Pinar Selek fue detenida, encarcelada durante dos años y medio, torturada y luego se exilió. Fue absuelta cuatro veces, pero, desde hace veintisiete años, no ha cesado el acoso judicial del poder turco hacia ella, lo que la ha obligado a quedarse en Francia. ¿Su delito? Haber querido investigar sobre los kurdos de Turquía y sus movilizaciones políticas, sociales y culturales a principios de la década de 1990.
Todo lo que había recopilado durante sus tres años de etnografía le fue confiscado. El libro que publica ahora, en la colección Démêlés de la editorial de la Universidad Paris-Cité, constituye, por tanto, una revancha personal, además de una obra de ciencias sociales.
Su libro, titulado Lever la tête : la recherche interdite sur la résistance kurde (Levantar la cabeza: la investigación prohibida sobre la resistencia kurda), narra el recorrido de una investigación que le fue prohibida pero que está inscrita en el propio cuerpo de la investigadora. También documenta la situación de un pueblo que, según la Liga de Derechos Humanos de Turquía, sufrió la muerte de más de 20.000 civiles y la evacuación de más de 3.700 pueblos entre 1992 y 1995.
Su título es una traducción de serhildan, término kurdo que designa una forma de levantamiento popular, forjado a partir de las palabras ser (cabeza) y hildan (levantar). Esta entrevista se realiza en un momento en que los sueños de autonomía kurda en Rojava han sufrido un duro golpe tras la ofensiva de las tropas sirias en esta región situada al norte de Siria y al este de Turquía.
Mediapart: ¿Cómo ve la situación de los kurdos hoy en día, a la luz del interés que ha mostrado por este pueblo durante tres décadas?
Pinar Selek: Cuando vi la nueva tragedia que afectaba a este pueblo, esta vez en Siria, pensé que mis investigaciones podían ser importantes para comprender lo que pasa y lo que se dice hoy en día.
Aunque mi campo de investigación es antiguo, comenzó en un momento de guerra, que se parece a lo que está sucediendo hoy, y tiene sentido en un momento en el que los kurdos están viviendo uno de los períodos más duros de su historia.
El núcleo de mi investigación consiste en comprender cómo la acción colectiva de los kurdos ha trascendido sus partidos y organizaciones y ha superado las reivindicaciones iniciales, para inventar múltiples formas de solidaridad y afirmación que constituyen lo que yo denomino una “danza de mil cabezas”. Esta danza atraviesa momentos dolorosos, como el actual, pero no por ello se detiene.
¿No están enterrados, sin embargo, los sueños de autonomía de los kurdos? ¿Podemos pensar que las semillas sembradas por la experiencia política de Rojava no desaparecerán con la ofensiva del ejército sirio contra esos territorios? ¿Cómo imaginar que los kurdos vuelvan a levantar la cabeza cuando hoy se ven obligados a agacharla?
En el libro recuerdo la experiencia olvidada de la República de Mahabad, creada en 1946, tres años después de una masacre que marcó la historia kurda, durante la cual ese pueblo vivió una forma política inédita instaurada por el Partido Democrático del Kurdistán (PDK), caracterizada ya por una importante participación de las mujeres en la vida de la ciudad. Esa experiencia solo duró tres años, pero tuvo muchas repercusiones.
Al transformar la tradición en una herramienta de lucha, al abordar los conflictos de clase y de género hasta entonces invisibles en el sistema tribal, la movilización de los kurdos tuvo consecuencias inesperadas
Hoy en día, es evidente que los kurdos han recibido un duro golpe. Un gran golpe. Pero el movimiento kurdo es un movimiento social, cultural y político con repercusiones en las comunidades y las redes militantes, no solo en los territorios kurdos, sino más allá, hasta en Europa.
Sigue vivo el dinamismo político y social que pude observar antes de que mis investigaciones fueran confiscadas. Los kurdos han sabido crear un saber hacer, especialmente diplomático, que una nueva ofensiva militar no podrá detener.
Usted se muestra muy crítica con la militarización del movimiento kurdo, aunque hay que entenderla como una reacción a la violencia del poder turco, al considerar que esta militarización “lo carcomía por dentro, alterando sus múltiples dinámicas socioculturales” y que “los espacios de debate se transformaban en centros de mando, donde la supervivencia inmediata prevalecía sobre la deliberación colectiva y la diversidad de opiniones”. ¿Diría usted que las dificultades actuales son también el resultado de los callejones sin salida de esa militarización del movimiento y que el llamamiento a deponer las armas del fundador del PKK, Abdullah Öcalan, encarcelado desde hace años por Turquía, va en la dirección correcta?
En mi opinión, hace tiempo que el movimiento kurdo en Turquía quería poner fin a la lucha armada. El PKK se desarrolló en los años 60 y 70, en un momento político en el que el principal repertorio de las luchas por la independencia era la guerrilla, con el símbolo de Che Guevara compartido en todo el mundo.
Como soy antimilitarista, no soy socióloga del PKK y llevo años sin poder acceder a mi terreno de trabajo, no puedo pronunciarme sobre la estrategia actual del PKK.
Lo que sí sé es que el PKK llevaba mucho tiempo queriendo deshacerse de las armas, subrayando hasta qué punto la lógica militar —por comprensible que fuera en el contexto de la intensa represión militar sufrida— dañaba y destruía la dinámica del movimiento.
¿Quién soy yo para afirmar que la resistencia, tal y como ha tomado forma en las cárceles y en la clandestinidad, debe o no debe —o ya no debe— recurrir a las armas?
Sin embargo, he podido observar hasta qué punto, para muchos kurdos, esa lucha armada, incluso cuando la consideraban necesaria, lastraba toda una parte de un movimiento político que no solo pretendía afirmar los derechos nacionales o étnicos, sino cambiar la vida: las relaciones de género, las relaciones de clase... Dominaciones que, además, eran a menudo invisibilizadas por el sistema tribal tradicional kurdo.
Al transformar la tradición en una herramienta de lucha, al abordar los conflictos de clase y de género hasta entonces invisibilizados en el sistema tribal, la movilización de los kurdos tuvo consecuencias inesperadas y transformadoras, que no se limitaron a la reivindicación de derechos y escaparon al control de quienes la iniciaron.
Creo pues que esas nuevas ideas, esas nuevas reivindicaciones puestas en práctica en el movimiento kurdo podrían servirnos a todos si los kurdos tuvieran por fin la libertad de consolidarlas.
¿Cuáles son esas “nuevas ideas”?
Mi investigación se ha centrado en las transformaciones del espacio de las luchas sociales y activistas cuando, sobre todo bajo el efecto de la represión llevada a cabo por el Estado turco, se ha producido una convergencia, necesaria, entre los nuevos movimientos sociales, las movilizaciones feministas o LGTBI y las luchas lideradas por las minorías kurdas, pero también armenias.
Durante mucho tiempo, las movilizaciones kurdas se llevaban a cabo entre bastidores o en la clandestinidad. La obligación de abandonar los pueblos reprimidos y vaciados del territorio kurdo de Turquía y de emigrar a las ciudades transformó la dinámica en marcha. Una consecuencia esencial de la “urbanización” del movimiento kurdo fue su participación en el espacio de las luchas sociales en Turquía.
Una acción de ese tipo puede ser reprimida, pero tiene algo insuperable, porque la experiencia crea una nueva existencia. Una transformación de la realidad que un testigo describe así: “Ya no se puede volver a meter al genio en la lámpara.”
Este movimiento social constituye ahora una red con dinámicas propias, ampliada por los desplazamientos forzados de la población hacia las grandes ciudades de Turquía y Europa, lo que aumenta el número de personas capaces de conectar espacios y conflictos distintos.
Desde la década de 1980, muchos movimientos kurdos han afirmado que el Estado-nación, que es una forma hostil para las minorías, no debe considerarse una culminación
¿Cómo han podido los kurdos transformar los espacios políticos turcos?
Eso se sitúa a diferentes escalas. En primer lugar, han adquirido un lugar importante en el tablero electoral, en la medida en que el hecho de aliarse o no, de apoyar o no las luchas kurdas, ha reconfigurado el tablero político turco.
Pero los kurdos también han transformado toda la cultura política del país. Antes, nunca se veía a la gente bailar en una manifestación, ni siquiera en las feministas o del colectivo LGTBI, como ocurre hoy en día. En términos de acción, estrategia política y modos de convergencia, los kurdos han revolucionado la relación con la política en toda Turquía, mucho más allá del propio territorio kurdo.
Varios testimonios recientes cuentan que las poblaciones árabes reclutadas por los militares kurdos en Rojava se sentían oprimidas y discriminadas: eso no encaja con la imagen igualitaria que propaga Rojava para todas las poblaciones —hombres y mujeres, kurdos y minorías— que viven bajo su administración. ¿Cómo ha recibido usted esa información?
Soy socióloga y como tal no me conformo con la visión distante que ofrecen algunos medios de comunicación. Pero, lamentablemente, esos testimonios no me sorprenden. Tanto los zapatistas como los kurdos siempre han dicho que, en tiempos de guerra, es difícil, si no imposible, mantener los principios, seguir siendo coherentes, individual o colectivamente, con los principios de acción igualitarios y emancipadores que nos hemos fijado.
Los kurdos son, junto con los palestinos, el pueblo del Oriente Medio al que se le ha negado cualquier proyecto nacional. ¿Es posible imaginar la emancipación o la autonomía de los kurdos fuera de un proyecto de Estado-nación, como hacen cada vez más palestinos ante la constatación de que la política israelí ha hecho imposible un Estado palestino?
Desde la década de 1980, el movimiento kurdo ha afirmado que el Estado-nación, que es una forma hostil hacia las minorías, no debe considerarse una culminación. Los kurdos, al igual que los palestinos, reclaman libertad, derechos e igualdad, no la reconstitución de sistemas políticos que han demostrado ser colonizadores y opresores.
Estos pueblos, debido a su historia, han creado recursos para inventar algo diferente, en un momento en el que se ve lo mortífero que es el nacionalismo de los Estados-nación. Al igual que los movimientos feministas han cambiado la percepción y el poder colectivo de lo que era una “mujer”, cabe esperar que las luchas étnicas de los kurdos transformen lo que se puede esperar de una reivindicación y una construcción nacionales para convertirlo en algo distinto de lo que conocemos en la forma actual de los Estados-nación.
“Mi cuerpo es mi investigación”, escribe en su libro: ¿qué quiere decir con eso?
Al torturarme, la policía turca quiso separar a la investigadora de sus investigaciones. Pero al confiscar mi trabajo y encarcelarme, en realidad me obligó a introducir esos materiales en mi cuerpo y en lo más profundo de mi memoria. Cuando escribí esta obra sobre una investigación prohibida desde hace veintisiete años, tenía la sensación, metafóricamente, de sangrar por todas partes. No creo que sea posible llevar a cabo una investigación —sobre todo sobre un tema así— de manera neutral. En este sentido, puedo decir que mi cuerpo y mi investigación forman un todo.
Hace usted varias referencias al antropólogo anarquista James C. Scott, y en particular a la importancia que concede a los gestos y resistencias infrapolíticas, cuando el contexto militar o político general no permite una rebelión abierta. ¿No parecen insignificantes esas acciones en un mundo cada vez más dirigido por la fuerza bruta?
Vengo de una familia marxista y mi abuelo, que fue diputado, me dio una vez esta lección: una noche de invierno, puso una cacerola al fuego y, al cabo de un rato, me dijo que metiera la mano para calcular la temperatura del agua. Esta rondaba los 30 grados, por lo que estaba lejos de la ebullición. Luego nos fuimos unos diez minutos y me pidió que volviera a meter la mano. La temperatura del agua había bajado a 10 ó 15 grados. La moraleja, me explicó, es que nunca hay que dejar que el fuego se apague, incluso aunque no se pueda generar un calor intenso.
Durante décadas, las formas de resistencia infrapolítica han frenado la asimilación étnica llevada a cabo por el Estado turco
En la cárcel, las mujeres con las que estaba me decían todo el tiempo que no pensara en el juicio, que no pensara en salir, sino que me concentrara en el aquí y ahora, para no ceder a un sentimiento de impotencia y desesperación, para no volverme insensible a las cosas importantes, aunque parezcan pequeñas. Así es como aprendí kurdo, hice amistades, aprendí bailes, en lugar de concentrarme solo en mi próximo juicio, cuando no sabía cuánto tiempo permanecería en prisión.
Es cierto que no se puede cambiar el mundo con resistencias infrapolíticas, pero las necesitas para hacer algo incluso en los momentos en que sientes que no puedes hacer nada. En la sociedad de control en la que vivimos, no hace más que reforzarse la tendencia a pensar que hemos perdido. Por eso es aún más importante no dejar que el fuego se apague.
¿Se puede decir que los kurdos han logrado escapar del Estado desde la perspectiva política que James C. Scott trazó para los pueblos del territorio que él denominaba Zomia?
Mi problemática se articulaba entre dos dimensiones: la preservación a largo plazo de los recursos socioculturales en un contexto represivo y su actualización durante la acción política. El reto consistía en entender un movimiento social, impulsado por una población rural hasta entonces silenciosa, en un contexto de guerra. Al compartir la vida cotidiana de los pueblos, mediante un enfoque etnográfico durante más de tres años, pude acercarme a las prácticas comunes, las transmisiones y las formas de compromiso invisibles.
Y comprendí cómo, durante décadas, los modos de resistencia infrapolítica frenaron la asimilación étnica llevada a cabo por el Estado turco. Las zonas rurales de las regiones mayoritariamente kurdas se convirtieron en “espacios entre bastidores” donde se transmitió en secreto parte del patrimonio cultural, forjando una contrahistoria.
En estos espacios de ingobernabilidad parcial, donde las relaciones de poder podían eludirse momentáneamente, circularon “textos ocultos” hasta la década de 1980, momento crucial marcado por el surgimiento de la contestación política kurda.
Inspirada por las palabras de una de las personas encuestadas (“Hay que esconder bien los tesoros”), yo utilizo el término “tesoro” para referirme al conjunto de prácticas sociales que han construido un modo de vida invisible frente a la autoridad estatal.
Ver másEl líder de los independentistas kurdos: “Que callen las armas”
Traducción de Miguel López
Pinar Selek fue detenida, encarcelada durante dos años y medio, torturada y luego se exilió. Fue absuelta cuatro veces, pero, desde hace veintisiete años, no ha cesado el acoso judicial del poder turco hacia ella, lo que la ha obligado a quedarse en Francia. ¿Su delito? Haber querido investigar sobre los kurdos de Turquía y sus movilizaciones políticas, sociales y culturales a principios de la década de 1990.