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"Con estas explosiones, los niños ya son conscientes de qué es la guerra": la invasión rusa desde Odesa

Una madre y sus hijos posan para una foto mientras miembros de la comunidad franco-ucraniana protestan contra la operación militar de Rusia en Ucrania, frente a la Embajada de la Federación Rusa en París.

Mathilde Goanec (Mediapart)

Durante la noche del miércoles 23 al jueves 24 de febrero de 2022, Oleksiy Dragomyretskyy escuchó un primer disparo. Luego un segundo, veinte minutos después, y así hasta el amanecer. Este profesor de Odesa, ciudad del suroeste de Ucrania a orillas del mar Negro, no pudo volver a dormir. Salió a tomar el aire, con su familia, en busca de noticias.

Se estaban formando colas en los comercios de Odesa, pero todo parecía estar en calma, "no había cortes de agua o electricidad, había coches en las calles", dice Oleksiy. "En el parque por el que paseábamos, vimos incluso a una pareja de novios haciéndose fotos, era surrealista".

"Lo que está ocurriendo, esta lluvia de proyectiles en el Este, los disparos aquí, es medieval, una locura", continúa el profesor. Odesa forma parte plenamente del "proyecto de conquista de Vladimir Putin, desde 2014", en el inicio de la guerra en Ucrania. "Estamos en su camino", se preocupa Oleksiy, entre Crimea (anexionada en 2014) y Moldavia (parte de cuyo territorio, Transnistria, está casi bajo protectorado ruso).

Mientras Oleksiy habla de su ciudad "como una isla, ucraniana a su manera, casi sureña", su mujer le enseña las malas noticias que le llegan al teléfono, la información sobre las primeras víctimas civiles. "Llevamos ocho años de guerra. Pero muchos ucranianos han hecho la vista gorda. Putin nos obliga a enfrentarnos a la verdad".

Dariya Bibikova, traductora, vive en el campo, a diez kilómetros de la capital, no muy lejos del aeropuerto. Desde su casa, escuchó los disparos en Brovary, un suburbio de Kiev, que mataron al menos a seis personas e hirieron a otras. "Con estas explosiones, los niños también fueron conscientes de qué era la guerra. Sabíamos cuál era la situación, por supuesto, pero no queríamos creer que fuera a ocurrir. Es un desastre".

El día pasó, normal y anormal a la vez: "Trabajo, cuidamos a los niños y vemos las noticias". En los chats de los vecinos circulan muchas noticias, también algunas falsas. El supermercado permanece abierto, pero no queda mucha gasolina en el surtidor, y los atascos avanzan como un pulpo por la capital.

"Por el momento, los rusos parecen tener como objetivo las unidades militares, no civiles directamente, y realmente no sabemos si ir al oeste o quedarnos", dice Dariya. "El Gobierno nos pide que mantengamos la calma y que no bloqueemos las carreteras para dejar pasar los convoyes militares. Advertí a mis hijas de que si teníamos que irnos, no podríamos llevarnos los gatos. Lloraron".

Lesia dejó la ciudad de Járkov, después Ucrania, el domingo 20 de febrero, cuatro días antes de que los disparos rusos alcanzaran la ciudad oriental. "Muchos de mis amigos han ido a ofrecerse a las fuerzas de defensa del Ejército ucraniano, algunos donarán sangre, otros darán dinero. No soy tan valiente como ellos". Lesia llora por teléfono. "Tengo que defender a mi hijo".

Los bombardeos en Járkov tenían como objetivo bases militares, algunos alcanzaron edificios de apartamentos. "A las seis de la mañana, mis padres estaban sanos y salvos, pero no he vuelto a saber de ellos", se preocupa la joven, con la voz otra vez temblorosa. También aquí la gente ha empezado a huir, pero por falta de gasolina o porque las salidas están bloqueadas por cientos de coches, la gente se da la vuelta o se detiene en los pueblos de los alrededores. Otros se refugiaron en el metro por miedo a los bombardeos.

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"Hasta entonces, mucha gente esperaba que la crisis se resolviera a pesar de todo", dice Lesia. "Yo también, aunque hace ocho años que sé que esta guerra puede ocurrir. Pensé que Putin tendría miedo de las sanciones, de las reacciones internacionales, pero no tiene miedo de nada. Para él, esto es sólo el principio. Si el mundo no lo detiene ahora, nada lo hará".

El ambiente es el del "primer día de una invasión", comenta fatalista Oleksandra Matviychuk, que dirige el Centro de Libertades Civiles. Esta ONG de derechos humanos de Kiev lleva desde 2014 documentando y denunciando las amenazas, presiones y abusos cometidos contra activistas, periodistas y artistas hostiles a las fuerzas separatistas del Dombás. "Estamos pensando en cómo actuar ahora, para ser lo más útiles posible. Los ucranianos lucharán, por supuesto. Pero lo que le preguntamos a Occidente es cuánto tiempo tenemos ahora para resistir".

Texto en francés:

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