Entrevista con el autor de referencia frente al discurso económico oficial

Thomas Piketty: “Las principales riquezas tienden a progresar mucho más que la economía mediante una acumulación explosiva”

Thomas Piketty, en la redacción de Mediapart.

Director de estudios de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales y profesor de la Escuela de Economía de París, Thomas Piketty es autor de numerosos trabajos destacados, como Les Hauts Revenus en France au XXe siècle o, en colaboración con Camille Landais y Emmanuel Saez, Pour une révolution fiscale des idées, una obra que ha marcado los debates económicos de la izquierda francesa y en la que se inspiró el Partido Socialista, antes de que François Hollande optara por el conservadurismo fiscal.

Su último libro, Le Capital au XXIe siècle [todavía no traducido al español y prácticamente agotado ya en francés y en inglés (Capital in the Twenty-First Century)] es fruto de 15 años de investigaciones, llevadas a cabo mano a mano con otros economistas, basadas en estudios históricos que comprenden periodos muy extensos y en estadísticas inéditas hasta la fecha, que abarcan una veintena de países de todo el mundo. El autor presenta con todo detalle cómo ha evolucionado el reparto de la riqueza, de la renta y del patrimonio. En definitiva, se trata de una verdadera inmersión en las profundidades del capitalismo: el autor presenta cuáles son las tendencias más profundas, pero también cuáles son las contradicciones. Todo ello de forma muy rigurosa, ya que Piketty incluye un relatorio de la totalidad de fuentes y datos estadísticos a los que hace mención en su libro (información disponible, de forma gratuita en una página de la Escuela de Economía de París).

Thomas Piketty invita al lector a dar un paseo intelectual, culto, en el transcurso del cual interpela a viejas celebridades, de Pareto a Marx –y su famosa ley de perecuación (igualación) tendencial de la tasa de beneficio, que el autor revisita, a la luz de las evoluciones a muy largo plazo del rendimiento del capital–. Pero, sobre todo, nos presenta las tremendas desigualdades, también a largo plazo, que esta dinámica interna inherente al capitalismo puede engendrar, hasta las desigualdades actuales que amenazan los principios de justicia social.

Porque si bien las desigualdades patrimoniales son a día de hoy mucho menos llamativas que las existentes antes de la I Guerra Mundial, esa época que se dio en llamar –con bastante poco acierto– Belle-Époque, dichas desigualdades crecen por el enriquecimiento acelerado de una pequeñísima minoría. Enriquecimiento que, según Piketty, no puede ser sostenible a largo plazo, salvo que se acepte que se cuestione el equilibrio mismo de nuestras democracias.

Este economista e investigador analiza la dinámica interna del capitalismo, que se encuentra en el origen de estas violentas mutaciones sociales, y nos invita a reflexionar sobre lo que parece ser la contradicción fundamental del sistema, la que opone el crecimiento económico al rendimiento del capital.

Cuando el pasado devora al futuro

PREGUNTA: Este libro es fruto de 15 años de trabajo. ¿Cómo ha procedido a la hora de abordar las desigualdades existentes en todo el mundo, en un periodo de casi tres siglos, incluyendo datos sobre la riqueza y no solo sobre las rentas?

RESPUESTA: Se trata de un trabajo colectivo que empezó con la publicación de mi libro sobre les Hauts Revenus en France au XXe siècle, editado en 2001 en Francia. A raíz de su publicación, tuve la inmensa suerte de que numerosos colegas quisieron formar parte de esta aventura; esto ha permitido pasar de un proyecto que se circunscribía inicialmente a Francia, a las rentas y al siglo XX, a un proyecto más ambicioso referido a todo el mundo, a las rentas, pero también al patrimonio, y que abarca un periodo más amplio, ya que hemos tratado de analizar hasta el siglo XIX, incluso hasta el siglo XVIII, en los casos que ha sido posible.

Nunca habría podido llevarlo a cabo solo y he contado con el apoyo de numerosos colegas –especialmente Anthony Atkinson, en el Reino Unido, y Emmanuel Sáez, en Estados Unidos– para estudiar más de 20 países, la historia de la desigualdad de las rentas, pero también para iniciar una segunda serie de investigaciones dedicadas a la evolución patrimonial y de la herencia, necesarias para comprender la dinámica de las desigualdades existentes en la actualidad.

Francia es un laboratorio interesante para el mundo, por las fuentes de las que disponemos y, al mismo tiempo, porque es el país de la Revolución Francesa, lo que significa que existe un ideal de igualdad jurídica que se estableció muy pronto. Este ideal tiene aspectos paradójicos ya que Francia rechazó, con mayor vehemencia y por un periodo más largo que los demás países, el impuesto sobre la renta establecido entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, con la argumentación de que ya se había hecho una revolución y que era posible prescindir de establecer un impuesto progresivo, contrariamente a lo que sucedió en sociedades aristocráticas como el Reino Unido.

Sin embargo, la Francia de 1914 es tan desigual como el Reino Unido de 1914. Lo que nos viene a decir que la República, para ser social, debe ser algo más que un régimen político: son necesarias instituciones ad hoc, especialmente en materia fiscal. La Revolución Francesa por tanto no estableció una sociedad ideal, creó un observatorio de fortunas inédito, gracias al impuesto sobre las sucesiones establecido a partir de 1791.

P: En esta inmensidad de datos, ¿se puede describir una evolución histórica de las desigualdades, con un aumento a lo largo del siglo XIX, que culmina en la Belle Époque, seguido por una nivelación en el periodo de entreguerras, antes de conocer una fuerte remontada a partir de los años 1970-1980?Belle Époque

R: La primera enseñanza que se extrae de estos datos empíricos es que la historia del reparto de las riquezas siempre es una historia política y no solo económica. Las reacciones políticas, a veces trágicas y violentas como sucedió con el estallido de las guerras mundiales, tienen un peso notable. El reparto de la riqueza y la dinámica de las desigualdades no depende solo de leyes económicas abstractas, sino de leyes votadas y establecidas, de las representaciones que el pueblo se hace de las desigualdades y de los virajes políticos y fiscales causados por las guerras mundiales o por la revolución conservadora de Reagan y de Thatcher, por ejemplo.

La segunda enseñanza importante que se puede extraer de este estudio es el esclarecimiento de una contradicción fundamental del capitalismo, que es la oposición entre la tasa del rendimiento del capital y la tasa de crecimiento del capital. La tasa de crecimiento designa el crecimiento del PIB, de la producción, y lo es también de la renta media. Durante los “treinta años gloriosos”, esta tasa era del 4, 5 o 6% anuales. Desde hace 30 años, se sitúa alrededor del 1%. Esto puede parecer un crecimiento débil porque todavía no nos hemos recuperado de los treinta gloriosos, pero en realidad no es un crecimiento desdeñable. Solos los países en fase de recuperación, como Francia en los treinta años gloriosos (de 1945 a 1975) o China, en estos momentos, pueden registrar una tasa anual de crecimiento superior al 5%. En una generación, implica que un tercio de la economía se renueva, por lo que no es algo insignificante.

Sin embargo, es inferior al rendimiento del capital, que ronda el 4-5% de media, o incluso más, en ocasiones. Esto quiere decir que, estructuralmente, la tasa de rendimiento del capital es cuatro o cinco veces superior a la tasa de crecimiento. Más exactamente, significa que el patrimonio acumulado en el pasado se recapitaliza solo y que el pasado devora el futuro. En periodos de crecimiento débil, asistimos a un regreso al legado y a un incremento vertiginoso de las desigualdades patrimoniales. Lo que se generó en el pasado progresa efectivamente mucho más rápido que las rentas procedentes de la producción, especialmente las rentas del trabajo y los salarios.

Una tendencia al 'reenriquecimiento'

Se trata de una contradicción central y he necesitado tiempo para comprenderla bien y analizarla. Pienso que muchos observadores no se dan cuenta de su magnitud y también creo que incluso los más liberales harían bien al inquietarse. Esta ley implica que las principales riquezas tienen tendencia, en ausencia de un mecanismo corrector, a progresar mucho más rápido que la economía, mediante un fenómeno de acumulación explosiva.

Un rendimiento del capital del 4 o el 5% anual, que puede ir hasta el 8% en las grandes fortunas, en un contexto en que la economía a largo plazo crece en torno al 1% anual, representa un verdadero problema. De hecho, al cabo de 30 o 40 años, nos encontraríamos con fortunas que aumentan indefinidamente, una divergencia mayor entre los patrimonios más grandes y el resto de la economía, que simplemente no es sostenible desde un punto de vista económico, político o incluso lógico.

Así que, estamos frente a algo que quizás olvidamos en el siglo XX porque los choques derivados de las contiendas mundiales hicieron disminuir notablemente el rendimiento del capital por las destrucciones, las minusvalías y las políticas correctoras establecidas que se derivaron de las mismas. Sin embargo, hay muchas posibilidades de encontrar, en el siglo XXI, rendimientos del capital sensiblemente superiores a la tasa de crecimiento, que sin caer en las proyecciones apocalípticas que hacía Marx, se revelan incompatibles con la democracia, pero que serían factores que contribuyen a aumentar las desigualdades.

P: La trayectoria intelectual de su obra nos lleva de Balzac a Rancière, pasando por los Aristogatos, y de Ricardo a Kuznets, pero concede un lugar específico al análisis que hace Marx de la dinámica interna del capitalismo y de sus contradicciones...

R: Pertenezco a una generación para la que los enfrentamientos capitalismo/comunismo quedaron atrás y no tengo nostalgia alguna del comunismo. Creo en el Estado de derecho y en la economía de mercado, pero hay cosas que el mercado no sabe hacer, y me parece urgente reabrir con serenidad el examen de las contradicciones del capitalismo, al que han contribuido muchas personas, entre ellas Marx. Tenía el mérito de partir de la realidad de la pobreza del proletariado industrial y trataba de trazar conclusiones a 50 años vista.

Sus previsiones apocalípticas no estaban totalmente injustificadas con relación al mundo que veía, aunque le faltasen datos, aunque algunos análisis sean discutibles y aunque haga de ellos una lectura catastrofista. Este tipo de enfoque me parece sin embargo más interesante que la mayor parte del trabajo que se ofrece a día de hoy por la mayor parte de los economistas, que tienen tendencia a autocomplacerse con teorías abstractas o a justificar todas las desigualdades, incluso las más insostenibles, un poco al estilo de Paul Leroy-Beaulieu, quien, en la Belle-Époque, fue capaz de justificar desigualdades mayores y dirigía el Economiste Français, periódico equivalente a The Economist actual.

La situación en la que la tasa de rendimiento del capital es superior a la tasa de crecimiento crea, evidentemente, desigualdades muy importantes. Esto endurece y refuerza las posiciones adquiridas en el pasado. Las fortunas patrimoniales del pasado se recapitalizan más rápido que el crecimiento de la economía, en particular a más velocidad que la riqueza de las personas que solo cuentan con las rentas del trabajo. Todo esto amplifica por tanto considerablemente las desigualdades iniciales, incluso aunque pienso que no tendremos un crecimiento nulo, sino más bien un crecimiento positivo débil. Sin embargo, esta situación basta para conducir a un mundo tremendamente desigual que no me parece compatible con la democracia construida en el marco de los Estados-nación, en los siglos XIX y XX.

P: La Belle-Époque, antes de 1914, ha sido históricamente el periodo culmen en términos de desigualdad patrimonial. A pesar de las desigualdades crecientes del mundo contemporáneo, no estamos a niveles semejantes. ¿Todavía?Belle-Époque

R: Esto indica sobre todo que las desigualdades de la Belle Époque eran insostenibles. Se acababa de salir de un régimen electoral censitario, con un régimen electoral en el que solo una parte de la población –la que contaba con más patrimonio– tenía derecho de voto. El sufragio universal, que data de finales del siglo XIX, no permitió el establecimiento de un impuesto sobre la renta fuerte y progresivo y solo durante la Gran Guerra, en 1914, se permitió la instauración de un impuesto así.

La verdadera reducción de las desigualdades en el siglo XX, la verdadera diferencia con el siglo precedente, es el desarrollo de lo que se ha dado en llamar una “clase media patrimonial”. Hoy como ayer, el 50% de los que menos tienen no poseen casi nada en términos patrimoniales. Incluso la Suecia de los años 80, que es sin duda el ejemplo más igualitario con el que contamos, no dio al 50% de su población más pobre más del 10% de su patrimonio nacional.

Sin embargo, lo que realmente cambió en el siglo XX es que el 10% de los que poseían en la Belle Époque la casi totalidad de la riqueza nacional, más del 90% en todo caso, poseen actualmente entre el 60 y el 65% de la riqueza. La desproporción es evidente, pero de eso se desprende que en manos del 40% de la población restante está entre el 20 y el 30% del patrimonio. Es verdad que es un porcentaje pequeño, ya que esta clase media mundial es cuatro veces más numerosa que el 10% de los más ricos y posee dos veces menos, sin embargo no es un porcentaje desdeñable. Dicho porcentaje de la población no es muy rico, pero está lejos de ser pobre y tampoco le gusta ser considerado como tal.

El nacimiento, en el siglo XX, de una clase media patrimonial supone una transformación política, económica y social considerable, salida en parte del fuerte crecimiento de los treinta años gloriosos, pero sobre todo del hundimiento del 10% con mayor riqueza durante las guerras mundiales, la crisis del 29 y las políticas fiscales establecidas en aquel momento.

P: ¿La existencia de esta clase media patrimonial garantiza que no se regresará a un nivel de desigualdad tal y como existía antes de 1914?

R: No, porque ya no se da esa tendencia al descenso patrimonial en manos de ese 10%, los que más tienen, y porque no basta con que los sueldos suban para que esta clase media patrimonial pueda formarse o reforzarse.

La aparición de una clase media patrimonial es un logro importante del siglo XX, pero frágil y que se puede ver laminado, como ha sucedido con el estallido de la burbuja inmobiliaria y con la crisis de las subprimes en EEUU. En la medida en que los que se sitúan en la cúspide, los que más tienen, se descuelgan y se enriquecen más, me parece un asunto más inquietante, a largo plazo, que el descolgamiento derivado de las altas remuneraciones, incluso si ambos fenómenos están en parte unidos.

La brecha entre los que más tienen crece a pasos más agigantados entre los que poseen bienes patrimoniales que la brecha derivada de los salarios. El descuelgue en razón de la diferencia de salarios era un fenómeno americano, en un primer momento, del que nos preocupamos poco, por creer que en Europa estaba más controlado. Pero el descuelgue que se deriva de las grandes fortunas es, al menos, igual de importante en Europa como en Japón o en EEUU. El fenómeno de sedimentación de las fortunas y de concentración creciente de las fortunas se corresponde con un crecimiento débil.

Para resumir, las tendencias actuales sobre la posible evolución de la riqueza a nivel mundial son insostenibles. Si observamos la tendencia en el periodo 1990-2010 y la prolongamos hasta 2050, se constata una casi desaparición de la clase media patrimonial, simplemente porque los que más tienen se apropian de una parte cada vez mayor del patrimonio mundial.

Los herederos tan favorecidos como los emprendedores

P: Los poderes públicos realizan proyecciones más acusadas o más neutras que las suyas...

R: Uno de los problemas actuales es que los poderes públicos y los institutos de estadísticas oficiales tienen tendencia a correr un velo sobre realidades que todo el mundo conoce, gracias a las revistas. En este sentido, la clasificación de Forbes corre el riesgo de convertirse en suministrador de estadísticas, aunque su metodología es poco rigurosa y estos tipos de clasificaciones van acompañadas de un himno permanente al emprendedor.

Dicho lo cual, estas clasificaciones muestran que la fortuna de los más ricos progresa de forma idéntica, ya sea procedente de una herencia o de un proyecto empresarial. Si tomamos el ejemplo de los dos polos, a priori opuestos, que son Lilian Bettencourt, la heredera por excelencia, y Bill Gates, encarnación del emprendedor, se constata que sus patrimonios respectivos progresan exactamente al mismo ritmo de 1990 a 2010, en las mismas proporciones, a pesar de que una nunca ha trabajado y que el otro ha cambiado el planeta gracias a sus innovaciones informáticas.

Existe una lógica de la riqueza que se reproduce sola. Más que lanzarse a discursos sobre la jerarquía moral de la fortuna, que constituye un debate sin fin, porque la fortuna siempre es a la vez útil y excesiva –útil en los inicios del emprendedor y excesiva cuando comienza a acumularse sin límite– y mientras que la frontera entre la plusvalía inmerecida y la plusvalía justificada me parece imposible de señalar en la práctica, es mejor mirar objetivamente cómo funciona la dinámica de las fortunas y sacar conclusiones sobre el modelo social que se busca.

Todo el mundo, incluso los más fervientes defensores de los mercados, deberían estar de acuerdo en el hecho de que no es sostenible, a largo plazo, que la riqueza del 1% de los que más tienen crezca a un 8%, mientras que el crecimiento general es de apenas el 2%.

P: Cuando se constata, como usted escribe, que “en todas las sociedades conocidas, en todas las épocas, la mitad de la población más pobre no tiene casi nada (generalmente apenas el 5% del patrimonio total) y que en manos del 10% está buena parte de las fortunas mundiales”, nos preguntamos si las políticas públicas pueden cambiar esta realidad, que no se ha modificado, en el siglo XX, nada más que bajo presión derivada de catástrofes humanas.

R: Efectivamente, la constatación es terrible, pero las catástrofes y las guerras engendran reacciones en términos de políticas públicas que tuvieron, en el siglo XX, efectos sobre el reparto de la riqueza. Trato de ser optimista y he decidido escribir estos libros, más que para convertirme en un bandolero, porque pienso que el debate razonado puede permitir hacer progresar las cosas.

Es verdad, la experiencia pasada muestra que instaurar un impuesto progresivo y el Estado social deriva en guerras, en lugar de alumbrar la democracia, a pesar de mi creencia en la socialdemocracia y en la democracia electoral. Y hay que reconocer que el siglo XX incita a la prudencia con relación a la impresión de que el sufragio universal conduce necesariamente a un descenso de las desigualdades. Sin embargo, creo que la democracia tiene las herramientas para recuperar el control del capitalismo, incluso aunque no sea una certidumbre.

Concretamente, existe un riesgo de repliegue nacional y proteccionismo, porque es el medio más sencillo para un gobierno de un Estado-nación, de tamaño medio o pequeño, pensar en defender y establecer algo de soberanía, por ejemplo controlando la libre circulación de capitales o las compras de empresas nacionales. Pero esto corre el riesgo de engendrar aún más frustración que la que ya existe porque no va modificar la relación entre el rendimiento del capital y el crecimiento, factor de desigualdades, y que no hay más simpatía para los oligarcas nacionales que por los oligarcas extranjeros.

P: Su estudio critica ciertas ideas intuitivas, especialmente aquella según la cual la “guerra de las edades” sustuye a la “guerra de clases”, que sin embargo es un tema recuperado en esta época de reforma de las pensiones...

R: Durante los treinta años gloriosos, se contaron bonitas historias buscando el porqué del cambio de las desigualdades. Una defendía la idea de que las oposiciones de riqueza oponían a más generaciones entre sí que la oposición entre ricos y pobres de una misma generación. Para mí se trata de una ilusión, aun cuando en parte está justificada. Lo esencial de las desigualdades patrimoniales continúa produciéndose entre miembros de una misma generación, como en otros tiempos.

Para resumir, las generaciones del baby boom nos impusieron una forma de ver las cosas que quizás para ellas era válida, pero que ya no lo es. Estas generaciones, que tendrían que haber heredado en los años 50, no heredaron gran cosa y han debido hacerse a sí mismas. Sin embargo, para las generaciones nacidas en los años 1970-80, las cosas son muy diferentes. A día de hoy, si quieres ser propietario, con un sueldo, es preciso que el salario sea muy bueno. La riqueza desempeña un papel que se creía que había desaparecido, pero se trataba más bien de un fenómeno transitorio.

La otra teoría intuitiva, pero excesivamente optimista, es la teoría del capital humano, que parte de la idea de que la necesidad incesante de mayores competencias y cualificaciones alumbraría otra realidad, donde contaría sobre todo el capital humano, las competencias y las cualificaciones y donde el capital, inmobiliario o financiero, ya no tendría la misma importancia que antaño. En realidad, es falso, porque nos encontramos a día de hoy en una situación en que la totalidad de los patrimonios inmobiliarios y financieros representa, en Francia o en Reino Unido, del orden de seis años de renta nacional, es decir tanto como en la Belle Époque, mientras que en los años 50-60 representaba dos o tres años. Incluso si las cualificaciones han progresado, incluso si el capital humano ha progresado, el capital no humano ha aumentado en una medida equiparable y, comparativamente, seguimos teniendo las mismas necesidades.

Creo que la ilusión fundamental es imaginarse que el progreso tecnológico y el desarrollo económico conducen al progreso democrático. En realidad, necesitamos ambos porque el progreso tecnológico, formidable, no conduce en sí mismo a más racionalidad democrática. Son necesarias instituciones fiscales, educativas y otras para tener las dos al mismo tiempo.

Traducción: Mariola Moreno

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