Los republicanos se debaten ahora entre seguir fieles a Trump o dejarle caer para siempre

Alexis Buisson (Mediapart)

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Es la hora de la verdad para los republicanos. Después de cuatro años de apoyo casi inquebrantable a Donald Trump, ha hecho falta que el ya expresidente estadounidense alentara un motín contra el Capitolio en sus últimos días en la Casa Blanca para que el partido de Abraham Lincoln decidiera, al menos en parte, dejar caer a su líder. Por su parte, Trump, que ni siquiera asistió este miércoles a la toma de posesión de su sucesor, Joe Biden, abandonaba la Casa Blanca lanzando una advertencia: “Volveremos de alguna forma”, mientras el presidente electo, tras jurar su cargo, destacaba que “la democracia ha prevalecido”.

El pasado 13 de enero, en la Cámara de Representantes, diez diputados republicanos votaron a favor de su impugnación, diez más que en la primera votación, a finales de 2019. Nunca antes un impeachment había sido tan bipartidista. Entre los que votaron a favor de la resolución estaba Liz Cheney, la número 3 de la Cámara e hija del exvicepresidente Dick Cheney.

La ruptura en las filas del partido se percibe en todos los niveles del poder. En el seno de la que fuera administración Trump, tres ministros y varios asesores del expresidente anunciaron su dimisión después de los acontecimientos del 6 de enero. Mike Pence, que tragó muchos sapos y culebras durante cuatro años como vicepresidente, estaba furioso porque su jefe no preguntó por él después del asedio del edificio del Congreso; ese día, presidía la sesión de ratificación de resultados presidenciales en el Capitolio cuando él y su familia tuvieron que ser evacuados al sótano.

En el Senado, las relaciones entre Trump y Mitch McConnell se hicieron tensas desde que el senador de Kentucky reconoció la victoria de Joe Biden a mediados de diciembre. La batalla por la confirmación añadió leña al fuego.

McConnell, preocupado por preservar la imagen de la institución de cara a las elecciones en el Senado de 2022, que se espera sean complicadas para su partido, abogó por que sus colegas rebeldes ratificaran los resultados el 6 de enero para evitar hundir a “la democracia en una espiral mortal”. No pudo evitar que ocho de ellos votaran en contra de la ratificación, incluyendo a Josh Hawley y Ted Cruz, elegidos por Missouri y Texas, respectivamente. Y fueron duramente criticados por sus compañeros de filas por ello, movidos por sus propias ambiciones presidenciales para 2024.

Algunos argumentarán, con razón, que estas actitudes llegan demasiado tarde y que son demasiado sencillas, cuando se sabía que Joe Biden juraría el cargo este 20 de enero. Sin embargo, la divisiones, manifestadas sin tapujos, hacen prever un período agitado para el Grand Old Party (GOP). El Partido Republicano entra en la Presidencia de Biden sin una mayoría en el Congreso por primera vez desde 2008, en parte porque perdió en dos elecciones al Senado en enero en el estado históricamente republicano de Georgia. “¿Implosionará el Partido Republicano entre los partidarios de Trump y aquellos que pasen página? Esa es la gran pregunta”, resume Gabriel Scheinmann, director de l’Alexander Hamilton Society, una ONG con sede en Washington dedicada a promover las relaciones internacionales.

Para este observador de la vida política estadounidense, las imágenes del asalto al Capitolio fueron impactantes, pero también la decisión de los ocho senadores y los 139 diputados de la Cámara de Representantes de oponerse a la certificación de los resultados de las elecciones presidenciales, siguiendo a Donald Trump hasta el final en sus locas teorías de conspiración.

Ni siquiera el violento asedio al Capitolio, que se saldó con la muerte de cinco personas, les hizo cambiar de opinión. “La mayoría de ellos se mantuvieron firmes porque las bases proTrump piensa que las elecciones no se gestionaron bien; también porque se les dijo repetidamente que los comicios habían sido fraudulentos. Estos cargos electos afirman que reciben miles de llamadas telefónicas y correos electrónicos diarios. Sienten que deben dar voz a estos votantes, aunque no estén de acuerdo con ellos. ¡Esta no es la forma correcta de hacerlo! ¡No podemos tratar a millones de personas como niños que no pueden aceptar una realidad!”.

Ya en 2012, el partido se preguntaba sobre su futuro. Tras la derrota del candidato presidencial Mitt Romney frente a Barack Obama, el partido elaboró un informe de “autopsia” en el que se afirmaba que debía ampliar su base electoral, predominantemente blanca y masculina, para incluir a las mujeres y a las minorías raciales con el fin de obtenerun electorado cada vez más diverso.

Entonces llegó Donald Trump y destrozó esas bonitas recomendaciones con su retórica racista y sexista. Cuatro años después, creó una crisis de valores dentro del partido. “El futuro de las tradiciones del Partido Republicano está en duda. La agenda de Trump en el plano economía, el populismo, la inmigración, el comercio, algunos aspectos de la política exterior eran muy diferentes a la de los líderes del partido antes de él”, explica Scheinmann. “La izquierda, con su ala extrema, va a tener el mismo problema, pero ya lo vemos todos los días con los republicanos”.

Tras obtener casi 74 millones de votos en noviembre, más que cualquier candidato presidencial republicano, y el espectro de una candidatura en 2024, el proyecto de Donald Trump de controlar el partido podría seguir siendo significativo. Especialmente desde que varios bebés Trump, como el congresista de Florida Matt Gaetz, que defendió la idea falsa de que la nebulosa antifa estaba detrás de la invasión del Capitolio, surgió en Washington durante su presidencia. Incluso si no pone en marcha su propio medio de comunicación, el empresario puede contar con canales complacientes como One America News (OAN), Newsmax y algunos presentadores afiliados a Fox News (Tucker Carlson, Sean Hannity...) para difundir su buena palabra y defender su récord. Al menos por ahora.

Sus votantes más convencidos, que ya odiaban el establishment del "RINO" (“Republicans In Name Only"), considerados gallinas demasiado cercanas a los demócratas, también mantendrán la presión sobre los republicanos en el Congreso, especialmente los que cometieron el crimen de lesa majestad de reconocer la victoria de Joe Biden.

“¡Tendrán que seguir apoyando a Trump si quieren conservar sus trabajos!”, espetaba Robert Montgrow, votante trumpista entrevistado en Washington durante una protesta contra los resultados de las presidenciales, el 6 de enero ante el edificio del Capitolio. “Podemos ser testigos quizás del nacimiento de un tercer partido, integrado por patriotas de verdad, norteamericanos fieles a la Constitución que ven la corrupción en los otros dos partidos y dicen, 'demasiado es demasiado'”. Votante independiente, sólo votó a los republicanos porque Donald Trump era el candidato del partido en 2016.

Lo mismo sucede con Denis y Sharon, una pareja de Nashville (Tennessee). “Trump es el primer -y no me gusta esta palabra- político que dice lo que piensa. Todo el mundo en Washington piensa en las implicaciones de lo que van a decir antes de abrir la boca”, apunta Denis, un jubilado de 68 años. “Me importa un rábano los republicanos. Ya no me identifico con ellos”, puntualiza su mujer. “Como los demócratas, hay republicanos que solo se presentan en beneficio propio. Voto a los republicanos porque tengo que votarlos, pero hay que echarlos, empezando por Mitch McConnell. Necesitamos que se limite el número de mandatos de los congresistas, si no, todo va a seguir igual”.

Ese ahora tristemente célebre 6 de enero, en un discurso interminable ante la Casa Blanca, Donald Trump atacó abiertamente a los republicanos del Congreso, pero también a su propio vicepresidente Mike Pence, al gobernador de Georgia Brian Kemp, acusado de no hacer lo suficiente para defenderlo en ese estado clave, y al Tribunal Supremo, convertido en un bastión conservador tras nombrar a tres jueces.

Gabriel Scheinmann no está convencido de que Donald Trump siga siendo influyente. “A los estadounidenses no les gustan los perdedores”, asegura. Y añade: “Se ha visto distanciarse a muchos de sus partidarios conservadores en Fox News o en The Wall Street Journal desde que perdió las elecciones. Se dieron cuenta de que mantener una buena relación con él ya no era necesario para lograr su objetivo. Poco a poco, su influencia irá a menos”.

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Traducción: Mariola Moreno

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