Rumanía, una cantera de esclavas sexuales en Europa

Imagen de archivo de una protesta contra la prostitución en Málaga.

Florentin Cassonnet (Mediapart)

Bucarest (Rumanía) —

El 16 de diciembre de 2016 se encontró el cadáver de una joven con el rostro desfigurado en un bosque de las montañas del Jura (en el norte de los Alpes). Se tardó un año en descubrir que era Mihaela Miloiu, una rumana de 18 años, trabajadora sexual legal en Suiza. Mihaela Miloiu fue asesinada por un cliente francés, Alexandre Verdure, casado y con dos hijos. Condenado por un tribunal de apelación, luego recurrió al Supremo.

Dos años después, otra prostituta rumana, Nicoleta, fue asesinada en la región de Gard (en el sur de Francia) por un cliente, de nuevo con numerosas puñaladas.

Un tercio de as entre 700.000 y 1,2 millones de trabajadoras del sexo en Europa son de origen rumano, según descubrió la periodista Maria Moiș a partir de los datos disponibles de fuentes gubernamentales y de asociaciones. "Es muy difícil recopilar datos parciales que las autoridades no asumen, pero aquí tenemos una gran magnitud", subraya. Según el informe 2021 del Departamento de Estado de EEUU, Rumanía es, por tercer año consecutivo, el principal origen de las exportaciones de personas víctimas de la trata con fines de explotación sexual.

Mihaela Miloiu acababa de cumplir 18 años cuando fue llevada a Suiza por el traficante contra el que había presentado una denuncia en su país. Él fue declarado culpable de complicidad en el tráfico de menores, pero se libró de la cárcel. "Le dieron libertad condicional y, por desgracia, la joven volvió con él", dice el oficial de la Dirección de Investigación de la Delincuencia Organizada y el Terrorismo (Diicot) que había convencido a Mihaela Miloiu para que presentara una denuncia.

Como en muchos casos, el proxeneta obliga a las jóvenes bajo su control a trabajar como prostitutas en Rumanía hasta que alcanzan la mayoría de edad y pueden cruzar las fronteras para trabajar en el extranjero, donde los beneficios son mayores. “Estas chicas se encuentran a menudo en un estado de dependencia emocional de los agresores", continúa el policía. “Son mucho más fáciles de manipular y eso garantiza que no declararán en su contra”.

El método "loverboy" 

Iana Matei conoce bien este fenómeno. Psicóloga de formación, fundó en 1999 Reaching Out Romania, un centro de acogida para menores víctimas de la trata. "Son adolescentes, todas quieren enamorarse y un día llega un hombre que les dice 'te quiero'", explica. En sus 23 años de existencia, Reaching Out Romania ha atendido a cerca de 500 menores obligadas a prostituirse.

Las víctimas son cada vez más jóvenes, señala Iana Matei cuando nos reunimos con ella: de las ocho secuestradas ese día, la más joven sólo tenía 10 años. La jornada que visitamos el refugio, una bonita casa en las colinas a 150 kilómetros de Bucarest, siete de ellas estaban sentadas en el sofá del salón viendo dibujos animados, un capítulo de Tom y Jerry. La mayor, de 16 años, estaba en su habitación con su hijo de tres años, nacido de una violación.

"Estas menores comparten el mismo perfil: han sufrido todo tipo de abusos emocionales y físicos, agresiones sexuales, humillaciones y abandono, pero nunca han escuchado un 'te quiero'", dice Iana Matei. “Así que no importa si el chico la pega al día siguiente, ya le han pegado antes. Pero si se porta bien, al menos no se pierde el ‘te quiero’".

Esta manipulación tiene un nombre: es el método del "loverboy", el favorito ahora de los traficantes, ya que a menudo evita los procedimientos legales, pues alegan que tienen una relación con la víctima. El periodo de cortejo puede durar semanas o incluso meses. Una "inversión" que luego puede ser rentable: el tráfico de personas es el segundo negocio más rentable después de la droga.

"Todo el mundo se pregunta: ¿cómo pueden ser tan estúpidas como para no entender que se trata de un chulo cuando les obligan a hacer la calle? Pero en sus cabezas, estas chicas tienen pareja, para bien o para mal", continúa Iana Matei. Este mecanismo psicológico, de sujeción por amor, permite a los traficantes contar con esclavas fieles. "Después de 4 a 6 años en la calle, las chicas ya no tienen autoestima ni respeto por sí mismas, creen que no pueden hacer otra cosa. Y cuando las ONG intentan sacarlas de las calles, se niegan”.

Carmen (nombre ficticio) es una superviviente de la trata. No sabía que su "novio" formaba parte de una pequeña red de proxenetismo, cuyos cuatro miembros acababan de salir de la cárcel. Condenados por obligar a niñas menores de edad a ejercer la prostitución, les dieron libertad condicional. "Busqué el amor y el afecto, que no tenía en casa, en los brazos de un hombre sin escrúpulos", dice con retrospectiva.

Explotación del desamparo social de las mujeres

A los 19 años, Carmen se vio obligada a prostituirse en Lausana (Suiza), en la única calle donde era legal. “No tenía derecho a nada", dice. “No tenía tarjeta de crédito, me confiscaron el móvil, me prohibieron meterme en Facebook, no tenía contacto con nadie.”

La joven lo dejó después de que su proxeneta fuera detenido. Cuando regresó a Rumanía, estaba profundamente traumatizada. “Las personas que oigo hablar en francés o en inglés me parecen violadores, es una verdadera fobia", confiesa. “Cada vez que sopla el viento o llega el frío, me acuerdo de aquella calle larga y oscura en la que estuve durante horas y todavía tengo pesadillas.”

Lo que el crimen organizado rumano explota es el desamparo social de estas mujeres: pobreza, sin formación, violencia doméstica y violencia sexual. De los 26.809 casos de violencia doméstica registrados en 2020, el 80% de las víctimas sson mujeres. Según un informe del Consejo Superior de la Magistratura, entre 2014 y 2020 se registraron en la fiscalía rumana 18.549 denuncias por violencia sexual contra menores, de las que el 80% no fueron juzgadas.

Estas estadísticas están lejos de reflejar el alcance de la violencia, ya que pocas víctimas se atreven a denunciar los hechos a la policía, señalan las organizaciones de derechos de la mujer. "Esta violencia prepara el terreno del que se aprovecharán los traficantes y del que se beneficiarán sus clientes", explica Mónica Boseff, directora de la Fundación Ușa Deschisă. Para ella, no hay duda: la esclavitud sexual se alimenta del trauma creado por la violencia sexual y doméstica, el 95% de cuyas víctimas son mujeres, reproducido de generación en generación por el sistema patriarcal.

Esta enérgica cincuentona sabe de lo que habla. "Tenía cuatro años cuando fui agredida sexualmente por primera vez por mi abuelo, sé lo que pasa en la cabeza de un niño cuando eso ocurre: algo se rompe por dentro, creces con la mentalidad y la perspectiva de que 'la vida es así', 'este es nuestro destino', 'esto es lo que pasa cuando eres una niña'", explica.

Mónica Boseff también fue violada por dos desconocidos a los 17 años. “Ahora me doy cuenta de lo emocionalmente vulnerable que era de joven", dice. "Yo también estuve a punto de caer en la trampa de los traficantes, estuve a punto de responder a uno de esos anuncios falsos para trabajar en un bar de Japón o de Grecia...".

Hoy, esta ex asistente médica, "cristiana y feminista", lleva un centro de acogida de emergencia para mujeres adultas víctimas de la trata, en la región de Bucarest. Es el primero de este tipo, abierto en 2012, sin ayuda del Estado: Mónica Boseff vendió su clínica para comprar la casa donde se acogen mujeres. Actualmente están alojados allí once mujeres y sus cinco hijos.

Estas mujeres han sido explotadas en Alemania, Austria, Francia, Reino Unido y España. Otras 52 reciben apoyo fuera de la casa de acogida: ayuda psicológica, económica y jurídica, integración profesional y "amor incondicional". "La mayoría de las mujeres son repatriadas desde países donde la prostitución es legal", dice Mónica Boseff. En España, por ejemplo, las autoridades calculan que el 90% de las prostitutas están bajo el control de un proxeneta.

Todo el mundo mira para otro lado

Monica Boseff e Iana Matei denuncian conjuntamente la inmensa hipocresía que reina en todas partes: en Rumanía, en los países de destino y entre los clientes. "Por  el lado rumano, dicen: no es culpa nuestra, es por la demanda, tenemos que castigar a los clientes, los países de destino tienen que ocuparse de sus ‘pervertidos’", resume Iana Matei. Pero, por otro lado, no se hace nada para atajar el crimen organizado, que "ha penetrado en el Estado rumano y está influyendo en las políticas públicas", denuncia.

Un símbolo de este fenómeno es el nombramiento de Laura Vicol para presidir la comisión jurídica de la Cámara de Diputados en 2020. Esta parlamentaria, miembro del Partido Socialdemócrata, en el poder, es conocida por haber sido la abogada de algunos líderes del hampa rumana. En una acusación basada en escuchas telefónicas, la Dirección Nacional Anticorrupción (DNA) subrayó incluso el "vínculo de subordinación" que ella tendría con otro jefe de la delincuencia organizada, Marian Bejan, condenado a su vez, entre otros delitos, por proxenetismo.

"Aunque algunos agentes de la Diicot tienen buen corazón y luchan todos los días", recuerda Mónica Boseff, la policía y la justicia se encuentran en un estado deplorable, pues el poder político no tiene prisa por crear instituciones eficaces e independientes que puedan desafiar el sistema, en gran parte clientelar, del que deriva su poder.

Por parte de los países de Europa Occidental y del Norte, como las víctimas son ciudadanas rumanas, se considera que Rumanía debe hacerse cargo de ellas. "La mayoría de las chicas están en situación de control y dicen que no quieren ser rescatadas. Es a los traficantes a quienes hay que dirigirse, porque en este momento la relación riesgo/beneficio está a favor del tráfico. Pero esto requiere tiempo, recursos humanos y técnicos. Cuesta mucho dinero, ¿y qué gobierno quiere gastar dinero en víctimas extranjeras?”, se queja Iana Matei.

"Tenemos miedo de abordar a los clientes, porque son hombres que tienen dinero y a veces poder, que pagan impuestos, que votan", añade Mónica Boseff, directora de la Fundación Ușa Deschisă. En Francia, más de uno de cada cinco hombres reconoce haber recurrido a la prostitución al menos una vez en su vida. La ley que penaliza a los clientes también es denunciada allí, especialmente por algunas asociaciones de trabajadoras del sexo: denuncian una precariedad aún mayor de su trabajo, y un peligro adicional... Una paradoja para un texto que se supone que los protege.

¿Y qué pasa con la Unión Europea? "Sólo hay palabras, buenas intenciones y campañas de 'concienciación'. Pero el dinero no llega a donde debería", dice Iana Matei. Más de 20 años de trabajo con menores sin ningún apoyo institucional habría desanimado a muchos. Pero ahí sigue, a pesar de la precariedad financiera de su ONG y de los obstáculos administrativos que se interponen: el Estado rumano no parece querer cooperar con la sociedad civil, que sin embargo se encarga de dos tercios del trabajo social.

Las mujeres acuden en masa a los refugios privados

Según la legislación rumana, deberían haberse creado centros protegidos para las víctimas de trata en nueve condados, pero no se ha hecho ninguno. En la actualidad, las víctimas rescatadas se agolpan en siete refugios privados, que cuentan con unas 100 plazas. "Necesitamos ayuda para las chicas, apoyo, no sólo hablar de ello. Sobre todo desde que la entrada de Rumanía en la UE ha empeorado la situación", insiste Iana Matei. De hecho, a los traficantes les ha venido muy bien la libertad de viajar que tienen ahora.

La prostitución no es el único sector en el que hay muchos casos de explotación de ciudadanas y ciudadanos de Europa del Este, o incluso de esclavitud moderna: también se dan casos en la agricultura, la construcción o la ayuda a domicilio. La explotación es un tema que está en el corazón de la UE. "Sin embargo, muy pocos eurodiputados han pisado alguna vez un centro de acogida para supervivientes de la trata", afirma Monica Boseff.

Carmen lleva más de cinco años esperando que se castigue a quienes la convirtieron en esclava sexual y el caso sigue pendiente. En Francia, el asesino de Mihaela Miloiu fue condenado en apelación a 30 años de prisión a finales de 2021, pero ha recurrido al Tribunal Supremo. Y la familia sigue esperando que se haga justicia en Rumanía contra los traficantes que la obligaron a prostituirse. "Todos están bien, andan por ahí fuera y el caso no avanza", dice su hermano. Mientras tanto, la gran máquina del trauma sigue funcionando, alimentando la cantera del mañana.

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