todo un país siderúrgico, del que ArcelorMittal es el actual heredero. La impresionante sede del grupo sigue estando en Luxemburgo, donde ocupa una manzana.

La explosión del centro financiero se remonta a 1963, año en el que el país autorizó la emisión y la utilización de eurobonos, este tipo de obligaciones podían emitirse en la divisa preferida por la empresa en cuestión, que buscaba sortear restricciones u obligaciones legales de la moneda de su país de origen. Así lo cuenta el periodista y escritor Nicolas Shaxson, autor de un magnífico libro sobre los paraísos fiscales.

En los años 70, el sector siderúrgico entra en crisis, tras lo que no tardó en llegar su declive. El Gran Ducado se adentró entonces en el mundo de las finanzas como nueva forma de lograr riqueza nacional. Con éxito. Las leyes favorecían a las multinacionales, que se multiplican. El secreto bancario se convierte en un valor garantista por la ley en el año 1981. Atraer los fondos de inversión y los hedge funds a golpe de exenciones fiscales se convierte en una prioridad. Para la gama de los servicios de finanzas offshore, la regulación va apareciendo poco a poco, con la intención de ser lo más laxa posible. Y funciona.

Según un informe del Senado francés sobre el papel de los bancos en la evasión fiscal, Luxemburgo es el tercer centro offshore que más capital, por detrás de las Islas Caimán y de Irlanda. El Comité Católico contra el Hambre y para el Desarrollo, CCFD-Tierra solidaria, establece que la mayoría de las 50 grandes empresas europeas instalaron filiales en Luxemburgo (que cuenta con casi las mismas filiales que China).

La revista Alternatives économiques apunta un indicador esclarecedor, la brecha entre el Producto Interior Bruto por habitante, es decir, la riqueza teóricamente producida en un país y la renta nacional bruta por habitante. En Luxemburgo, la brecha es de más de un cuarto; un cuarto de la riqueza teóricamente producida no vuelve a sus habitantes. “Hay importantes sospechas de que esta producción de la riqueza es en realidad ficticia y solo apunta a juegos de escrituras destinados a localizar beneficios en un paraíso fiscal”, publicaba el magazine.

El economista Gabriel Zucman, en su libro La Richesse, afirma que un tercio de los 1,8 billones ocultos en Suiza se invierten en fondos de inversión con sede en Luxemburgo y que se ocultan tras sociedades pantallas. Porque la opacidad también ocupa un papel destacado. Fuentes oficiales reconocen que el país es incapaz de cuantificar exactamente cuál es la parte del dinero suizo invertido en estos fondos “porque se trata de una información con un valor comercial indiscutible, en manos de aquellos que gestionan estos fondos”. Luxemburgo ocupa la segunda posición, por detrás de Suiza y por delante de Hong Kong, en el índice de 2013 en opacidad financiera establecida por el Tax justice network.

Zucman estima que ningún país ha ido tan lejos en “la comercialización de su soberanía”, al dejar que las empresas negocien las tasas y fijen las reglas a las que se someten. Con gran dureza, llega incluso a referirse a la exclusión de Luxemburgo de la UE, al hablar del país como de “una plataforma exterior para la industria financiera mundial”. Y es verdad que las triquiñielas fiscales en las que se cita a Luxemburgo dan vértigo. Se trata de un agujero negro de la mundialización, muy acogedor con los europeos ricos y con las empresas dispuestas a esquivar las restricciones legales o los impuestos.

1. El agujero negro de las finanzas mundiales

Las exenciones fiscales y un conjunto de reglamentaciones muy ventajosas permiten, a las multinacionales que instalan allí su centro financiero o su cuartel general, no pagar prácticamente ningún impuesto, tal y como ocurre con ArcelorMittal. Otros se aprovechan de las filiales luxemburguesas para remunerar a los dirigentes de sus empresas, sin notificarlo al fisco correspondiente.

También se puede aprovechar la laxitud de la legislación financiera que atañe a las inversiones financieras. Sobra decir que esta cuestión la comprendió muy bien Bernard Madoff, que se sirvió de una Sicav luxemburguesa, Luxalplha, para estafar 65.000 millones de dólares. Luxalpha iba contra las leyes de prácticamente toda Europa… salvo contra las de Luxemburgo.

El país es un viejo conocido de políticos franceses o de personas de su entorno.

Ante este panorama cuando menos problemático, la OCDE es menos clara que Zucman. Sin embargo, a finales de noviembre, el club de los países ricos, que supervisa el Forum mundial sobre fiscalidad, asestó un duro golpe al Gran Ducado, situándolo entre los territorios “no conformes” a sus reglas de transparencia financiera. Después de un análisis pormenorizado, se concluyó que el Estado, que puso en marcha todas las medidas legislativas que estaban en su mano para hacer posible el intercambio de informaciones fiscales, no seguía el juego. Cuando otros países, solicitan información sobre contribuyentes sospechosos de esconder dinero al fiscal, en general, las respuestas llegan, pero son tan vagas que apenas resultan concluyentes.

Ni decir tiene que esta acusación ha sido muy mal recibida en el país, acostumbrado a ser el alumno aventajado de la construcción europea y del rigor presupuestario. “Esto ilustra graves problemas en el país”, dice un periodista local. “Existe una brecha significativa entre el discurso oficial y la realidad”. “Vamos a hacer todo lo posible para cumplir los criterios de la OCDE y corregir lo que deba ser corregido”, dice Nicolas Mackel, el dirigente de Luxembourg for finance, la agencia de promoción del centro de finanzas, nacido en asociación con la industria financiera y el Estado. “Existe un ensañamiento en contra de Luxemburgo. Nuestro país presenta cualidades completamente diferentes de las que el mundo político-mediatico, sobre todo francés, presenta”.

A decir de los representantes financieros luxemburgueses, y de los responsables políticos, el éxito viene dado sobre todo por la gran estabilidad política y social, se debe al marco reglamentario, “moderno constantemente adaptado a las evoluciones del mercado” y a la competencia de sus asalariados. “Para un empresario que tiene intereses en varios países, la oficina del BNP en Limoges, está menos indicada que la oficina de ese mismo banco en Luxemburgo, que cuenta con amplia experiencia en varios país”, justifica Mackel. “Aquí lo tenemos todo, empezando por los idiomas”. Cierto es que francés, alemán y luxemburgués son las lenguas oficiales del país y que se habla inglés con fluidez.

“Luxemburgo se encuentra en una situación particular. Nuestros clientes no son luxemburgueses. Exportamos servicios financieros, como los alemanes exportan coches y los franceses vino”, recuerda Jean-Jacques Rommes, presidente de la Asociación de bancos y banqueros (ABBL). Según él, este éxito genera muchas envidias. Para el representante de los banqueros, es Francia quien ha multiplicado las peticiones de información fiscal y quien ha calificado en la OCDE de poco convincentes las informaciones obtenidas. “Francia nos ha denunciado y ahora se alegra del resultado. Por supuesto, porque va en beneficio de sus intereses”.

2. El país abandona el secreto bancario

Nicolas Mackel y Jean-Jacques Rommes, y todos aquellos a los que representan, muestran indignación cuando se presenta al Gran Ducado como un paraíso fiscal. Es verdad que en 2009, el país fue incluido por poco tiempo en la lista negra del G20, pero pronto optó por regularizar la situación para quedar incluido en el ranking. Y a decir de numerosos representantes oficiales, todo cambió en cuatro años. El punto álgido de esta nueva política se vivió con el anuncio llevado a cabo por el ministro de Finanzas, en marzo de 2013, según el cual, el país a partir del 1 de enero de 2015 se acogería al intercambio automático de información sobre los intereses derivados del ahorro con todos los países de la UE. Una práctica en marcha desde 2005, a excepción de en Luxemburgo y Austria, países que a cambio pagaban a los Estados implicados.

Se trata efectivamente de una decisión revolucionaria, ya que cada país se compromete a entregar, una vez al año, las informaciones bancarias relativas a las cuentas abiertas en su territorio por los contribuyentes. En la práctica supone el fin del secreto bancario, ya materializado en abril al firmar con EEUU el acuerdo Fatca. Dicho acuerdo fue votado en 2010 y se convirtió en obligatorio en todo el mundo tras la forma en que el UBS había urdido un enorme fraude fiscal en suelo norteamericano. El texto del acuerdo impone a los bancos el intercambio automático de informaciones en lo que se refiere a todos lo datos relativos a los residente norteamericanos.

Para ir más allá en este asunto, Luxemburgo también firmó en mayo de 2013 la convención multilateral de la OCDE relativa a la cooperación fiscal, comprometiéndose de facto a responder a todas las peticiones de 60 países. Anunció también que adoptaría desde su puesta en marcha el nuevo estándar de intercambio automático promovido por la OCDE… “No albergamos ninguna esperanza en cuanto al mantenimiento del secreto bancario. Se ha acabado. Es inevitable”, señala Jean-Jacques Rommes. “Para el que no lo haya comprendido todavía, no se mantendrá más de dos años”.

¿Qué impacto tendrá esta revolución copernicana? En noviembre, la oficina nacional de estadística calculó que se reduciría el PIB nacional en un 1%, que tendría un impacto negativo de aproximadamente el 5% de la rentabilidad financiera. Oficialmente, se verían amenazados unos 2.000 empleos. Otros son más pesimistas. En abril un abogado fiscalista de prestigio aseguraba que desaparecerían la mitad de los bancos del país puesto que “la mayor parte de la clientela de los bancos luxemburgueses no han declarado el dinero”.

El gobierno quiere imitar a Bélgica

En privado, un responsable luxemburgués, que hace más de 20 años que trabaja en el mundo financiero, habla sin tapujos. “Está claro que el secreto fiscal se ha utilizado durante mucho tiempo como argumento comercial para atraer a clientela no residente”, reconoce. “Siempre hemos explotado las oportunidades que se nos han presentado, responde a la lógica del mercado. Y dado el tamaño del país, no tenemos elección si queremos desarrollarnos”. Este experto cuenta con que la “tempestad” se lleve una cuarta parte de los activos gestionados. “Incluso si 50 bancos tuvieran que desaparecer, no habría riesgo sistémico”, anticipa.

Porque en Luxemburgo, la “gestión privada” de los capitales no constituye el nervio del asunto. Representa en torno al 20% de los ingresos de la industria financiera, muy lejos de la gestión de los fondos de inversión y de los seguros de vida que constituyen el corazón de la máquina. Y quizás por esa razón, después de dar un gran paso en aras de la transparencia en lo que se refiere a las cuentas bancarias, el país se opone de nuevo cuando se trata de aportar más datos que pronto terminarán por intercambiar.

“Los pequeños ahorradores, como el dentista belga, al que continuamente se pone como ejemplo en Luxemburgo, todas estas personas que se benefician de un sistema simple y que reciben un trato casi industrial, se van del país, porque el secreto bancario les afecta directamente”, dice Mike Mathias, de los Verdes. “Sin embargo, los bancos sabían desde hace más de diez años que esto sucedería. Están preparados”. Así, Luxemburgo hace un años que ha legislado sobre la actividad de “family office”, reservando a los profesionales la gestión de la fortuna y de la vida privada de los más ricos del planeta, con el fin de atraer a más. También es muy cuestionada una ley que autoriza la creación de fundaciones privadas y que permite ocultar la identidad del beneficiario final. Del mismo modo, se está construyendo un puerto franco en las proximidades del aeropuerto, tal y como contaba Der Spiegel, está concebido para competir con el de Ginebra y debería albergar numerosas obras de artes. Todo ello con gran opacidad sin que las autoridades fiscales europeas puedan saber lo que oculta.

Finalmente, para seguir atrayendo empresas, el nuevo Gobierno quiere importar de Bélgica el concepto de “intereses nocionales”, que conlleva que cuando una empresa se financia con fondos propios, ¡pueda deducirse fiscalmente un montante equivalente a lo que le habría costado un préstamo bancario! Una prima a los más ricos, que el primer ministro Xavier Bettel, el pasado 4 de diciembre, no descarta. En lo que se refiere a esta cuestión, incluso Bélgica está en el punto de mira de la Comisión Europea.

3. Amistades peligrosas

Sobra decir que el Gobierno luxemburgués no parece haber abandonado la línea trazada por los anteriores ejecutivos. Y sin embargo en las elecciones del pasado 20 de octubre, se podría haber producido un terremoto. Tras la salida anticipada de Jean-Claude Junker, muy dado a aferrarse al cargo, tras verse salpicado en un asunto de espionaje, los electores dieron la victoria a una coalición del partido liberal (del que Bettel es el líder), de los socialistas (ya en el poder en varios gobierno anteriores) y de los Verdes. Juncker, forzado a marcharse, dirigió el gobierno desde 1995, tras haber sido ministro de Finanzas durante seis años. En cuanto a su partido, el CSV, “Cristiano social”, formó gobierno de forma ininterrumpida desde el final de la Segunda Guerra Mundial, salvo en el periodo que va de 1974 a 1979.

Juncker no será contrariado por su sucesor. Bettel nombró al frente del Ministerio de Finanzas a Pierre Gramegna, miembro del partido liberal y hasta entonces director general de la Cámara de Comercio de Luxemburgo. Para su primer discurso, con motivo del evento anual de los aseguradores luxemburgueses, Gramegna hizo todo lo posible por tranquilar al entorno financiero, al que prometió sobre todo “mucha continuidad, no solo con palabras, sino también con hechos”.

Una vez más, este país tuvo ocasión de demostrar que, conforme a un argumentario elaborado por la asociación de banqueros, se caracteriza por “atraer a los que tienen capacidad de decidir” y por su “burocracia limitada”. “En Luxemburgo, todo el mundo se conoce, es verdad. Se trata de un microcosmos apenas más grande que el entorno parisino”, ironiza Jean-Jacques Rommes.

En Les Échos, en enero de 2012, un socio de Deloitte, señalaba que mientras “en Francia la alta administración se encarga de redactar las reglamentaciones, en Luxemburgo, son los profesionales quienes sugieren los textos”. En octubre, después de que el exministro de Finanzas Luc Frieden nombrara a su consejera Sarah Khabirpour, al frente de la comisión de vigilancia del sector financiero, las suspicacias llegaron incluso al Financial Times. Sin embargo, otra coalición ha hecho sobresaltarse en todas las filas: durante las negociaciones para la formación del nuevo gobierno, la delegación del partido liberal recibía al dirigente luxemburgués de la firma auditora Ernet&Young, Alain Kinsch...

“Los luxemburgueses sienten cierto desprecio por la banca”

Esta interconexión del mundo financiero y del mundo político explica también el consenso nacional alcanzado con relación a la industria financiera. Ya que, llegado el caso, el toque de atención puede ser directo. Así ocurrió en el verano de 2009, en el Círculo de Cooperación de las ONG a propósito del informe sobre la evasión fiscal encargada al periodista y economista alemán Rainer Falk.

El estudio establecía por primera vez una relación explícita entre la gestión de fortunas en Luxemburgo y las pérdidas acarreadas en los países en desarrollo y que suponía más de cinco veces la inversión que el Gran Ducado destina a ayuda al desarrollo. Ponía también negro sobre blanco que el país suponía un lugar ideal para la evasión fiscal de las multinacionales. El 29 de julio de 2009, en la Cámara de diputados, con motivo de la declaración de las líneas de la política general de su nuevo gobierno, Juncker aludió con dureza al estudio, que calificó de “primitivo y primario” y de dañar la imagen del país.

Las presiones a las que se vio sometido el Círculo le llevó a retirar el estudio de su página web. “Después de este episodio, la asociación Etika organizó un debate titulado “(No) Hablemos de dinero que molesta”. Esta interpelación sigue siendo válida para hoy”, considera Jean-Sébastien Zippert, miembro de varias ONG, entre ellas ATTAC y buen conocedor de las cuestiones financieras. Lo más irónico en este asunto es que Jean-Claude Junker no era un ferviente admirador del centro financiero. “A Juncker no le gusta este mundo”, afirma David Wagner, del partido Déi Lénk. Su padre era obrero, sindicalista cristiano, como muchos luxemburgueses nacidos antes de que el centro financiero viera la luz. No les gusta mucho la ostentación y tienen cierto desprecio por la banca”.

Se trata de una posición paradójica en un país que vive de la banca. “Esta dinámica financiera crea nuestra riqueza, sí, pero el flujo de capitales plantea también serios problemas, como el aumento incesante de los alquileres”, apunta Mike Mathias. “Y el 70% de la población activa no es luxemburguesa”. De hecho, cada día, unos 150.000 personas cruzan la frontera para trabajar en el país más rico, de ellos, 800.000 son franceses. Aproximadamente el mismo número vive y trabaja en el país. En cuanto a los luxemburgueses en activo en el país, la mayoría está empleada en la función pública, unos puestos de trabajo que les están reservados.

“Las finanzas no son como la siderurgia donde todos teníamos un hermano, un padre o un tío”, reflexiona el luxemburgués conocedor del sector financiero antes mencionado. “La integración social no se ha producido. Los necesitamos, reconocemos su importancia, pero no nos gustan los banqueros”. En la medida en que el flujo financiero no ha impedido que aumenten las desigualdades, tal y como resume un excelente informe de la cámara de los asalariados, que habla de la existencia de un 10% de trabajadores pobres y que subraya que la brecha de riqueza existente entre el 5% de los más pobres y los más ricos se ha multiplicado entre 1985 y 2010.

4. La complicidad de Francia y de Alemania

Todos los actores y observadores entrevistados en Luxemburgo coinciden en que el su país no habría podido desarrollar sus actividades sin la complicidad, al menos tácita, de sus grandes vecinos. Para el militante Jean-Sébastien Zippert, “Luxemburgo es el engranaje”. “Es evidente que Luxemburgo trabaja mucho para seguir siendo atractivo a los actores del mundo financiero e incluso mantiene su ambigüedad sobre el futuro. Pero también es evidente que las industrias francesas y los particulares alemanes sacan rédito de ello”, señala Mike Mathias.

El economista de los Verdes explica que en los años 60, los bancos alemanes “descubrieron” Luxemburgo, mientras que la regulación comenzaba a adquirir peso en su país de origen y buscaban desarrollarse. Rápidamente entendieron que con su puñado de bancos, en la época, Luxemburgo no había establecido todavía reglas estrictas en numerosos sectores punteros. “Un territorio de habla alemana, próximo a Alemania, donde el acceso a los dirigentes no era demasiado complicado por su tamaño reducido, era perfecto”, resume Mathias. “Actualmente, los bancos alemanes son mayoritarios”.

En los aproximadamente 140 bancos contabilizados actualmente, solo 5 son luxemburgueses. Según las cuentas de la comisión de vigilancia del sector financiero, 39 de ellos son alemanes, 14 franceses y 11 belgas. Según el colectivo CCFD-Tierra Solidaria, Luxemburgo es el primer destino offshore para los activos gestionados por bancos franceses y el 18% de los beneficios del grupo Deutsche Bank provienen de cuatro filiales luxemburguesas.

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En el país, el BNP fusionado en 2008 con el Banco General de Luxemburgo (BGL), con sus 4.000 empleados, es el segundo empleador del país, por detrás de ArcelorMittal. Otro ejemplo, el Crédit communal de Bélgica, predecesor de Dexia, se lanzó en 1990 a la gestión de fortunas en Luxemburgo, mientras que se trataba de un establecimiento público, del que las comunes belgas eran accionistas. “Digo con frecuencia que no hay centro financiero luxemburgués, sino que hay un centro financiero en Luxemburgo”, dice David Wagner. “Y el matiz es importante”.

Entre los dirigentes, se critica la hipocresía de Francia y de Alemania en estos asuntos. Como último ejemplo, baste el informe publicado con poco ruido por la OCDE sobre la manera en que 34 miembros luchan contra el fraude fiscal y el blanqueo. Es verdad que Luxemburgo está entre los cinco últimos clasificados a la hora de poner en marcha las recomendaciones del Grupo de Acción Financiera (GAFI), la instancia que coordina la lucha internacional contra los “flujos ilícitos”, pero Francia y Alemania no están mejor situados, en los puestos 22 y 24. Ambos también tienen asuntos que resolver y el Gran Ducado continuará haciéndolo saber por todos los medios a su alcance.

Traducción: Mariola Moreno

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